domingo, 18 de octubre de 2015

INGRAVIDEZ



No hay nada mejor, nada comparable, nada más en este mundo más allá de vivir
el corto tiempo que se nos ha acordado, estar vivo y saberlo.

William Faulkner



Me he despertado sobre la cuatro. Ese momento en que la noche cerrada avanza hacía el umbral de la madrugada. Me he puesto a leer sin seguir una línea porque me distrae la idea, absurda, de que un día pensé que llegar hasta ti era el sentido de mi vida, de todas las vidas. Inmediatamente me intuyo vetusto. En el televisor reponen por enésima vez “Historias de Filadelfia” y durante un rato la sigo en versión mute. La noche siempre es silenciosa, incluso cuando por el respiradero del baño se cuelan los maullidos espeluznantes de una pelea de gatos. Pienso en subir a la azotea y lanzar un cubo de agua para que los vecinos puedan seguir durmiendo. Pero me da miedo y espero con las llaves en la mano y no sé el tiempo que pasa, pero los gatos han dejado de desgañitarse. Incluso los más pendencieros tienen que ir a dormir cuando llega la alborada de un amanecer que no espabila y que se emborrona con una tormenta que se acerca desde hace dos día. Pienso en llamarle, y me voy al baño con el teléfono, y allí, junto al borde de la bañera, soy consciente de lo estúpido del gesto. Sobre las ruinas de su corta vida ya no puede construirse nada. Pasear entre los cipreses que bordean su adiós infinito, es algo que debe esperar, como el cielo o el infierno. Una condena. Las primeras luces tiemblan sobre el hormigón, el miedo se recoge porque alguien dispuso que debe ser así. Cualquier presagio es inútil sobre la vida.





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