viernes, 30 de marzo de 2012

ME SENTÉ Y LLORÉ. (Enrique Vila-Matas)


Nunca he escondido mis predilecciones. Él es una de ellas:

"Me preguntaron si era fácil distinguir entre una buena novela y una que no lo era, y dije que bastaba con examinar cuáles eran sus relaciones con las altas ventanas de la poesía. Precisé que hablaba de sutiles conexiones con la poesía y en ningún caso de lo antagónico: novelas escritas por poetas a base de prosa poética, algo absolutamente a evitar cuando se trata de una novela.

“Querido Friedrich, el mundo todavía es falso, cruel y bello...”, escribe Charles Simic, escritor yugoslavo de Nueva York que enlaza con originalidad el surrealismo, la metafísica y los mitos primitivos. Para él, la imaginación no es un alejamiento de la realidad, sino la llave idónea para acceder al mapa de estrellas de nuestras paredes interiores.

Hablé ese día de la filosofía poética de Simic y de la necesidad de que la novela no pierda las sutiles conexiones con la alta poesía. Y, muy poco después, sentí deseos de convertirme allí mismo en el título de una novela de Elizabeth Smart, En Grand Central Station me senté y lloré. Siempre quise ser o escenificar ese título, y aquella era toda una oportunidad para hacerlo, pues a fin de cuentas me encontraba en Nueva York y estaba justo en aquel momento en Park Avenue, a dos pasos de Grand Central Station.

Me dije que, aparte del título, aquel libro de Elizabeth Smart (novela autobiográfica que narra la pasión de la autora por el poeta George Barker, un hombre casado del que se enamoró incluso antes de conocerlo: libro de una bella intensidad, extrema y rara) fue siempre una obra maestra gracias a su capacidad de diálogo con la tradición poética y a su elegante inspiración surrealista. De hecho, aquel mismo libro era un perfecto ejemplo de novela en comunicación con el gran espectro poético. Y es más, tenía el encanto de haber sido pionero en un procedimiento que aprecio y que consiste en convertir el texto en una máquina de citas literarias que ayudan a crear sentidos diferentes.

Me acuerdo muy bien de cómo era, aquel día, la novela de mi vida. Parecía que el surrealismo de Simic estuviera por todas partes, porque vi en el pasillo de entrada al gran vestíbulo de la estación a un negro con la cabeza rapada, sin zapatos, poniendo a un limpiabotas y a Dios por testigos. ¿Por testigos de qué? Tras contestar a cómo se distinguía entre una buena novela y una que no lo era, empezó a cumplirse uno de mis más antiguos deseos cuando, al adentrarme en el gran vestíbulo, avancé hipnotizado hacia el célebre reloj de cuatro caras, y fui pasando repentina revista a lo que habían sido las ventanas ciegas de mi vida: iba como hechizado y como si tuviera luz para descifrar el mapa de las estrellas en los futuros interiores de las novelas. Y así fui avanzando y buscando un lugar solitario, hasta que lo hallé y, contemplando en una de las ventanas altas los movimientos del sol como quien mira el de las hormigas, pensé en un poema de Simic que habla de una azotea y de un agujero en unas medias negras y de una bella muchacha de Nueva York de la que estaban todos enamorados, y entonces sí, entonces, tal como venía previendo, como si uno pudiera ser el título de una novela dentro de una poesía secreta, casi desmoronándome, dando bandazos con mi suerte más ciega, en Grand Central Station me senté y lloré."

jueves, 29 de marzo de 2012

UNA DE RISAS POR FAVOR


Una de las cosas que no nos debe faltar nunca en la vida es el sentido del humor, sin risas no somos nada. Sobrellevar este valle de lágrimas sin ellas es un completo suplicio.

Puede que por eso me parezcan admirables y geniales el grupo teatral “La Cubana", por el buen humor que destilan y por lo contagioso que es cuando son ellos los que lo promueven.

Hace nueve años que “La Cubana” no presentaba espectáculo, lo cual no dejaba de ser una auténtica desgracia porque no hay grupo teatral en este país, con tan largo recorrido como el de esta compañía, que provoquen, con sus alucinantes y dislocados montajes, semejantes torrentes de risa. Pero estamos de suerte, hace unas semanas estrenaron, en Barcelona, su nuevo montaje “Campanades de boda”.


En su última obra, "La Cubana", como en sus anteriores obras ("Cómeme el coco negro", "Mama quiero ser artista", etc), nos hacen participar, muy activamente, en la celebración de la boda de la hija pija de la familia Rius. Una familia que ha hecho fortuna con el negocio de floristería a base de explotar las exclusivas con los tanatorios de la ciudad, y otros eventos similares. 

El tempo del casamiento se sitúa desde las seis horas previas a la celebración de una boda de locura que, como no podía ser de otra manera en la era de la internetes, se celebra (obviando los antaños matrimonios por poderes), por videoconferencia. Barcelona conectada con Bombay, invitados aquí y allí, novios en un hemisferio y otro. Lo grande es que los invitados de la novia, los que están en suelo patrio, no podían ser otros que los espectadores que, sabiendo como las gasta esta compañía teatral, se vuelcan en esa boda ficticia hasta el punto de celebrar a golpe de bailes de Bollywood la misma fiesta.


No falta en la obra, una familia desquiciante e histriónica, la familia Rius, compuesta por un matrimonio separado de madre orquesta y padre policía nacional que no ha querido reconvertirse en Mosso d’Esquadra y que ha rehecho su vida con una francesa borracha y loca; una tía materna soltera y moderna pero menos; una novia que pasa de bodas; un hijo calzonazos atrapado entre las garras de una fiera brasileña, el hijo gay que toca el violoncelo y que se muere por anunciar su deseo de contraer matrimonio con su novio de los últimos siete años; una tía abuela resultante del cruce entre Martirio y Carmen Polo de Franco (con mantilla y peineta incluida), y por otro lado, la familia del novio, que vive en Bombay, y que no tiene desperdicio.Una madre hindú, Sunita, que intenta colocar al abuelo y a las hijas a los invitados que ve al otro lado de la pantalla; la tuna como regalo de complacencia; un modisto con más pluma que un faisán; un actor rescatado de Las Ramblas oficiando una boda en pleno ataque de aerofagia nerviosa y de fondo La Salve Rociera cantada a grito pelado, sustituido por una infumable pero desternillantes "Paraules de Amor" de Serrat, cantadas, en el otro lado del mundo, por un grupo de indios, que ejecutando sus rituales matrimoniales, lo entonan y bailan al ritmo del “E-pita-pita-é”.


Como digo, un auténtico despropósito, tan absolutamente divertido que nadie en su sano juicio puede dejar de ver.

Hacer de lo cotidiano o de lo habitual algo tan surrealista como esta obra, sólo puede ser el resultado de un genio.
El montaje es estupendo, como todos los de “La Cubana”. Y es que no sólo montan y desmontan el escenario continuamente, sino que incluso, yendo más alla del propio escenario, decoran el teatro entero, haciendo al espectador participe en todo ello, como si de un invitado más se tratara. Transforman la platea y lo palcos en una capilla florida y hermosa, sembrada de enormes confetis que llueven desde las alturas del teatro. 


El público, irremediablemente, pasa a formar parte de esa locura y acaba disfrazado con los cientos de pamelas y ramos de flores, que los propios actores, repartirán, convenientemente, entre el público. Una boda por videoconferencia convertida en un espectáculo indescriptible.

Desconozco si “La Cubana” tiene pensado llevar la obra al resto de España, imagino que sí y que los giros y bromas que aquí comprendemos por la propia idiosincrasia catalana (ya sabe el “la pela es la pela” etc.) se adaptará allá donde lleven su espectáculo para que no pierda un ápice de la grandísima gracia que tiene.

Les advierto, desde ahora mismo, si ven llegar esa caravana de actores, con una tarta de más de tres metros de altura, coronada por una pareja de novios tan peculiares como la que nos traen con su nuevo montaje, no intenten evitar el canto de sirenas y entren inmediatamente en el teatro, tienen garantizadas dos horas de desternillante risa, de la sana, de la buena y eso, en los tiempos que corren, no tiene precio.

PD.: Olvidaba decir que además, la familia Rius, en pleno derroche obsequia al espectador con la fotografía que, durante la obra, le habrá realizado el fotografo de la boda. Todo un detalle de estos de "La Cubana".
Ah! el enlace musical, una gracia de antiguo a la que no puedo resistirme.

miércoles, 28 de marzo de 2012

DEL ART. 28.2 DE LA CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA Y OTROS MÁS




Establece el art. 28. 2 de la Constitución, nuestra Carta Magna, que “Se reconoce el derecho a la huelga de los trabajadores para la defensa de sus intereses. La Ley que regule el ejercicio de este derecho establecerá las garantías precisas para asegurar el mantenimiento de los servicios esenciales de la comunidad”.

El derecho a la huelga conlleva el derecho, valga la redundancia, a acogerse a él o, simplemente, a no hacerlo y, en consecuencia, a que el ciudadano que no comparte los motivos por los que se convoca la huelga (o por los que libremente considere oportunos), pueda acudir a su puesto de trabajo.

Tengo varios motivos para no sumarme a la huelga convocada para el 29 de marzo. Son motivos pensados, elaborados, los que me llevan a que, en esa jornada más que nunca, acuda a mi puesto de trabajo (ese por el que pago infinidad y media de impuestos, ese que no me da derecho a prestación por desempleo cuando las cosas me vienen mal, ese que no me da derecho a bajas por enfermedad, ni por maternidad, ni para cuidar a un familiar enfermo; ese que no me da derecho a pagas extraordinarias –ni tan siquiera prorrateadas-, ese que no me daba derecho a sanidad pública hasta anteayer, ese que no me da derecho a pensión de jubilación ni a ningún otro tipo de pensión a que pudieran tener derecho mis familiares en caso de que les premuera), y acudiré porque desde él continuaré atendiendo a los que a mi puerta llamen. Y no me acogeré al derecho a huelga porque, sinceramente, tras la "excusa" de la reforma laboral y su recorte de derechos de los trabajadores (que no discuto y que incluso reconozco en el Decreto Ley 3/2012, de 10 de febrero, BOE 11 de febrero de 2012 ), creo que se encierra una cuestión política y sindical que me queda tan lejos como los zulues que viven en África.

Hace apenas un mes y medio, a lo sumo dos, la tasa de desempleo en este país había alcanzado los 5.273.600 de ciudadanos. Frente a eso y el despilfarro constante, el permanente atentado contra la libertad y dignidad de los ciudadanos (que no se viene produciendo en el último mes, sino desde hace bastantes años y respecto del que nadie ha dicho ni media durante todo este tiempo), algo hay que hacer. Y puede que las medidas que a todos nos aprietan, a unos más que a otros, como siempre, no sean populares, no nos gusten y supongan un grave quebranto para muchos. 

Pero algo hay que hacer y creo que no es el momento de huelgas salvajes en la calle, sino de arremangarnos todos, en especial los que con nuestros trabajos podemos seguir aportando algo para que aquellos que no lo tienen puedan seguir sobreviviendo con las prestaciones que entre los que cotizamos y pagamos impuestos se generan, y puedan sobrevivir, entre otras cosas, levantando la cabeza que ahora no pueden (ya no queda ni para cubrir las Rentas mínimas de inserción de este año), y controlando, desde luego, que los políticos no se desmanden y que realmente actuen por y para el ciudadano.

Lo que ahora digo no significa estar de acuerdo con las políticas ni medidas legislativas de nadie, pero eso se discute en el Parlamento. Sólo planteando alternativas reales (que no se plantean, o a mí no me llegan), se puede seguir trabajando.

No he votado al PSOE en mi vida y tampoco lo he hecho al PP. He votado en cada momento lo que he considerado adecuado, variando mi voto en función de las necesidades sociales reales, no sólo ideológicas, y pienso seguir haciéndolo así mientras viva, o tenga derecho a seguir votando.

Respeto profundamente a los que mañana se sumarán a la huelga pero espero que ellos respeten mi derecho a no seguirla, a continuar trabajando para levantar un país en el que quiero seguir creyendo y por los derechos de los que ahora mismo no tienen acceso a un trabajo digno entre otras muchas cosas.

Sostener mi postura me tinta, a ojos de algunos, de “esquirol”. No me importa, seguiré pagando impuestos y trabajando. Las etiquetas despectivas acostumbran a colgarlas quienes no tienen otra cosa sobre la que apoyarse que la común frase gruesa que otros sostienen.

En todo caso, mi respeto a los que van a la huelga y espero que denuncien, con nombre y apellidos, a quienes consideren les coacciona su derecho a la huelga, para mí sólo pido que respeten el mío a no sumarme a ella y a seguir trabajando desde mis cuatro paredes por los derechos de mis conciudadanos.
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PD. Dejo un pequeño apéndice de cosas que no está mal conocer:

Artículo 10 Constitución Española
 
1. La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la Ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social.
2. Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España.

Artículo 14 Constitución Española

Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Artículo 16 Constitución Española
 
1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley.
  
RAE:
esquirol.
(Del cat. esquirol, y este de L'Esquirol, localidad barcelonesa de donde procedían los obreros que, a fines del siglo XIX, ocuparon el puesto de trabajo de los de Manlleu durante una huelga).
1. adj. Dicho de una persona: Que se presta a ocupar el puesto de un huelguista. U. t. c. s.
2. adj. despect. Dicho de un trabajador: Que no se adhiere a una huelga. U. t. c. s.
 
amy macdonald - This Is the Life


 

martes, 27 de marzo de 2012

SPAM


Hace unos días me contaron la estrategia empleada por unos amantes para intercambiar sus clandestinas notas de amor. Utilizaban una única cuenta de correo y una sóla contraseña. La compartían bajo un supuesto nombre comercial, una cuenta a la que nunca llegaban más que correos absurdos y spam. Sin embargo, en las entrañas de esa cuenta  anodina, sin aparente interés, se escondía una carpeta de borradores que contenía una fabulosa y apasionada historia.

Mientras borro la ingente cantidad de correo basura que puebla mi cuenta de correo electrónico, pienso en esa historia de predecible final fatal. Sigo borrando y con cierta reserva entro en mi carpeta de borradores y allí, entre notas de trabajo, encuentro la confesión de una inconfesable debilidad.

La leo despacio y, mientras la envió al limbo de la nada con un solo click, pienso que tal vez lo de aquellos amantes no fue tan original.

lunes, 26 de marzo de 2012

¿QUIÉN MATÓ A ASTÉNIC JANE?



Hasta hace pocos años, la manera más rápida de conocer la llegada de la primavera no era fijarse en la temperatura, ni siquiera en el calendario, sino cruzarse con un enorme cartel de “El Corte Inglés” anunciando, con todo derroche de colores, flores y vestidos imposibles, la llegada de tan bonita estación. Eran ellos quien, a priori, marcaban el inicio de la estación. Pero el método ha devenido engañoso. Puede que sea por aquello del cambio climático o por la caída del índice Dow Jones, pero lo cierto es que en los últimos tiempos, los publicistas o los escaparatistas, o quien sea de esos grandes almacenes, adelantan la temporada a finales de enero, tras las rebajas de la maltrecha cuesta de enero. Mala cosa.


Tristemente, hemos perdido referentes. Y es que ahora ni siquiera la maldita astenia nos sirve para saber en que estación del año andamos. La flojedad, el desaliento lo llevamos colgado al cuello todo el año, así que tampoco la astenia es fiable.


Puede que lo que ocurra sea que las estaciones, simplemente, han desaparecido, engullidas por la crisis y todo se haya convertido en una heladora astenia continuada, puntualmente mudada de sandalias o botas peludas en función de si las ganas de matar al vecino, la declaración del IRPF, la depresión, la alergia o incluso la apetencia sexual, crece o decrece.

Maldita heladora astenia continuada.


Bebo Valdes c/Estrella Morente - Lilly

domingo, 25 de marzo de 2012

LAS TOSTADAS DE T.S. ELIOT

 

Nacer el mismo día que Thomas Stearns Eliot no tendría la menor importancia si no fuera porque, desde que tuve conocimiento de ello, su presencia me persigue. Tan es así, que hace unos meses, mientras cruzaba mi propio desierto personal, me regalaron, sin saber de esa carrera infinita y extraña, las memorias que Robert Sencourt, amigo íntimo de T.S. Eliot, escribió.

Por aquello de las extrañas coincidencias, mientras estaba sentada en la ventana de mi habitación, agotando los últimos rayos de sol de un otoño benigno, con Dalhman dormitando a mis pies, leí que el poeta  “a menudo se acurrucaba en el alféizar de la ventana detrás de un enorme libro, refugiándose en la droga de los sueños contra el dolor de vivir”

En ese instante, todo cobró sentido, comprobé como algunos de nuestros órganos corporales tienen vida propia y mis ojos, esos que se refugiaban detrás de unos cristales tintados, estaban más abiertos de lo normal, en un gesto de sorpresa que ni yo misma era capaz de controlar.

Entrecerré los ojos y busqué la complicidad del sol de otoño. Y sin remedio, recordé, mientras le recordaba a él, aquel poema que decía: 


“Y, en verdad, habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza a lo largo de la calle,
frotando su espalda sobre el cristal de las vidrieras;
habrá tiempo, habrá tiempo
para preparar un rostro que acepte los rostros que encuentres,
habrá tiempo para matar, habrá tiempo para crear
y tiempo para todas las labores y los días hábiles
que levanten y dejen caer una pregunta en tu plato;
habrá tiempo para ti y habrá tiempo para mí,
y habrá tiempo incluso para cien indecisiones,
y habrá tiempo para cien visiones y revisiones
antes de que tomemos una tostada y té”.



Y pensé que si no conseguí desayunar unas tostadas junto a él, sentados en el alfeizar de la ventana en la que ahora me encontraba, mientras cubríamos nuestros ojos cansados de una noche ya muerta, el año, ese año precisamente, no tendría sentido.


sábado, 24 de marzo de 2012

ÉRASE


Érase una vez, un contador de historias que llegó, contó, dejó a todos embelesados y marchó. Érase una vez, una mujer embelesada que se sentó a la vera del camino, esperó y al final, una tarde de lluvia, se desvaneció.

viernes, 23 de marzo de 2012

CHARPENTIER


Me encontré frente a la puerta, dudando si debía entrar o si, definitivamente, debía volver sobre mis pasos, coger el metro y olvidarme del elaborado plan que llevaba trazando desde hacía meses. Moví la cabeza para sacudir las dudas de última hora y reafirmarme en lo que allí me había llevado.

El cristal me devolvió el reflejo de mi imagen y guiñé el ojo. Me mordisqueé los labios para que se exageraran ligeramente y se tiñeran de un color apetitoso. Pasé la mano por el pelo y empujé la puerta. La suerte estaba echada.

La tarde se había abierto con lluvia y la humedad no perdonaba. Avancé por la alfombra gris, empapada, dejando la marca de los tacones a cada paso, pequeñas huellas  de Pulgarcito que me permitirían encontrar el camino de salida en aquel laberinto de pasillos.

Descendí por la rampa y al final, frente a mí, una puerta entreabierta dejaba ver un foco de luz cenital iluminando dos sillones de cuero negro que formaban un pequeño ángulo agudo. Empezó a temblarme la pierna y tuve que buscar apoyo. Siguió un ligero temblor en la mano con la que me sujeté. Había llegado la hora de buscar asiento entre las abarrotadas filas que rodeaban el estudiado escenario.

Me senté y, como si de una estrella de cine se tratara, apareció acompañado de un presentador tan excepcional como él. Saludó, se acomodó y mientras la megafonía reproducía el like a rolling Stone de Dylan, me miró y supe que había llegado el momento. Así que me levanté, caminé entre las filas, e iluminada por el único foco que centraba la atención sobre el escenario, le entregué una nota que recogió sin sorpresa y guardó, sin abrir, en el bolsillo de su americana negra.

Volví sobre mis pasos, recogí el bolso que había dejado sobre la silla y abandoné la sala. Cerraba la puerta cuando un estruendo de aplausos dio inicio a la presentación. Miré por la escotilla, y vi su mano apoyada en el bolsillo de su chaqueta. 

Caminé siguiendo las huellas del tacón de mis zapatos. El aire me revolvió el pelo y pensé que esta vez el mensaje era claro “No se maree con tantas entrevistas, tantas presentaciones, tantas corridas de toros y mascletás. Usted no es un objeto de merchandising”.
Esta vez no fracasé Louis.

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"Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso".

Lector-Mundi-CCCB-©-Susana-Gellida-2005

miércoles, 21 de marzo de 2012

AFECTOS VACUOS


Las frases hechas me producen un enorme desagrado. Colocar en cuarentena a quien, sujetándose en ellas, da grandes y exageradas muestras de afecto e interés, me parece un ejercicio de sana prudencia.
Desconfío enormemente de los que, a modo de saludo o de despedida, tienen preparado un desconcertante y empalagoso desvarío de emotivos sentimientos que vuelcan encima de otro, sin pudor ni rubor alguno, cuando la confianza, si la hay, no pasa de ser la misma que se tendría con un inspector de hacienda.

Mi naturaleza me impide las muestras desmesuradas de afecto vacuas, por eso me causa un terrible estupor escuchar la facilidad con la que se distribuyen, a diestro y siniestro, algunos “te quiero".

Pero estamos en la era de los consumibles baratos. Las emociones, los sentimientos, se han convertido en pequeñas piezas sin importancia que sustituimos casi sin prestarles atención y sin tener en cuenta los importantes destrozos que se causa con ello. Sensaciones placenteras, que no pasan de eso y que se que refuerzan con palabras gruesas para que, eso que no es nada, parezca algo al que las escucha. Un resultado fatal a la larga.

Pero al forzar la máquina, se agota y, restándole importancia  a todo, se teminar por eliminar lo esencial. No hay otra manera que la prudencia distancia para sobrellevar esa tormenta de empalagosas mentiras con las que algunos se empeñan en bombardear a los demás sin necesidad.

Las cosas son lo que son. Las palabras pierden su sentido cuando se utilizan donde no corresponden. 

Al final, unas letras que parecen un lío tremendo. Mejor dejarlo, me voy a mi sofá, a ver la vida pasar en las dos horas de tregua que me da la vida turbia y voy a perderme entre letras, las de otros.

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" Estudiada en su conjunto -y tomando en consideración los destrozos que dejaba a su paso, crisis de nervios, carreras destrozadas, intentonas de suicidio, matrimonios rotos (y escandalosos divorcios)-, la facultad de Nicola para leer el futuro le había enseñado un par de cosas muy claras: que nadie la amaría nunca lo suficiente, y que quienes la amaran no serían lo suficientemente dignos de ser amados. "
 Martin Amis

Russian Red - I hate you but i love you

martes, 20 de marzo de 2012

PONGA UN/-A AMANTE EN SU VIDA


Una de las cosas más agradables y excitantes que le puede pasar a uno, en este lecho de dolor que es la vida, es hacerse con un amante, a poder ser físicamente estimulante, sexualmente muy activo, complaciente y divertido. Un tipo al que se encuentre estupendo, que le alegre el día, le arregle los bajos, al que no tenga que darle mayor explicación y del que se despida lanzando un beso al aire mientras amablemente le abre la puerta para que la cierre desde fuera. Un tipo cuya misión sea susurrarle al oído, en directo, por teléfono o como sea, ingeniosos procedimientos amatorios mientras llega el momento del encuentro (en un estupendo hotel a ser posible, por aquello de la falta de compromiso establecido de antemano) y, una vez llegado este, el momento en cuestión, llevarle de la ducha al catre, del catre a la ducha y así en una sucesión interminable de traslados amatorios, durante no más de cuatro horas y en sesiones que no se repitan más allá de una vez a la semana.

Prolongar los encuentros sobre el tiempo señalado y del ritmo dicho, puede transformar la bonita y excitante relación en otra cosa distinta lo que, dicho sea de paso, no sería deseable. 
Un amante es lo que tiene, unas risas, unos polvitos mágicos y punto, no busque más.
Tener un amante implica no tener que preocuparse por él, ni por nada, salvo por darse gusto a uno mismo. No hay que preguntarse, ni preguntarle al otro cómo se siente, si le gusta esto o lo otro, si  se verán mañana de nuevo porque ya se sabe que no. Son las ventajas de tener un amante, no hay más futuro que el del minuto siguiente. 

El amante, en su círculo amatorio, se ama a sí mismo por encima de todas las cosas y el resto no importa. Un amante aporta seguridad, es hedonismo puro y falta de complicaciones. Por eso, al amante hay que ponerle fecha de caducidad, como a los yogures.
Todos deberíamos poner un amante en nuestra vida, casi por prescripción facultativa. Y es que, hay una realidad, la vida es pesada, dura, y al final, pese a lo que digan los más puritanos, y los que se mienten a sí mismos para creerse mejores y crean que les creemos: el pan de casa (por muy bueno y blandito que esté) no engorda. Todos necesitamos que nos rían las gracias durante un rato, que nos rieguen la parcela por gusto y poder, si nos da la gana, despedir al sujeto en cuestión con una palmadita en la cara y un beso lanzado al aire mientras decimos aquello de Arrivederci caro y nos sentimos los reyes del mambo.


P.D: Si alguien me dice que no ha tenido alguna vez un/-a amante en su vida o que no ha fantaseado con ello, prometo intentar no troncharme de la risa. Si me lo acredita (lo de no haberlo tenido, o lo de no haberlo pensado) prometo subir y bajar, siete veces seguidas a la torre más alta de la Sagrada Familia dejando constancia fehaciente de ello en este blog.



Lou Bega - Mambo No.5

lunes, 19 de marzo de 2012

HOLA, SOY TU MENSTRUACIÓN

Hablar de la menstruación acostumbra a poner muy nerviosos a los caballeros porque es como hablarles de que en la despensa habita un marciano. Hagan la prueba. Siéntense en una cafetería, en una mesa cercana a la que esté uno o varios señores y empiecen a hablar del tema. Hablen de la absorbencia de los tampones, sobre la intensidad de los dolores premenstruales, de la necesidad de ingerir grandes cantidades de azúcar, sobre si tal compresa o tal otra tiene mejores alas. Introdúzcanlos de soslayo en el que para ellos es el desconocido mundo de la menstruación, y verán que pronto cambian de mesa.  

Para ellos, la menstruación, otrora llamada regla, algo que es consustancial a la mujer, no existe. Perdón, sí existe, pero no la nombran, o sí. Pero sólo la mentan cuando, con motivo de alguna pifia o metida de pata suya, les cae un rapapolvo desplante, o pelotera. Es entonces cuando nos acusan de estar de mal café, gruñonas, desagradables, rabiosas y terminan, toda la retahíla de despropósitos, con la coletilla “seguro que estás con la regla”. Vamos que nuestra mala leche es culpa de la regla y no por cualquier otra cosa. 

Deben pensar que nosotras, cada veintiocho días, por nuestro ciclo menstrual, entramos en un estado de enajenación mental transitorio y nos convertimos en la bruja avería por culpa del periodo. Y no es eso queridos, no. Cuando nos ponemos de mala uva o se nos hinchan los ovarios, no necesariamente tienen que ver con nuestros ciclos hormonales, sino que lo habitual es que sea consecuencia de encontrarnos frente a un cabestro (en forma de compañero, amigo, marido, amante, hijo o portero), que nos saca de quicio porque no se entera de que va la película ni por casualidad.
Lo de la regla es otra cosa, pero eso yo no se lo pienso explicar, no sea que alguno se ponga nervioso.


domingo, 18 de marzo de 2012

JUST LIKE HONEY O DE LA INTIMIDAD

 


Hace unos días, un afamado escritor hablaba de su afición a leer los diarios personales de grandes personajes de la historia. Leerlo me produjo un respingo involuntario y, mientras contemplaba la pantalla que anunciaba una y otra vez el “delayed” de mi vuelo, daba vueltas a mi propia reacción. Al final, creo que fue por la cuestión de la intimidad y el secretismo que contienen los diarios personales, esa que se quebranta cuando son leídos por terceros, lo que lo provocó.  

Debo reconocer que a lo largo de mi vida he leído varios y, hasta que leí el artículo en cuestión, nunca había experimentado esa sensación de repelús vital que, incluso mientras escribo esto, siento.

He pensado sobre ello, sobre los diarios. Creo que existen dos modos de escribirlos. El primero, a corazón abierto, sin cortapisas, quizá influido por el engaño involuntario en el que, en ocasiones, cae el propio yo. Diarios escritos para no ser leídos por nadie más que el propio autor. Y el segundo,  presididos por impostada intimidad. Sí, porque el escribiente sabe, espera o desea que sean leídos por otro y la naturalidad no cabe. Y eso, se nota.

Los primeros me los creo, los segundos bastante menos. Escribir un diario para otro no deja de ser un ejercicio de cierta presuntuosidad, aunque, al final, todos somos, en cierto modo, un poco así, presuntuosos.

Unos y otros coexisten pacíficamente pero ya no para mí. De ahí el respingo, que proviene de los primeros y de la pregunta sobre el derecho que tenemos a leer lo que alguien escribió para sí mismo, para que no fuera leído por nadie más. ¿Con qué derecho leemos lo que escribió mientras lo hacía para comprenderse, ordenarse, exorcizarse o tener la posibilidad de recordarse cuando el tiempo, haciendo su trabajo, difumine lo sentido, lo vivido, o lo imaginado?

La perdida de la perspectiva de la intimidad, la sensación de estar entrando donde no se debe, eso es lo que, ahora sé, me provocó el sobresalto.

Sé que el hecho que los escritos íntimos de alguien, sus cartas, sus diarios, sus cosas, salgan a la luz puede llevar a conocer o comprender a alguien, pero no tengo muy claro si eso debe ser así cuando su autor no lo quiso jamás. 

Quizá algunas cosas deberían llevar incorporado un chip de autodestrucción a voluntad de su propietario cuando llega a manos ajenas, pero puede que esté muy equivocada.






 

sábado, 17 de marzo de 2012

SALVADOS


Intentaba abrir el coche cuando, de un modo absolutamente imposible, las llaves, adoptando la densidad de la nada, se han precipitado desde mi mano hasta la alcantarilla. Ha sido un movimiento lento, y la llave, sujeta a un simple cordón de cuero rojo, se ha deslizado a cámara lenta, bamboleándose en una corriente de aire inexistente, hasta las entrañas del subsuelo. 

Si la desesperación existe, se ha impreso en mi cara, en esa que ha fijado su angustia en ese pútrido agujero por el que la ciudad se corrompe. Pero los ángeles de la guarda existen, ahora lo sé, y ante el abatido aspecto de quien, derrotado por los elementos, se deja morir sobre el capó del coche, implorando al Dios de las tormentas para que caiga un rayo y lo funda, un motorista ha parado junto al coche. 

Minutos más tarde, una cuerda y un imán, rescatan la llave y me devuelven la compostura. Desde la cafetería de enfrente empiezan los aplausos y, el rescatador, en un gesto de encantadora gracia, hace una reverencia al camarero y a los que desde la terraza han observado la maniobra.

Me entrega la llave abriéndome la mano, colocándola en ella y cerrándome el puño de un modo seguro. Su mano se entretiene sobre la mía durante unos segundos que se prolongan sin necesidad. 

Me quedo sin habla. Y sin habla sigo mientras se pierde entre el tráfico.



jueves, 15 de marzo de 2012

ASIENTO 3A

María miraba el ala del avión esperando que el pasaje abandonara la cabina. Las prisas no iban con ella, por eso, en cuando los cinturones empezaban a desabrocharse antes de hora, la gente se levantaba para aguardar de pie en mitad de un pasillo estrecho e incomodo, ella giraba la cabeza y contemplaba el ir y venir del personal del aeropuerto. Fue así, cuando ya no quedaba nadie cuando vio, a su lado, un portafolio olvidado.

Pensó en entregarlo a la azafata pero, posiblemente, su propietario, un tipo que no dejó de leer, durante todo el trayecto, el último ejemplar de su periódico habitual, podía necesitarlo con cierta urgencia. Lo abrió y encontró, colocada en la solapa, una tarjeta. Un nombre, un teléfono y un correo electrónico.

Media hora más tarde, María entraba en la oficina. Entregó la enigmática carpeta en recepción y dio instrucciones para que se avisara al propietario. No volvió a pensar en ello.
           
-Soy Javier. Quiero darte las gracias como es debido. Me salvaste una reunión importante. El viernes estaré en Madrid de nuevo. ¿Tomamos un café?

El contenido del correo, la sorprendió, no conocía a Javier, ni sabía de qué reunión le hablaba, así que contestó con un conciso: Ha equivocado el destinatario. No volvió a pensar en ello.

A las dos semanas de recibir el correo desconocido, María recibió en su oficina una nota junto el resguardo de una tarjeta de embarque. En la nota un mensaje conciso: “Soy el pasajero del asiento 3A, vuelo IB 3456 Barcelona-Madrid, 9 de marzo. Mi nombre es Javier. Y ahora, ¿tomamos un café?

María miró por la ventana. Tras el cristal no había ningún ala que mirar, ni personal trasteando maletas, pero lucía un sol espléndido, sobre la mesa, junto a sus expedientes, un ejemplar del mismo periódico que leía el pasajero del 3A,  y se dijo ¿Por qué no?

Marlango - I do

miércoles, 14 de marzo de 2012

CENAS


Ceno con mi madre, como en los viejos tiempos, una frente a la otra, sólo que esta vez soy yo la que pone casa, mantel y algo cocinado de modo improvisado. Cenamos pronto, la edad no le permite excesos y yo estoy muerta. 

La miro y la veo tan mayor que me parece imposible. Su melena pelirroja, esa que lucía a la misma edad que yo tengo ahora, ha dado paso a un pelo blanco, completa e increíblemente blanco.
Cena despacio, poco y ligero. Deja espacio porque ha visto sobre el mármol de la cocina un paquete y sospecha, de modo acertado, que dentro hay unos cuantos buñuelos de cuaresma. No he podido resistirlo. No le convienen demasiado pero le entusiasman  y yo, de natural, una hija un tanto dejada, de vez en cuando procuro redimirme de este modo y ella lo sabe.

La acompaño a su casa dando un paseo, la noche es tan agradable que bien vale dar un poco más de vuelta. Mientras sujeta  mi brazo, me pone al día de las últimas novedades familiares, las dramáticas historias de amor de su nieta mayor, las desaventuras de su amiga Julia y los últimos avances en sus clases de "gimnasia para abuelas" aunque en su clase haya tres abuelos. Y lo dice así, afirma que a su edad el mundo es de ellas, las abuelas, ellos ya no pintan nada.

La acompaño hasta el portal, la beso en las mejillas y espero que suba los veinticuatro escalones que la separan de su casa, mi antigua casa. Ya en el rellano se vuelve para decirme adiós levantando un bastón floreado, regalo de su nieto en la última navidad.

Desando el camino. La noche acompaña pero acelero el paso, quiero llegar a casa. Sé que cuando abra la puerta me espera el olor de mi madre, una noche calma, Dahlmann con su recuperado ronroneo y la promesa, mil veces incumplida, de dedicarle más tiempo.







martes, 13 de marzo de 2012

MIND THE GAP


La pantalla indica que faltan dos minutos trece segundos para que llegue el próximo convoy. El andén parece una delegación de la ONU que se multiplica por decenas en oleadas intermitentes que provienen del intercambiador. Los bancos, de resina enfermiza, a esta hora son un bien preciado y adoptan, sin querer, la apariencia de tableros de ajedrez enormes.  

Movimientos paradójicos, avances y retrocesos que abocan a la opacidad del túnel que engulle y expulsa, cada pocos minutos, seres anónimos con vidas extraordinariamente corrientes en apariencia.  La megafonía y un videoclip, de una calidad dudosa recuerdan al viajero ensimismado que “en los países ricos la gente es sustancialmente más infeliz que en los países más pobres”.  Alguien debería despedir a quien decidió animar al pasaje de esta manera.

Una anciana enorme, negra como el tizón,  sonríe y comenta en voz baja “eso nos lo dicen para que nos lo terminemos creyendo. Mal de muchos, consuelo de tontos”. La sabiduría intemporal de los mayores.

Entro en un vagón atestado y me sujeto fuertemente al único espacio libre que encuentro, procurando no rozar la mano de mi compañero de viaje. Giro la vista y miro el oscuro espectáculo que discurre por unas ventanas selladas.

En los países “ricos” la gente es sustancialmente más infeliz, pero no todos. Al fondo, sentadas en el escaso suelo que ocupan, dos adolescentes ríen, se acarician y se buscan los labios. 

Tocará bajarse, más pronto o más tarde, y hacerle un soberano corte de mangas a la consigna institucional, mientras buscamos los labios ajenos que nos devuelven la sonrisa.



william fitzsimmons - when you were young

lunes, 12 de marzo de 2012

DISNEYLANDIA


La primera vez que la escuché estaba en Madrid, en una buhardilla sobre la Plaza Mayor en la que nunca faltaba un cierto hedor a orín. Le sujeté el brazo en un intento desesperado de que su laxitud no significara nada. Las cuencas de sus ojos se hundían por segundos. Sonaba Disneylandia, a cada salto de la vieja cinta su rostro parecía cada vez más gris. Sus labios se desdibujaban mientras, desesperado, Pablo buscaba, entre tanta ruina, un teléfono con el que llamar. 

Sobre la cama, un trozo de papel de plata amarillento y un trozo de goma. Encontré la jeringuilla enrollada entre la manga de su jersey, mientras le sostenía para que no se marchara del todo. El espejo devolvía la imagen de una Piedad irreverente, envuelta en un jersey de lana gris.
Nunca más volvimos a ser los mismos.

Vuelvo a escuchar Disneylandia mientras leo “Mientras el aire es nuestro”, un viejo ejemplar de Austral que aún conserva un cierto hedor a orín que el tiempo no ha conseguido borrar, como tampoco el porqué de entonces.

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¿Supo? ¿Qué supo? ¿Sabe?
Lo sabe sin palabras,

Sin referencias a comunes términos

Humanos.

¿Preguntan? Nada dice,

Trastorna regresar de los peligros,

Emerger de catástrofes.

Pero vivir es siempre cotidiano,

Y volver a vivir se aprende pronto.

Volver a respirar

Es la delicia humilde.
Jorge Guillen

domingo, 11 de marzo de 2012

SU LENGUA

Me he levantado tres veces de la silla, encendido y apagado el ordenador otras tantas después de estar frente a la pantalla, con los dedos sobre el teclado, incapaz de pulsar, con cierto sentido, una sola tecla. 
Ayer quería decir muchas cosas y sabía cómo quería decirlas, pero dejé que volaran, y al girar la esquina debieron quedar pegadas en el costado contrario. Hoy, la mitad de aquellas cosas han perdido la poca importancia que pudieron tener hace unas horas.

En la cafetería del Prado hay mucho ruido, pero haber crecido en una familia numerosa hace que, con una facilidad pasmosa, pueda aislarme y no oír nada sin apenas hacer ningún esfuerzo. Así que, sentada en la única mesa libre que encuentro, entre un ruidoso silencio, mientras me quemo la lengua con el café, busco en internet la historia de Doña Isabel de Segura y  Don Diego de Mansilla. Los enamoramientos fatales.  

Le envío un último mensaje y anoto en la agenda: “Degrain”; enviar a Juan el borrador; pagar el IBI; renovar el carnet de conducir, telefonear a Isabel y buscar “Aire de Dylan”
Me escuece el labio.

Ha oscurecido, y sigo mirando la pantalla sin poder escribir nada. Como protector, la  imagen de Doña Isabel de Segura antes de la boda que nunca se dio; la imagen de Doña Isabel agonizando, recostada sobre el pecho de Don Diego de Mansilla. Saltan de una a otra, encadenadas como no podría ser de otra manera. Los enamoramientos fatales. 
Vagando entre reflexiones difusas, intento imaginar, comprender, la soledad de Doña Isabel, la estupidez intemporal en la gestión de los sentimientos, el miedo al albedrío y en lo mucho que me apetecería quemarme la lengua mientras rozo la suya otra vez.

Ayer lo sabía, mientras me mordía el labio. Pero  hoy ya no lo sé, o sí.

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"El tiempo no es algo externo a nosotros, vive en nuestro interior. Sólo nosotros vivimos el pasado, presente y futuro, y el presente es demasiado efímero para que seamos plenamente conscientes de él; sólo después lo recordamos y entonces lo hacemos de forma codificada, si no se disuelve en la amnesia."

Siri Hustvedt -El verano sin hombres-