miércoles, 30 de marzo de 2016

BENIDORM


"Es importante, si alguien te pregunta cuál ha sido el momento más feliz, que
 reflexiones no solo sobre la pregunta, sino también sobre quién te la ha hecho".
Jenny Ofill



Termino “Departamento de especulaciones” de Jenny Offill. Empecé su lectura un tanto desmayada, casi como por accidente. Por dos veces, sin contar aquella en la que dejé olvidado el volumen en la mesa de la cafetería en la que había desayunado, estuve por abandonar su lectura, pero al final, como casi con todo en lo que se persiste, le encontré la gracia. Todos especulamos y el que diga que no es así falta a la verdad. Y de eso, entre otras cosas, trata la novela: del nacimiento de la duda, de la frustración, de los cambios de rumbo que no siempre se esperan y de la posibilidad en el mañana.

No hay relación íntima que no pase por momentos de reflexión y distanciamiento. Los años pasan factura y las parejas, al menos las de carne y hueso, pasan por crisis de mayor o menor envergadura. Cuantos más hilos tiene una madeja más se enmaraña. La vida no es pacífica, ni desde luego estática y con el trascurso del tiempo, de los sinsabores que te regala, a veces hay que escarbar mucho y buscar en el epicentro del corazón los motivos para continuar con el proyecto iniciado. Es preciso abandonar la frivolidad de lo inmediato, de un futurible que se imagina de algodón de azúcar lejos de la turbación de la vida diaria, y replantearse el qué, el cómo y el porqué de todo, para poder reconducir (si es lo que se quiere), lo que el tiempo, la rutina y el cansancio tiñó de un gris a veces un tanto oscuro. 



sábado, 26 de marzo de 2016

LANGOSTAS



Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. En esas dos categorías. Y lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados... No sé cómo pueden soportar la vida, me parece asombroso. Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias por ser miserables". 
Annie Hall


Decides que las procesiones y los pocos días de fiesta que te regalan esta semana, santa para algunos, los dedicarás a estar en tu casa, a poner orden a todo aquello que se va acumulando en pilas que convierten las dos estancias de las que dispones en un auténtico bazar. Y mientras ordenas, haces por ver a los amigos que como tú han decidido que el mejor descanso es dejar el coche aparcado en el garaje y no hacer más kilómetros que los que marcan el perímetro de la ciudad. A veces, el tomar distancias es una postura mental que no requiere más que colocarse dónde uno quiere y alejarse, también mentalmente, de todo aquello que aburre, incomoda, angustia o, ¿por qué no?, torpedea el ánimo.

Estos días la ciudad está tomada por los turistas y uno se siente un poco extranjero en su propia casa. El tiempo no acompaña, pero los recién llegados son inasequibles al desaliento y los atisbas subidos en los autobuses turísticos descapotados, soportando una ventolera más que desapacible, y agradeces no ser tú quien anda dando tumbos de norte a sur y de este a oeste de cualquier sitio que no sea el salón de tu casa.

— ¿Quieres que bajemos al puerto?

La pregunta queda suspendida en el aire porque ataca la sordera selectiva y nos hacemos los suecos cuando el plan no interesa, es costumbre de la casa. El café con leche se enfría sobre la encimera mientras lee los artículos del periódico de hace par de días. Desde el jueves, aquí, no hay ni un quiosco abierto.

— ¿Cuándo abre Cristóbal? En este barrio no hay quien compre un triste diario.

—Supongo que cuando terminen las procesiones de su pueblo. 

Nos acercamos al mercado. Un kilo de manzanas reineta y una base de hojaldre, una botella de verdejo,  medio kilo de mejillones de roca, dos lubinas, y unos cuantos buñuelos de bacalao porque, aunque andamos empatados en aquello de las creencias y de la fe, culinariamente hablando somos como una ONU que se respeta y firma tratados aunque soto voce se cuele algo de jamón o de queso de oveja. Helado de vainilla para mí, palo de trufa para ti.

Y mientras pasan las horas entre de música que escogemos por turnos, cerramos una sesión de cine, sin palomitas, de las que no le gustan a él pero me chiflan a mí; y una cena para seis que improvisaremos con lo que queda en la nevera y las muchas ganas de quedarse en casa rascándose la barriga sin tener que cumplir ni un solo horario.



jueves, 24 de marzo de 2016

NADA

A menudo cuesta toda una vida librarse de ciertos recuerdos, por muy irrelevantes que sean. 
Robert Walser


La voz suspendida en el aire. Inabarcable, quieta. Tiembla en la noche, volcada tras un mal encuentro. Desequilibrado, cojo, rebusca entre folios blancos y permanece atento, escondido detrás de la simulada indiferencia. Corazón desbaratado que, recostado sobre otro pecho, acaricia su vello invisible.




sábado, 19 de marzo de 2016

UN IDOMENI CUALQUIERA


El miedo es mal maestro para dar lecciones de virtud.
Plinio



Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, después de que una vez más quedara patente que el ser humano es el elemento más mortífero con el que debe enfrentarse, fueron muchas las instituciones internacionales que se animaron a legislar para intentar evitar que aquel horror, aquel baño de sangre inhumano que recorrió el globo de punta a punta,  se volviera a suceder. El ser humano debería estar por encima de cualquier ideología y locura que pueda pasar por la cabeza a cualquiera. Pero no hay Convención, ni Tratado, por muy ratificado que éste, que no pueda ser guardado en un cajón y enterrado bajo el sollozo de las personas que sufren los envites de guerras y desastres que nunca buscaron. Durante años, Europa se cubrió de sangre y sal. Sal de los millones de lágrimas vertidas,  que no sirvieron para nada y que se perdieron entre los surcos de la vida. El humo de los hornos crematorios nos escandalizan ahora, con la boca pequeña y porque nos parece lejano, cosa de locos que no pueden suceder en una sociedad avanzada. Pero no escandalizó entonces y posiblemente tampoco lo hiciera ahora, y no es una barbaridad afirmarlo porque no hay Gobierno, Estado, que pueda llevar a cabo tal barbaridad sin que la gente la consienta, en ocasiones, incluso a través de un silencio más que cómplice.



Pero no aprendemos nada, por eso  las víctimas de los horrores solo nos conmueven cuando se encuentran lejos de casa y las vemos a través de una pantalla. Por eso la cuestión de los refugiados que están llegando a Europa, huyendo de la miseria, de la muerte, la desesperación y de la guerra, no interesan a nadie, o a casi nadie. Las soluciones a los movimientos migratorios originados por la barbarie humana no tienen fácil solución y requieren de intervenciones no solo allá donde llegan sino también en sus países de origen, pero desde luego por donde no pasa es por abandonar a esta gente (que huye del terror en busca de un futuro de esperanza para ellos y para sus hijos), a su suerte, a una deriva indefinida y sin un mañana de posibilidades. Nadie se va de su casa, deja a su familia, su vida en definitiva, por el gusto de malvivir y dejarse el resuello sin saber si su próximo destino será una caja de madera en una fosa común.



La suscripción en el día de ayer del acuerdo de la Unión Europea con Turquía contraviene no solo la Convención del Refugiado, el Convenio Europeo de Derechos humanos, sino también la Declaración Universal de Derechos Humanos, digan lo que digan los líderes de esta pacata Unión.  Europa suelta unos euros a Turquía, una nación que no es ni siquiera capaz de garantizar los derechos de sus conciudadanos, para aliviar su mala conciencia y su falta de vocación solidaria, como hacían aquellos nuevos ricos que soltaban la limosna al pobre que se apostaba en la puerta de la iglesia.
El acuerdo al que se ha llegado es absolutamente vergonzoso y denigrante. Los niños muertos en las playas, los que arrastran los pies entre enormes barrizales de los campos de la vergüenza, las madre que lloran impotentes de desesperación no son nada, un entretenimiento en tecnicolor con el que la enferma sociedad europea se remueve en el sofá esperando que empiece la película de la noche.  



Pero ellos somos nosotros, y nosotros somos ellos, por eso es absolutamente inaceptable lo que está pasando con todos ellos, y nosotros no deberíamos consentirlo. Quedarnos con las manos cruzadas es una verdadera ignominia contra ellos, contra nosotros mismos.


lunes, 14 de marzo de 2016

RETIRADA

Cuanto más larga es la ausencia más duradera es la extrañeza de volver.
Antonio Muñoz Molina


Y tu cuerpo que se separa del mío, entre el silencio de los que son incapaces de encontrar una palabra que alivie la tristeza que se desliza sin que nadie la llame. Un vacío infinito se cuela entre tu espalda y mis piernas, dejándonos mudos. Las cortinas se mecen con un soplo que viene de poniente, ajenas al desánimo de la cercana ausencia. Duermen tus manos, duermen las mías y, en mitad de la nada, la arena tibia que asfixia cualquier asomo de vida que intente brotar más allá del marco de la ventana que nos vela.



miércoles, 9 de marzo de 2016

REMAR CONTRACORRIENTE



En todo aquello que vale la pena de tener, incluso en el placer, hay un punto de dolor 
o de tedio que ha de ser sobrevivido para que el placer pueda revivir y resistir.
Gilbert Keith Chesterton



Imposible no tropezar con su paso y no sentirse frágil. Es como el agua que se cuela en cada una de las hendeduras del camino, que tu mano temblorosa intenta contenerla sin pensar que su aparente docilidad es un engaño que solo espera un guiño que le de paso a embravecerse y arrastrarte hacia la nada. Y un oscuro presagio, que parece dormir sin que apenas lo percibas, aguarda agazapado, tras la aparente normalidad, esperando el rumor de tu llegada para acabar con tu aliento. Somnoliento, agotado por el remar absurdo contra la corriente que te empuja, quedarás varado entre la incertidumbre de saber si aún sigues vivo y la absurda idea de que más allá de la resaca que te alejó, sobrevive su presencia y tu futuro.








sábado, 5 de marzo de 2016

NO EN MI NOMBRE


No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla.
Manuel Azaña




Tras el segundo debate de investidura y después de escuchar a algunos que dicen que nos representan, solo porque el juego de una mal traída Ley Electoral les dio un escaño en el Parlamento, las ganas de emigrar en busca de pagos más amables, más cuerdos, se incrementan por momentos.  Un poco de atención a las intervenciones y se advierte como, sin fisuras, la decadencia va ganando terreno. Poco a poco la falta de educación, de respeto, de tolerancia, y de ganas de trabajar por el bien común van ganando la partida en pro de una poltrona desde la que comer caliente. No hay día que no se presente tosco. Empezamos a desbordarnos por todo ello y a uno se le quitan las ganas de seguir discutiendo de según qué cosas con según qué personas. La amabilidad se la tragó el desagüe, la primera alcantarilla, a la que empujamos la necesidad de entendernos.  Y nos hemos polarizado tanto que encontrar puntos comunes, intersecciones en las que darnos la mano es algo del pasado. Corren ríos de insultos, de vejaciones continuadas disfrazadas de nuevas formas, pero es solo el sectarismo malintencionado vestido con los ropajes de una falsa progresía que va avanzando a pasos agigantados sin poder ocultar la caspa que les cubre los hombros. Necesitamos un cambio, pero no así. Los políticos han dejado de gustarnos, pero en realidad hemos dejado de gustarnos a nosotros mismos. Es hora de reflexionar, quizá buscando un banco alejando de tanto griterío estéril y buscar la sombra de un chopo,  o tal vez de un álamo de los que se van muriendo en nuestros pueblos, en nuestras ciudades. Puede que desde allí, a su buena sombra y lejos de la escandalera de las mentiras interesadas y las verdades a medias, contemplemos con vergüenza la roña que nos rodea como mugrientos envoltorios de comida rápida, abandonados tras dos dentelladas ansiosas, y empiece a molestarnos; y aprendamos que la vida social no puede dejarse en manos de cualquiera que le ponga luces de colores y que la fagocite para devolvérnosla en forma de un vómito que apesta y que, si no se retira a tiempo, porque por sí solo no desaparece, se pudre entre los pies hasta convertirlos en una pura llaga. 


martes, 1 de marzo de 2016

LA EUROPA DE LA VERGÜENZA


Viajar es una escuela de humildad.
Claudio Magris




En la portada de “La Vanguardia” del día de hoy aparece la fotografía de unos refugiados que se protegen de los gases lacrimógenos que se lanzan en la frontera de Grecia. El panorama es desolador. Hasta hace pocos años, la imagen de gente caminando a lo largo de carreteras inmensas, vías de trenes vacías, arrastrando juntos a sus hijos las pocas pertenencias que aun conservaban, nos parecían cosa de las películas de la segunda guerra mundial, de perseguidos por regímenes sanguinarios que masacraban a sus iguales solo por pensar, por ser diferentes.

Pero todo vuelve, incluso en lo peor del ser humano todo vuelve y, en la sinrazón de la Europa que se cree civilizada, en lugar de acoger al que azotado por la desgracia se ve empujado a marchar de su pueblo, de su ciudad, de su tierra, para salvar su vida, se le confina allá donde menos molesta. Olvidamos que aquellos que recorren media Europa en busca de un futuro, de una vida en la que vivir no se convierta, día tras día, en una actividad de riesgo con resultado final, casi siempre de muerte cierta, no son turistas a la espera de descubrir lo hermosas que son las capitales de este continente. Nadie se aventura a vivir en la cuerda floja que bordea el abismo, dejando atrás media existencia, si no lo hace para escapar del infierno. Pero eso lo olvidamos a menudo porque, al final, lo que cada día nos trae el telediario, por rutinario, se convierte en anecdótico, una película más de la sobremesa que se repite por días y de la que podemos desconectar apagando el televisor o cerrando las páginas de un periódico y sin que nuestra vida se perturbe un ápice. 

Europa se escuda en mil excusas: el miedo a lo que desconocemos, a lo diferente, a la falta de futuro cierto incluso para los que siempre hemos vivido en este suelo privilegiado. Pero nada de todo eso vale, porque hay un común denominador entre ellos, los que vienen, y nosotros, la necesidad de vivir, de salvaguardar a la familia, a los hijos, a los padres e incluso a uno mismo. La vida es el bien más preciado con el que cuenta la humanidad, protegerla, salvaguardarla, es obligación de todos y cada uno de los que habitamos en este mundo, y  aquellos en los que delegamos parte de nuestra organización deberían ser los primeros valedores de tamaña empresa. Si no somos capaces de aplicar los valores de la tolerancia, solidaridad y respeto, quizás nos estemos convirtiendo en aquello mismo de lo que huyen los que cruzan las fronteras empujados por el miedo y la necesidad.


La sociedad está ciega, sorda, muda y totalmente enferma. Europa es una gran balsa de podredumbre moral en la que los derechos humanos se vapulean porque aquellos a los que se les vulnera “no son de los nuestros”. Un continente sin cara, y esa es la suerte que tiene, porque si la tuviera hace ya mucho que se le habría caído de vergüenza. Vivimos en una aterradora contradicción que solo puede traer una mayor desgracia.