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jueves, 24 de junio de 2010

MUNDOS LIVIANOS



Llevo buena parte del día holgazaneando, ensimismada. No tengo prisa, por eso me siento en el escalón de la terraza, café en mano. Descubro que en mi terraza viven dos salamanquesas. Una de ellas es una vieja conocida, se instaló, hace ya unos cuatro años, tras la maceta de las azaleas. Ahí vive desde entonces. Antes sola, ahora parece que en compañía. Me alegra saber que el viejo geco no está sólo. No era fácil verle, aparecía unos pocos minutos al caer la tarde, con la llegada del fresco y desaparecía hasta el siguiente día.
El suelo parece evaporarse, el calor lo vuelve temblón. No debe importarle demasiado al viejo geco. Ha abandonado su oscuro refugio y ahora se tuesta al sol junto una diminuta salamanquesa. Cambio de rutinas.
Procuro no hacer ruido, contemplo un espectáculo increíble. Me gusta verlas. Cruzan la pared de extremo a extremo trazando una perfecta horizontal. Delante, el viejo geco, conoce el camino mil veces recorrido que va de la azalea hasta la maceta que cobija una monumental buganvilla (el invierno casi la dejó convertida en un triste leño. El verano la ha devuelto más esplendida que nunca). La joven salamanquesa le va a la zaga.
Desaparecen. Una lluvia de hojas rojizas cae sobre el almohadón que reposa bajo la inmensa buganvilla. Quiero pensar que ahora están cobijadas tras el barro del enorme tiesto, chirriándose los secretos de una larga vida en un patio cualquiera.
Es jueves. El mundo convertido en algo liviano.

viernes, 23 de abril de 2010

REFLEJOS CONDICIONADOS


Abro un grifo y un hilo de agua cae en la pila. Veo como corre hasta el desagüe. No sé por qué motivo, pero me he acordado de ti.
Apago la cerilla con la que encendí mi último cigarrillo, sacudiéndola en el aire. Repito un gesto que siempre será tuyo, por eso me acuerdo de ti
Apoyo la espalda en el mármol de la cocina, empieza el agotamiento. Tengo una taza de té entre las manos, olor a canela caliente. Huele un poco a ti.
Paseo por el salón de casa, abrigándome con un grueso chaquetón que desechaste por viejo y que yo he convertido en mi segunda piel.
Me pregunto en que momento me convertí en la extensión de un reflejo condicionado.
Todo lo que hago, todo lo que veo, todo lo que huelo, todo, absolutamente todo, me lleva a ti, a un recuerdo inexistente.
Cuando repartimos lo que a partir de entonces sería sólo tuyo y lo que sería sólo mío, olvidaste llevarte contigo parte de ti y aquí se ha quedado. Tu presencia lo impregna todo. Por eso ahora soy como el maldito perro de Paulov, cualquier gesto, cualquier aroma, cualquier cosa, me lleva a pensar en ti, a mirar en todas direcciones, buscándote.

viernes, 2 de abril de 2010

PECES OKI ON MY MIND


Me pide que le describa lo que veo por la ventana mientras le escribo. Dice que ansía leerme a diario. Me imagina en un sitio maravilloso, con unas envidiables vistas a la ciudad, pero estoy en un apartamento diáfano, treinta metros cuadrados, donde no hay espacio para nada que sea accesorio. Sólo tengo una ventana, da al patio interior y la vista es la colada que tiende el viejo que vive en el piso de enfrente. No entra ni un rayo de sol, el olor ha cerrado es inevitable, el aire dejo de correr hace mil años, cuando se elevó el muro que soporta el peso del edificio de al lado. Llevamos meses escribiéndonos. Se ha convertido en mi vida, no tengo nada más, vivo para escribirle recreando una vida que no tengo. 
Quiere que nos veamos. Me imagina bonita, preciosa, inteligente y con una existencia intensa. Así se lo he hecho creer. Dice que me imagina, me ve, en el rostro de cada desconocida con la que se cruza, y me pide que le explique si me ocurre lo mismo, si intento imaginarle entre los cientos de personas con las que me cruzo cada día, cuando voy a la oficina. Yo no salgo de casa desde hace años. La agorafobia me ha encadenado a vivir en estos metros cuadrados que odio como si fueran el mismísimo infierno. Mi ventana al mundo es una pantalla. 
Quiere una fotografía. Me duele la cabeza, siento una enorme presión que me marea. No puede estar más tiempo sin abrazarme, le parece increíble haber podido vivir hasta ahora sin mí. ¿Sin mí? si supiera la verdad no lo diría. He engendrado un bello fantasma que me está aniquilando. Me descentro, me falta el aire. Quiere poder ver cada día ese cabello pelirrojo que le dije poseer, besar a diario, aunque no sea más que un trozo de papel, ese rostro que describí inventando a base de intuirle. Yo ya no sé cómo soy, dejé de mirarme en el espejo cuando mi sobrepeso excedió lo excesivo y mi rostro dejó de parecerme medianamente humano. No me conozco, no soy esa, no soy yo, no soy nadie. No quiero seguir viviendo. Ni en mí, ni en ella. Desaparecería si llegara a saber quien soy, como soy, lo que de verdad soy. Por eso no tengo fuerzas para desvelar la gran mentira que le he entregado. Desaparecer. Me he convertido en un demonio al que hay que exterminar. Ese debe ser mi fin, la expiación mortal de mi propia existencia.


Escribo una última nota: “Querido. Esta es la última nota que recibirás de mí. Te quise. Cuídate.”

Peces oki llevan meses nadando en círculo en mi cabeza, un estanco putrefacto que detesto y en el que me sumerjo en busca de falsas gentes que creía habitaban en mi. Dicen que los peces de colores atraen a la mala suerte La mala suerte soy yo, hoy sé que ha llegado mi fin.