domingo, 26 de marzo de 2017

ROYAL MILE


                              Dime que sí, que sí, como me dices
                              que no con la tristeza arrinconada
                              cuando ya el beso se convierte en nada
                              en los mártires labios aprendices.

Luis Rosales



Después de repetir en infinidad de ocasiones que lo que mejor había hecho en la vida había sido marcharme de allí, acabé volviendo. Era enero, tal vez febrero. Llegué de noche. Hacía un frío intenso y tuve la impresión, como entonces, que la vida discurría a escondidas del sol. Me debatía entre las diferentes maneras de enfrentarme a un regreso que no había planeado y por el que, sin embargo,  había terminado subiendo a un avión, atravesado medio país y plantado la maleta frente aquella puerta. Quizá fuera la noticia de tu muerte inminente, quizá fuera la necesidad de encontrar, pasados los años, una explicación a aquella huida hacia delante que no sirvió de nada.
Busqué la llave bajo el felpudo y abrí, despacio.El mal recibir de las casas cerradas me dio la bienvenida con un intenso olor a viejo. Sobre la mesa encontré el listado de indicaciones para encender la calefacción, las horas de recogida de la basura y el teléfono de la persona a la que debía llamar si surgía algún problema con el apartamento durante mi estancia. No iba a necesitar nada de todo aquello. Aquellas cuatro paredes habían sido mi casa hacía ya muchos años. Reconocí los cuatro muebles que llenaban la sala, adecentada con cuatro detalles impersonales, y me senté en el sofá. Todo seguía exactamente igual. Necesitaba fumar. Los últimos diez años habían transcurrido sin un solo cigarrillo en el bolsillo y en cambio, ahora, la necesidad era tan intensa que me puse el abrigo y salí a la calle.
Empezó a nevar. Los pies resbalaban y temí terminar escalabrado y maltrecho en mitad de la calle. No sería la primera vez. Recordé aquella ocasión que volviendo de trabajar, corriendo por verte, terminé en el suelo, con una brecha en la cabeza y la dignidad en el bolsillo. Fue tu cara de espanto la que me dio la medida de aquel tropiezo tan estúpido. Y entonces sonreí, como los locos, como los tontos, como los hombres solos que hablan con los fantasmas de sus vidas pasadas.
Caminé por la avenida, junto al canal. La nieve empezaba a acumularse por los rincones. A lo lejos, solo se veía la inmensa mole blanca de los montes nevados. Di la vuelta para volver casa, con las manos vacías.  Me dije que mañana, con las primeras luces del alba, subiría la ladera. Ahí arriba, donde el viento aturde los abedules, debes de sentir muy sola.





miércoles, 22 de marzo de 2017

DESCANSA


O salgo a la calle, en el día quieto, 
y el presente es una hoja nueva de árbol, 
con sol frío, y el día resplandece, 
pero el dolor arde en su centro, duele en su entraña.
Francisco Umbral







Dices que ya no te llamo, ni te escribo. Se lo dices a la nada aunque a veces aun puedo escucharte. Y es verdad, ni te llamo, ni te escribo. Todo es tan absolutamente caótico que cuando cae la tarde solo quiero que todo se cubra de silencio, de pensamientos en botellas medio vacías o medio llenas, pero botellas que a fin de cuentas terminarán en el contenedor del reciclado, como mi vida como la tuya. Porque la vida es eso, algo medio lleno y medio vacío que hay que reciclar para no morirse de asco, o de pena, o de puro tedio, en mitad del camino que va hacia ninguna parte. Dices que no te escribo, ni te llamo, y es verdad. Solo busco la manera de que el desconcierto no me tumbe. Ando en esa guerra, por eso ni te llamo ni te escribo. Y qué más da, te contesto cuando insistes en saber el motivo del silencio. Y dices que no sabes si da o no da, que solo sabes que ya no llamo, ni te escribo. 
Que más da, vuelvo a repetir un poco más bajo. Ya se fue la primavera, se fue media vida, y ahora ya no quedan fresas salvajes, ni niños poco muertos que nos salven de la quema del ruido continuo. Ahora ya solo te puedo decir, aunque ya no me oigas, que descanses. Nada más.



jueves, 9 de marzo de 2017

NO NEWS, GOOD NEWS



No es coraje, es elegancia.
 Quizá la elegancia es la forma suprema del coraje 
o el coraje es la forma suprema de elegancia.

António Lobo Antunes





Estos días mi madre se encuentra por la costa alicantina, disfrutando de unos días de vacaciones que, a su provecta edad, tiene más que merecidas. Nos comunicamos con ella menos de lo habitual, sabemos que está bien aunque no tengamos noticias. En esta familia, la máxima “no news, good news” ha funcionado siempre. De vez en cuando, alguna de sus hijas realiza la llamada de rigor y pasa el parte al resto mediante un mensaje de whatsapp. 
Para mi madre el teléfono, sin más función que la de llamar y descolgar, es un aparato que la mantiene unida, como si de un cordón umbilical se tratara, a su familia, a sus amigos y al ambulatorio de referencia, pero nada más. Ni hay aplicaciones, ni redes sociales, ni nada que no sea la posibilidad de hablar con otro y escucharle la voz. Cuando nos ve tecleando como si no hubiera un mañana se lamenta de lo simples que le hemos salido. Eso da paso a un discurso sobre la generación perdida y el exceso de información inmediata. Y tiene razón. 
Ayer era un día propicio para morir de un colapso informativo en menos de cinco minutos. Ayer era 8 de marzo, un día estupendo para mucho follón mediático con poco fondo, para expandir información desinformada, y para acabar metido en charcos que no llevan a nada con gente que te interesa menos que cero. Por eso ayer me acordé de los discursos maternos y de la necesidad de cierta higiene informativa. Ayer el teléfono permaneció en el bolso hasta bien entrada la tarde, cuando por la calle ya no quedaban más que unos cuantos coches que se apresuraban porque Dios, en forma de balón, estaba a punto de hacer su estelar aparición. Las ciudades descansan a ratos gracias al fútbol, aunque no lo parezca. 
Volviendo a casa, llamé a mi madre. No me atendió, me saltó el buzón y no le dejé mensaje porque a buen seguro no lo va a escuchar. Seguramente andaba jugando a las cartas con sus compañeros de viaje o, simplemente, mirando por la ventana mientras descansaba su cuerpo de mujer trabajada, sin preocuparse de teléfonos, aplicaciones, ni informaciones intoxicadas.  
A veces me da envidia. Porque la vida es eso que ella vive tocándolo con la punta de los dedos. Eso y un poco de Chet Baker a horas tardías mientras te acaricio la espalda.





domingo, 5 de marzo de 2017

DIARIO 2.0

Si tus nervios te delatan
Vive por encima de tus nervios,
Ellos pueden apoyarse sobre la tumba
Si temen desviarse.

Emily Dickinson






Deberías saber que me duele el corazón. Puede que te parezca extraño, absurdo e incluso inútil. Pero hoy, sin más, duele. Sin tormentos, sin mañanas y sin un pasado que lo refrende. Un dolor ciego, sordo y mudo. Aun así, hoy duele.