¡A veces! A veces, como un buque aprisionado a las amarras, que se arranca milagrosamente del ancla hacia la tempestad.
Boris Pasternak
Hace un par de días apareció una
fotografía mía en una revista. No sabía que la habían hecho, ni siquiera
recordaba que en aquel acto hubiera ningún fotógrafo. Al verla, no me reconocí.
Esa mujer que aparece sobre el papel satinado, tocada con gafas y las mangas
arremangadas hasta mitad del brazo, con la cabeza ladeada y la mano apuntando a
algún lugar indefinido, no era yo, quizá mi madre hace ya algunos años. Debo
decir que la imagen me resultó perturbadora. Quizá mi aspecto empieza a
mimetizarse con el de quien me trajo al mundo. Y yo misma, con todo la carga de
lo ya vivido, sea una copia, seguramente empeorada, de mi propia madre. La
genética es desconcertante aunque, casi siempre, eso es lo de menos, porque, al final, lo que nos moldea
el gesto y la vida es la relación que mantenemos con los otros. Posiblemente por eso, a veces, mi perro me recuerda a mí misma cuando busca cobijo los días que hay tormenta, y también por eso, pese a los años que hace que ya desapareció, sigo
arqueando la ceja, como hacía mi padre, cuando la cosa viene prieta.
Alguien se preguntará que tiene que ver el amor, sus palabras, con las bicicletas.
Nada. Absolutamente nada. Como nada tiene que ver la noche con la ausencia, los días de sol con los recuerdos, el azul con la inmensidad y el negro con la pérdida infinita.
Pero un día, mientras pensaba en lo que dejaba a medio camino, empecé a fijarme en las bicicletas. Las veía, las fotografiaba, las dibujaba, incluso las imaginaba. Intentaba concentrar en un armazón de hierro, los sentimientos que sostenía como podía. Un extraño paralelismo. Un equilibrio complicado. Las relaciones mentales y emocionales que establecemos con los objetos, las personas y los sentimientos, son curiosas. Desde entonces cada vez que veo una bicicleta me acuerdo de lo que fue, de lo mucho que le quise y de que tal vez, sólo tal vez, él no supo en que medida.
"Ella em va estimar tant...
Jo me l'estimo encara.
Plegats vam travessar
una porta tancada.
Ella, com us ho podré dir,
era tot el meu món llavors
quan en la llar cremàvem
només paraules d'amor..."
Siento especial predilección por los cepillos para el pelo. Pero no cualquier cepillo sino esos que tienen gordos mangos de madera y gruesas cerdas naturales. Esta filia me ha llevado a tener "el cesto de los cepillos," y rellenarlo no con uno, ni con dos; sino con varios más. Nunca menos de tres, nunca más de seis.
Este capricho no hace daño a nadie o eso creía yo, pero, al parecer, al gato (que es el amo de esta casa), no le gusta. Por lo general, no discuto con mi gato, no por falta de ganas, sino porque tiene bastante mala leche y, en los últimos tiempos, cuando se le lleva la contraria o no se le satisfacen sus gustos (latas de lomitos de atún, arena de sílice y collar de terciopelo azul cielo con perlas drapeadas), se pone de muy mal café y se venga dejando trazas de su ADN donde menos te lo esperas, lo cual es bastante molesto pues sales a la calle y todas las gatitas del barrio maúllan a tu paso. Así que evito las hostilidades con el minino que, además, ya tiene una edad y empieza a chochear.
Pero hoy, el tema ha pasado de castaño oscuro.
Mientras voy camino de casa, muerta de cansancio, con sueño y hambre, después de un día duro, pienso que me merezco un regalo. Algo sencillo, un té moruno, musiquita relajante, un baño con burbujitas, cremitas por doquier y una pedicura en condiciones. Eso puede ayudar a que mi desastroso día mejore sustancialmente. ¿Frivolidad? Sí, y ¿Qué?
Llego a casa y lanzo un ¡Holaaaaaaaaaa!. Un eco resuena: hola, hola, hola….. Del minino ni rastro. Es extraño, normalmente tiene comportamientos perrunos y en cuanto pongo la llave en la cerradura ya está sentado frente a la alfombra de la puerta esperando cucamonas. Hoy, no está.
Cuelgo mi abrigo en la percha, dejo el bolso sobre la mesa y mientras camino por el pasillo de casa, empiezo a ver unas extrañas y oscuras trazas en el suelo. ¿Césped artificial importado de la Selva Negra? ¿Cientos de filas de hormigas procesionando por la casa?
Empiezo a tener una cierta sospecha. Doblo el espinazo y recojo del suelo un puñado de cerdas naturales. Me están entrando instintos asesinos. Entro en el salón. Sobre el sofá está el mishino en cuestión rodeado de media docena de palos de madera más pelados que la cabeza de Kojak.
Siento la sangre que asciende a mis mejillas, que una furia interior empieza a poseerme. Mis cepillos convertidos en un manojo de estacas. El felino, que me mira como si yo no estuviera, sostiene un mango entre sus dientes. Me acerco con cara de mal café dispuesta a arrancarle el resto de mí adorado cepillo, pero el gato de marras, pese a gordo y viejo, se da media vuelta, levanta el rabo con dignidad y, cuando ya juro en arameo y prometo que lo voy a despellejar para hacerme una bufanda, serenamente lanza una ventosidad al viento mientras se encamina a su nuevo reino, el cesto de los cepillos.