jueves, 28 de julio de 2011

EL ÚLTIMO QUE CIERRE LA PUERTA.

He decidido no dedicarle más de cuarenta minutos a colgar el cartel de cerrado. Tengo el tiempo milimetrado, tan justo que sólo así puedo dejarlo todo como debe estar. Mañana a estas horas estaré volando. Esta vez el equipaje personal es pequeño, lo necesario para sobrevivir y nada más. 
 Me llevo muy pocas cosas, sólo lo imprescindible. Entre ellas un par de libros, un bloc de notas y mi cámara. Así que he cerrado la maleta, guardado la documentación y he respirado profundamente. Ya están contados y empaquetados los cuadernos, lapiceros, sacapuntas, plastilinas, pelotas de goma, muñecotes de trapo, tizas y borradores que van a cruzar el mundo. Todo está dentro de un contenedor que excede de peso y por el que pagaré unas tasas descomunales. Todo está preparado, todo incluso yo.
He terminado de hacer las llamadas de rigor a la familia y amigos. Buena gente que se queda más preocupada que de costumbre. Entre ellos se rumorea que “mis cosas” empiezan a rozar la locura. No terminan de encajar que la falta de noticias será una buena noticia, pero así va a ser.
Llega la hora de los “hasta pronto” que cada vez pronuncio con la voz más baja. Y es que cuando uno cree que está de vuelta de algunas cosas, le entran algunas manías, algunas rareza, y a mi me ocurre una como esta, mis "hasta pronto", "hasta luego" son cada vez  menos rotundos, menos sonoros.
Sin embargo, pese a eso, no puedo evitar que me ocurra como al jefe de los piratas del cuento de Peter Pan. Temo que el "hasta pronto" sea demasiado optimista y en realidad se convierta en un "adiós". Ya se sabe que un cambio inesperado puede dejar en el limbo de la nada muchas cosas, entre ellas las que uno quiere que los demás sepan o no olviden. Por eso, antes de estos cuarenta minutos finales, he estado escribiendo notas y correos electrónicos que quedarán en la bandeja de salida de mi cuenta de correo electrónico programados por si el destino decide torcerse, nunca se sabe.
Dicho lo anterior, poco más puedo decir, sólo que espero que tengan un buen verano, que lo disfruten y que sean felices.
Cuídense.
“Corteza, agua y piedra.
En las mejillas ligeros surcos
¡qué simple belleza!
No tardarán en caer y desvanecerse
Con esa leve y fugaz fuerza
Arañamos apenas la tierra”.
-Árbol thanaka-

The Communards - Never Can Say Goodbye


miércoles, 27 de julio de 2011

SORPRESAS


¿Cuántas veces hacemos cosas porque tenemos un compromiso que no podemos eludir? Más de las que creemos y ese compromiso lo convertimos en una losa. Eso pensé yo cuando, hace algún tiempo, me llamaron para pedirme que durante noventa días “amadrinara” a una “recomendada”. 
Se me torció el gesto, resoplé y, conté en el calendario los días que tendría que “soportar” esa compañía semi-impuesta.


Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula desde un inicio. Quien venía lo hacía libre de toda afectación, con la humildad del que sabe que no sabe nada y en unas condiciones laborales casi vergonzosas. Acudió día sí y día también, trabajó y estudió sin poner un pero.

Congeniamos profesionalmente hablando. Le enseñé lo que pude y ella lo aprendió todo y más. Tras los noventa días pactados, yo quedaba libre y ella también. Quiso continuar y le dije que no. Era un mirlo blanco, de los de verdad, y como tal tenía que volar. Y lo que empezó como mi compromiso ineludible para con un tercero, se convirtió en mi compromiso personal para con ella.  Toqué donde tocaba tocar y, así, en unas semanas, marchó a trabajar a la City. No dejamos de estar en contacto durante todo este tiempo.

Esta tarde ha venido a verme, vuelve a estar de nuevo en Barcelona,  ha conseguido un buen lugar en el que trabajar. Quería contarme su nuevo proyecto y, de paso, pedirme un favor. Debo decir que ha sido una sopresa, tanto la visita como el "favor" solicitado. Quiere que la acompañe en su juramento profesional. He tenido que aclararle que eso no es un favor, que eso es un honor. Y es que lo es de verdad. Hoy mis felicitaciones son para ella.


© Jean Michel Basquiat

martes, 26 de julio de 2011

SIGLO XXXV



Me apetecía tomar un poco el aire y alejarme, por un par de horas, de las montañas de papel, de las obligaciones que no terminan nunca y me apetecía, sobre todo, que dejara de jugar, que se sentara conmigo para compartir los dos únicos vicios confesables que conservamos en estos momentos (el café y el tabaco) y charláramos de lo suyo y de lo mío, de cómo le va, de cómo me va. Pero para ese encuentro intergaláctico deberíamos esperar hasta el siglo XXXV por lo menos. La falta de tiempo. Pero catorce siglos son demasiados siglos para esperar incluso para lo que parece eterno. Nada resiste tanto tiempo. Por eso, porque la evidencia me mata, me escapo en busca de alivios más mundanos.


Me acerco al Palau Robert donde hay una exposición sobre Sándor Márai. Parada frente a la verja pienso que Márai es suyo. Pero aún así entro, sabiendo que Márai no es mío y que siendo suyo, hacerlo mío, así, a traición, es jugar a hacer trampas una vez más. 

Me paseo por las salas vacías  mientras escucho a los Cowboy Junkies. Una combinación extraña, como muchas otras, como mezclar el agua con el aceite, los perros con los gatos. Lo suyo es así, lo mío también. Puede que en el siglo XXXV todo sea más sencillo. Puede que entonces llueva azul, que podamos hablar de lo suyo, de lo mío y de cómo nos va. Que Márai siga siendo suyo mientras los Cowboy Junkies siguen siendo míos y que nos los prestemos, que los intercambiemos así, sin más.


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"Siempre quería otra cosa. Siempre quería ir a otro sitio. Yo pensaba que esa perenne insatisfacción era su reacción al miedo y la confusión. Pero poco a poco fui comprendiendo que lo dulce nunca era bastante dulce para ella ni lo salado lo bastante salado, y que de pronto podí apartar bruscamente un exquisito plato de pollo que el chef del excelente restaurante había asado a la parrilla con maestría y decir en voz muy baja, pero con decisión: “no está bueno. Quiero otra cosa.” Y la nata no estaba bien montada, y el café no era lo bastante fuerte nunca, en ningún sitio.
Yo creía que simplemente era caprichosa. Miralá, me dije. Y la observaba. Incluso me divertía con sus caprichos.

Pero luego comprendí que su capricho brotaba de un pozo tan profundo que yo no podía llegar a ver el fondo. Era el pozo de la pobreza. Judit estaba luchando contra sus recuerdos. A veces me conmovía ver cuánto se esforzaba por ser más fuerte que sus recuerdos y reprimirlos con una disciplina ferréa. Pero algo se había desbordado en su alma al derrumabrse las presas que se alzaban entre su pobreza y el mundo.

Ella no quería algo mejor o más brillante de lo que yo le ofrecía: ella quería “otra” cosa…¿Entiendes? Como el enfermo grave, que piensa que en la otra habitación se sentirá mejor o que en algún lado hay un médico que sabe más que el que lo trata, o un medicamento más eficaz que los que ha tomado hasta el momento. Quería otra cosa, algo diferente. Y a veces se disculpaba por ello.. No decía nada, sólo me miraba, y ésos eran los momentos en que yo de verdad sentía más cerca de mi su orgullosa y ofendida alma: me miraba casi con impotencia, como si supiera que no podía hacer nada porque su pobreza y sus recuerdos eran más fuertes que ella. Y luego sonaba con fuerza un grito en su interior que superaba la muda súplica que se leía en su cara. Aquella voz interior pedía otra cosa. Y desde la primera noche.

¿Que quería? La venganza. Todo. ¿Como quería conseguirlo? Ni ella misma lo sabía".


-La Mujer justa- Sándor Márai






domingo, 24 de julio de 2011

KEITH JARRETT, AMY WINEHOUSE Y UN DESASTRE PERSONAL


Tenía en la cabeza dejar cuatro notas sobre el concierto de ayer noche. Sobre lo estupendo que es escuchar buen jazz, del mejor, en el incomparable marco de Anfiteatro del Teatre Grec de Montjuic. De lo estupendamente bien que estuvieron  Keith Jarrett, Gary Peacock y Jack DeJohnette y de la velocidad cósmica que alcanzan los momentos más deliciosos de nuestra vida, de lo geniales que son las noches de verano y de lo lejos que están algunas cosas. Pero, después, mientras pensaba en todo ello, cruzó por mi cabeza la idea recurrente de que, por lo general, el mundo se ha vuelto un estercolero, que la muerte de Amy Winehouse nos muestra la locura en la que vivimos, y que lo malo no es que una persona decida autodestruirse,  sino que los que están a su lado, vivan a costa de eso, de la exhibición de esa destrucción.
Pero he sufrido un percance feroz. El disco duro donde guardaba más de 3.200 fotografías, sin que aún comprenda cómo ha podido pasar, se ha precipitado desde la estantería en la que reposaba hasta el suelo. Metro y medio de distancia que ha puesto fin a una infinidad de recuerdos.  Así que no tengo el cuerpo para nada. Se me ha quedado temblón después de que la mala fortuna me haya arrancado, con un golpe seco, la mitad de las geografías de mi vida.
Por eso, ni Keith Jarrett, ni las noches de verano, ni la muerte de Amy Winehouse, nada de todo eso, va a conseguir borrarme la cara de aturdimiento con la que me paseo por casa desde hace casi tres horas.
Ahora, tras el desastre, sólo me queda acudir a la memoria para reconstruir las miles de imágenes perdidas y esperar, si algo que hay que esperar, que mi memoria sea fiel, que no deforme más allá de lo imprescindible y que Amy Winehouse encontrara lo que buscara, si algo buscó.
Un auténtico disloque.
© Fotografía naq

viernes, 22 de julio de 2011

COSAS Y ESO


Corría el año 1986 cuando Juan Antonio Samaranch, desde Laussane, pronunció el famoso “À la ville de Barcelona”. Durante unos minutos, mientras estábamos expectantes frente a las pantallas gigantes que se instalaron en la Plaça Catalunya, la ciudad entera contenía la respiración. Las palabras de Samaranch, proclamando a Barcelona ciudad olímpica, los saltos de Pascual Maragall, provocaron la catarsis colectiva y la alegría se expandió hasta el último rincón de la ciudad. Aquel día estábamos todos en el centro de la plaza. Aquel acontecimiento nos colocó en el ojo del huracán. Ese año conocí a Javier. 

Pascual Maragall, alcalde de Barcelona entre los años 1982 y 1997, fue muy querido en la ciudad. Puede que los acontecimientos le fueran favorables, posiblemente, pero lo cierto es que pese a todo, Maragall fue considerado un personaje político tocado por la gracia divina, al menos mientras estuvo en el consistorio. Por eso, cuando en el año 2007 hizo público padecer alzhéimer, la ciudadanía se conmocionó. Cuatro años antes había fallecido el padre de Javier.

Pocas veces alguien con una relevancia pública como la de Maragall reconoce tener una enfermedad tan incapacitante e invalidante  como lo es el alzhéimer. Y en muchas menos se presta para dejar testimonio de la vivencia y de la cruzada que emprende junto a sus familiares y amigos, para retrasar al máximo posible las brutales consecuencias de una de las enfermedades del S.XXI. 

Puede que Pascual Maragall no fuera santo de devoción de muchos. Puede que políticamente no fuera brillante. Se le pueden encontrar todos los peros del mundo, pero hay un hecho cierto y es que  protagonizando el documental de Carlos Bosch (que durante dos años se convirtió en la sombra de Maragall para reflejar en la pantalla la batalla emprendida por el ex – alcalde y su familia contra la enfermedad),  ha dado un paso al frente y nos lo coloca en la esfera de los que han hecho de la necesidad virtud. Un ejemplo positivo para muchos y la visibilización de una enfemedad terrible. El desvanecimiento del recuerdo, del conocimiento, de la esencia del ser.

Debo reconocer que me he resistido durante mucho tiempo a ver esta cinta. Aún me queman algunas cuestiones vividas, pero hoy, mientras buscaba algunos DVDs, no he podido resistirme más y he comprado una copia de “Bicicleta, cuchara, manzana”.  Mientras la colocaba entre los libros y películas que me llevaba a casa, me he acordado de Javier, de la cantidad de veces que tapamos los espejos de su casa, de la cantidad de veces que tuvimos que guardar bajo llave los frascos de gel del baño, de la de veces que sono el teléfono por pura desesperación y de las veces que le vi llorar mientras su padre le confundía con su propio padre.

Y debe ser que tengo el cuerpo jota, que ha sido verla y enmudecer. Algunos pensaran que no hay para tanto, ya digo yo que no, pero algunos días son así.

jueves, 21 de julio de 2011

SALTOS


Una cosa lleva a otra, y esa a otra distinta y así, de salto en salto, llegué hace unos días hasta “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas. 
El “culpable” de este salto mortal con doble tirabuzón fue Javier Marías y su novela “Los enamoramientos”. Durante unos días, me enganché a la vida de María Dolz y con ella a las reflexiones sobre la condición humana, sobre lo pernicioso de algunas relaciones y, sobre todo, a las referencias a la novela de Dumas, "Los tres mosqueteros". Me colgué de la historia del Conde de la Ferè y de su joven esposa Anne de Breuil (la historia de Athos y Milady), de las decisiones rencorosas, de una irracional cuestión de honor solventada con la horca y de una vida de tristeza y amargura.

Con la novela de Dumas en el macuto me perdí en un Trieste imaginario y me dejé arrastrar por la Bora hasta llegar al “Verde agua” de Marisa Madieri y desde allí, entre el viento contumaz que bate el norte de la bota, recorrí la misma playa que años antes recorrió Magrís. 

Y de salto en salto, como si la vida se construyera entre los dos extremos de una comba, me posé esperando un nuevo lugar al que llegar 
¿A cuál? ¿Quién sabe? Puede que a “El fondo del cielo”, pues siento que en estos momentos me ronda Rodrigo Fresán, pero nunca se sabe. Cabe la posibilidad que acabe entre los tebeos de Purita Campos y que por un momento retorne a mis quince años de la mano “Esther y su mundo” y me olvide, aunque sea por un momento, que tal y como Athos apuntó a Milady:  

 “El uno y el otro hemos vivido hasta ahora tan solo porque nos creíamos muertos, y porque un recuerdo molesta menos que una criatura, aunque a veces un recuerdo sea algo devorador”.

Ravi Shankar - Mangalam

miércoles, 20 de julio de 2011

SOMBRAS

Creemos disponer de todo el tiempo del mundo. Que mañana podremos hacer todo lo que queremos hacer, decir todo lo que necesitamos decir, porque el  mañana siempre está ahí, presto a llegar. 
Por eso, en muchas ocasiones, aplazamos abrazar, besar, conversar, y aplazamos sin pensar que tal vez ese mañana no llegue nunca. Nos cuesta perder el tiempo en cosas sencillas, simples. Las ponemos al final de la lista, pensando que siempre habrá tiempo, que seguirán ahí innamovibles.  
Pero un día te levantas y ya no puedes hacer, ya no puedes decir, ya no puedes nada, porque todo ha cambiado por un giro del destino, o por dos o por tres, o por miles de giros que nos hacen perder la cuenta y el rumbo de lo que creíamos controlar. Los que creías que estarían allí ya no están, porque ya no quieren estar, porque ya no pueden estar, porque la vida los sacó de su juego y entonces, lo que en su momento era fundamental, se torna caduco, fuera de lugar.
Un completo enrocamiento contra la realidad que deja poco margen para salvar ni siquiera los últimos restos del naufragio.

Aplazamos sin pensar que podemos llegar tarde (si finalmente llegamos), y que todo eso que quisimos hacer, decir, tocar, oler, queda suspendido en nuestro recuerdo, perdido sin remedio, convirtiéndonos en las sombras de lo que un día quisimos ser. 

Calculamos mal esperando momentos adecuados, mejores, más relajados y acostumbramos a equivocarnos. Los tiempos mejores no existen. Son los que son. Nunca estaremos menos agobiados, ni nos sentiremos más libres de lo que  somos. 
El tiempo es una medida embustera y traicionera. Lo que importa, o lo que debería importarnos, es el aquí y el ahora. Nunca habrá un momento propicio, nunca nos sentiremos totalmente cómodos en nuestra propia piel. La vida es así.  De ahí que no debamos perder el tiempo. No debemos dejar que el tiempo enrede, ni que retuerza una y otra vez los hilos que manejan nuestra vida. El mundo sigue girando, el nuestro, en lo particular, también, y cuando dejamos de gobernarlo nos termina estrangulando.

No conozco a nadie que no haya sufrido las demoledoras consecuencias de postergar lo fundamental. También yo las he sufrido, sé cuál es el precio que se paga por no hacer las cosas cuando tocan, cuando creí debía hacerlas. Quizá por eso, porque no tengo más monedas con las que pagar peajes tan elevados, es por lo que procuro no dejar de besar cuando quiero hacerlo, de abrazar siempre que puedo, de acariciar cuando lo siento y de conversar cuando el que tengo enfrente vale la pena. Intento ser generosa, conmigo y con los otros. Procuro que mis hilos me acompañen pero me no enreden.

Con las cosas importantes no caben las tonterías.

Y para terminar, un consejo gratuito: Besen, abracen, acaricien, lloren, salten, conversen y sean generosos. Mañana puede ser tarde, y los elegidos son pocos como para dejarlos por el camino.  No dejen que sus sombras les posean, yo lo intento aunque no siempre lo consigo.


Billie Holiday - When you`re smiling




© Fotografía naq

martes, 19 de julio de 2011

IRONIAS


Creemos conocer todo del que tenemos a nuestro lado. Supongo que por eso para Raúl fue una enorme sorpresa descubrir que, pese a que cada noche se acostaba conmigo, desconocía gran parte de mi vida. Nunca sospechó nada. Los martes, con el paso del tiempo, se habían convertido en "mi día”. Nunca preguntó nada y la rutina había adormecido las quejas de los principios. Por eso, los martes, todos y cada uno de ellos, acostaba a María, me vestía de manera aparentemente discreta y después de un beso acomodado en la rutina, cerraba la puerta aparcándole a él, aparcándolo todo.

Si la suerte existe, me acompañó casi siempre. Pisé los lugares más sombríos, las compañías más ingratas y siempre conseguí volver a casa olvidando lo que por unas horas me devolvía  la vida. Una vida que me pertenecía sólo a mí y que nadie, de conocerla, la comprendería. Regresaba a casa y borraba con la manga del abrigo cualquier rastro que mi boca pudiera delatar. Siempre era de la misma forma. Sin recuerdos, sin ayer, sin mañanas comprometidos.

Pero un cambio de rutinas cambió el curso de mi vida. El miércoles 15 de marzo, una fecha cualquiera, fue el principio del fin. Regateamos las horas, los minutos y finalmente acordamos donde encontrarnos. Caminé despacio mientras apuraba las últimas caladas de un cigarrillo que, como un ritual más, encendía cuando apenas me faltaban unos metros para llegar a “Sack’s”.  Saludé al portero con una leve inclinación de cabeza. Su mirada se perdió siguiendo mis pasos y sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. 

Le encontré sentado en la barra. En la  mano sostenía un vaso medio vacío mientras del cenicero colgaba un cigarrillo que no se había desprendido de su ceniza. No le  había dado más que una inicial calada. Me saludó sin levantar la vista del vaso, pese a que acaricié su nuca como en otras ocasiones. Por su aliento supe que llevaba hora allí. Posé mi mano sobre su muslo buscando la cercanía que tenían nuestros encuentros. Busqué su boca y su saliva espesa me avivó el deseo.

Cerré la puerta y la atranqué con la espalda. Deslizó sus manos bajo mi falda, sin torpeza, pese a las copas, y entreabrió mis muslos buscando un sexo que ya le buscaba a él.  Mantuvimos un equilibrio imposible. Mis piernas en sus caderas, los brazos alrededor de su cuello y mi boca dentro de la suya. Sentí su rabia en cada embestida. Por eso, el golpe no fue distinto cuando me hundió, en el bajo vientre, un cortaplumas que ni siquiera había visto. La misma rabia, el mismo calor. Sentí su aliento contra mi cara y vi en sus ojos que estaba frente al propio demonio. Todo se volvió negro. 

Al día siguiente, me transformé en dos minutos en el noticiario de las nueve. "Aparece muerta una mujer en los baños del -Sack’s-. Se desconocen las circunstancias del crimen. Una muerte casual. Las actuaciones siguen bajo secreto de sumario".
©Fotografía naq

lunes, 18 de julio de 2011

¿BOTELLÍN O NO BOTELLIN? ESA ES TU CONDICIÓN


Estoy muy cansada y sólo es lunes. Pero pese a estar agotada, física y mentalmente (hoy hemos cerrado un proyecto en el que llevamos trabajando meses y que va a mejorar la vida de algunos crios), tengo algo que decir. 
Desde hace mucho tiempo escucho a Carlos Herrera. Me parece un tipo genial. Muy poca gente me lo parece. Un tipo ocurrente, con chispa, e inteligente, muy inteligente.
Supongo que es por eso que cada vez que sale de su boca una frase de lo más irónica, me entran ganas de lanzarme a la radio y abrazarla como a un camarada. Por eso he adoptado dos de las expresiones que más ha apuntalado en los últimos tiempos:

- Hay más tontos que botellines.
-Un tonto más y nos vamos todos al agua.

Y sí, tiene más razón que un santo. Botellines y tontos los que quieran.

Ahora me voy a leer, con los cascos puestos y a regocijarme en el gran triunfo personal y profesional del día de doy. Cuídense y aléjense de los botellines o les veo con el culo en remojo.


LA NOTTE


 "Y le cortaron la cabeza, y la arrojaron al río. Sin embargo,  aún hoy,  se escucha el sonido de una lira y la voz de Orfeo cantando a su amada Eurídice".

Tengo puesto, en estos momentos, un Cd que compré en mi último viaje a Italia. Me desplacé hasta Mantua y allí, bajo un viento feroz, pude escuchar en directo los ensayos de la ópera “Orfeo”.  Me encantó y me encanta. 
Hoy llueve en Barcelona, tiempo extraño para un mes de julio en el que el verano no acaba de llegar. No hay nadie en todo el edificio, quedamos como guardianes de las vidas urbanas de otros y así, sin ningún reparo, pasada la medianoche, suena a un volumen nada adecuado el “Orfeo” de Claudio Monteverdi.

Mientras leo el libreto, encuentro entre sus páginas una anotación: “Nunca olvides que quien te da la vida te la puede quitar con un simple soplo”. El trazo confuso de lo anotado entre las  oscuras bambalinas de una tarde de octubre, se mantiene igual de sombrío, igual de cierto en el recuerdo.

Pero es julio, la música se escapa por la ventana; lo que es, simplemente es; Monteverdi suena mejor que nunca y en el aire flota el aroma a jazmín.

©Fotografía naq



sábado, 16 de julio de 2011

LUMBALGIA MON AMOUR


Tengo una lumbalgia aguda desde hace 6 días. Recomendación médica tras acudir a urgencias el pasado martes: una ristra de medicación, calor, reposo y quedarse en casa. Obviamente las indicaciones no fueron seguidas salvo en lo farmacológico. Así me ha ido. He descubierto que no soy divina y por eso, de manera inopinada y dolorosa,  me quedo clavada al suelo en intervalos cada vez más cortos. Así, que voy a portarme bien y cumplir las prescripciones del doctor que tan amablemente me ató las sandalias para que  pudiera marcharme a mi casa. 

Por eso, depués de hacer acopio de periódicos, películas ("Luces de la ciudad", "La soledad", "Amanece que no es poco" "My blueberry nights", "El cielo protector" y "El gran Gatsby), libros ("Mario y el mago", "Caminos nocturnos" y "En la bahía"), dos litros de coca-cola zero y dos botes de helado de vainilla, voy a atrincherarme en el sofá.

Que tengan un buen fin de semana.

viernes, 15 de julio de 2011

CRÓNICA DE UNA TRIPLE PRESENTACIÓN ANUNCIADA. JOSE LUIS MUÑOZ


El pasado jueves, a última hora de la tarde, estaba citada en el Café Salambó, en pleno barrio de Gracia de Barcelona. Para quienes no conozcan el “Café Salambó”, les diré que es lugar de referencia en la vida artística y cultural de Barcelona. Esa tarde de  jueves, con el bochorno que la lluvia tardía de julio había dejado sobre la ciudad, José Luís Muñoz presentaba sus tres últimas novelas: “Tu corazón Idoia”,  “Llueve sobre la Habana” y “Muerte por Muerte”.

Tuve la enorme satisfacción de escuchar de primera mano el proceso creativo de tres novelas tan distintas entre ellas que bien hubieran podido ser escritas por tres personas completamente distintas. Y así podría ser, si no fuera porque cada una de ellas lleva impreso el sello de su autor. Su fantástico dominio de la trama, de los personajes y del lenguaje, las hacen inconfundibles en cuanto a su autoría.
Una presentación exenta de  encorsetamiento y divismos que se convirtió en una reunión de amigos. Desde un segundo discreto plano pude observar como José Luís saludaba a todas y cada una de las personas que aquella tarde se acercaron hasta el “Café Salambó” para compartir con él ese momento.

Una tarde deliciosa, en la que se erigieron en protagonistas las tres novelas: “Tu corazón Idoia”,  “Llueve sobre la Habana” y “Muerte por Muerte”. Pero la tarde, sin duda, estuvo presidida por otra cuestión tan interesante como las propias tramas de los libros que el autor presentaba, y esa cuestión no fue otra que la “octava vida” que el autor dice estar viviendo en ese exilio voluntario en el Vall de Aran.
Y es que debe ser cierto, debe tener ocho vidas, pues no de otra manera se puede entender la ingente cantidad de publicaciones que en estos momentos tienen en danza Muñoz. Muchas vidas hay que tener en la recámara para poder escribir como lo hace José Luís Muñoz. No debemos olvidar, tal y como se encargaron de recordarnos José Vaccaro y Celia Santos (presentadores del acto), que nos encontramos frente a uno de los mejores escritores de novela negra de este país. 


La producción literaria de José Luís Muñoz es amplia y su público fiel como pocos.
Creo que es difícil, por no decir imposible, que asista a otra presentación en la que el autor se faje con tres de sus tres últimas publicaciones a la vez. Sin embargo y por si acaso voy a ir preparando la cámara, con José Luís Muñoz nunca se sabe y puede que, aunque ahora dice que no, en unos meses nos sorprenda de nuevo con una presentación multiplo de tres o de treinta tres.

PD.: Una invitación a visitar su blog, una joya en pequeña escala: 
 

©Fotografías AN=NA
ENLACE EN: www.masquepalabras.info

jueves, 14 de julio de 2011

QUE ME IMPORTA UN HUEVO (VERSIÓN 2.0)

 

Como no me debo a nadie y tampoco creo que interesen demasiado las cosas que digo, me puedo permitir el lujo de contar lo que me de la gana, sin tener que cogérmela con papel de fumar por si alguien se molesta, o le disgusta lo que digo o dejo de decir.

Por eso, las cosas que escribo, las escribo como quiero y lo hago sobre lo que quiero. En ocasiones lo que explico es real, me ha ocurrido a mí; en otras son cosas que me han contado, que he visto, he oído, he sentido o simplemente me las he inventado. ¿Qué más da? A mí, ésto me entretiene, como a otros les divierte correr por la cinta en un gimnasio, beber cerveza hasta reventar y a otros la papiroflexia. Cada uno con lo suyo.

Algunos de los que se dedican a esto de escribir, vamos los que lo hacen se serio y se supone que se ganan la vida con el sudor de su pluma, nos tienen, a los que hacemos estas cosas, por unos cutres que cuelgan sus historietas mal hilvanadas y mal escritas para exhibir en en público los diarios que de adolescentes escondían bajo la cama (esto no lo digo yo, esto me lo han enviado en un “bonito” correo electrónico). Todas estas disquisiciones, es que me tocan la Marcha Real, es decir, me importan un huevo, me la soplan o, lo que es más rotundo, me las paso por el mismísimo Arco de Triunfo de mi persona. Más que nada porque como he dicho, no es más que un entretenimiento, no tienen ninguna otra finalidad que la del puro divertimento y me sirve, entre otras cosas para practicar mecanografía e incluso, cuando lo hago en un papel cualquiera con mi “roll-pen”, para mejorar la caligrafía que por culpa de la utilización del teclado y del deterioro neuronal ya parece la escritura de un loco.

Así que visto lo visto, yo no obligo a nadie a que lea unas notas que, como digo, no interesan casi a nadie. Leer no es obligatorio, al que lo haga que le sirva de entretenimiento, si de algo le tiene que servir. 


Es muy fácil, al que no le guste que no mire, y por último, al que pasa por esta casa sólo por el gusto de la crítica en algunos mentideros, o para inventar sobre mis estados personales, mis relaciones y tendencias sexuales, sobre el color de mi pelo o sobre si me depilo totalmente el pubis (ya ven que cosas llegan a una) pues que no se apure, que puede dejar de leer porque: digan lo que digan, donde lo digan y a quien se lo digan, me importa un huevo.

Alaska y Dinarama - A quien le importa


(La versión 1.0 corre por este blog, allá por el 26 de noviembre de 2009)

miércoles, 13 de julio de 2011

COSAS VEREDES


A finales de la semana pasada recibí una llamada del que durante años consideré el "hombre de mi vida". Y he dicho “consideré” porque, al cabo de otros tantos, me di cuenta que “el hombre de tu vida” no es uno, sino que, como la Santísima Trinidad, puede ser uno, dos, tres, casi siempre todos ellos a la vez.

El hombre en cuestión, al que llamaré Alfa, me llamaba para invitarme a comer, charlar de algunas cosas y que, de paso, le pusiera al día de las novedades de mi vida que, según dijo, le constaban a través de otro.

Debo confesar que, como el que tuvo retuvo, Alfa provocó en mí una alegría que excedía lo discreto, retrocedí en el discurso y me dije que tal vez sí que existía el "único hombre de tu vida". Hacía algún tiempo había visto un reportaje en el que aparecía con el mismo porte de antaño, con un poco menos de pelo, pero igual de “cañón” que entonces.  

Acepté la invitación, no de inmediato, tarde dos minutos y medio, no fuera a ser que se me notara el ansia. Así que el día X, a la hora H, con más nervios que un chuleton de Minessota me presenté en la dirección que Alfa me había indicado.

Una villa en las afueras de la ciudad, un lugar discreto, delicioso. Ideal. Eso sólo podía ser una señal. El retorno de Alfa a mi vida no podría ser una casualidad. Finalmente, los años me daban la razón y aquel que consideré “El hombre de mi vida”, volvía al redil con la calma, la serenidad y el buen gusto que una segunda parte demanda.

Mientras esperaba sentada en unos confortables silloncitos de cuero, repasé el rouge de mis labios. No pasaron más de un par de minutos cuando un camarero, vestido con librea, me acompañó al comedor. Unos metros de tensa alegría, de mariposas en caída libre en mi delicado estómago (no en vano llevaba tres días sin comer para poder embutirme en el maravilloso vestido que había llevado en nuestra última cita. Lo vintage no muere nunca). Crucé el comedor con un ligero contoneo de caderas, haciendo bailar la melena cuando, sin anestesia, descubrí que junto a Alfa, cogido de la mano, como un perfecto enamorado, se encontraba el que en su día fue el segundo “hombre de mi vida”. 

Debo decir que sobrellevé la comida con mucha dignidad. Sólo en los postres flaqueé, pero es que a ver quien tiene tino parar beber sin atragantarse que los “dos hombres de tu vida” te pidan, como dos dulces princesas, que les amadrines pues, a fin de cuentas, sin tí nunca se habrían conocido.

martes, 12 de julio de 2011

FILIAS QUE REPUNTAN


Entiendo de muy pocas cosas. Cada vez de menos. He cruzado la frontera de la vanidad juvenil que me empujaba a poner de manifiesto mi conocimiento sobre algunas cosas. Por eso, ahora campo a mis anchas sabiendo que cada vez sé menos, que nunca comprenderé algunas cosas y que otros son infinitamente más sabios que yo. No es modestia, no lo soy. Simplemente sé que es así. 

A estas alturas sólo puedo decir lo que me gusta, me apasiona, lo que me disgusta o incluso lo que detesto. En ocasiones, ni siquiera puedo precisar cuáles son las razones, los motivos por los que algo me agrada o me desagrada. Sólo sé que es así, precisamente así, de esa manera sin necesidad de convencer a nadie.
Lo mismo me ocurre con las charlas. Con el tiempo me gusta más escuchar que hablar. Disfruto escuchando a los que sin altanería ni petulancia comparten conmigo aquellas cosas de las que saben. Con eso me basta. 

Hace muchos años, un encuentro absolutamente casual, sin trascendencia para otros, pero sí para mí, hizo que cayera en el embrujo de la pintura de Antonio López. El romance dura ya muchos años. Sin embargo, no puedo precisar donde reside la excelencia del pintor. Y sé, porque he leído mucho sobre él, lo que los demás opinan, y podría hacerme la interesante y calcar, plagiar, la opinión de otros y hacer que pareciera mía, pero no me interesa. 
Así, que me resigno a no poder explicar el porqué de esta incondicional adhesión. Simplemente es.

En los próximos días tengo una cita con Antonio López, él no lo sabe, pero yo sí. Así, sin más. Es lo que tienen los años, le permiten a una hacer lo que se la envaine, sin más motivo que el gusto de darse un gusto y sin necesidad de explicaciones pretenciosas; admirando a los que saben, porque no puede ser de otra manera; aunque para ello haya que recorrer cientos de kilómetros.


No dejen de ver "El sol del membrillo", un documental rodado por Victor Erice sobre el proceso creativo de Antonio López García. No les defraudará. Disfrútenlo.

lunes, 11 de julio de 2011

TE IMAGINÉ


Te imaginé en la esquina de la mesa que una vez ocupamos. Te imaginé esperando que llegara hasta ti mientras simulabas mirar por la ventana. Te imaginé ocultando la sonrisa mientras fingías no saber que estaba a tu espalda.Te imaginé dejando que mis manos se posaran sobre tus ojos para cegar el infierno que un día se clavó en ellos.
Te imaginé almacenando para mañana los microsegundos en los que los reflejos de nuestros cuerpos se superpusieron en el cristal. Te imaginé sentado, apurando los poco segundos que nos quedaban. Y te imaginé allí, así, porque sé que si algún día tengo que rescatarte de ti mismo, tendré que subir hasta allí, apostarme frente a la ventana que nos dibujó, fingir que no te pienso, y esperar.

sábado, 9 de julio de 2011

HOY POR TI, MAÑANA POR MÍ

 

Creo en la capacidad de reconstrucción de las personas. Sin embargo, para que esa capacidad de recuperación, sanación, que algunos llaman resiliencia, se desarrolle se necesita una voluntad de hierro y tener la enorme suerte de encontrar buenos compañeros de viaje. Quizá, en este punto sea donde las cosas se nos ponen más difíciles, más cuesta arriba. Encontrar quien te acompañe en un regreso casi infernal puede ser un milagro.

Corren malos tiempos para los acompañamientos incondicionales.  Nadie soporta demasiado tiempo a quien anda sumido en un estado de tristeza o de melancolía producto de lo que sea. Los consejos se suceden uno tras otro esperando que generen una respuesta inmediata del apenado que no se da nunca de manera pronta e inmediata.

Olvidamos que cada uno tiene su propio ritmo y que la superación de determinadas vivencias, sentimientos o situaciones requieren recolocarse y eso, pese a lo que molesta a los que se encuentran alrededor, suele requerir de un tiempo que no siempre se comprende. En ese momento, cuando uno más lo precisa, las deserciones de los que inicialmente estuvieron allí se suceden en cascada y se hacen más patentes que nunca, sin dejar otra estela que la del adiós incomprendido.

Salir fortalecido de los contratiempos, del dolor emocional, depende, aunque no lo creamos, de la suerte de encontrar en nuestro camino a buena gente, personas que se mantengan impasibles e inamovibles ante el vaivén del que, en pleno proceso de recuperación, recae las veces que su vida requiera.





Michel Camilo and Tomatito - Rom Within

viernes, 8 de julio de 2011

AQUÍ Y ALLÍ


«-¿Sabes que no había pensado, Enaiat?
   -¿En qué? 
  - En el hecho que sentir es muy diferente de mirar. Es menos doloroso, ¿verdad? Permite jugar con la fantasía, transformar la realidad». *

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Cuando leí parte de este diálogo, me acobardé de inmediato y pensé que si dejaba de mirar, de prestar atención a lo que veía, intentado emular a Enaiatollah Akbari, entregándome sólo a los sentimientos, fantaseando con ellos,  podía acabar convirtiendo mi vida en un sufrimiento continuo.

Comenté el párrafo y afirmó compartirlo de principio a fin. Dijo preferir sentir e imaginar, cómo el único modo que conocía para subsistir en un mundo que había adoptado una tonalidad absolutamente gris.  Dijo  que sólo de esa manera, sintiendo,  imaginando y viviendo en un mundo creado a su medida, podía controlar la intensidad de su dolor y de sus alegrías.

Cerré el libro, habían dejado de interesarme las desventuras de Enaiatollah. Me pregunté quien había cambiado al ser pragmático que un día fue para transformarlo en un individuo sentimental  y soñador, cuasi enamorado de su nuevo mundo.

Corrí hacia el espejo, llevé las palmas de las manos a mis mejillas, y me sentí. Sólo así supe que mi desmadejado yo, seguía intacto aquí y allí también .

© Fotografía naq

* "En el mar hay cocodrilos. La verdadera historia de Enaiatollah Akbari" de Fabio Geda. 


miércoles, 6 de julio de 2011

HABLEMOS DE SEXO BAJO UN OLIVO


Que pasaría si ustedes, de golpe y porrazo, espetaran: “No cambio una juerga con mis amigas más que por una noche de sexo desenfrenado con un hombre que me haga morir de la risa”,  pues yo se lo digo, provocarían cientos de comentarios jocosos, divertidos, entorno al sexo, a las fiestas, entorno a cualquier cosa que permita hacer un poco de guasa en relación al tema. 
Lo digo con conocimiento de causa y muchos de los que leen este blog también lo saben, ellos mismos han participado en una graciosísima sarta de comentarios, en facebook, en la que en menos de 10 minutos se han colgado aproximadamente cien comentarios a la anterior afirmación. 

Para pensárselo, ¿no?  ¿Dónde está la gracia? ¿En las fiestas con la amigas? ¿En el sexo desenfrenado? ¿En el hombre divertido? ¿En hablar de sexo? Pues yo lo tengo claro, la gracia está en que nos gusta hablar de sexo y, sobre todo, nos gusta reírnos con el sexo, hablando de él y, por supuesto, disfrutando de él.

Y es que a todos, por lo general, nos gusta el sexo, el buen sexo. En mi caso, si además viene acompañado de unas buenas risas entonces ya me elevo al séptimo cielo, hago doble pirueta y canto el Hulalá. Y es que no hay nada como morirte de la risa mientras andas enzarzado en el cuerpo de otro.

Todos tenemos anécdotas de episodios sexuales absolutamente cómicos que merecen pasar a los anales de nuestra historia personal. Algunas de ellas no son destacables por habernos convertido en meteóricas máquinas sexuales, sino por otras cosas. Piensen en alguna que les haya ocurrido y les haya parecido especialmente divertida, seguro que cuando la recuerden se les pone una sonrisa de oreja a oreja.
Voy a dejar abierto este post para que cada uno deje escrita la que considere una de las anécdotas sexuales divertidas que les hayan ocurrido.

Dejo apuntado: un olivo; una luna lunera y cascabelera;  un par de cepillos de dientes; una cama flotante;  más sueño que carpeta y unas risas que se escucharon hasta en "Las Kio". Métanlo todo en una coctelera, agiten e imaginen lo más desternillante. Aún hoy, cuando lo recordamos, las risas nos desmelenan. Y es que es lo bueno de estas cosas, que no sólo las gozas en el momento sino que tiempo más tarde aún tienen más gracia. Y es lo que tiene el sexo, que si bueno es tenerlo, contarlo no le va a la zaga.

Llega la hora de las risas, dejen sus anécdotas, queda abierta la veda, y ahora no se corten.

martes, 5 de julio de 2011

ALGO MENUDO (Un, dos, tres...a volar)


En muchas ocasiones me pregunto cómo es posible que las cosas más bellas se encuentren en lo menudo, en lo desnudo, en lo que apenas tiene aristas. Me lo pregunto mientras me recreo acariciando las flores que he arrancado de los tallos de lavanda que hay en la entrada. Un gesto que repito cada día desde hace semanas. 

Camino por el filo de un imposible dilema, de una maldad tan profunda que no puedo justificarla en modo alguno, ni siquiera bajo el pretexto de una improbable enfermedad, y así se lo hago saber. Debo decirlo, repetirlo, esperando que se calque en su debilitada voluntad. De la maldad de los demás pocas veces somos responsables, de la enfermedad de otros, esa que puede transformarnos la vida en un infierno, menos todavía.
La descubro mirando sus manos mientras, con un difícil equilibrio, sostengo el teléfono entre el hombro y la cabeza, y voy anotando las contestaciones que recibo al paradójico galimatías que pronuncio, que no escucha y que a mí, sin quererlo, me parece un ensalmo absurdo. Encantamientos que no servirán para nada. Nadie le devolverá nada, ni siquiera la confianza en si misma y menos una vida arrancada a feroces dentelladas.
Cuando el infierno es sangre de tu sangre, la condena la tienes garantizada hasta que te mueras y eso, precisamente eso es lo que quiere, aunque no lo dice.

Siento el sabor del fracaso mientra la acompaño hasta la puerta. Le ofrezco un sistema caduco, incapaz de procurarle un entorno seguro, de devolverle las riendas de un destino marcado, día a día, por la acidez corrosiva de la tragedia. 

Cierro despacio. Necesito un respiro, algo menudo, algo bello, que me permita mantener la perspectiva, que me devuelva de nuevo a mi silla. Necesito contrarrestar la brutalidad de lo escuchado, de lo visto y no olvidar que no todo está podrido, que no todo está muerto. 

El transtorno, el mío en este caso, sólo cabe tras la puerta cerrada mientras los timbres y los teclados suenan con más intensidad que nunca y mis dedos restan teñidos de azul lavanda.

Pau Casals - El cant dels ocells




© Fotografía Eduardo Medina García