miércoles, 18 de febrero de 2015

ESMOG


El amor es fe y no ciencia.


No había faltado a su palabra. El trece de noviembre, llegó su nota una vez más. Se reuniría conmigo en cualquier lugar que yo le hiciera saber, si así lo quería. Se hospedaba en el Palace. Preparé una carta, con un trazo un tanto temblón, en la que le explicaba los pormenores de los últimos años y mi firme voluntad de no volver a escribirle más. En mi interior, pero, la curiosidad batallaba con la serenidad ¿Cómo estaría? ¿Habría envejecido bien? ¿Mis canas serían como las suyas o su cabeza estaría coronada por una señorial alopecia?

Atravesé la Gran Vía envuelto en una enorme nube de polución. El agobiante esmog, del que tanto habíamos hablado en el pasado, me acompañó todo el camino. Al llegar frente al hotel, abrí la cartera, busqué entre mis cosas y extraje el sobre que encerraba las cuatro letras en las que intentaba resumir mi vida y el punto final que esperaba. Entré, no sin antes mirara el reloj, eran las cinco y media de la tarde. Las recepciones de los hoteles son lugares extraños, una especie de tierra de nadie en la que la vulnerabilidad de los huéspedes, de los visitantes es tan evidente como desconcertante. Dejé el sobre a nombre de Nicolaiev, haciendo especial hincapié a que se le entregara a las seis en punto, ni un minuto antes, ni un minuto después. Intenté asegurarme de ello entregando un billete que más parecía una limosna que el pago de un capricho senil.

Salí a la calle, expulsado por la indiferencia de la puerta giratoria Crucé de acera y me senté. Miré el reloj sin perder de vista la fachada. Busqué la segunda planta y conté tres ventanas hacia la derecha. La sombra apuntada de un violonchelo por detrás de la cortina me confirmó mis sospechas, la misma habitación. Las mismas costumbres y seguramente las mismas manías. Me sentí un anciano, el anciano que en realidad ya era. Crucé las manos sobre el regazo y esperé sin saber demasiado bien el qué. Empezaba a oscurecer. En realidad, ya no quería nada, no esperaba nada, o tal vez sí, quizá que aquella niebla atronadora, pegajosa, cubriera los últimos vestigios de lo que algún día fuimos y los dos pudiéramos descansar en paz.





1 comentario:

  1. Qué esperabas que hiciese Nicolaiev. Por qué esperaste. Quizás si se hubiese arrojado por la ventana. No sé. Me he quedado inquieto.

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