martes, 12 de mayo de 2015

ÖSTERMALM



“¿Cómo iba a imaginar durante el rodaje de ‘Nostalghia’ que aquel estado de tristeza aplastante y sin salida, que marca toda la película, podría alguna vez ser el destino de mi propia vida? ¿Cómo iba a imaginar que yo mismo, hasta el final de mis días, tendría que sufrir esa misma grave enfermedad?”

Andrei Tarkovsky


Son las notas que olvidamos entre nuestras cosas, que escribimos intentando ordenarnos, en las que dejamos las impresiones del día que ya ha pasado, las que con el tiempo terminan provocándonos un sonrojo de nuestra propia vergüenza ajena. Pocas veces soportan una segunda o incluso una tercera lectura. Son reflexiones que casi siempre miran hacia un pasado vital que remolonea entre un presente que estiramos intentando convertirlo en los trazos primerizos de un futuro que nos parezca más asequible, más amable, más a mano. Estos escritos desaparecen y aparecen de cualquier modo, en los lugares más insospechados: en el bolsillo de un abrigo que apenas vistes, en el cajón de la cocina, entre los libros que dejaste olvidados porque te parecieron infumables. Y cuando aparecen caemos en la tentación de pensar que si ahora vuelven de nuevo es porque lo que allí consignamos ayer, ahora, tal vez, pudieran tener alguna trascendencia cuando, en realidad, lo único que producen es rubor y una ligera irritación con uno mismo. Las notas personales envejecen mal y pierden interés de un modo vertiginoso.

Sentada en un café en el impoluto barrio de Östermalm en Estocolmo, escribo estas líneas mientras espero con paciencia que el vendaval que se ha levantado a primera hora de la tarde deje de arrasar cualquier cosa que asoma por las aceras. Mientras escribo estas líneas sé que no tienen ninguna importancia, como tampoco la tiene  que esté aquí o allí, que sea hoy o mañana. Escribo en línea recta, entre los chirridos de una cafetera vieja y los irritantes sonidos de los chats que desde los teléfonos móviles atosigan a todas horas y que nos convierten, por momentos, en figuras esclavas, vigilantes, dependientes e incluso mezquinas. Pasa la tarde de un modo trémulo. Los cristales no solo nos aíslan del frío, del ruido, sino también del resto del mundo y aquí, a solas, no existe ningún otro pasado que no sea el que hace diez minutos marcó el reloj, un poco más libre, un poco más viejo.


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