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viernes, 18 de junio de 2010

INDESEABLES




A este tugurio siempre vienen los mismos, los insomnes, los borrachos, los yonquis, las putas, sus chulos y yo. Una patética fauna para el único sitio al que uno se puede arrimar cuando necesita encontrar un paquete de cigarrillos a estas horas de la noche. Miro el reloj, hace rato que dejamos atrás las cuatro. No hay nadie en la barra. Julio se acerca con paso cansado y, mientras deja frente a mí una cajetilla de Ducados y un café doble, dice que el día menos pensado baja la persiana y nos dan a todos por el culo.
Hoy no tiene ganas de hablar. Yo tampoco.
En la televisión, un tipo con pinta de predicador explica el funcionamiento de una maquina para hacer rosquillas. Si no fuera porque aún mantengo un poco la cordura diría que el tipo me está llamando por mi nombre. O tal vez no, puede que ya haya enloquecido del todo. No recuerdo cuando fue la última vez que lo oí. En el submundo en el que vivo todos lo perdimos, sólo Julio lo mantiene. Es el único que aún puede mandar a alguien a tomar por el culo. Los demás hace mucho que lo perdimos todo. Por eso estamos aquí, porque ya no nos queda nada. Sólo tenemos a un indeseable que nos sirve cualquier cosa mientras el mundo se derrumba.

martes, 8 de junio de 2010

EL JINETE POLACO (Fragmento) -Antonio Muñoz Molina-


Le ofreció el cigarrillo –era tan pulcro que también se había preocupado de traer un cenicero- pero no se quedó sentado junto a ella, se atravesó sobre la cama, le separó un poco más las piernas acariciando sus tobillos y los dedos de sus pies, le besó las rodillas y el interior suave de los muslos y fue subiendo despacio, dejándole en la piel un rastro de saliva, le apartó el vello, cuidadosamente, con determinación y lentitud, y entonces empezó a besarla exactamente igual que si besara su boca, hundiéndole la lengua, moviéndola en ondulaciones circulares, arriba y abajo, respiraba por la nariz, retrocedía para recobrar el aliento o quitarse un pelo de los labios y la miraba sonriendo, con la cara entusiasta y mojada, la veía fumar entornando los ojos, la horadaba, la olía, su carne rosa se dilataba y contraía como un corazón, cerró los ojos y respiró ella también con la boca abierta y el cigarrillo se le desprendió de los dedos, y mientras las manos de él subían para cerrarse alrededor de sus pechos las suyas descendieron y le acariciaron el desorden del pelo, la frente, las aletas trémulas de la nariz, buscaron su lengua y las comisuras de la boca y casi no podían distinguirlas del vientre y del vello empapado en el que se sumergían a un ritmo cada vez más sofocado y veloz, se abrió ella misma más aún, hasta sentir dolor en las junturas de los huesos, más allá del ofrecimiento y la vergüenza, sin saber a quién de los dos pertenecían los labios que estaba acariciando, la respiración y las palabras que escuchaba, la gradual ebriedad que los arrebataba y los hacía aplastarse el uno contra el otro como para no perder un asidero en el delirio, los sudores y secreciones y olores que envolvían y lubricaban sus miembros igualándolos en un desfallecimiento fervoroso y común.
 
Chet Baker - You Go To My Head