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lunes, 14 de septiembre de 2015

EL PROCESO




"-No tiene derecho a salir, está detenido. -Así parece –dijo K. y añadió enseguida-. ¿Pero por qué? 
–No estamos autorizados para decírselo. El procedimiento ya está en marcha..."

Franz Kafka




Dice Iñaki Uriarte en uno de sus "Diarios" que  Orson Wells no entendió nada de "El proceso” de Kafka y que por eso su película carece de la más mínima gracia. Hace unos días mientras preparaba una clase tiré de la novela de Kafka y así, mientras anotaba algunas frases, con una caligrafía más cerca de la perturbación que de la templanza, me entró la flojera. Nada que ver con el hecho de que ante mis ojos una enorme cucaracha asomara por la puerta del baño y de repente, aparecido de la nada, un zapato pusiera fin a la existencia del insecto en cuestión, sino con lo que la televisión, que al final de la barra daba las noticias, nos estaba regalando.

En estos tiempos debería ser obligado leer a Kafka y puede, solo puede, que más de uno y de dos comprendiera que la locura del sistema judicial en el que nos encontramos embarcados es algo que no está tan mal, pese a su mala fama. Si después de darse un paseo por aquella novela y ver el panorama que aquí tenemos a uno aun le queda la sensación de que la cosa es tan tremenda como para pegarle fuego, puede que sea porque, como le pasó a Wells según Uriarte, ese uno no haya entendido nada del sistema, del nuestro. Lo cual tampoco sería tan extraño, en estos días que vivimos no entender nada es lo normal.
Y debe ser por eso, por esa incomprensión generalizada de algunos principios fundamentales, que en cuestión de procesos, legitimidades y legalidades, más de uno y más de dos deciden pasárselos por el mismísimo arco de triunfo de su persona, machacando incluso a las prescindibles cucarachas metamorfoseadas que se colaron, confiando en el escenario, y que acabarán bajo la bota cachonda de un tipo cualquiera.

Vale decir que Kafka siempre merece ser releído, pero para eso hay que saber que leer a veces duele aunque mientras lo hagas te de la risa.









lunes, 10 de noviembre de 2014

BETA


"Sólo en sueños soy tortuoso. Es tan lindo haber recibido tu carta y tener que responderla con este cerebro insomne. No sé qué escribir. Me limito a vagar entre las líneas, a la luz de tus ojos, en el aliento de tu boca, como en un bello día de felicidad.”


Busco entre mis manos un último aliento. Caminar a la deriva buscándote entre los sinuosos y recónditos huecos de mi cabeza convierte la vida en algo parecido a un infierno y son miradas pavorosas, que no sé dónde se esconden, las que me buscan por las noches y me arrancan la tranquilidad. Todo se escapa en una especie de carrera sin fin en la que pareces reírte de todo mientras te vas convirtiendo en un ser diminuto, tan pequeño que temo que caigas en cualquier momento por la reja que cubre la alcantarilla sobre la que saltas. Tengo tanto miedo que no dejo de estirar el brazo suplicándote que salgas de ahí, que dejes de brincar, que te vas a caer y las aguas te arrastrarán vete a saber a dónde.
Me despierto y a partir de entonces la siguientes horas se convierten en un ir y venir de vueltas sobre la cama, intentando calmarme y no sentirme ridículo. Ya no sé dónde estás, ni siquiera sé si estás. Es por eso precisamente que el  ansia se vuelve casi mortal  y la necesidad de beber agua es como un suplicio.Tengo mucha sed, y en un gesto tragicómico me vuelvo hacia la pared y me cubro la cabeza porque no me atrevo a salir de la cama, a colocar los pies en el suelo y recorrer los escasos metros que me separan de la cocina porque me reconozco neurótico, precario y mil veces estúpido. Cierro los ojos de un modo apremiante y el silencio se hace mortal mientras espero un soplo de aire que me devuelva la cordura.

martes, 24 de junio de 2014

LA MAGDALENA DE PROUST


Como un camino en otoño: tan pronto como se barre, vuelve a cubrirse de hojas secas.
Franz Kafka


Caminar por las calles del pasado donde existieron cafés, algunas casas bajas y locales sobre las que descansaba la diferencia del paisaje monotemático de las grandes ciudades, que visten todas igual, en una mal entendida globalización estética, y descubrir que solo existen huecos vallados, respiraderos urbanos junto a edificios enfermos de monotonía, convierten el paseo en la constatación de la muerte no solo de aquellos espacios singulares, sino del desmayo imperecedero de mañanas originales que estaban por llegar.
Quisimos un futuro ilusionado y entusiasta, esperábamos el máximo de lo que estaba por llegar y nos cubríamos bajo la frisa basta de una esperanza comodona. Lo quisimos todos y, en esa querencia querida, miles de fantasmas rondaban y hoy  viven guarecidos entre las ruinas de aquellos edificios que ya no existen y entre nuestros propios restos.
Y a cada adoquín desencajado, un enfermo de soledad más, un gramo menos de levedad y el tiempo que acumula el peso de enormes cadenas mientras el paisaje se vacía convirtiéndose en liviana nada.


martes, 28 de enero de 2014

PRODIGALIDAD, LA MÍA


"Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros."
Franz Kafka

Supongo que más pronto que tarde acabarán declarándome pródiga y arrancándome la tarjeta de crédito, inscribiéndome en alguna lista de esas que prohíben el acceso a determinados lugares porque esa es la única manera de evitar que, mes sí y mes también, acabe cargando el saldo deudor de mi tarjeta de crédito con la compra de libros. En eso iba pensando mientras terminaba de quitar el plástico con los de “Galaxia Gutenberg” envuelven últimamente sus libros y que, por lo general, me molesta en sobremanera. En este caso no me importa, sé lo que quería, y sé lo que me he llevado, “Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal.

No es fácil encontrar, al menos en Barcelona, los libros de Hrabal, algo absolutamente incomprensible, al menos para quien como yo, considera a Hrabal uno de los mejores escritores centro europeos del siglo pasado. Pocas letras tan lúcidas, inteligentes y bien recreadas como las de este autor. El primer libro suyo que leí, "Trenes rigurosamente vigilados", lo compré en una librería de viejo en Praga, una edición traducida al español que algún uruguayo había dejado caer por aquellas tierras. ¿Qué como sé lo del uruguayo? Sencillo, un tal Rafael Escriche, el nombre que consta en su solapa, bajo una rúbrica inteligible así lo hizo constar. Una letra en redondilla, curiosa, que si no fuera porque dejaba testimonio bastante (al menos en apariencia) de que la misma había sido estampada por un caballero (que yo imagine, bajo el frío que resulta del siempre desconcertante río Moldava, de pelo cano, entrado en años y con las manos adornadas por las cientos de marcas que dejan la edad), la hubiera atribuido a una mujer, también entrada en años pero menos adornada por el paso del tiempo.


Ahora estoy sentada frente a mi ordenador, con el libro de Hrabal a mi izquierda. Lo miro de reojo, porque sé que he hecho mal y dos diminutos seres se me cuelan por dentro, cada uno de ellos por un oído para recordarme, uno, que lo malo es gastar en imprevistos, y el otro para recordarme que los libros nunca son imprevisibles y que incluso podría cerrar la puerta y ponerme a leerlo ahora mismo, mientras simulo estar haciendo algo para ganarme el pan. Pero ha sido inevitable, supongo que tan inevitable como le debió parecer al autor dejarse caer al vacío, de un modo casual, mientras intentaba dar de comer a los pájaros que se acercaban al alfeizar de su ventana.

Tengo mala conciencia porque he caído de nuevo en mi propia trampa, la de la chispa en ojo ajeno, en este caso, la chispa de Bohumil Hrabal. Espero que mi banco, o mi tarjeta de crédito, puedan entenderlo y sobre todo soportarlo, para algunas adicciones no existe la metadona.


domingo, 19 de mayo de 2013

NOSOTROS LOS JUNTALETRAS


"Lo importante es transformar la pasión en carácter."


Si lees este blog casi con toda seguridad la literatura no es tu oficio. Quienes tienen la suerte, o la desgracia (¡Vaya uno a saber!), de dedicarse profesionalmente al mundo de las letras no acostumbran a asomar la nariz por los territorios comanches de los que tenemos por hobby juntar letras. Pero si eres un “juntaletras”,  como ésta que ahora reúne unas cuantas,  no olvides que lo que importa es que puedes juntar lo que te dé la gana, porque a nadie debes nada. Y da igual si lo que escribes le gusta a tu madre, a tu padre, a tu pareja o no le gusta absolutamente a nadie. A nadie debes nada, ni nada debes a nadie. Lo que hagas debe parecerte bien a ti, gustarte a ti, que te mueres por dar sentido a esa otra vida que llevas dentro.


Los “juntaletras” acostumbramos a leer mucho, a escuchar más y tenemos nuestros propios referentes. El mío, Enrique Vila-Matas. Mi filia por el escritor barcelonés es ya un clásico que no oculto nunca, y recurro a él con frecuencia. Y es así porque me gusta lo que escribe, cómo lo escribe y lo que piensa sobre la cosa de escribir.


Así que como no hay mal que por bien no venga, una que lee y rebusca, a veces encuentra. Aquí dejo transcrito un fragmento de una entrevista realizada a Enrique Vila-Matas que vale tanto para los que tienen su oficio en la literatura como para los que nos dedicamos jugar a “juntaletras”.



Cuando encuentras algo que es para ti, que es algo tuyo, que sientes realmente como algo tuyo, ya da igual si está bien o mal. Ya da igual que sea una frase ridícula o patética, da igual porque es tuyo, y te gusta tanto que ya da igual el criterio de cualquier lector que se acerque al libro, es tuya y sabes que te gusta”.

                                                                           - EVM-






 

lunes, 18 de junio de 2012

HACHAZOS


Le doy un mordisco a la manzana y la vuelvo a dejar sobre la mesa procurando que no mache los dos últimos folios que me quedan en casa. A veces, creo que mi mesa la gobierna un formidable agujero negro que engulle toneladas de papel y algunas de mis notas, dejando, para mi propia desesperación, las ilegibles, las escritas con el trazo rápido que no servirán absolutamente para nada más que para amontonarse unas junto a otras y favorecer la gula del abismo que habita este estudio.

Alguien me dijo una vez que la mejor manera de entender un problema es diseccionarlo. Vuelvo a la manzana, una fruta que detesto, y dibujo un pentagrama y una clave de sol. Me pregunto por la necesidad de colocarse en un bucle del que conozco el principio y el final.

Una gota de jugo se desliza por la muñeca hasta desprenderse y convertir su nombre en un borrón. No hago esfuerzo alguno para evitar el desastre y el líquido se propaga como un virus devorando cualquier grafismo.

Sigo mordisqueando hasta llegar al corazón, pensando en lo poco me gustan las manzanas, en lo insípido de su sabor, en la ausencia de aroma y en el estúpido matahambres en que las hemos convertido. Llegará el día en el que en esta casa no entre ni una más, pero mientras eso no pase, y las notas indescifrables se acumulen en la esquina de esta mesa de cristal, será mejor creer que no existe, continuar dibujando pentagramas como sólo una analfabeta musical puede hacerlo, y viviendo a través del papel que no desaparece.
 
"Un libro debería ser como un hacha ante el mar congelado que tenemos dentro".  
F. Kafka

lunes, 12 de septiembre de 2011

VULTURES


Cuando lo vio sobre la mesa, puso el dedo en la sien y lo giró como un molinillo. Nadie en su sano juicio leería a Kafka en primavera. Ignoraba que, hacía demasiado,  las estaciones habían dejado de existir y que no había más vara para medir el tiempo que el hambre que en ocasiones sentía. Por eso, los días jamás tenían veinticuatro horas, las noches eran eternas y el sol se transformaba en una candela tintineante que iluminaba el vacío.

Cogió el ejemplar, lo lanzó sobre el sofá y salió de la estancia arrastrando los pies. Ignoraba que, como el buitre, había terminado con ella y que, con ese fin, esperado por otro lado, había terminado consigo mismo.

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"Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía su obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso –le dije-, vino y empezó a picotearme, yo le quise espantar y hasta pensé retorcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
-No se deje atormentar –dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-¿Le parece? –pregunté-, ¿quiere encargarse usted del asunto?
-Encantado –dijo el señor-; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿puede usted esperar media hora más?
-No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí-: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno –dijo el señor-, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba."

El buitre -Franz Kafka-