sábado, 29 de junio de 2013

¿QUÉ TIENES DEBAJO DEL SOMBRERO?



El ser humano es increíble y, permanentemente, sorprendente. Nos dejamos llevar por lo común, lo corriente y nos perdemos lo que está un poco, sólo un poco, más allá de nuestro acá. Tenemos cerrado el ángulo visual y el mental. Vamos por la vida colocando las manos al lado de los ojos, focalizando el aquí. Ver más allá puede hacer daño, descolocarnos, alucinarnos y, como es el caso, situarnos frente a algo, un fenómeno que nos haga tambalear ideas preconcebidas. Esta semana cayó en mis manos un regalo: ¿Qué tienes debajo del sombrero? Y digo un regalo porque lo ha sido en dos aspectos: en el material porque quien me lo entregó me dio una alegría del quince, y en el inmaterial porque ha provocado una pequeña revolución en mi pensamiento. Así que hoy ando doblemente agradecida. ¿Qué tienes debajo del sombrero? es un documental escrito y dirigido por Lola Barrera e Iñaki Peñafiel. La producción ha corrido a cargo de ellos mimos y de Julio Medem.  



En este documental sus autores nos cuenta la historia de Judith Scott, una escultora norteamericana de 62 años a la que le llega el reconocimiento internacional después de vivir 36 años en una institución psiquiátrica. Judith tiene síndrome de Down y es sordomuda. La historia de este documental la cuenta su hermana gemela, Joyce, que no tiene ninguna discapacidad. Judith Scott es hoy mundialmente reconocida. Estuvo en el Creative Growth Art Center de California. Barrera y Peñafiel se desplazaron hasta dicho centro para rodar, y allí descubrieron la existencia de personas con idénticas o parecida situación a la de Scott,  personas que, pese al aislamiento que sus discapacidades les produce, han encontrado la posibilidad de expresarse mediante las obras que crean. Un documental espectacular, que huye de lo facilón que sería caer en lo condescendiente o en lo blandengue. La filmación nos muestra un mundo distinto, lejano; el mundo del silencio en el que viven estas personas, su entorno repleto, en algunos casos de severas discapacidades. Yo no entiendo ni jota de escultura, sólo sé decir lo que me gusta o lo que no me gusta. A priori, las obras de Scott impactan. Un inmenso ovillo que contiene en su interior, por ejemplo, un par de zapatos. Obras que desde del exterior pueden parecer una castaña sin igual pero que en su interior encierran un mundo que la autora decidió fuera de esa manera y no otra. Una manera de expresar de áquel que no tiene otra manera para hacerlo.

Debo reconocer que ando alucinando. Empecé a hacerlo cuando pude ver que a los ovillos de Scott le hacían radiografías para conocer, observar, el universo que había decidido encerrar ahí dentro. Y aluciné, de verdad que aluciné. Y no sé si son preciosos o no, si son obras de arte o no. Yo sólo sé que lo que vi ha dado la vuelta a un interruptor que tenía dentro. Y creo, aunque no lo sé, que eso tiene que ver con el arte. Puede que me equivoque, sólo soy una persona profundamente ignorante, que lo desconoce prácticamente todo.

El ser humano es brutal. Nuestro desconocimiento de todo es tan grande que eso que existe y no conocemos puede llegar a asustar. Si quieren alucinar utilicen, que no gasten, setenta y cinco minutos de su tiempo en sumergirse en un mundo que puede que les deje perplejos como a mí, que perdurará en su cabeza más allá de lo que dura la filmación porque, sin lugar a dudas, lo que vemos nos muestra mucho y nos hará pensar mucho más. Salud. Ah! Y si quieren saber qué es lo que Judith Scott tiene debajo del sombrero tendrán que ver el documental, no es algo que se toque, pero yo no se lo voy a contar. Lo ven y si quieren luego lo hablamos. 

Este texto pertenece a una serie de escritos que en su momento se publicaron en el blog Ese invento del demonio (Julio 2010)

viernes, 28 de junio de 2013

SURFEAR


-La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin, declaró Thomas Bernhard en una entrevista. Me doy de bruces con esta frase que aparece resaltada, bien remarcada en el contexto de un artículo en torno a "verdades inmutables" encontrado en una revista de una sala de espera de un aeropuerto. Me quedo casi sin respiración entre la contundencia de Bernhard y la contundencia de la idea tan tremendamente sospechosa de "verdad inmutable".-
Enrique Vila-Matas

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Contesto un correo de María, que no se llama María, en el que me cuenta en lo que se encuentra enfrascada, y me da una envidia feroz. Anda liada con un proyecto en su cabeza, con algo que la tiene encantada, filosofando y esas cosas; buscándose a sí misma, intentando recuperarse y disfrutando de esa persona que la acompaña en ese camino y que, según me dice y me transmite, ama su trabajo.

No hay nada como entusiasmarse con algo y ser capaz de entusiasmar a otro con lo propio.  Eso es precisamente lo que le contesto a María y, sin quererlo, termino dando vueltas a “eso” que tengo yo en la cabeza desde hace meses pero que las obligaciones han ido aparcando para momentos mejores, tiempos en los que lo perentorio no lo sea tanto y pueda, sin remordimientos, dedicarle el tiempo preciso. 

Pero ¿Y si nunca llega el momento preciso? ¿Y si voy demorando proyectos que nunca pasarán de eso porque siempre habrá algo perentorio que los aparcará sin más? Pienso en mi padre. Murió con 67 años después de batallar durante casi dos años con un cáncer feroz. Durante años le escuché hablando sobre las cosas que haría cuando se jubilara. Y sí, hizo cosas: ir del hospital a su casa, de su casa al hospital y así durante dieciocho meses. Ese tiempo, su tiempo, el que pedía para él, para sus cosas, no llegó jamás.

Esta misma mañana, alguien me decía que todo llega, que el tiempo coloca las cosas donde deben estar, pase el tiempo que pase. Pero yo ando algo descreída últimamente, para mi desgracia. El tiempo lo único que hace es pasar rápido, muy rápido. Puede que por eso precisamente, porque puede que mañana no llegue, o que el que llegue no sea como esperamos, no debamos demorar algunas cosas, ni disgustarnos por inconvenientes menudos, por cuestiones irresolubles. 

Las cuentas pendientes siempre pesan, mucho. Y el lastre no sé si conviene. 

Me he hecho una promesa después de contestar el correo de María: No dejar de entusiasmarme, no dejar de sorprenderme, aunque para ello tenga que recordármelo cada día cuando el desánimo se presente en forma de segundero que no cesa.


 

martes, 25 de junio de 2013

MINIMALISMOS XXX


Donde no hay vino no hay amor


Contigo fue una cata a ciegas. 
No puedo decir que me equivocara. Y si lo hice, no lo recuerdo y ahí queda, de nuevo, a beneficio de inventario.





sábado, 22 de junio de 2013

A BENEFICIO DE INVENTARIO





Tengo un amigo, un buen amigo, que está pasando un momento de agobio. Como es un optimista por naturaleza y nada pesado, sólo dice que está agobiado, pero no dice que está “muy agobiado” aunque el agobio se le escapa por los poros de la piel. 
Lo del agobio no son imaginaciones suyas, ni producto de ninguna paranoia. No. Tiene un panorama para estar "muy agobiado". Demasiados flancos abiertos, ninguno grave, pero, sí, todos importantes. Él se resiste, pero no es Superman. El agobio ha tocado a su puerta y ahí lo tiene, sentado en el sofá de su casa. 

Este buen amigo se empeña en explicarme, día sí y día también, que hay algunas cosas (casi todas inmateriales), algunas personas (casi todas flipantes), que se convierten en necesarias en nuestras vidas. Nada de eso tiene que ver con el amor, nada. Tiene que ver con otras cuestiones como sentirse a gusto, sentirse acompañado en momentos como, por ejemplo, el de agobio que ahora pasa mi querido amigo. Él, por aquello de quitarle hierro, afirma que nuestros agobios (los suyos, los míos, que son distintos), son sólo producto de burgueses comodones. No voy a llevarle la contraria pese a que yo pienso que soportar algunas "hambres" son más difíciles de soportar que otras. 

Sin embargo, en cuanto al tema de lo necesario y lo imprescindible, no tiene que convencerme de ello, yo también lo creo. Hay algunas cosas/personas que por lo que sea se tornan indispensables y por lo que sea, se nos arriman o nos arrimamos a ellas buscando “eso” que nos hace sentir bien. ¿Una postura egoísta? Seguramente sí, pero la humanidad no es perfecta y nosotros menos todavía.
Hoy, mi amigo anda “patasarriba”, con el horizonte un tanto parduzco. 

Pero yo que soy de filias y fobias (lo he dicho cientos de veces), bipolar hasta la saciedad, y además visionaria de “pro” (ya lo pueden ir anotando también), puedo decirle, porque es un tipo estupendo y singular, que forma parte de esa limitada lista (también paranoica, sí, hago listas para todo), de los exclusivos y excluyentes que permito que se me arrimen y a los que yo me arrimo (ya tengo una edad, como para hacer experimentos). 
Así que hoy quiero que sepa, porque lo necesita y porque a mí me da la gana decírselo, que puede contar conmigo




jueves, 20 de junio de 2013

I CAN'T FLY


"La acción es una enfermedad del pensamiento, un cáncer de la imaginación"

He encontrado mi agenda del año pasado, andaba perdida desde que terminó el año. No sé que debió ocurrir tal día como hoy. No debió ser nada trascendente si soy incapaz de recordarlo. Pero tengo serias dudas porque junto a un pequeño rombo negro anoté:

“Cada día que termina haciendo lo que debo, y no lo que quiero, lo vivo como una victoria aunque, en realidad, sé que es una gran derrota”.

Ha pasado un año. Sigo pensando lo mismo, pero la nota,  la de hoy, ha sido otra muy distinta.


martes, 18 de junio de 2013

LAS OLAS


"No hay nada permanente, no hay nada definitivo en este universo".


Te escuché trastear en la cocina, arrastrar los pies buscando con una paciencia infinita las gafas que perdí bajo los periódicos, después de verme protestar y levantar todos los almohadones que a mi paso iba encontrando. Y te oí tararear bajito, muy bajito, una melodía indescifrable que sólo tu conocías y que hasta anteayer me crujía los nervios. Pero eso fue ayer, porque hoy el silencio cae como una lluvia pesada, densa, que se arrastra por cada rincón de esta casa y  al caer me disuelve hasta convertirme en nada. Los sonidos del pasado se han impregnado en las paredes.

Me abrazo a lo poco que queda, como si un trozo de lana conservara el calor del que lo vistió, pero ya no huele a nada, solo a tristeza. 

De poco sirve imaginar que saliste de viaje. Sé que ya no habrá más lunes, ni martes, ni ningún otro día que dos timbrazos secos me vuelquen el corazón. Te fuiste sin querer. De nada sirvió imaginar mañanas, ni trazar palabras que forjaran a nuestro alrededor una muralla que nadie pudiera cruzar. De nada sirvió que te prometiera que sobre nuestros hombros descansaría el peso del mundo, de nada sirvió que te rieras de mis absurdas promesas.

He heredado una casa hueca, un jersey viejo y la promesa a una losa de que no demasiado tardar me retiraré al fresco de la noche para que puedas irte de verdad, porque tu sitio ya no está entre los vivos.


domingo, 16 de junio de 2013

EL MOMENTO



¿Qué nos ha pasado Ralph? ¿Sabes cómo ha empezado todo esto?

Ahogó el principio de un sollozo con un trago largo. No se movió. Miraba el mármol como si las vetas fueran un mapa que descifrar para no perderse de nuevo. Pero puede que fuera lo extraño de la situación, los papeles invertidos por una vez, lo que pudo más y, de modo inesperado, se encontró rodeándole con los brazos mientras murmuraba sobre lo paradójico de la situación. 


Al llegar, se había sentado a su lado, en el banco, ni una silla rodeando la mesa. Entonces pensó que la posición era ridícula, uno junto al otro, es cosa de escolares y allí la lección estaba toda aprendida, apenas quedaba nada por decir. Miró las paredes que un día fueron color albero, buscó las vetas que el tiempo había impreso erigiéndose en mapas indescifrables. Un juego del pasado que perdió la gracia cuando el trazado se dividió en dos. Reconoció las fotografías, bebió intentando recordar, pero había olvidado quién era quién y ahora, la presbicia no sólo de sus ojos, no ayudaba demasiado. Tampoco importaba, el pasado sólo existe mientras lo recuerdas. 



Y allí se encontraba, sosteniéndole ante las contingencias de la vida, de una vida que no sabía por dónde andaba. ¿Cuánto hacía de la última vez? Mucho, o tal vez, no tanto. Ahora se alegraba de tenerle tan cerca, de que el tiempo se hubiera detenido sin habérselo pedido, y de que la neblina prohibida del tabaco ocultara, a la vista de otros, que desde hacía ya algún tiempo todas las barreras habían empezado a caer. Sabía que se arrepentiría pero, aún así, dejó que su cabeza buscara refugio en su pecho. 


El vaho de su cabello tibio empezó a marearle y el corazón se ralentizó. Comprendió que lo que se deslizaba entre los pliegues de su jersey era la vida misma, húmeda, doliente y que, apostando a ganador, había vuelto a perder de nuevo.  
  

viernes, 14 de junio de 2013

MALA HIERBA NUNCA MUERE



Bolinaga no se muere, y ya es extraño. Y digo extraño porque un cáncer de riñón con metástasis al cerebro, llevado en danza desde el año 2005, a cualquier otro, que no estuviera podrido de antemano como sin duda lo está este tipo, la enfermedad se lo habría llevado por delante hace meses, años incluso.


No tengo intención de debatir sobre la “bondad” de la resolución que lo puso en la calle y lo mandó a casa después de asesinar todo lo que pudo, a secuestrar (532 días a Ortega Lara), a extorsionar y que dedicó gran parte de su vida a sembrar el terror allí por donde su sucio cuerpo pasaba. Ciento setenta años de cárcel son años para pudrirse en ella, pero no siempre suficientes.

Tampoco voy a polemizar sobre los informes médicos, no, ni todas esas cosas que ahora se dicen por ahí.  Todo eso, en este momento, me da igual, un asesino anda dando paseos por su pueblo, esperando a base de xacoli que la parca llame a su puerta. Me encuentro perpleja.


Es precisamente esta perplejidad la que me tiene aquí, pegada a las teclas. Hay que ver lo mucho que duran los que no tienen más que mal en sus entrañas, y eso es lo que me sorprende, lo que me trae a estas líneas.  ¿Quién no tiene un familiar, un amigo, una persona querida a la que el cáncer la tumbó antes de que le diera tiempo a completar aquella lista de buenos propósitos que una noche de fin de año  se entretuvo en rellenar? Yo tengo varios, alguno tan querido que imaginarme la vida sin él, con un futuro que llevar adelante sin volver a besarle, a tocarle,  me llevo a perder la fe en nada. Los 28 años es muy mala edad para morir.


La naturaleza no es tan sabia. Hay seres humanos (solo humanos porque los parió una mujer con dolor) que nacen con un trozo de carbón, tosco y sucio, incrustado en la cabeza y en el corazón,  y debe ser  por eso también que a la naturaleza le es difícil terminar con ellos después de haberlos vomitado al mundo. Tan difícil como que sea un trozo de cristal el que acabe esquirlando un alótropo de carbono.