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domingo, 22 de marzo de 2015

OSOS POLARES


Aléjate de aquellos que intentan menospreciar tus ambiciones.
 Gente pequeña siempre lo hace, pero los verdaderamente magníficos
 te hacen sentir que, tú también, puedes ser magnífico.


Los sucesos increíbles, como que un oso polar te ataque mientras contemplas un eclipse solar, son historias que aparecen en los periódicos que sirven de relleno entre noticias de calado, como dirían algunos, y que desatascan de la indigestión que nos provocan los huesos rancios con los que nos alimentan los informativos. Pero algunas de esas cosas asombrosas que nos amenizan la vida y nos provocan una solemne carcajada o el más triste de los sollozos,  jamás aparecerán en ningún sitio importante, porque no interesan a nadie más que los cuatro o cinco, como mucho seis, que nos guardan un afecto verdadero.

Es por eso mismo que posiblemente a nadie interese que, hace apenas una semana,  un tipo entrado en la cuarentena, después de un esfuerzo titánico, consiguiera cruzar la meta de la maratón que el domingo pasado recorrió Barcelona. Y a pocos importa que el combustible con el que se manejaba fuera el saber que su hijo de dos años y medio le esperaba a unos cuantos metros ante de la llegada para cruzar juntos la meta. A casi nadie importa que hiciera meses que el trabajo no le dejara tiempo para entrenar, ni que una lesión muscular de última hora le obligara a guardar en la recámara un móvil y una tarjeta de metro para poder volver a casa si la cosa se ponía fea. Pero terminó, no sin una cierta dosis de agonía, los poco más de cuarenta y dos kilómetros de la maratón, cruzó la línea de llegada de la mano de su hijo y pudo escuchar los gritos de aliento de su compañera, de sus amigos, de los pocos que al final siempre están ahí cuando uno los precisa.

Hay historias que no dejan de ser historietas que en realidad son las que mueven el mundo. Da igual que las pueblen osos polares, o tipos que se van oxidando porque las obligaciones mandan, o compañeras que odiando las prisas disfrutan viendo a su chico correr como alma que lleva el diablo. Son las historias del día a día las que al final importan. Puede que por eso las grandes alegrías, pero sobre todo las decepciones que siente el ser humano en lo particular, jamás provengan de hechos relevantes para el avance de la humanidad, sino que procedan de lo cotidiano, de nuestros afectos, de las relaciones personales que cada uno mantenemos como podemos, en definitiva, del oso polar imaginario que vive en nuestra cabeza y amenaza con comernos mientras contemplamos la vida que intentamos vivir y que nunca saldrá en los noticiarios.


domingo, 22 de diciembre de 2013

SAL


“A veces escribo cartas para no sentirme atado, para no aferrarme a remilgos
 que yo quisiera abolidos de mi vida".


No somos diferentes. Somos como todos, inquilinos en la vida de otro, dueños a medias de la nuestra, propietarios de nada. Nos disfrazamos para jugar a ser únicos, sabiendo que los ternos caerán sin hacer ruido porque nada dura para siempre, ni siquiera el silencio. 

Somos agua que se transformará en sal, sal que se transformará en rocalla. Como tú, como yo, algo suicidas.


domingo, 20 de febrero de 2011

HOY, COMIDA DE RABO



Hoy, comida de rabo. El mensaje es claro y directo. No deja lugar a la duda. Si viene de Ramón, menos todavía. Si me dice que hoy toca rabo, no voy a pensarlo ni un minuto. Me voy corriendo a la ducha, me seco el pelo poniéndole especial dedicación, un toque de colorete, dos pasaditas de rímel, revisión de bolso para que todo lo que precisaré esté ahí y salgo a la calle.

Cruzamos las avenidas como auténticos desesperados,  no debemos perder tiempo, estamos deseando llegar. Hace semanas que lo planeamos. 
Ha sido difícil encontrar un hueco. Aquí las cosas se ponen cada vez más complicadas. Apenas un par de sitios al que acudir con ciertas garantías. Esta ciudad ya no es lo que era. Se ha llenado de remilgados y puritanos del tres al cuarto.

Empiezo a pensar que no debí ponerme los vaqueros, ni la camisa blanca. Estas cosas siempre dejan rastro y el pantalón termina siendo una incomodidad. La próxima vez, falda y jersey de cuello vuelto.
Entramos corriendo. En la calle hace frio pero nada más entrar nos envuelve el cálido ambiente de los lugares semi clandestinos. Observo sonrisas cómplices mientras cruzamos la entrada. Estamos llegando, me sofoco sólo de pensarlo, y Cotelo me coge por la cintura mientras me cede el paso . Veo que el resto nos espera. Una verdadera orgía, no podía ser menos.
Hoy hemos quedado toda la peña para comer el primer rabo de toro de la temporada, el oloroso empieza a correr a raudales y la mesa empieza a llenarse de platos y cazuelas. No hay tiempo que perder, vamos a hincarle el diente y luego, el que pueda, que se vaya de corrida aunque sea por el Canal +.
Salud.

sábado, 25 de septiembre de 2010

MUDITOS



He descubierto que las esperas en los aeropuertos me enferman. Me deprimen. La sensación de pérdida caóticamente ordenada que allí se respira termina por traspasarme siempre. Supongo que es por eso que, cuando la demora es larga, termino el viaje (el de vuelta por lo general), hecha unos zorros. Con el tiempo he aprendido a desplazarme por las terminales portando todo tipo de cachivaches (ordenador, teléfono, libros, revistas, cordaje para macramé, plastilina sintética, etc.), de todo para evitar tener tiempo muerto que me lleve a pensar en el ambiente deprimente de las salas de espera. Prefiero no hacerlo, ese  entorno y estado de ánimo, entre derrotista y melancólico que huele a queroseno y que lo invade todo, me agota.
Ayer mi avión sufrió una demora terrorífica. Agoté la batería del portátil, la del teléfono, terminé el libro que llevaba encima, me negué a leer el “Hola” y mi puerta de embarque, a esas horas de la noche, estaba lo suficientemente desolada como para no intentar emprender una excursión en busca de destinos más animosos. Apenas diez personas esperando para volver a casa. Me resistí hasta que pude, intenté no pensar. Me leí el prospecto de los ibuprofenos que llevaba enchufándome todo el día, y lo hice con tal intensidad que cualquiera hubiera podido afirmar que estaba descifrando el Código de Amurabi. Pero no, sólo estaba demorando la entrada al terreno pantanoso del “debería”, “tengo”, “voy a…”. Terrenos al que se entra solo, porque en él flotan decisiones, sobre cosas y personas,  que únicamente en solitario podemos tomar. Reflexiones que aparcamos porque nunca se encuentra el momento oportuno para empezar, terminar, poner sobre la mesa cuestiones que lo requieren ya sin demora. Así que, sin poder evitarlo, caí ahí, en un submundo personal, íntimo y solitario. Eché de menos un guiño y me contuve para no preocupar a nadie.
Recordé, y no pude evitar sonreirme, la conversación que el jueves, a última hora de la tarde, entre cañas y guiris, tuve con un tipo estupendo. Pensé en que, como a él, los años me han convertido en un ser más mudito. Puede que sea, por no preocupar a nadie o porque los años te enseñan que algunas cosas son sólo propias y llegué a la conclusión que, quiza, eso, no sea tan malo. Tal vez en las próximas cañas se lo diga. No, con toda seguridad, se lo diré y yo, por supuesto, procuraré coger más el tren.

Manolo Garcia - Pajaros de Barro