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lunes, 25 de julio de 2016

COURAGES

Le plus beau des courages est celui d'être heureux.
Joseph Joubert




Es entre la confusión de ideas entre lo que me muevo. Entre lo contradictorio de lo necesario, lo deseado, y el resultado imperfecto de la concatenación de hechos del día a día. Conservo pocas ideas claras al respecto de lo que nos ocupa. La primera, ¿Qué es lo que nos ocupa? La segunda, ¿Cuándo dejó de ocuparnos? Nadie se preocupó de que el cuchillo no tuviera el filo romo y ahora los márgenes restan confusos, bizarros, inabordables. Los objetivos se tornan débiles e imprecisos y divago, divagamos, dándole vueltas a los cantos que nos orillan sin darnos descanso. Y la vida, a veces, insípida, se aleja oprimida por la nostalgia que nunca se despeja, que cubre la semana, los días sin fin. Nos convertimos en mendigos a los que les sobran sacas porque la nada, con un peso específico exagerado, apenas ocupa espacio.




martes, 5 de agosto de 2014

MÁS DE LO MISMO


La tristeza inexpresiva abrió sus dos ojos enormes. 
El florero al despertar del cristal arrojó las flores.





No sé si es demasiado apropiado clasificar los libros, su lectura, en función de las estaciones del año, como si algunos libros debieran leerse en invierno y jamás en un julio angosto y caluroso. Y aunque sé que más de uno y más de dos se llevarían las manos a la cabeza si conocieran este modo de repartir mis lecturas, en función de la meteorología, en mi caso, no son pocas veces que lo hago así. Por eso, por esta conocida manía que tengo, que en pleno mes de agosto me encuentre releyendo “La aguja dorada” de Montserrat Roig (*), un libro espléndido que habla de Rusia en general y del sitio de Leningrado en particular, no ha dejado de causar, incluso a mí misma, cierta sorpresa. Pero el escenario, el mío personal, lo acompaña. Cierto recogimiento pese al calor, el estado mundial de ruina humana generalizado y un cierto desfallecimiento circunstancial, no han hecho más que abonar el terreno para agarrarme a lo ya conocido, a leer, nuevamente, sobre el sitio de Leningrado y, en consecuencia, sobre la maldad humana. ¿Qué clase de seres son capaces de asediar a los suyos hasta matarlos de hambre, de reventarlos por dentro y por fuera? Sólo el hombre. Somos la única especie capaz de convertir a nuestros congéneres en infrahombres. Son estas situaciones las que me convencen, cada vez más, de la maldad del hombre en lo general y de la grandeza del ser humano en lo particular.  Algo que parece incompatible pero que no lo es en absoluto.

El sitio de Leningrado por el ejército alemán duro aproximadamente novecientos días. Durante todo aquel tiempo no dejaron de bombardear la ciudad ni un solo día. Ayudados por los finlandeses, los alemanes cortaron todo acceso a la ciudad, con la finalidad de matar a la población de hambre. Era el modo más económico que los alemanes encontraron para reducir la resistencia rusa. Cientos de miles de personas murieron en los tres años que duro la infamia, cientos de miles quedaron sepultados bajo la nieve del invierno hasta que, al llegar el deshielo en primavera, pudieron ser enterrados en las fosas comunes que invadieron la ciudad. Aquello empezó en el año 1941 y finalizó en 1944.



En uno de los fragmentos del libro, la escritora relata como quiso entrevistar a Boris Kostiurin, uno de los ingenieros civiles que, en los días del sitio, se dejaba la vida construyendo vías en lo que llamaba “la carretera de la vida” para que los alimentos pudieran llegar a una población ya desfallecida y casi desahuciada y, por otro lado, permitieran ir evacuando a la población. Kostiurin se encargaba de construir puentes que enlazara el tren con los barcos que llegaban a las poblaciones cercanas y que  debían permitir que, circulando por encima de los lagos helados, los camiones transportaran las reservas de harina que debían mantener con vida a los sitiados en Leningrado. Sin embargo, la escritora no consiguió arrancarle una sola palabra sobre la guerra, ni del hecho de guardar un par de condecoraciones que se había ganado durante el sitio. Y nada tuvo que ver en esta negativa a hablar de todo aquello el hecho que, en el momento de la fallida entrevista, el ingeniero sufriera las severas consecuencias de dos grandes embolias. Fue la necesidad de no volver sobre un pasado negro que le marcó de por vida. Kostiurin no es más que una muestra de los muchos que vivieron aquel infierno. En los días del sitio, mientras trabajaba en uno de los improvisados muelles que se construían entonces, había presenciado el bombardeo de un barco  que llevaba las tres cruces rojas que indicaba el transporte de niños y civiles. Mientras el barco se encontraba zarpando, a pocos metros del muelle, los cazas alemanes lo bombardearon. La sangre de los niños, de las personas que viajaban escapando de la hambruna y de una muerte probable, se mezclaba con la harina que se transportaba en el barco y que debía alimentar a los muchos que quedaban en Leningrado.  Dicen que algunos niños intentaron alcanzar la orilla, pese al agua helada y al agotamiento físico, pero los cazas les dispararon hasta que se hundieron en las heladas aguas rusas. Casi ninguno de aquellos niños sobrevivió. Todo aquello quedó clavado en el corazón del ingeniero, y jamás mostró ni una sola de sus condecoraciones, ni siquiera cuando su vida ya llegaba al final. 

Terminado el libro de nuevo, mirando las noticias de la televisión sobre la guerra entre Israel y Gaza, sobre el desarrollo de la misma, no puedo dejar de pensar que no hemos aprendido absolutamente nada. Pero nada de nada. Y no es una cuestión de política sino de humanidad. Para la maldad no hay estaciones del año, eso está claro.





(*) La aguja dorada hace referencia a la aguja dorada, rematada por una veleta de oro en forma de pequeño barco, que se encuentra en el Almirantazgo de San Petersburgo, que fue la sede de la Escuela de Almirantes Imperiales Rusos. Está situado en el extremo occidental de la avenida Nevski, es uno de los monumentos más famosos de la ciudad.






viernes, 19 de julio de 2013

DELAYED


"La vida no es para siempre".


Es en esta hora, en este momento, cuando debemos repartirnos la vida. Podemos decir que  hemos llegado a una estación de paso, aunque es siempre la misma historia dando vueltas una y otra vez. Cambia tu rostro, el mío, el tiempo se vuelve anciano. Pero la noche es la noche, nos convierte en misteriosos, en la llave de unas posibilidades tan infinitas como precarias.



martes, 18 de junio de 2013

LAS OLAS


"No hay nada permanente, no hay nada definitivo en este universo".


Te escuché trastear en la cocina, arrastrar los pies buscando con una paciencia infinita las gafas que perdí bajo los periódicos, después de verme protestar y levantar todos los almohadones que a mi paso iba encontrando. Y te oí tararear bajito, muy bajito, una melodía indescifrable que sólo tu conocías y que hasta anteayer me crujía los nervios. Pero eso fue ayer, porque hoy el silencio cae como una lluvia pesada, densa, que se arrastra por cada rincón de esta casa y  al caer me disuelve hasta convertirme en nada. Los sonidos del pasado se han impregnado en las paredes.

Me abrazo a lo poco que queda, como si un trozo de lana conservara el calor del que lo vistió, pero ya no huele a nada, solo a tristeza. 

De poco sirve imaginar que saliste de viaje. Sé que ya no habrá más lunes, ni martes, ni ningún otro día que dos timbrazos secos me vuelquen el corazón. Te fuiste sin querer. De nada sirvió imaginar mañanas, ni trazar palabras que forjaran a nuestro alrededor una muralla que nadie pudiera cruzar. De nada sirvió que te prometiera que sobre nuestros hombros descansaría el peso del mundo, de nada sirvió que te rieras de mis absurdas promesas.

He heredado una casa hueca, un jersey viejo y la promesa a una losa de que no demasiado tardar me retiraré al fresco de la noche para que puedas irte de verdad, porque tu sitio ya no está entre los vivos.


martes, 8 de enero de 2013

DE LA MEDIOCRIDAD -EL CIERRE DE LA LIBRERÍA CATALONIA-



En los días que estamos viviendo, el cierre de negocios no es nada que nos sorprenda, bien al contrario, cuando pasamos frente  sus puertas cerradas a cal y canto, con el cartel de "traspaso", "local en alquiler", un automático “otro más”, se nos tatúa en la retina y, día a día, la lenta agonía de un modo de vida se nos va convirtiendo en algo corriente.


Para muchos, el cierre de la “Librería Catalonia” (fundada en 1.924), puede que sea “otro más”. Sin embargo, el final de esta emblemática librería de la ciudad de Barcelona es la manifestación más evidente, no sólo del mal momento económico por el que atravesamos todos, sino del inicio del fin de un modo de entender el mundo de los libros, incluso de una forma de ver la vida que desaparece para no volver.


El ritmo de nuestras vidas ha cambiado de un modo tremendo, la fisonomía de nuestras ciudades aún más. La modernidad ha ahogado, de un modo casi dramático, las cuestiones reposadas, y la inmediatez de lo breve nos seduce maliciosamente alejándonos, peligrosamente, de lo fundamental, del tiempo para pensar, para reposar, para madurar las cuatro ideas que vagan por nuestra cabeza, en definitiva, para vivir.



El final de la “Librería Catalonia” es otro eslabón en la cadena del cierrel continuado de librerías de verdad. Liberarías en las que los libreros hablan de libros, saben, conocen y disfrutan hablando de ellos. Son muchas las que ya han ido cayendo: la Librería Platón, la Librería Francesa, Herder, Cinc d’Oros, Ancora y Delfín. Todas ellas formaban parte del paisaje de los lectores barceloneses. Con su desaparición han ido dejando huérfanos a los verdaderos lectores de esta ciudad, esos que no se conforman con cualquier cosa y que, antes de escoger su próximo libro, su viaje en la imaginación, buscan minuciosamente entre los estantes, leen párrafos enteros de esos libros que, en el mejor de los casos, no les dejarán indiferentes, y cuyo empuje de papel les llevará de nuevo a cruzar la puerta de esa librería que puede que forme parte de su vida.


Corren malos tiempos para muchas cosas, entre ellas para los libros. El cierre de estas librerías dará ventaja a las impersonales cadenas de ventas de libros que seguirán vendiendo bestsellers que regalar en cualquier festividad, que decorarán y criarán polvo en descuidadas librerías, y que incluso pueden llegar a calzar alguna que otra mesa coja. 
La mediocridad es una ola gigantesca que lo arrasa todo.

martes, 11 de septiembre de 2012

CENTAUROS



Cada día, a la caída del sol, se coloca frente a un caballete desvencijado, y mientras sostiene, apretando entre los dientes, sus pinceles de pelo de turón, idea historias que después, sin prisa, traslada a unos cartones gruesos que terminarán en el trastero. 

Sólo expuso una vez, una sola vez. Nunca más lo ha vuelto a hacer, ni lo hará, afirma. Es algo absolutamente incomprensible.

La capacidad de frustrar vocaciones, aficiones, aptitudes, provocando, incluso, su abandono, está en manos, casi siempre, de aquellos en quienes se confía. No serán pocas las veces en las que este sabotear al otro nazca de la propia frustración, de la incapacidad personal, o  incluso de una rivalidad no reconocida.

Es una de las despreciables facetas del ser humano. Es más fácil destruir que construir.

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"Fácilmente se comprende que todo ello significa una condena de la poesía. Y en efecto, jamás ha salido de labios humanos una condena tan taxativa y extremada como la de Platón. Y bien se comprende, además, por un motivo personal: Platón era poeta y abandonó la poesía por la filosofía. En realidad siguió siendo poeta, puesto que hay mercedes irrenunciables, y así, era de sí mismo de quien se defendía al condenar a los poetas. Es justamente en Platón en quien ya la filosofía se despide definitivamente de la poesía, se independiza de ella y para hacerlo hasta el fin, tiene que atacarla, como a lo que en realidad es: su mayor peligro, su más seductora enemiga, a la que nada hay que conceder para que no se quede con todo. Como Ulises ante las sirenas, tiene que taparse los oídos para no escuchar su música, pues si escuchara, ya no volvería a escuchar otra cosa. Platón el poeta, «el divino», tiene que cerrarse a toda justificación del poeta y tiene que alejarlo de su República, pues si le diera entrada, ¿qué iba a hacer él, Platón, sino poesía? Había que elegir y nadie podía sentir con más fuerza el conflicto que quien llevaba dentro de su ser ambas posibilidades; quien era poeta por naturaleza y filósofo por decreto del destino. (Como no es ahora de Platón de quien nos proponemos hablar, no podemos detenernos a mostrar cómo en los trances supremos de su filosofía acude al mito poético para revelarnos las verdades supremas y entonces las largas cadenas de razones quedan atrás, ante la luminosidad del misterio revelado. ¿Sabría Platón entonces, que estaba haciendo poesía?)".
María Zambrano