sábado, 25 de abril de 2015

PARADA -BUDAPEST-


Cuanto más se vive, mejor se convive con la imperfección de la existencia
 y se aprende a no ser el protagonista de la propia vida.
Claudio Magris

Una débil nevisca cae sobre el Danubio y la ciudad parece un formidable bibelot agitado por la mano temblorosa de un gigante perezoso. Anochece antes de que la digestión de mediodía termine. Salgo a pasear con Marie para que las horas que aun faltan para que podamos considerar que ha llegado la noche pasen un poco más deprisa. La falta de luz no acorta los días, sino todo lo contrario, los hace eternos pero demasiado sombríos. Nos acercamos caminando por la ribera del río hasta las puertas del Parlamento, desde allí el Palacio Real, en Pest, y el Bastión de los pescadores se muestran en toda su magnificencia y nos recuerda lo insignificantes que somos. Volvemos sobre nuestros pasos, guardándonos del relente de un anochecer que empieza a helar. Ahora ya sentadas en un banco frente al río, contamos los zapatos de bronce que recuerdan a todo aquel que se acerca que el  ser humano es ingrato, salvaje y cruel. Nuestro genoma debería poder grabar la huella de los que nos precedieron, la de sus barbaridades, para que no olvidemos de dónde venimos y lo que somos capaces de hacer. La delicadeza es algo que se aprende. Aun así, me pregunto si esos vestigios gravados a fuego en nuestra memoria no servirían, en realidad, para cocer nuevas atrocidades, tomando como muestra un pasado tremendo para mejorarlo, sofisticarlo y hacerlo más mortal, más humillante, más denigrante, si cabe.

Apenas hablamos porque aunque ella chapurrea algo de español, mi incapacidad para pronunciar ni una sola palabra en húngaro dificulta mantener una conversación por sencilla que sea. Nos encaminamos hacía uno de las muchos cafés que, pese al frío, pese al anochecer temprano, abarrotan las aceras de terrazas que bordean los márgenes del río.

Apuramos un café caliente que reconforta por dentro a la vez que la fisonomía de un violinista, que guarda en su cuerpo las sombras del otro costado del muro, se clava en la retina para siempre. Al lado, una mujer hermosísima que muestra sin mostrar que la carne siempre que se paga es carne y nada más y, un poco más allá, papel que cruje sobre papel guardando los secretos de una decadencia buscada de propósito.

La geografía humana descrita en el Danubio, en los recodos de una ciudad que nunca olvida que la grandeza igual que viene se va, y que no hay soledad mayor que la de la compañía no deseada.




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