sábado, 26 de diciembre de 2015

PIENSO



Larga vida a la oscuridad que habita en nosotros.



Encendí un Chesterfield mientras miraba por la ventana. La cabeza empezó a darme vueltas y tuve que sentarme en el sofá. El gato dio un respingo y continuó dormitando ovillando entre los almohadones. Mi presencia no le incomodaba, como tampoco a mí la suya. Nos habíamos acostumbrado a convivir como indiferentes compañeros de piso, solo que en mi caso las obligaciones para con él eran mayores: limpiarle la caja, darle de comer; y las suyas, por el contrario, no pasaban de ignorarme y reclamar su ración de pienso diaria cuando lo olvidaba. En las últimas semanas, desde que se marchó, había estado actuando como un autómata y no es que me molestara, al menos me permitía sobrevivir sin tener que planear nada por anticipado. Las rutinas llenaban las horas, los días y vaciaban la cuenta corriente, aunque eso me importaba bastante poco. ¿Qué más podía pedir? Tal vez que, de vez en cuando, una mano mágica limpiara la pocilga en que se estaba convirtiendo el apartamento, pero esta no era zona de milagros, sino todo lo contrario, por eso las tazas sucias y la ropa revuelta se acumulaba por cualquier sitio.  Abrí la ventana para que corriera un poco el aire y que el mareo de la nicotina, y del ayuno impuesto por vagancia, escamparan.  En el frigorífico sólo quedaba un paquete abierto de café y un cartón de leche tan antiguo que no se leía la fecha de caducidad. Cerré la puerta, llené un vaso con agua del grifo y me lo bebí para engañar al estómago. Me senté en la mesa de la cocina y empecé a escribir. Me animé a medida que las letras iban avanzando. Si la cosa se daba bien quizá incluso terminara pareciendo un poema que le colaría por debajo de la puerta, al atardecer, para que lo encontrara al volver de trabajar. La imaginé leyéndolo, el temblor del labio y la mirada empañada. Aunque puede que esas reacciones, tan emotivas y propias de ella, ya no se dieran. Se había ido cargando su bolsa a la espalda, después de dejar bien claro que lo mío era ser estúpido insensible y un pretencioso. Puede que tuviera razón, y por eso ahora pensara en sus temblores, en su mirada perdida y en la nevera vacía. El gato empezó a maullar, pero en la cocina ya no quedaba nada, ni una triste lata de pienso.






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