martes, 19 de abril de 2011

SERPIENTES, HIENAS Y PIEL



Creo que lo que más me costó fue acostumbrarme a la oscuridad. Las horas de sol eran tan escasas y el frio tan intenso que la vida en el exterior se limitaba a lo imprescindible. Pasé muchas horas en mi habitación de un apartamento compartido, con una estufa eléctrica que jamás calentó y un radiocassette a pilas que acabó falleciendo  por el empalagamiento de las baladas que arrastró.  Llené los días de litros de té hirviendo, pan de centeno y de la inmensa sensación de estar demasiado lejos de todo y de todos.
Internet aún era un sueño, las conferencias telefónicas un lujo que no me podía permitir. Quizá porque me costaba hacerme entender y yo apenas comprendía nada,  la sensación de vivir en una burbuja era permanente. 
Maté muchas horas en un café de Princess Street junto a una librería de viejo que me abasteció de los pocos libros en español a los que tuve acceso entonces. Recuerdo con especial gusto los "Cuentos de invierno" de Karen Blixten (yo prefiero su alter ego Isak Dinesen) y, gracias a ellos, empezó el peregrinar, los viernes por la tarde, hasta aquel rincón que me convertía en un ser humano corriente. Allí rescaté un ejemplar destrozadísimo de "Memorias de África". Una edición bolsillo tan manoseado que pensé que antes de terminarlo se desintegraría, pero no, no lo hizo y lo conservé durante algún tiempo. 
Tuve suerte, ese libro tan gastado, años más tarde, me proporcionó una de las mejores tardes de mi vida. Pero eso ya es otra historia. Una de luz, olor a sal y  de espalda recorrida centímetro a centímetro bajo el influjo de las serpientes y las hienas africanas.
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"Hace unos cien años un viajero danés en Hamburgo, el conde Schlimmelmann, se encontró con un pequeño zoológico ambulante y le gustó extraordinariamente. Mientras estuvo en Hamburgo diariamente lo visitaba, aunque le hubiera resultado difícil explicar cual era el atractivo real de las caravanas sucias y desvencijadas. La verdad era que el zoológico respondía a algo que estaba dentro de su mente. Afuera era invierno y hacía mucho frio. En el cobertizo el guardián había encendido la vieja estufa hasta que hubo un rosado esplendor en la sombra amarronada del corredor, junto a las jaulas de los animales, pero las corrientes continuaban y el aire cortante penetraba hasta los huesos.
El conde Schlimmelmann estaba absorto en la contemplación de la hiena cuando el propietario del zoológico ambulante llegó y le habló. El propietario era un pálido hombrecillo de naríz aplastada, que en el pasado había sido estudiante de Teología hasta que tuvo que dejar la Facultad por un escándalo y había ido cayendo, paso a paso, cada vez mas bajo.
-Su excelencia hace muy bien en mirar a las hienas -dijo-. Ha sido una gran cosa traer una hiena hasta Hamburgo, donde nunca había habido antes. Todas la hienas son hermafroditas y en Africa, de donde proceden, en las noches de luna llena se reúnen, se juntan en un círculo y copulan; cada animal toma el doble papel de macho y hembra. ¿Lo sabía usted?.
-No -dijo el conde Schlimmelmann con un ligero movimiento de disgusto.
-¿No cree su excelencia -dijo el empresario- que, a la vista de este hecho, debe ser más duro para la hiena que para otros animales estar encerada en una jaula? ¿Sentirá un doble deseo o estará, porque se reunen en ella las complementarias cualidades de la creación, satisfecha y en armonía? En otras palabras, ya que todos somos prisioneros en la vida ¿somos más felices o más desgraciados cuanto más talento poseemos?
-Es curioso -dijo el conde Schlimmelmann, que estaba absorto en sus propios pensamientos y no prestaba atención al empresario- comprobar que tantos cientos, hasta miles de hienas han vivido y han muerto para que podamos, finalmente, traer aquí a este espécimen, para que el pueblo de Hamburgo pueda saber lo que es una hiena y que los narturalistas puedan estudiarla.

Avanzaron para mirar las jirafas de la jaula vecina.
-Los animales salvajes -continuó el conde- que corren por las tierras salvajes no existen realmente. Este existe, le hemos dado un nombre, sabemos cómo es. Los otros pueden no haber existido; sin embargo, son la inmensa mayoría. La naturaleza es extravagante.

El empresario se echó hacia atrás su gorro forrado de piel, debajo del cual no había ya ni un cabello.-Se ven mutuamente -dijo. 
-Hasta eso se puede discutir -dijo el conde Schlimmelmann después de una corta pausa-. Esas jirafas, por ejemplo, tienen manchas cuadradas en la piel. Las jirafas mirándose entre sí, no saben lo que es un cuadrado y en consecuencia no lo ven. ¿Se puede decir de ellas que se ven unas a otras?El empresario miró un momento a la jirafa, y luego dijo: -Dios las ve.
El conde Schlimmelmann sonrió. -¿A las jirafas? -preguntó
-Oh, sí, excelencia -dijo el empresario- .Dios las ve y le gusta lo que hacen. Las ha hecho para complacerse. Está en la Biblia, excelencia -dijo el empresario- .Dios ama a las jirafas que ha creado. Dios ha inventado el cuadrado al igual que el círculo. El ha visto los cuadrados de su piel y todo lo demás que les concierne. Los animales salvajes, excelencia, son quizá una prueba de la existencia de Dios. Pero cuando vienen a Hamburgo -concluyó poniendose el gorro -el argumento se pone más problemático.
El conde Schlimmelmann, que había ordenado su vida según las ideas de otras personas, caminó en silencio para mirar las serpientes, que estaban junto a la estufa. El empresario, para divertirle, abrió la jaula donde estaban encerradas e intentó despertar a la serpiente que había dentro; por fin el reptil, lenta y soñolientamente, se enroscó en su brazo. El conde Schlimmelmann miró al grupo.
-Desde luego, mi buen Kannegieter -dijo con una risita desabrida-, si estuviera usted a mi servicio, o si yo fuera rey y usted ministro mío, lo cesaría en el acto.
El empresario lo miró nervioso.
-¿Por que, señor? -dijo y deslizó la serpiente en la jaula-. ¿Por qué, señor? Si es que puedo preguntarlo -añadió al cabo de un momento.
-Ah, Kannegieter, no es usted un hombre tan sencillo como pretende -dijo el conde-. ¿Por qué? Porque, amigo mio, la aversión hacia las serpientes es un profundo instinto humano, la gente que lo tiene se ha conservado viva. La serpiente es la más peligrosa entre los enemigos del hombre, ¿pero quien, salvo nuestro propio instinto de lo bueno y de lo malo puede decirnoslo? Las garras de los leones, el tamaño y los colmillos de los elefantes, los cuernos del búfalo saltan a la vista. Pero las serpientes son hermosos animales. Las serpientes son redondas y lisas, como las cosas que nos gustan en la vida, de exquisitos colores suaves, graciosas en sus movimientos. Solo para el hombre bueno esa belleza y esa gracia resultan repugnantes, huelen a perdición y le recuerdan la caída del hombre. Algo en su interior le hace apartarse de la serpiente como del diablo, y a eso se llama la voz de la conciencia. El hombre que acaricia a una serpiente lo puede hacer todo -el conde Schlimmelmann se rió un poco de sus propios pensamientos, se abotonó su rico gabán y se volvió para salir del cobertizo.
El empresario se quedó un momento sumido en profundos pensamientos.
-Su excelencia -dijo finalmente-, necesitáis amar a las serpientes. No hay vueltas que darle. Según mi experiencia en la vida os lo puedo decir y, por supuesto, es el mejor consejo que puedo daros; Amad a las serpientes. Tenedlo en cuenta Excelencia, que casi cada vez que le pedimos al Señor un pescado nos da una serpiente."
 -El zoológico ambulante-

 -Out of Africa- Sidney Pollack (1985)

4 comentarios:

  1. Pues no sé..., Karen Blixten siempre narraba así, muy anti-agarofobicamente. Memorias de Africa tiene ese encanto del infinito. Leerlo, así, en un apartamento como ese descrito, tan limitado en amplitud, es algo extraño.

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  2. Fue una época un tanto extraña y, supongo que por eso, leerlo en un ambiente que a veces rozaba lo claustrofóbico era como transportarse un poco más allá. No sé, posiblemente en aquellos días mi chaladura ya apuntaba maneras. Besos

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  3. "Hi ha uns llibres que es deixen llegir i uns altres que hi has d'anar" Joan Brossa.

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  4. Es cierto Poma, Borssa tiene más razón que un santo.

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