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miércoles, 1 de mayo de 2024

SOBREVIVIR

 


«
Vivir con miedo a perder es negarse a vivir»

Paul Auster


Tres días lloviendo a mares y un Primero de Mayo que se diluye entre la pereza infinita de un festivo de febrícula y malestar general. Y entre todo eso, gente que desaparece de este mundo, pero solo un poco. Tengo sobre la mesa "Baumgartner" y en la faja leo la frase con la que encabezo esta nota "Vivir con miedo a perderse es negarse a vivir". Se quedará ahí, con la preciosa portada mirando al frente, esperando tiempos de mejora y altura.


Caballero, vaya usted con Dios. Los que nos quedamos le echaremos de menos.



jueves, 30 de abril de 2020

FLIPA CON MADAGASCAR



"Cree que necesita ayuda. Puede que Margot no posea la inteligencia más aguda del mundo occidental, pero en cuanto conoce a un chico que afirma ser poeta, la primera palabra que le viene a la cabeza es hambre".

Invisible. Paul Auster





La cabeza es una bola mágica en la que hay espacio para casi todo. Almacenamos cualquier ocas, incluso sin querer, como si ahí dentro, entre los veintiocho huesos que la conforman existiera un gran bazar en el que todo cabe y nada sobra. Tenemos e disco duro, el que llevamos sobre los hombros, lleno de chorradas que deberíamos poder licuarlas en forma de sudor, sangre o semen y librarnos de ellas para aligerar el peso de nuestro conocimiento más que extraño. Pero no es así. La mole se mantienen aunque no queramos y cientos de datos inútiles, sin gracia, sin valor alguno campan a sus anchas. Nadie está libre de tal cosa. Yo misma, ando todo el día a cuestas con un dugongo dando vueltas. Al principio "eso" no fue más un detalle en un relato que olvidé más pronto que tarde pero que, por algo que ignoro, quedó  florando por los entresijos de mi cabeza sin que hasta hoy volviera a aparecer.
En su momento, tuve que recurrir Google para saber qué era exactamente "eso" y que aspecto tenía. Un dugongo es un bicho rarísimo. Es un mamífero que vive en el mar y que, según leí en aquel relato, los marineros que navegaban próximos a las costas de Mozambique y Madagascar, en las noches de tormenta, confundían con mitológicas sirenas. Pero visto el animal no pude por menos que concluir que Hans Christian Andersen hizo mucho daño con su cuento "La sirenita" y de ahí que, ante la extraña imagen de un animal barrigudo, horrendo como pocos y con cola de pez, una concluya que aquellos marinos, ante el temor del azote marino, debían ponerse de ron hasta las cejas para que a su cabeza llegara la idea de aquellas hermosas y mitológicas mujeres que atan y desatan. Hasta en el peor momento el ser humano intenta rescatar algo bueno, algo que lo ate, o tal que vez lo desate.

Quizá sea una necesidad del ser humano el arrimarse a algo que aliente, algo que embruje y mitigue el dolor o incluso el camino al desastre. Puede que haya sido pensando en el marrón que nos ha tocado vivir, el que ha hecho aflorar el dugongo que desde hace tiempo habita dentro de mí. Vivimos tiempos extrañísimos para los que no estábamos preparados. Los de mi generación y posteriores, hemos sido los niños bonitos del siglo XX. Con un poco de suerte las preocupaciones se circunscribían al "más por menos”, a las comodidades low cost, y a un esfuerzo relativo entre grandes aspavientos. Pero el tortazo que nos ha arreado el coronavirus ha sido monumental. Nos ha cogido recreándonos en el sexo de los ángeles y ahora, desde casa, no sabemos qué será lo próximo que nos espera en esa mal llamada “nueva normalidad”.  Intentamos imaginar la vida un vez se abran las compuertas del confinamiento y aun no somos capaces de imaginarlo porque conservamos la imagen deformada de nuestra vida anterior.  Con un grado de ingenuidad que no se nos cura, pensamos que podremos volver a ella.  Pero todo aquello desapareció. La historia de la humanidad es la mejor hoja de ruta, pero pese a que las muestras que ya tenemos de la estupidez del ser humano, algunos cogen una flor en la mano y entonan los salmos de la bondad humana y la transformación que la pandemia va traer. Pero aquí estoy yo, que tuve la suerte de retener en mi cabeza la imagen de aquel ser más próximo a un hipopótamo que a una reina de la belleza animal, para recordar que las sirenas no existen y que la realidad es mucho más fea de lo que a veces estamos dispuestos a imaginar. Un dugongo en toda regla.



domingo, 8 de diciembre de 2019

PETARDEAR





“Cuando a un hombre la vida le resulta tolerable sólo si permanece en la superficie de sí mismo, es natural que se sienta satisfecho obteniendo esa misma superficie de los demás. Tiene que responder pocas demandas y no necesita comprometerse".
Paul Auster




Veo las noticias desde el sofá, con una indolencia absoluta, y el brazo en cabestrillo desde hace tres semanas. Aparece la niña en el televisor, chasco la lengua. ¡Qué pena da todo! Me rasco la cabeza como puedo. Hace un par de horas, Jaime se tapaba los oídos con desesperación, el ruido es demasiado para él. Se activa por la escandalera de una sencilla comida familiar, saltando sin control y golpeando a patada limpia la silla de su prima. Vuelvo a la televisión, la capucha que le tapa la cabeza no es suficiente para protegerla de la exposición a la que está sometida y que, mal que nos pese, no acabará bien. Cierro el televisor y enmudezco las noticias de puro hastío.  No es que no me interese la ecología, ni el cambio climático, ni el maltrato que sufren las mujeres, ni todas esas cosas por las que hoy en día hay que posicionarse, con grandes aspavientos mediáticos, si no se quiere ser tildado de no sé cuantas cosas. La última con la que me han coronaron es la de transfóbica. Es lo que tienen las redes sociales, que se está expuesto a que cualquiera, sin tener ni idea de quién o qué eres, te califique y te señale con el dedo para ponerte en una  falsa evidencia que te importa un carajo. 
Cada vez me importan menos cosas, pero las cosas que me importan me importan mucho. Creo que hace demasiado que vengo repitiéndolo como si se tratara de un mantra, pero ahora ya es una realidad absoluta. Por eso me importa un comino el pensamiento único, los malhumorados, los necios, los bienqueda, la equidistancia y toda esa sarta de productos reciclados que intentan colocarte a la que te descuidas. Por el contrario, algunas cosas me importan mucho, muchísimo, tanto que muchas veces me quitan el sueño. Me importa Jaime, y que crezca feliz; me importa mi madre a la que en plena vejez se le han muerto sus dos mejores amigas dejándola más sola que nunca; me importa mi familia; mi trabajo; mi parcela de intimidad que cultivo con esmero; y mi capacidad para echarme a la espalda lo que nada me aporta y olvidarlo con facilidad. Por eso, sin mayores pretensiones voy a sacar a pasear al perro con los auriculares puestos y Sophie Auster por compañía, y el brazo en cabestrillo, que es lo que se lleva ahora.




martes, 22 de agosto de 2017

HORQUILLAS OXIDADAS



Incapaz de cualquier sentimiento de pasión, ya fuera por una cosa, una idea o una persona, no había podido o no había querido mostrarse a sí mismo bajo ninguna circunstancia y se las había ingeniado para mantenerse a cierta distancia de la vida, para evitar sumergirse en el torbellino de las cosas.


La invención de la soledad- Paul Auster






Llevaba el pelo tan desmañado que ya no me quedaban horquillas ni gomas con las que recoger aquel desbarajuste. Pero me daba pereza, una pereza infinita tener que volver a fijarme en cosas como la ropa, el cabello, el aliño propio de la vida diaria. Me miré en el espejo, recoloqué un mechón de pelo que sujeté con fuerza antes de que el sudor que traía el bochorno lo empapara y lo convirtiera en algo parecido a un despojo, y me tumbé en el sofá. Conté los días que quedaban antes de volver al trabajo, exactamente cinco sin contar el fin de semana. Miré alrededor, los cojines, que en las últimas semanas habían ido adoptando las más variadas formas de mi cuerpo, se habían transformado en moldes huecos. Ponga dentro un poco de sudor, un poco de sexo, una docena de noches extrañas y et voilà: un par de moldes a disposición de la pereza de mi cuerpo. Encendí el televisor y unas mujeres estupendas, con unas piernas impresionantes, daban una paliza feroz a un pobre desgraciado. Ciertamente el mundo está cambiando, aunque nadie puede asegurar que sea para mejor. Pasó de medianoche, ahora ya solo quedaban días, sin contar el fin de semana, para que un ejército de desalmados transitemos arriba y debajo en esta ciudad congestionada por el desvarío y la calima mediterránea. Me adormecí pensando en el mundo perfecto compuesto por cuatro horquillas oxidadas, una copa de vino tinto y siete docenas de  llaves para ir cerrando puertas. Un mundo peculiar, sin ninguna duda.




sábado, 10 de junio de 2017

CARCASAS


Parece consternado, deshecho por la noticia. 
¿Por qué iba a importarle tanto ahora, 
después de todo estos años de silencio?

Paul Auster





Quizá cuando dijiste que era tarde, que había anochecido demasiado pronto, en realidad, aunque tal vez no lo supieras, te estabas despidiendo. Sobre la mesa dormían unas cuantas copas de vino que nadie había retirado y en el poso flotaban los restos de la ceniza de un cigarrillo que se consumió horas antes. Asomado a la terraza, observando los camiones recogiendo los escombros del día, alguien dijo que sus ojos contemplaban la más extraña de las metáforas.
El tiempo ha sido generoso pero nos ha convertido en la sombra de lo que años atrás pensábamos ser. Somos restos, algo parecido a la carcasa del sofá chusco que los operarios lanzan dentro de la caja del camión. No es una metáfora, es la realidad de la que nos escondemos siempre tarde, siempre mal. Dijiste que tu cuerpo se había transformado en una sepultura como cualquier otra, pero nadie te creyó y a veces pienso, que ni siquiera tú mismo lo creías. La ví contemplar tu pelo cano, tus manos encallecidas y tus pies hinchados, intentando buscar algo que confirmara tu teoría de la autodestrucción a la que había derivado la conversación. ¡Hay que joderse con la vida! Lo pensé y sé que lo pensaste también, como sé que lo guardaste para ti, como aquel otro cuento sobre que toda historia tiene cuatro esquinas, tres esquinas muertas y la cuarta, desde el inicio de los tiempos, no es más que en una vía de escape, la que utilizan los tristes para sentarse a dormitar. Nadie entendió nada y el silencio se convirtió en el incómodo invitado de una velada tan absurda como inoportuna. No nos volvimos a ver.


sábado, 11 de febrero de 2017

MALDITA HERMENÉUTICA


No ignores a los desdichados. Están por todas partes, 
y llegamos a acostumbrarnos hasta tal punto 
que olvidamos su presencia. No los olvides.

Gotham Handbook -Paul Auster-





Lo de reinventar el mundo está tan manido que no deja de ser una frase bonita, una manera de hablar cuando todo está a punto de irse a la mierda, siempre que ese todo sea en la vida de otro. Porque cuando es la propia vida la que se tambalea no se está por reinventar absolutamente nada. Se está pendiente de otras cosas: de mantener el equilibrio, de estirar el cuello para no ahogarse, de seguir avanzando aunque sea con paso inseguro para ver la luz al final del túnel.
Reinventar el mundo es cosa de advenedizos en el mundo de otros. Por eso no es un delito, sino casi una obligación, pedir que nadie pretenda reinventar nada, y que ese alguien que ronda por ahí se ocupe de aquel que, hecho polvo, pulula como puede por enfrente. 
Porque hay momentos en que lo que menos se necesita es el bombardeo de frases chulas, pero más huecas que el ojo de un tuerto; ni se necesitan las maneras condescendientes de los que se consideran a salvo de los avatares de la vida. A veces para acompañar solo se necesita mano izquierda, tener ganas, un buen par de oídos para cuando la lengua se suelte, y un claro sentido de sana camaradería. 
Las frases bonita son eso, frases bonitas que sirven para decorar tazas que regalar en un cumpleaños cualquiera, pero poquito más.



domingo, 18 de diciembre de 2016

DE LO MENUDO




Nuestras escenas de amor eran mudas e intensas, un desvanecimiento a las profundidades de la inmovilidad. Fanny era toda languidez y sumisión, y yo me enamoré de la suavidad de su piel, de la forma en que cerraba los ojos siempre que yo me acercaba a ella silenciosamente por detrás y la besaba en la nuca.

Leviatan -Paul Auster-





Compro un bocadillo para tomarlo a mediodía mientras me doy una vuelta por el centro.  No me importa comer por la calle, no tengo manías en ese aspecto. En la esquina me encuentro con Carmen. Hoy, además de los ciclámenes, los potos y algún que otro ficus enano, ha traído los ramilletes de hojas de eucalipto. Se acerca la navidad.  Le digo que me guarde un par, con las flores un poco cerradas, menuditas, que mañana me los llevo; y como sé que con toda seguridad no ha desayunado, desando los pasos y recojo un café con leche en vaso de cartón y otro bocadillo igual que el mío. Me da las gracias y dice que se lo tomará más tarde, que ahora no tiene hambre.  Desde que murió su marido, un hijo, con más desgracias que gracias, le ayuda a tirar del carrito que cada día, aunque llueva, planta en la esquina de casa.  Hablamos del tiempo, de su dolor de piernas y de que habría que adelgazar. Mal de muchos, le digo, mientras pienso en la regañina que me regalará la ginecóloga cuando vaya en enero. Debes perder peso, nada de ganarlo. Pero la naturaleza es cabrona y mientras vas poniendo años, vas sumando kilos, es una ley incontestable. Me despido hasta mañana, con el deseo en la lengua de que no llueva y de que el frío sea moderado. Tengo ganas de llevar el eucalipto a casa y de que Carlos se muera de gusto cuando entre por la puerta de aquí unos días. Demasiadas semanas ya sin vernos, demasiados kilómetros de por medio. Hay destinos que son como una media condena.











miércoles, 7 de septiembre de 2016

GUARDAR EL SECRETO


Hiciera lo que hiciera ahora, le parecía que siempre 
llegaría demasiado tarde. Podía correr cien años 
y seguiría llegando justo cuando las puertas se cerraban.
Paul Auster




Encuentro en la impresora un bueno montón de papel. Alguien lo debe haber olvidado, cosa poco probable, o la máquina, a traición y abusando de la nocturnidad, lo ha ido dejando ir después de que quedara en cola para desesperación de quien sea. Comienzo a leer. Paso las hojas sin ninguna prisa, puedo entretenerme sin tropezarme con nadie, es pronto. Pero empieza a invadirme la sensación de estar haciendo algo malo, como si estuviera revolviendo los cajones de otro. Así que paro y ordeno los folios golpeando sobre el costado del mostrador. Me abanico un poco con el comienzo de lo que es un relato más que bueno. Descubrir que entre los de tu alrededor, y sin saber quién, oculta una vocación literaria, tiene su gracia. Pero sé que no debo seguir, leer las cosas de quien no las ha hecho públicas, y sin que ese lo sepa, me puede. La educación judeocristiana de la culpa me acompañará toda la vida junto a un cierto pudor por lo ajeno. No lo puedo evitar, como tampoco puedo imaginar de quién puede ser el relato. Y mientras me avento con el montoncito de hojas, dudo entre  dejarlo sobre el mostrador o incluso en la boca de la propia impresora. Al final, aunque lo que hay escrito es bueno, francamente bueno, creo que es mejor pasarlo por la trituradora de papel. No creo causar ningún estropicio, seguro que quien imprimió dispondrá del archivo y, con toda seguridad, preferirá, como me ocurre a mí con las cosas que son mías, que lo suyo siga siendo suyo mientras él o ella así lo quiera. Pero hay algo que ya no tiene vuelta atrás, cada vez que me cruce con cualquiera de los que imprimen por la máquina en cuestión, la curiosidad me matará mil.









martes, 14 de abril de 2015

TUS PASOS DESNUDOS


Nunca hay que dejarse dominar, incluso cuando crees que el otro sabe lo que más te conviene.
Paul Auster

La vida le había puesto en la tesitura de tener que escoger entre hacer lo que quería o hacer lo que debía, decía. Recuerdo la última vez que nos vimos. Era noviembre. Como en una mala película, nos despedimos bajo la luz escarchada de una farola con un leve beso y un “que tengas suerte”.

Caminé escuchando el sonido de mis pasos para acallar los gemidos de un juicio endiablado y aceleré para que resonaran con insistencia en una noche muda. Conté los tres mil quinientos sesenta y tres pasos que separaban aquella esquina del garaje en el que había dejado el coche, y memoricé cada uno de los gestos hechos desde que le dejé caminando en sentido contrario al mío. Así es la vida, elegir y apropiarse de las elecciones que otro hace por ti, inapelables, mil veces malditas.
Una película acuosa cubría el asfalto y las luces de los faros proyectaban frente a mí, sombríos espectros en una noche calma que había dejado de existir para convertirse en el principio de la nada.

Escoger entre el querer y el deber. Una disculpa para justificar el miedo a un mañana incierto. Al llegar a casa, borré cualquier vestigio de su existencia. Vacié el armario, su estante, tiré su almohada, y mientras llenaba una bolsa de plástico con las pocas cosas que conformaban su rutina conmigo, abracé por última vez su efímera existencia. El olor a almizcle llenó la estancia durante semanas.

***

"Podemos tomar un café o pasear si quiere. Esta es una ciudad impresionante", dijo sin demasiado convencimiento. Su pereza en el trato me permitió despedirla hasta la mañana siguiente. Daría una vuelta por la ciudad, intentaría descubrir algo para contar cuando volviera a casa. Su cara de alivio, de casi agradecimiento, me divirtió. La despedí encajando su mano menuda y sentí el peso de los años.

Caminé dejando que fueran los pies quienes escogieran el camino. Cuando se pierde la prisa, cuando nadie espera, cualquier lugar es bueno. El Stare Mesto, con su infinita nostalgia, me entregó unas calles de bruma serena, de recuerdos lejanos.  Escribir sobre el fracaso, sobre la nada, como si la nada fuera algo excepcional y no el resultado del común de nuestras vidas. ¿Para qué estaba allí? ¿Por qué allí?

Al llegar a Parizska, una tristeza desconocida cobró forma. Puede percibir una presencia invisible que me condujo al viejo cementerio judío. Caminé por el pasado, sobrecogido, evocando el recuerdo de un ayer que casi no fue. Pude percibir que la lluvia que empezaba a caer traía con ella un penetrante olor a almizcle que me recordó que mi vida era infinita, que todo silencio tiende a romperse y que yo debía volver, desandar los tres mil quinientos sesenta y tres pasos que dejamos atrás.


***

Tus pasos,
por el silencio creados,
avanzan santa, lentamente,
hacia el lecho de mi impaciente vigilar,
fríos, callados.

Queridos,
adorados pasos mudos,
que sin oír mis ansias adivinan,
¡Qué regalos celestes se encaminan
hacia mi lecho
en unos pies desnudos.

Si, para mi sueño obseso,
tu bocas haces avanzar
yo preparo el paladar
al alimento de un beso.

No lo apresures,
ten calma,
dulzura de ser no siendo,
que de esperar voy viviendo
y son tus pasos mi alma. 
-Paul Valéry-



domingo, 5 de abril de 2015

EL JUEGO DE OTROS



Me alegro de que te alegres de que me alegre de que te alegres.


Docenas de manos coincidimos en la Terminal 2, frente al control de seguridad, manos que se agitan despidiéndose de los viajeros que se desprende de las botas, los cinturones y de cualquier atisbo de dignidad, todo por esas medidas de seguridad que deben garantizar un vuelo sin sobresaltos. La seguridad da risa, la verdad. 
Pero aquí unos y otros se dicen adiós y algunas de esas despedidas son maravillosas. Un tipo sobre los cincuenta, de prominente barriga y alopecia contumaz, estrecha entre sus brazos una cabellera rubia como la paja, de cintura joven y estrecha y, aunque él es un carcamal oxidado y ella una jovencísima ninfa venida del frío, no deja de ser conmovedor. El final del comunismo llevó a Rusia los bolsos de Chanel y a los españoles la posibilidad de fundir por las partes húmedas la frialdad de las tierras del norte.

Un cocker spaniel empieza a refregarse por mi pierna. Llamo la atención de su dueña que sostiene la correa floja y, después de mirarme con cara de asco, me ignora para seguir aleccionando a dos adolescentes que con la cabeza hacen gestos de asentimiento, aunque estoy segura que no la oyen porque, desde donde estoy, puedo escuchar a la perfección las canciones que suenan en sus Ipods. Las madres siempre han sido muy pesadas y siempre lo serán, es su naturaleza. Y el chucho, empeñado en sacarme brillo a las medias, sigue frotándose y de nada sirve que lo azuce, que le llame la atención a la madre pesada, ni que me cague en el perro, en su estampa y en el ayayay.  

Docenas de personas se amontonan para dar el último adiós. Mientras me bato en retirada, lo más rápido que me dejan los tacones (hoy solo estoy aquí por hacer un favor que ni me va ni me viene), concluyo que los aeropuertos son un mundo del que a mí sólo me gusta partir y rapidito.


miércoles, 4 de marzo de 2015

BIRDY STONE



"La vida que conocía era un asunto limpio, ordenado, cuerdo, responsable. Ahora, una viga desprendida le demostraba que la vida no era fundamentalmente ninguna de esas cosas. …, el buen ciudadano, el buen esposo, el buen padre, podía ser borrado del mundo entre su oficina y el restaurante, merced a la interpolación de una vida desprendida. Comprendió entonces que los hombres morían por azar y vivían sólo mientras la ciega casualidad los respetaba."


Se inventaba personajes a medida que pasaban las horas y los guardaba en algún lugar de su cabeza mientra escribía en el encerado complejas fórmulas que otros copiaban sin más. Pensaba que de esa manera podría encontrar al tipo que encajara con su esposa, aquella mujer que parecía cada vez más extraña. Una desconocida sentada en el mismo salón era casi siempre una incomodidad y él, a estar alturas lo incomodo le sobraba. Pero aunque se sentía extraño, la necesitaba para las cosas incluso más simples de su existencia. En su vida había entrado en la cocina, ni pensaba hacerlo; jamás había intentado planchar una de esas camisas de las que tanto se quejaba Eleanor aunque a él, en realidad, todo le daba igual. La comida, la ropa, incluso lo que pudiera venir mañana. Empezó a preocuparse por la dejadez de su propia vida. Quizá fuera cosa de la edad, aunque si fuera así, Tommy o Clare, estarían como él, pensando en lanzarse por el puente de Brooklyn en cuanto dieran la seis Sin embargo, a sus viejos camaradas se les veía cada vez más joviales, entusiasmados con aquella especie de segunda juventud que les trajo el cumplir los cincuenta mientras rondaban a las cándidas muchachas que transitaban por los pasillos de la universidad.

Pero él se sentía derrotado. Por las tardes, todas y cada una de ellas, de modo indefectible, cogía el autobús para volver a casa, arrastrando el malentín y su propio hastío. Durante la media hora que duraba el trayecto intentaba no mirar por la ventana y así, de ese modo, no descubrir al anciano que creía empezaba a suplantarle y que siempre le devolvía el reflejo del cristal. Ese no era él. Alguien que se había empeñado en disgustarle, en darle la vuelta a su existencia hasta convertirlo en el tipo huraño que ahora, día sí y día también, pensaba en saltar por el primer puente que se encontrara al salir de trabajar.

El tiempo había cambiado en los últimos días, y el agradable otoño había dado paso a una ola de frío polar que había convertido la ciudad en un paraje casi desértico al caer el sol. El agobio del tráfico parecía haber desaparecido y ahora, el tipo bronco y cansado en que se había convertido debía caminar desde la parada del autobús hasta su casa, sin ni siquiera poder encontrar el consuelo de un rayo de sol de la última hora de la tarde. La vida era una mierda y él, Birdy Stone, varón, cincuenta y tres años de edad, prostático precoz, abstemio por obligación y sin más fortuna que los veinte dólares que llevaba en la cartera, sólo pensaba en la careta que debía colocarse antes de llegar a la calle 73 para poder aplazar de que aquella extraña que habitaba en su casa, decidiera que había llegado la hora de mandarle definitivamente a paseo y lo dejara sin excusas para no saltar por el puente de Brooklyn.




sábado, 22 de noviembre de 2014

MUSICALIDADES



Cada uno tenemos nuestra propia banda sonora. Hoy es un día propicio, el de la música, para dejar por aquí la que me viene acompañando desde hace mucho tiempo. Esta vez, haciendo una pequeña trampa, la acompaña un texto expresamente escogido, porque sí, sin más. Posiblemente a cada una de las canciones que dejo por aquí se la pueda adjudicar a gente, a mi gente, a los que están, a los que en algún momento han estado, a los que en algún momento estarán, a los que se fueron y jamás volverán, la los que marcharon pero tienen su hueco para cuando quieran volver y, sobre todo, a los que siempre quise que estuvieran. Pero en este mercado que es la vida, que cada uno escoja lo que quiera, aquí también hay alguna que es para ti, no te quepa duda.




***

"Le ofreció el cigarrillo –era tan pulcro que también se había preocupado de traer un cenicero- pero no se quedó sentado junto a ella, se atravesó sobre la cama, le separó un poco más las piernas acariciando sus tobillos y los dedos de sus pies, le besó las rodillas y el interior suave de los muslos y fue subiendo despacio, dejándole en la piel un rastro de saliva, le apartó el vello, cuidadosamente, con determinación y lentitud, y entonces empezó a besarla exactamente igual que si besara su boca, hundiéndole la lengua, moviéndola en ondulaciones circulares, arriba y abajo, respiraba por la nariz, retrocedía para recobrar el aliento o quitarse un pelo de los labios y la miraba sonriendo, con la cara entusiasta y mojada, la veía fumar entornando los ojos, la horadaba, la olía, su carne rosa se dilataba y contraía como un corazón, cerró los ojos y respiró ella también con la boca abierta y el cigarrillo se le desprendió de los dedos..."
El jinete polaco



"Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que había entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacia la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal."
El amante



"Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total."

El palacio de la luna


Tuvimos una tormenta. Duró toda la noche y a media mañana aún seguía, una cosa extraordinaria, no he visto nada semejante, en estas zonas templadas, ni en violencia o duración. Disfruté de lo lindo, incorporado en mi adornada cama como si fuera un catafalco, si ésa es la palabra que quiero, la habitación sumida en un parpadeo de luz y el cielo a patada limpia, rompiéndose los huesos. ¡Por fin, me dije, por fin los elementos han alcanzado un extremo de magnificencia acorde con mi torbellino interior! Me sentía transfigurado, me sentía como uno de los semidioses de Wagner, flotando sobre una nube tronante y dirigiendo los estruendosísimos acordes, el choque de los címbalos celestiales. En este estado de euforia histriónica, en medio de la efervescencia de los vapores del coñac y de la electricidad estática, consideré mi posición bajo una luz nueva y crepitante."
El mar


"La realidad sabe escabullirse perfectamente detrás de una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de falsos sondeos. A la larga, la realidad resulta inextinguible, inalcanzable. Aunque sea a tanta distancia, por fin vi algo de Dublín, lo vi desde lo alto de estos acantilados que se adentran en el mar. Grupos de aves reposan sobre las aguas. La tristeza fascinante del lugar parece acentuarse con la visión de esas escuadras de pájaros sonámbulos, en pleno día, y es como si el vacío se anudara con la honda tristeza y ésta de vez en cuando cobrara voz con el chillido de alguna gaviota. Trataré de poner en pie y mejorar mi mustia vida de editor retirado. Pero algo se ha desfondado por completo en el cuarto. Alguien se ha ido. O se ha borrado. Alguien, quizá imprescindible, ya no está. Alguien se ríe a solas en otra parte. Y la lluvia se estrella cada vez con más delirante fuerza sobre los cristales y también sobre el aire vacío y sobre el hondo aire azul y sobre lo que está en ninguna parte y es interminable. "

Dublinesca


lunes, 2 de junio de 2014

VEREDAS


"Un hombre debe vivir el presente y 
¿qué importa quién eras la semana pasada, si sabes quién eres hoy?"

Ayer te eché de menos. Mil cosas por delante y te eché de menos. Te supe entre robles y encinas y estiré el brazo para rozar la corteza del árbol junto al que me paré, intentado acercarme de esa manera al lugar en el que podías estar. Me faltaba acera, me faltabas tú, por eso, como siempre, te eché de menos. Y sé, porque lo sé, que a ti te sobraba vereda, te faltaba asfalto y buscaste en tu bolsillo un trozo de granito que encontramos en mitad de una calle deshecha y que lo acariciaste intentado sentir lo que mis pies rozaban y sé, porque lo sé, que me echaste de menos. Y así, entre tú y yo, la espesura de humos conocidos. Los míos de puro anhídrido carbónico, y los tuyos de tóxico oxigeno que a ambos nos matan.





©Fotografía: naq

lunes, 1 de julio de 2013

NO TE SIENTO TITILAR

Un hombre debe vivir el presente y 
¿qué importa quién eras la semana pasada, si sabes quién eres hoy?




Aparcó la camioneta junto al almacén. Subió la ventanilla y encendió un cigarrillo. Hacía tanto frio que el cristal empezó a cubrirse hasta ocultarnos de cualquiera que pasara cerca. Alargué el cuello hasta verme claramente en el retrovisor, aproveché para repasarme los labios esperando que empezara a hablar, ni que fuera de lo intenso del frio, de que este año sería el primero de bonanza, de cualquier cosa aunque ninguna fuera cierta del todo.  Así que estiré el cuello, quizá un poco más de lo necesario, pero quería llamar su atención, que me sujetara la cara entre sus manos y convirtiera mis labios en un borrón. Pero con la mano libre agarraba el volante con fuerza. Los nudillos se le empezaron a poner blancos y pensé que, si mantenía la presión, los huesos le traspasarían la piel y su mano parecería una prolongación de las montañas rocosas que habíamos dejado atrás.


No dijo nada, volví a mirar al frente esperando no sabía bien el qué. No dijo nada, apenas un “nos vamos”. No hizo falta más. Ya no había nada que arreglar y volví a recordar cuando semanas antes, en la misma carretera, volviendo de Hoppeck, noté el apremio de sus dedos en mi rodilla y deseé ofrecerme a él aunque fuera en el suelo sucio y vulgar de su camioneta con los cuerpos apenas iluminados por la palidez de un invierno que tardaría en marcharse.

Algo había cambiado. Intenté matar los kilómetros de carretera solitaria pensando si en realidad no sería un alivio, casi una alegría, volver a casa y olvidarme de lo que fui a hacer allí. Nos cruzamos con un par de coches y pensé que en cada uno de ellos viajaban dos locos camino del sanatorio, o de un motel de carretera. 


No recordaba la primera vez que le dije mi nombre, el de verdad, puede que fuera el día que con el dedo índice resiguió la carrera de mis medias y besó mis muslos como si de ese modo los puntos pudieran volver a unirse.


Continuó conduciendo, faltaba una hora para llegar a casa. Pegué la cara en la ventanilla, miré los abetos y tuve ganas de bajarme de un salto, cruzar la ciénaga y perderle de vista. 


Encendí un cigarrillo, conecté la radio y escuché las noticias de la BBC.