miércoles, 4 de marzo de 2015

BIRDY STONE



"La vida que conocía era un asunto limpio, ordenado, cuerdo, responsable. Ahora, una viga desprendida le demostraba que la vida no era fundamentalmente ninguna de esas cosas. …, el buen ciudadano, el buen esposo, el buen padre, podía ser borrado del mundo entre su oficina y el restaurante, merced a la interpolación de una vida desprendida. Comprendió entonces que los hombres morían por azar y vivían sólo mientras la ciega casualidad los respetaba."


Se inventaba personajes a medida que pasaban las horas y los guardaba en algún lugar de su cabeza mientra escribía en el encerado complejas fórmulas que otros copiaban sin más. Pensaba que de esa manera podría encontrar al tipo que encajara con su esposa, aquella mujer que parecía cada vez más extraña. Una desconocida sentada en el mismo salón era casi siempre una incomodidad y él, a estar alturas lo incomodo le sobraba. Pero aunque se sentía extraño, la necesitaba para las cosas incluso más simples de su existencia. En su vida había entrado en la cocina, ni pensaba hacerlo; jamás había intentado planchar una de esas camisas de las que tanto se quejaba Eleanor aunque a él, en realidad, todo le daba igual. La comida, la ropa, incluso lo que pudiera venir mañana. Empezó a preocuparse por la dejadez de su propia vida. Quizá fuera cosa de la edad, aunque si fuera así, Tommy o Clare, estarían como él, pensando en lanzarse por el puente de Brooklyn en cuanto dieran la seis Sin embargo, a sus viejos camaradas se les veía cada vez más joviales, entusiasmados con aquella especie de segunda juventud que les trajo el cumplir los cincuenta mientras rondaban a las cándidas muchachas que transitaban por los pasillos de la universidad.

Pero él se sentía derrotado. Por las tardes, todas y cada una de ellas, de modo indefectible, cogía el autobús para volver a casa, arrastrando el malentín y su propio hastío. Durante la media hora que duraba el trayecto intentaba no mirar por la ventana y así, de ese modo, no descubrir al anciano que creía empezaba a suplantarle y que siempre le devolvía el reflejo del cristal. Ese no era él. Alguien que se había empeñado en disgustarle, en darle la vuelta a su existencia hasta convertirlo en el tipo huraño que ahora, día sí y día también, pensaba en saltar por el primer puente que se encontrara al salir de trabajar.

El tiempo había cambiado en los últimos días, y el agradable otoño había dado paso a una ola de frío polar que había convertido la ciudad en un paraje casi desértico al caer el sol. El agobio del tráfico parecía haber desaparecido y ahora, el tipo bronco y cansado en que se había convertido debía caminar desde la parada del autobús hasta su casa, sin ni siquiera poder encontrar el consuelo de un rayo de sol de la última hora de la tarde. La vida era una mierda y él, Birdy Stone, varón, cincuenta y tres años de edad, prostático precoz, abstemio por obligación y sin más fortuna que los veinte dólares que llevaba en la cartera, sólo pensaba en la careta que debía colocarse antes de llegar a la calle 73 para poder aplazar de que aquella extraña que habitaba en su casa, decidiera que había llegado la hora de mandarle definitivamente a paseo y lo dejara sin excusas para no saltar por el puente de Brooklyn.




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