
Había
bajado del tren antes de que saliera el sol. Podía coger
un taxi o ir andando. No tenía prisa, había tiempo de sobra. En viento de la
noche había llenado el paseo de hojas muertas que ahora, con la humedad de
primera hora, transformaban el ambiente en algo un tanto pastoso. Le picó la
nariz. Hizo un gesto liviano, casi imperceptible, y se rasco hasta que sintió
un cierto alivio. La alergia le amargaba la vida y los viajes de trabajo también.
Intentó respirar por la boca, sin parecer un perro medio asfixiado y siguió
caminando. Al fondo, el día empezaba a clarear. Había ensayado su discurso
varias veces y ahora, cuando apenas quedaban un par de horas para darlo, lo
había olvidado todo. Tocaba improvisar. Empezó a tararear una canción de los
años ochenta, cuando aun tenía pelo y el tabaco no estaba prohibido. Pronto se
jubilaría y recuperaría el tiempo, su tiempo. Pero de repente le entró el miedo.
Quizá nada de todo lo que antes le gustó, tuviera ahora demasiado sentido. El
aire le jugó una mala pasada y mientras intentaba protegerse los ojos con la
mano, le pareció verla cruzar. Apretó el paso, cambio de acera y alzó la mano para parar un taxi.