lunes, 4 de agosto de 2014

EL PERRO MONGOL


Yo era libre, como tú, pero quería vivir demasiado. 
Mira, viento, mi cuerpo está frío y no hay a quién estrechar la mano.


Cuando se me ocurrió decir que El perro mongol me había parecido una película maravillosa; que me había gustado tanto que, con toda seguridad, no tardaría en viajar a las estepas de Mongolia, las personas que estaban conmigo me miraron como si frente a ellas tuvieran a un marciano. En aquella tertulia, la mayoría consideraba que era un bodrio sin igual y yo, por el contrario, pensé que era de lo mejorcito que había visto por aquellos días. Causé tal revuelo al defender las bondades de la película que incluso me ofrecieron llenar el suelo de casa con boñigas de vaca, cortarme el agua corriente y la luz para que me ambientara y que luego les contara la gracia que puede tener el vivir así. Creo, sinceramente, que no entendieron nada. 



Sigo pensado que El perro mongol es una buena película, casi un documental, que nos cuenta la vida de una familia, los Batchuluun, en la estepa de Mongolia. La historia gira alrededor de Nansal, una niña que vive con sus padres y hermanos. Un día, mientras recoge leña para llevar a la tienda en la que vive con su familia, encuentra un cachorrito de perro y quiere llevarlo a casa. Sin embargo, el padre cree que el animal es la reencarnación de un lobo y que su presencia sólo puede traerles desgracias, por lo que obligará a Nansal a que se deshaga de él. ¿Les parece un argumento absurdo? ¿Simple? Pues puede serlo y casi les diría que lo es, pero le sirvió a Byambasurem Dvaa (su directora), para filmar una bellísima historia que nos muestra la vida de los nómadas mongoles en el siglo XXI.


La belleza de los paisajes, una ambientación rica en colorido y detalle, hacen de esta película un verdadero banquete para la vista. A lo largo de la película verán como la sencillez lo llena todo, donde los actores no lo son, sino que son personas corrientes que se limitan a convivir con una cámara que les filma en sus cosas cotidianas, en su vida de nómadas. Verán como las bostas (excrementos) de los yaks y otros animales forman parte de los elementos habituales con los que se desarrolla la vida de la familia. Igual servirán para que Nansal y sus hermanos jueguen, como para ser utilizadas para mantener las hogueras con las que la familia cocina, se calienta, etc. 





La espiritualidad marca la vida de estas personas, una vida religiosa que lo impregna todo y que los niños aprenden a respetar desde muy pequeños. La hermana de Nansal pronunciará la famosa frase "No se juega con Dios" cuando descubre a su hermano pequeño jugando con una figura de Buda. Una frase que podría quedar en eso, en un simple dicho, pero que trasciende al ver la vida de los que rodean a quien la pronuncia. Y es que, desde luego, con Dios no se juega. Veremos como la madre explica a sus hijos qué es lo que ocurre con la reencarnación porque "Todos morimos pero nadie está muerto"; como se exorcizará la mala suerte y pedirá la protección de Buda mediante el lanzamiento de cucharones de leche al aire mientras se despide al padre de la familia.
Verán qué lejos está ese mundo del nuestro y lo sencilla que puede ser la vida aún en las situaciones más incómodas. Porque lo que de verdad importa es lo que uno siente y cómo lo siente, que lo material por lo general nos aleja de lo esencial.

No les quepa ninguna duda de que la que escribe irá a Mongolia, y recorrerá sus estepas, y mirará a todos y cada uno de los perros con los que se cruce pues, con toda seguridad, en otra vida, fueron alguien con una historia que sus ojos contarán.


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