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martes, 29 de agosto de 2023

LEVANTARSE FEROZ

 


Me levanto feroz. No descarto que sea por la pesadilla de una noche de sueño más que movido. Noche de linchamiento que se lleva ahora, y da igual de quién o de qué hables, que estés despierto o que estés dormido. Mal rollo total, lapidación y Código Penal a tutiplén. Aunque estos dos últimos van por barrios en función de quién y de qué. Y me levanto feroz, con el pelo más enmarañado que de costumbre y un dolor de dentadura que se explica por el abandono de la férula de descanso que me mandó el dentista. Feroz, como un caperucita que, por osmosis, se contagia del lobo fiero pero que me dura lo que tardo para el despertador, levantar la persiana y aliviar la vejiga. Y ahora, con menos agua en el cuerpo, pago las consecuencias de un dolor de cabeza que vibra sin parar por desgañitarme en sueños repitiendo que ser un gañan, un machista, un sinvergüenza y un grosero, no te coloca en la casilla del disparadero del Código Penal. Pero, ¿Qué más da? La consigna está en la calle para que abreve la muchedumbre pastoreada por los eslóganes de rigor y se haga política de todo que es lo que ahora se lleva. Vivir en la confrontación del que opina contracorriente es agotador, incluso en sueños. Así que después del primer café de la mañana, mientras intento recolocar la mandíbula como puedo, pienso en la mascarilla natural para el encrespamiento capilar, las pocas ganas que tengo de hacer nada y lo mucho que me está gustando “La primera mano que sostuvo la mía”, de Maggie O’Farrell. Ahí lo dejo, para que puestos a perder el tiempo, al menos se pierda en algo bueno y menos fiero.




martes, 8 de agosto de 2023

TE LLAMARÉ MARTES


 

Sin pestañear, sin haber emitido ni un solo suspiro veraniego, llegamos al 8 de agosto. La primera cuarta parte del mes de vacaciones se ha ido a tomar viento sin que haya notado la más ligera brisa a su paso. Acabo "No me gusta mi cuello" de Nora Ephron. Lo empecé a finales del mes de julio, pero perdí la bolsa en la que lo llevaba y hasta ayer, en mitad de la hecatombe que supone guardar tu vida en un trastero prepago, no lo recuperé. Son cosas que pasan cuando vas de un sitio a otro, como si fueran casillas de la oca y tiras porque te toca. Las cosas están, mañana desparecen y, con suerte, vuelven a estar ya no se sabe cuándo. Así que sentada en el suelo de una casa vacía, aprovechando las dos horas de espera a las que me ha sometido el técnico de la caldera, lo he terminado. Mato el tiempo escogiendo el relato con el que me quedaría, si tuviera que hacerlo con alguno. Me decido por "Cosas que me gustaría haber sabido", supongo que porque a todos hay cosas que nos habría gustado saber ante de ser conscientes de que no las sabíamos. Me quedo con "Los secretos no existen" y con "Nunca se sabe". Pero la verdad es que esas dos cosas me las sé, aunque no sé si las he sabido lo suficientemente pronto o lo suficientemente tarde. El tiempo siempre es relativo pero la falta de conocimiento, de cierta consciencia no lo es. Hacer el panoli es muy fácil. Hacer el panoli, el canelo, el bobo, poco tiene que ver con la edad y mucho con algunas dosis mal repartidas de ingenuidad. Pero estamos a 8 de agosto. Sé que los secretos no existen; que nunca se sabe y que las cosas, con el tiempo, no siempre mejoran, pero tampoco empeoran. Los secretos solo son realidades que se intentan ocultar a otros, no siempre con éxito, aunque otros disimulen. Pero puede, aunque nunca se sabe, que algunos secretos queden bajo el cobijo exclusivo de dos cuerpos y cuatro piernas que hoy se evitan. El tiempo pasa demasiado rápido y no hay marcha atrás (ésta también debió de anotarla la Sra. Ephron, aunque tal vez también lo hizo).

El calor aprieta y, desde este suelo que he convertido en mi tablero de juego, pienso en la secreta historia que nació al socaire de un encuentro extraño que le dejó en el cuello la marca de unos dientes que apretaron un poco más de lo prudente y un poco menos de lo ansiado. Un verano que se partía entre dos juegos de piernas que se entrelazaban pese al calor, pese a la humedad y las pocas posibilidades de que de entre ellas saliera algo más que el rastro acuoso de una locura. Un secreto raro.




domingo, 5 de junio de 2022

O SÍ, MIL VECES SÍ, YO QUÉ SÉ

 



Me quedo en que Ingrid ha llegado conduciendo su furgoneta hasta la frontera donde termina la cobertura de la tarjeta sanitaria europea.  De ahí en adelante lo que le pase ya es cosa mía, y puedo decidir lo que me de la gana, lo que le pase por la cabeza, tanto si decide que seguir orinando en un cubo de plástico es un asco y lo que necesita es irse a unos grandes almacenes y gastarse un pastizal en algo bonito; como si decide que no hay mayor libertad que transitar de estación de servicio en estación de servicio en busca de la nada.  Pero Ingrid es ese personaje al que, a sus cincuenta años y unos cuernos de impresión, la vida cómoda le resbala, pero solo un rato. La mediana edad a veces es un tanto extraña porque se mezclan las ganas melancólicas de improvisación con la necesidad de reconocer que  la cuesta abajo ha empezado y que mear en un bote, salvo que sea estricta necesidad, es una ruina absoluta. Algunas cosas resbalan más que otras y el futuro se mira con el recelo del que lo tiene encima. Quiero pensar que Ingrid, después de soltar el lastre que conlleva toda ruptura, pudo volver a un apartamento de cuatro paredes que le permitieran seguir siendo libre sin la necesidad de deshacerse del papel higiénico en el contenedor al que se supone que debe de ir todo lo que uno no sabe demasiado bien a dónde va. No sentí ninguna simpatía por Ingrid. Ni siquiera en ese momento loco en el que pensó que cepillarse a un compañero de trabajo, alcoholizado y vacilón, podía compensar el vacío y la sensación de caída libre en el que la dejó que su marido decidiera que la chispa de la vida tenía quince años menos, unas bragas no siempre limpias y un apartamento que acumulaba las tazas de café bajo la cama. La simpatía por Ingrid está en otro lado.

Pero la libertad es mía, al menos en este momento, y veo a Ingrid conduciendo su furgoneta, parando en la primera estación de servicio, comprando el Hola y colgando de ese trasto con ruedas el cartel de “Se vende” que pensó que la hacía libre y solo la convirtió en una caricatura de sí misma. Con el pelo limpio la vida se ve de otra manera.



viernes, 23 de abril de 2021

QUE LA PANDEMIA NO TE QUITE EL GUSTO

 



Cuando naces en una familia en la que las mujeres ganan por goleada, la cuestión de las rosas y los libros se multiplica por dos. En casa siempre hubo rosas para todas y libros también. Porque una cosa no quita la otra, porque las revoluciones empiezan en la casa de cada uno y en la nuestra se avanzaba a pasos de gigante cuando conseguías colocarte en posición de discutir sin menospreciar y sin caer en el capricho para el que no había ni espacio, ni suficientes horas en el reloj que tirar.

Hubo un tiempo en el que algunos consideraron que las mujeres que leían eran peligrosas. Nuestra suerte, la mía, la de mis hermanas y la de mi madre fue que mi padre considerara que nos prefería peligrosas y leídas a incultas, dejadas o planas de pensamiento como una línea recta. Así que casa, la fiesta de San Jorge siempre fue una fiesta grande en el que hubo rosas y libros que formaban parte del mismo equipo.

Mi padre ya no está y la casa familiar se fue vaciando. Pero mi madre sigue remando y, pese a la edad, al covid y a los males que la acompañan sigue, año tras año, con la búsqueda disfrutona de libros y rosas para su familia, bisnieta ya incluida.  Y es que para ella, nacida durante una guerra con más escasez que abundancia, leer es fundamental y lo del rosa y el azul siempre le importó un bledo.



lunes, 19 de junio de 2017

LIBROS



Considero que la televisión es muy educativa. Cada vez que alguien enciende el televisor salgo de la habitación y me voy a otra parte a leer un libro. 
Groucho Marx




Desde la última mudanza, los libros se acumulan apilados unos sobre otros formando columnas más bien inestables, esperando encontrar un lugar, sino adecuado, sí al menos más cómodo y menos desastroso. Pero el espacio es escaso y no sé bien como resolver la cuestión sin sentir la extraña sensación, cuando por necesidad decido desprenderme de parte de ellos, de que me estoy equivocando. Pero la lectura llevada hasta el extremo del vicio, acompañada del placer de escoger con cierta dedicación lo que se va a leer, conlleva que el número de ejemplares que vamos atesorando se multiplique de un modo exponencial y difícilmente controlable. Hace meses iniciamos una campaña casera para limitar el número de libros con los que pensábamos hacernos. Ni que decir tiene que aquel pacto bienintencionado se ha quebrantado desde el inicio y así, como el que no quiere la cosa, semana a semana, las columnas van aumentando, el espacio va menguando y la capacidad para disimular que un nuevo ejemplar llega a casa va mejorando. Se puede vivir sin libros, a buen seguro que sí, pero también tengo claro que viviríamos mucho peor. 



martes, 13 de junio de 2017

CICUTA


Hay más tesoros en los libros que en todo el botín 
de la Isla del Tesoro.

Walt Disney





Antes de salir de casa compruebo que llevo encima todo lo que creo que me puede salvarme la jornada. Un ejemplar de una novela escogido con cuidado, una libreta, unos cuantos bolígrafos de distintos colores, un paquete de pañuelos de papel, un paquete de caramelos,  un botellín de agua y un blíster con antiácidos. Lo demás (la cartera, las identificaciones laborales, entre otros cachivaches), va de suyo. Ha empezado a hacer calor, sin embargo me resisto a dejar el fular de casa, nunca se sabe qué maldito aire acondicionado va a acabar matándote. Entre el caos de mi bolsa quedará todo el verano, navegando entre las llaves y la tarjeta de transporte público.

Hago cola  esperando el autobús. Miro por última vez el teléfono el móvil antes de lanzarlo al fondo del pozo que llevo colgado en el hombro. Saco mi libro y espero. Nunca empiezo a leer hasta que consigo pertrecharme en los últimos asientos del autobús. En invierno porque es donde más templa y en verano porque esa temperatura antes templada, que se convierte en algo un tanto asfixiante en el mes de junio, ahuyenta a todo quisque.  
Esta mañana el personal debe andar rezagado, subimos cuatro gatos, y cojo asiento sin dificultad. Empiezan, posiblemente, los cuarenta y cinco minutos más gratificante del día. Los de vuelta cuentan para la descompresión cuando termine el día. Arranco el tiempo que puedo y de dónde puedo para leer cualquier cosa que nada tenga que ver con mi trabajo. Esta costumbre, con toda seguridad, me salva de mucha mala leche y pesares tenebrosos. Levanto la cabeza para ver en qué se encuentran metidas todas las  cabezas gachas que contemplo desde la cola del autobús. Veo pocos libros, muchos menos que hace algún tiempo. Puede que todas estas personas, que acaban de salir de su casa y van a pasar todo el día entregados a lo nutricio, estén, como yo, pensando en salvarse un rato pero de otro modo, y el mirar por la ventada, el teclear el móvil o el simple escuchar del éxito musical de la semana les sea suficiente.

Los libros se han convertido, para muchos, en meros objetos decorativos. Leer no está de moda aunque algunos, románticos y enfermos del papel, pensemos que si no fuera por los libros en las farmacias no darían abasto en la venta de antidepresivos y antídotos contra la cicuta; aunque el hábito que arrastramos nos acabe provocado tendinitis y la vista más cansada de lo normal.





miércoles, 23 de noviembre de 2016

SANGRE DE TU SANGRE


Lo único que temo es morir mañana sin haberme conocido.
Sadegh Hedayat





Llueve en Barcelona y los mediodías de este noviembre extraño se llenan de vueltas para despejarse, para dejar que las cosas fluyan y poder seguir. Paseos que en ocasiones acaban en cualquier café, en cualquier librería. Son momentos que contentan sin más. Las cosas son así. Y en ese caminar de mediodías grises que invitan a poco, acabé llevándome a casa un ejemplar de Brújula de Mathias Enard. En sus primeras páginas, atrapadas con un café de por medio, es donde se encuentra la cita de Sadegh Hedayat «Nadie toma la decisión de suicidarse; el suicidio está en ciertos hombres, está en su naturaleza.» Y ahí quedó lo leído, con el poso de un día más, de una lectura curiosa en la que se piensa como se piensa en cientos de notas que se van encontrando por ahí.
El martes nos vestimos de negro por dentro y le enterramos. Cuatro paladas de cemento y se acabó. Ya no hay azoteas que tienten a nada, ya no hay males pesares, ni desesperanzas que nadie conoce. Solo queda un millón de interrogantes, una infinidad de momentos en los que la mirada se pierde y un cruce de dedos para que los mayores no se desmoronen. Al volver a casa no pude dejar de pensar en las líneas que había leído el domingo, el mismo domingo en que saltar al vacío se convirtió en una necesidad. Las cosas son así. Sangre de tu sangre que se pierde en un reguero que se fija con las lágrimas de los que quedan. Sangre que recuerda que la naturaleza de cada uno es un misterio. 
La vida viene como viene y se va, siempre, para siempre jamás, porque es nuestra propia naturaleza, extraña y compleja.


martes, 25 de octubre de 2016

LEO, LUEGO EXISTO


Leer en voz alta es dar a las palabras de otros.
Teju Cole




Acabo de leer, no sin cierta sensación de que el mundo es un gran pozo sucio, el último libro de Teju Cole, “Cada día es del ladrón”. Para un occidental, alejado de África por algo más que por el agua de un océano inmenso, es difícil imaginar una sociedad mendicante, corrupta hasta el tuétano, como la que describe Cole. Sin embargo, cuando uno cierra el libro, pone el televisor y escucha las últimas noticias sobre la corrupción que campa a sus anchas por todos los rincones de la geografía de este país, la imaginación, deja de ser tal, y el cerebro termina sacudido por la certeza de que las cloacas de lo corrupto no entienden de continentes, ni de razas, ni de nada que no sea la propia avaricia y la inmundicia que crea la indecencia y la falta de honestidad. Puede que nuestros desagües sean menos toscos que aquellos que recorren las entrañas de Nigeria, pero son exactamente igual de sucios, igual de deprimentes. Nigeria no es España, pero podrían ser primas hermanas.

La lectura es un placer absoluto del que a veces no se sale ileso. En este caso, el oscuro panorama que muestra la novela lo salva la belleza y la serenidad de la prosa de Cole, y una cierta ingenuidad en la creencia de que no todos somos iguales.



miércoles, 30 de marzo de 2016

BENIDORM


"Es importante, si alguien te pregunta cuál ha sido el momento más feliz, que
 reflexiones no solo sobre la pregunta, sino también sobre quién te la ha hecho".
Jenny Ofill



Termino “Departamento de especulaciones” de Jenny Offill. Empecé su lectura un tanto desmayada, casi como por accidente. Por dos veces, sin contar aquella en la que dejé olvidado el volumen en la mesa de la cafetería en la que había desayunado, estuve por abandonar su lectura, pero al final, como casi con todo en lo que se persiste, le encontré la gracia. Todos especulamos y el que diga que no es así falta a la verdad. Y de eso, entre otras cosas, trata la novela: del nacimiento de la duda, de la frustración, de los cambios de rumbo que no siempre se esperan y de la posibilidad en el mañana.

No hay relación íntima que no pase por momentos de reflexión y distanciamiento. Los años pasan factura y las parejas, al menos las de carne y hueso, pasan por crisis de mayor o menor envergadura. Cuantos más hilos tiene una madeja más se enmaraña. La vida no es pacífica, ni desde luego estática y con el trascurso del tiempo, de los sinsabores que te regala, a veces hay que escarbar mucho y buscar en el epicentro del corazón los motivos para continuar con el proyecto iniciado. Es preciso abandonar la frivolidad de lo inmediato, de un futurible que se imagina de algodón de azúcar lejos de la turbación de la vida diaria, y replantearse el qué, el cómo y el porqué de todo, para poder reconducir (si es lo que se quiere), lo que el tiempo, la rutina y el cansancio tiñó de un gris a veces un tanto oscuro. 



jueves, 29 de octubre de 2015

DIARIO 2.0


Cuando cambió de postura sintió contra la cara la almohada mojada y fría.
Ian McEwan


Las críticas que está recibiendo “La ley del menor” de Ian McEwan están siendo todas estupendas desde un punto de vista literario. No seré yo quien diga lo contrario, porque mentiría, así lo creo. Debo reconocer que lo he leído de un tirón, en dos ratos muertos que he pasado sentada apurando el almuerzo que en las últimas semanas se suceden en la mesa de mi despacho, en la que se acumula más papel del que puedo digerir. Cuando lees un libro de corrido es porque estás atrapado. Eso es precisamente lo que me ha ocurrido a mí. Los motivos son diversos.  Algunos libros no pasan desapercibidos y éste es uno de ellos. Nada que decir desde el punto de vista narrativo, pero sí al respecto de la trama. Una apreciación que proviene de una lectura que no está exenta, como casi siempre, de la visión que cada uno tenemos de determinadas cosas. Por eso, al leer a McEwan no puedo dejar de pensar, y volver, sobre la idea de la trascendencia que sobre la vida de otros tiene la intervención de determinados profesionales; de la necesidad de calibrar desde cierta distancia algunos hechos que se suceden en estas relaciones. 
Tomar decisiones o incluso las riendas de los conflictos de otros conlleva consecuencias, y uno ha de ser consciente de ello.  Sin embargo también creo que esa responsabilidad, que a veces pesa como una losa, no puede convertirse, de un modo automático y casi justificativo, en culpa cuando las cosas se desbordan.  La vida está llena de acontecimientos en los que intervenimos y que perdemos de vista al cabo de un tiempo, por necesidad, por precaución, o simplemente porque es ley de vida. Lo que a veces sucede por el camino no siempre está a nuestro alcance y pienso que es mejor así, lo contrario sería un sinvivir, porque el ser humano es poroso y en determinadas profesiones, aunque uno se revista de la pátina de neutralidad y asepsia sin perder cierta empatía, la vida ajena va calando y haciéndose hueco, para bien o para mal.
Sé que debo releer “La Ley del menor” para recrearme en la suerte de su protagonista y comentar, después y entre bambalinas, que las lágrimas de Fiona Maye son universales. 




martes, 4 de agosto de 2015

COMO BONNIE AND CLYDE



"Ahora leo; pero es como si escuchara. Porque podría leer todo esto con los ojos cerrados y la boca abierta. Leer con los dientes, masticando la arena que se mete por la boca abierta y tragando el recuerdo exacto de las palabras que es tanto más preciso”.
Rodrigo Fresán



He buscado expresamente el libro de Rodrigo Fresán para poder escribir con exactitud aquellas líneas que un día, no hace demasiado, leí mientras entretenía el tiempo en una librería del centor.
Había abierto el libro sin fijarme por dónde lo hacía. Leí aquellas líneas como podía haber leído cualquier otras. Pero fue ese párrafo y no otro. Lo cerré, pagué y salí de la librería, con el mismo dolor de pies con el había llegado, sólo que ahora me llevaba algo que, si bien aun era desconocido, me parecía que no lo era tanto. Sin esperar a llegar a casa, mientras el autobús brincaba entre los socavones que llenan la ciudad, busqué en el bolso un rotulador y marqué con un asterisco el margen derecho de la página y subrayé, de rojo intenso, el párrafo que hay transcrito un poco más arriba. Una especie de herida abierta. 

Semanas antes me había hecho llegar el extracto de su próximo trabajo. Lo leí y me encantó; lo releí y me pareció extraordinario; lo volví a leer de nuevo y pensé que lo que tenía entre mis manos no debía ser abandonado. Lo dejé en mi mesa a la espera de recibir la siguiente entrega. No llegó nunca.


Hace unos días, ordenando la mesa del estudio mientras intentaba sostener montaña de libros que amurallan su flanco izquierdo para que no se viniera abajo, encontré aquel extracto que casi podía leer con los ojos cerrados. Y lo leí, de nuevo, y fue como si le escuchara. Y curiosamente, mientras releía aquel amago de novela, pensé en Fresán, en aquel texto marcado que coincidió con la llegada de aquello que estaba naciendo. Volví a pensar que me hubiera gustado ser quien, de modo original, escribiera que "leerle era como escucharle". Y pensé que si esa frase hubiera sido mía se la habría regalado, porque no hay nada más preciado que alguien sea capaz de ponernos en marcha y que todo ello quede retratado mediante una combinación única de palabras expresamente escogidas. Pero se me adelantó Fresán y por eso sólo podría regalarle dos líneas copiadas que ojala fueran mías.


miércoles, 25 de febrero de 2015

EL LECTOR NO ES TONTO






En el marco de la Semana de la Novela Negra de Barcelona 2015, la escritora islandesa Yrsa Sigurdardottir presentó, entre una gran expectación de los medios, su novela “Sé quién eres” publicada por  Random House
Durante los últimos años no son pocos los escritores nórdicos que copan el género de la novela negra. Parece como si el hecho de tener un nombre absolutamente impronunciable y un escenario helado fueran garantía suficiente para escribir una novela de calidad que otorgue el éxito de la crítica y, lo que es más complicado, colmar las expectativas de los lectores.


Sin embargo, la última novela de Sigurdardottir, es la prueba de que no es así. La combinación de crímines y fantasmas no siempre funciona. Ese es solo uno de los no pocos problemas de la novela. Psiquiatras, policías, cabañas, niños desaparecidos y simbología religiosa, todo agitado hasta convertirlo en una historia, necesitan de mucha maestría para que cuajen bien y no parezca un simple catálogo al uso nórdico de los elementos a mezclar en una novela negra. Y en este caso, sin querer poner en duda la gracia o el oficio que pueda tener la escritora, esos ingredientes tan golosos, por mal combinados, en esta novela no solo no funcionan sino que a poquito que uno le ponga interés puede terminar con una sensación de estafa importante. Quedan un sin fin de interrogantes abiertos, los protagonistas son tan insulsos que uno no sabe a quien tiene enfrente, son tantos flecos colgando, tanta historia traída por los pelos, que cuando se llega a las últimas páginas del libro, la sensación de tomadura de pelo es mayúscula.

Quizá debemos empezar a poner en cuarentena toda esa caterva de libros y de escritores de nombre impronunciable a la hora de leer novela negra, pues no son pocas las ocasiones que, aprovechando el tirón de la saga Stieg Larsson,  se lanzan productos al mercado sin madurar a modo de carnaza (congelada eso sí) para alimentar a lo bruto. El lector no es tonto, no todo vale y eso deberían tenerlo en cuenta no solo los escritores sino también las editoriales.


sábado, 8 de noviembre de 2014

MADRES E HIJAS EN LA HISTORIA (MACARONS)



La relación entre madres e hijas nunca ha estado exenta de polémica y que de grandes madres nacieron grandes hijas (en los bueno y no lo malo, también),  es algo que pocas veces es discutible.  Una muestra de ello nos lo trae Maria Pilar Queralt  del Hierro. Su obra “Madres e hijas en la historia” es una recopilación breve y amena de grandes mujeres de la historia de la humanidad que engendraron e hijas que estuvieron a la altura de las madres que las trajeron al mundo a pesar de las circunstancias sociales  e históricas en las que vivieron y que se convirtieron en personajes fundamentales en la historia. Mujeres que forjaron un carácter y una identidad sobre los grandes éxitos incluso fracasos de su propia existencia y sobre los de quienes las precedieron, que establecieron unas simbiosis que, en ocasiones, se pudiera considerar un tanto enfermizas pero que en todo caso les marcaron la vida.
No es el único libro que habla sobre este tipo de relaciones, ni mucho menos. Sin embargo, lo que lo destaca sobre otros es la concepción del libro y su redacción.  La historiadora y escritora consigue hacer un repaso de la historia, desde la antigua Roma y hasta principios del S.XX, a través de los personajes femeninos escogidos y de la relación establecida entre ellas. Par ello se vale de Agripina la Mayor y Agripina la Menor, por Isabel la Católica y Juana la Loca, por Marie Curie e Irene Curie, Emmeline Pankhurst y Cristabel Pankhurst, por señalar algunas de las protagonistas de este libro. Un total de nueve historias de mujeres que trascendieron a la historia y que a través de estos relatos cortos, amenos y de fácil lectura, podemos conocer un poco más.

Existen muchas maneras de introducirse en los pasajes de nuestra historia, en el mundo de las complejas relaciones familiares y éste libro es una muestra. Pequeñas historias, relatadas en capítulos que son verdaderas joyas que se agradecen en momentos como en los que vivimos en los que parece que nada importa ni siquiera trasciende.
Una buena recomendación para leer en cualquier momento. Sin embargo, terminado el mismo, no puedo evitar pensar que este libro podría ser perfecto para la lectura de aquellos chicos y chicas que aun en nuestras aulas desconocen mucho de lo que ocurrió en otros tiempos y que aun no terminan de creerse que somos producto de quienes nos crían, nos educan. Y que cada uno de nosotros, con nuestras cosas, con nuestras decisiones y comportamientos,  somos esenciales para los demás, pasemos o no a la historia.


Para terminar, agradecer que escritores que nos faciliten el conocimiento como lo hace María Pilar Queralt del Hierro, y que existan editoriales como las que han publicado este título, “Punto de Vista” y “Silex” que nos lo pongan al alcance de todos. El gusto por conocer nuestra historia de este modo amable debemos considerarlo un regalo (en este caso en particular, este libro lo fue, un regalo que llegó el día de mi cumpleaños a través de su editor). Pequeños “macarons” históricos narrado con absoluta maestría que no debemos dejar pasar en modo alguno.


domingo, 7 de septiembre de 2014

REFRANERO A TUTIPLÉN


Las olvidé porque todo se olvida; pero al acordarme de ellas, 
hallo más profunda la impresión que me causaron



Las historias de cuernos siempre han sido algo que ha interesado mucho. No es preciso que sean los de nadie famoso para que el personal se entusiasme al conocer que fulano o zutana, en un ardor guerrero de bajo vientre, un apasionamiento desmedido, o cualquier otra cosa que remueve las entrañas, ha coronado cual reno de Papa Noël a su, llamemos, pareja oficial. Sin embargo, un morbo extraño se genera cuando es una pareja de famosos los que se encuentran en esa embarazosa situación de infidelidades y una de las partes, despechada hasta decir basta, opta por ventilarlo todo a los cuatro vientos, como una especie de cruel venganza y desahogo, colocándose en la momentánea situación de víctima desgraciada y a la otra, en la de verdugo desalmado. En el caso de los famosos, si el tristemente cornamentado obtiene unos buenos réditos por ello, pues miel sobre hojuelas, que diría aquel.
Esta pasada semana, la ex primera Dama de Francia, Sra. Valerié Trierwieler, ha sacado al mercado un libro en el que pone a caer de un burro, personal y políticamente hablando, a su ex compañero sentimental François Hollande después de una ruptura bruñida al socaire de los romances del Presidente con una guapa y joven actriz de cine. Nada nuevo bajo el sol, el despecho, en ocasiones provoca estas cosas, odios y venganzas que con el tiempo se olvidan pero que momentáneamente colocan a ambas partes en la picota del cotilleo y la maledicencia.

El caso de Trierwieler, mujer ofendida y enfurecida, donde las haya, es de los más típicos. Poder llama a poder, ambición llama a ambición, y en este caso, el desplazamiento de quien se ha sentido irreemplazable provoca reacciones desmesuradas y a que nos cuestionemos incluso la inteligencia de quien se creyó especial por pescar lo que pescó, aun sabiendo lo que pescaba. La misma periodista, ahora tremendamente crítica con su ex amor, ocupó el corazón de Hollande (emparejado por entonces con Ségonolè Royal) del mismo modo por el que ahora, años más tarde, ha sido desplazada.  “Quien a hierro mata, a hierro muere”, los refranes existen por algo, y el bagaje personal de cada uno, su propio pasado, es ya una avanzacilla de cómo puede ser el futuro próximo.

No deja de ser curioso el nombre con el que la cariacontecida y enardecida Trierwieler, con el olor de la carne expuesta al gran público, ha bautizado a su criatura “Merci pour ce moment” ("Gracias por ese momento"), porque una, después de conocer el contenido del libro (gracias a las cientos de notas que aparecen en la prensa), no puede menos que pensar que el momento que agradece al Presidente no es el que con él vivió en el pasado, sino el momento de gloria que con esta venganza feota le va a proporcionar ahora durante semanas. Pero estas glorias son tan efímeras como los romances que antaño colocaron a sus protagonistas en las cotas del populismo de bragueta. Y es que mañana, cuando vuelva la calma y las braguetas se consuelen en nuevos ribazos, la gente sólo recordará lo en evidencia que se puso una mujer que no supo poner fin, con dignidad y señorío, a una relación que estaba tocada por sus partes más húmedas.

Se equivoca Trierwieler si cree que con ello va a perjudicar a Hollade. Francia es Francia, y los cuernos no son más que una anécdota, incluso graciosa para aquellos que son ajenos a la relación. Y en este momento, y mañana también, lo que va a quedar en el recuerdo, por un lado, es el retrato de la ahora denostada, como una mujer histérica, descontrolada, vengativa e incluso infantil que, como en la fábula de las uvas y la zorra, cuando no llega dice que están verdes (como si no lo supiera cuando se dedicó a intentar comérselas).  Y por otro lado, la de un tipo feo como un cazo, aparentemente soso, insustancial y variable (como aquella “donna” de la que decían era “mobile”), al que las mujeres se rifan pese a todo lo burdo y despreciable que algunas de las que pasaron a su vera dicen que es, y por el que, pese a ello, acaban poniéndose en evidencia como unas chonis cualquieras, por muy de Chanel que se vistan.


La infidelidad es tan antigua como la existencia del ser humano y eso, hoy en día, no tiene más trascendencia que la que tiene entre la propia pareja y su círculo más cercano.  Lo demás, letras para entretener. Y es que la ropa sucia, se lava en casa. Alguien debería regalarle a un refranero a Trierwieler y advertirla que la ambición mal llevada es muy chunga.



martes, 5 de agosto de 2014

MÁS DE LO MISMO


La tristeza inexpresiva abrió sus dos ojos enormes. 
El florero al despertar del cristal arrojó las flores.





No sé si es demasiado apropiado clasificar los libros, su lectura, en función de las estaciones del año, como si algunos libros debieran leerse en invierno y jamás en un julio angosto y caluroso. Y aunque sé que más de uno y más de dos se llevarían las manos a la cabeza si conocieran este modo de repartir mis lecturas, en función de la meteorología, en mi caso, no son pocas veces que lo hago así. Por eso, por esta conocida manía que tengo, que en pleno mes de agosto me encuentre releyendo “La aguja dorada” de Montserrat Roig (*), un libro espléndido que habla de Rusia en general y del sitio de Leningrado en particular, no ha dejado de causar, incluso a mí misma, cierta sorpresa. Pero el escenario, el mío personal, lo acompaña. Cierto recogimiento pese al calor, el estado mundial de ruina humana generalizado y un cierto desfallecimiento circunstancial, no han hecho más que abonar el terreno para agarrarme a lo ya conocido, a leer, nuevamente, sobre el sitio de Leningrado y, en consecuencia, sobre la maldad humana. ¿Qué clase de seres son capaces de asediar a los suyos hasta matarlos de hambre, de reventarlos por dentro y por fuera? Sólo el hombre. Somos la única especie capaz de convertir a nuestros congéneres en infrahombres. Son estas situaciones las que me convencen, cada vez más, de la maldad del hombre en lo general y de la grandeza del ser humano en lo particular.  Algo que parece incompatible pero que no lo es en absoluto.

El sitio de Leningrado por el ejército alemán duro aproximadamente novecientos días. Durante todo aquel tiempo no dejaron de bombardear la ciudad ni un solo día. Ayudados por los finlandeses, los alemanes cortaron todo acceso a la ciudad, con la finalidad de matar a la población de hambre. Era el modo más económico que los alemanes encontraron para reducir la resistencia rusa. Cientos de miles de personas murieron en los tres años que duro la infamia, cientos de miles quedaron sepultados bajo la nieve del invierno hasta que, al llegar el deshielo en primavera, pudieron ser enterrados en las fosas comunes que invadieron la ciudad. Aquello empezó en el año 1941 y finalizó en 1944.



En uno de los fragmentos del libro, la escritora relata como quiso entrevistar a Boris Kostiurin, uno de los ingenieros civiles que, en los días del sitio, se dejaba la vida construyendo vías en lo que llamaba “la carretera de la vida” para que los alimentos pudieran llegar a una población ya desfallecida y casi desahuciada y, por otro lado, permitieran ir evacuando a la población. Kostiurin se encargaba de construir puentes que enlazara el tren con los barcos que llegaban a las poblaciones cercanas y que  debían permitir que, circulando por encima de los lagos helados, los camiones transportaran las reservas de harina que debían mantener con vida a los sitiados en Leningrado. Sin embargo, la escritora no consiguió arrancarle una sola palabra sobre la guerra, ni del hecho de guardar un par de condecoraciones que se había ganado durante el sitio. Y nada tuvo que ver en esta negativa a hablar de todo aquello el hecho que, en el momento de la fallida entrevista, el ingeniero sufriera las severas consecuencias de dos grandes embolias. Fue la necesidad de no volver sobre un pasado negro que le marcó de por vida. Kostiurin no es más que una muestra de los muchos que vivieron aquel infierno. En los días del sitio, mientras trabajaba en uno de los improvisados muelles que se construían entonces, había presenciado el bombardeo de un barco  que llevaba las tres cruces rojas que indicaba el transporte de niños y civiles. Mientras el barco se encontraba zarpando, a pocos metros del muelle, los cazas alemanes lo bombardearon. La sangre de los niños, de las personas que viajaban escapando de la hambruna y de una muerte probable, se mezclaba con la harina que se transportaba en el barco y que debía alimentar a los muchos que quedaban en Leningrado.  Dicen que algunos niños intentaron alcanzar la orilla, pese al agua helada y al agotamiento físico, pero los cazas les dispararon hasta que se hundieron en las heladas aguas rusas. Casi ninguno de aquellos niños sobrevivió. Todo aquello quedó clavado en el corazón del ingeniero, y jamás mostró ni una sola de sus condecoraciones, ni siquiera cuando su vida ya llegaba al final. 

Terminado el libro de nuevo, mirando las noticias de la televisión sobre la guerra entre Israel y Gaza, sobre el desarrollo de la misma, no puedo dejar de pensar que no hemos aprendido absolutamente nada. Pero nada de nada. Y no es una cuestión de política sino de humanidad. Para la maldad no hay estaciones del año, eso está claro.





(*) La aguja dorada hace referencia a la aguja dorada, rematada por una veleta de oro en forma de pequeño barco, que se encuentra en el Almirantazgo de San Petersburgo, que fue la sede de la Escuela de Almirantes Imperiales Rusos. Está situado en el extremo occidental de la avenida Nevski, es uno de los monumentos más famosos de la ciudad.






martes, 22 de julio de 2014

EN REALIDAD, NO ME IRÍA SIN TI



"Entre tú y yo siempre ha estado siempre presente mi mujer. Entre mi mujer y yo has estado tú presente, y eso me ha servido para darme cuenta de lo mucho que la quiero a ella. La tercera persona, Claire. En toda relación hay que buscar siempre a la tercera persona."


No acostumbro a hacer recomendaciones literarias, y no lo hago por muchos motivos. El primero de ellos es cierto pudor. El resto va desde la incapacidad para conseguir transmitir a otros el entusiasmo o la gran decepción, o incluso la indiferencia, que me puede producir un libro; pasando por la pereza que yo misma me produzco y terminando porque soy la peor persona del mundo haciendo reseñas. Las cosas son así. Pero pese a ello, pese a que recomiendo muy poco, esta vez no me queda más remedio que hacerlo. Y hacerlo empezando por señalar que las críticas que se hacen a la literatura que se escribe en este momento, tildándola de bufa, vacía y poco elaborada, es muy injusta.

Hace unas semanas Ediciones Alfabia publicó el último libro de Álvaro de la Rica, "No te vayas sin mí". Una semanas que los que seguimos los libros de Álvaro estuvimos expectantes y un tanto desconcertados, porque después de su anuncio y su presentación, la novela  fue retirada de las librerías. Por suerte, en poco tiempo, el percance que fuera que llevó a su salida de las estanterías se solucionó y actualmente no hay problema alguno para conseguir un ejemplar de su libro.

"No te vayas sin mí" es una novela difícil de catalogar porque, a primera vista, uno podría pensar que se encuentra frente a una novela que trata sobre la historia de un hombre y una mujer que luchan y buscan su posición en el universo del otro, pero es mucho más que eso. Es una novela sobre sentimientos, sobre las terceras personas, sobre las complejas relaciones personales. Estamos frente a una historia que guarda tanta intimidad dentro de su trama, tan reconocible, que es imposible no sentirse vapuleado hasta el tuétano a medida que uno va avanzando por ella. Somos todo y no somos nada.



Acercarse a la novela de De la Rica requiere tranquilidad de espíritu y un paréntesis sosegado en la vida porque si el lector en el momento de acercarse a ella se debate sobre el alambre de las relaciones sentimentales, sobre el complejo entramado de las personalidades embriagantes, puede acabar con un nudo en la boca del estómago que le impida digerir ni que sea un vaso de agua fría. 
Pero uno solo puede saber que se precisa llegar a su lectura en ese estado de tranquilidad personal, cuando se ha sabido subyugado, entregado y derrotado por la novela que la precedió en el tiempo, "La tercera persona" (de la que es continuación la que ahora les recomiendo). No hacerlo con una mínima paz de espíritu puede suponer que el lector se desangre por sus propias costuras.

No podría decir si estamos frente a una novela que gira entorno al amor o al desamor. O si gira alrededor de los encuentros que se convierten en tremendos desencuentros, o si estamos frente una novela que nos habla sobre la necesidad de sobrevivir a toda contingencia emocional. Sinceramente no lo sé, puede que se trate precisamente de todo ello a la misma vez.

Ambas novelas, "La tercera persona" y "No te vayas sin mí", no son de fácil trago en lo emocional. Pero ya que hoy la cosa va de recomendaciones, puestos a recomendar, les recomiendo la lectura de las dos novelas, aunque para comprender y poder seguir la segunda, no sea imprescindible haber leído la primera. La escritura de Álvaro de la Rica emborracha, emociona y noquea aunque aparentemente utilice un lenguaje sencillo y próximo. Pero solo es una sencillez engañosa, de manera que con toda seguridad, se empiece por la que se empiece, el lector quedará atrapado por la escritura de este novelista.



Entramos en esa época del año en que se hace acopio de libros para leer. Sin embargo, no es la playa, al menos no en agosto bajo un sol abrasador y cientos de miles de personas rondando alrededor, el lugar más adecuado para adentrarse en el universo de Claire y Jacob, los protagonistas de las dos novelas que se mencionan en este texto. Puestos a escoger, para la lectura de "No te vayas sin mí", escogería una habitación solitaria, con la ópera Lákme sonando de fondo, y cerca de una ventana cubierta del vaho del invierno.

Les dejo un fragmento:

"Claire, no sé muy bien como despedirme de ti. Sobre todo porque se trata de una despedida definitiva. Tú misma has dicho que yo no formo parte de lo que comenzó a mi alrededor y con mi concurso. Qué duro es despedirse de alguien cómo tú. En realidad ya lo he hecho hace tiempo y cualquier cosa que escriba para finalizar esta carta será una pura formalidad. Pero me gustaría que supieras que para mí has sido alguien. Como una estrella nocturna brillando en el cielo. Una guía. Un resplandor que se ha metido dentro de mí. Eres la persona de la que no me olvido. Tuyo, Jacob."



sábado, 31 de mayo de 2014

CUIDADO NO PIERDAS EL SMOKING


"Perdidos en la realidad, confirman con sus actitudes que
 un escritor que no escribe es, de hecho,
 un monstruo merodeando la locura".


Giro la última página y el buen humor que me ha venido regalando durante los últimos días empieza a desvanecerse como la bruma que cubría el muelle 57 que se ancla frente a Broadway, y se convierte en un diminuto vacío que cabría, multiplicándolo por mil, en la funda del violín del protagonista de “Buscando un pájaro azul” de Joseph Wechsberg. Lo he pasado francamente bien y como si estuviera en un final de fiesta, cuento a todo el que me quiera oír que los libros son maravillosos y que la felicidad es un manojo de hojas empapados de vida que caben incluso en un bolsillo grande. Que no hay nubarrón que no se disipe cuando se tiene la suerte de caer bajo las garras de un buen libro. 

Ahora, terminado, llega cierto vértigo a lo que vendrá, siempre ocurre lo mismo. Cerrado ya el volumen, mis intimidades buscan un nuevo compañero que me custodie a través de días que en ocasiones son tremendos. Echaré de menos la claque, la clique, las boîtes de nuite, La Bourdonnais, el Phortos, y el pasarme de parada en el tranvía porque sigo los acordes de un violín que toca "La Marsellesa" para que no lancen a toda una orquesta de tres por la borda.


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"El Mariscal continuaba sentado, en silencio. Solo había una solución posible. En caso de emergencia  —ya sea fuego, colisión o abandono del barco o un mariscal de Francia— un músico de agua salada toca el himno nacional. Con feroz desesperación nos lanzamos a interpretar La Marsellesa. La multitud se replegó y se dispuso en posición de firmes".




BUSCANDO UN PÁJARO AZUL

Joseph Wechsberg

ISBN: 978-84-15509-16-5
Encuadernación: Cosido

Formato: Rustica
Fecha de publicación: 04/04/2014
Número de páginas: 272
Traducido por: Enrique Maldonado Roldán