martes, 14 de abril de 2015

TUS PASOS DESNUDOS


Nunca hay que dejarse dominar, incluso cuando crees que el otro sabe lo que más te conviene.
Paul Auster

La vida le había puesto en la tesitura de tener que escoger entre hacer lo que quería o hacer lo que debía, decía. Recuerdo la última vez que nos vimos. Era noviembre. Como en una mala película, nos despedimos bajo la luz escarchada de una farola con un leve beso y un “que tengas suerte”.

Caminé escuchando el sonido de mis pasos para acallar los gemidos de un juicio endiablado y aceleré para que resonaran con insistencia en una noche muda. Conté los tres mil quinientos sesenta y tres pasos que separaban aquella esquina del garaje en el que había dejado el coche, y memoricé cada uno de los gestos hechos desde que le dejé caminando en sentido contrario al mío. Así es la vida, elegir y apropiarse de las elecciones que otro hace por ti, inapelables, mil veces malditas.
Una película acuosa cubría el asfalto y las luces de los faros proyectaban frente a mí, sombríos espectros en una noche calma que había dejado de existir para convertirse en el principio de la nada.

Escoger entre el querer y el deber. Una disculpa para justificar el miedo a un mañana incierto. Al llegar a casa, borré cualquier vestigio de su existencia. Vacié el armario, su estante, tiré su almohada, y mientras llenaba una bolsa de plástico con las pocas cosas que conformaban su rutina conmigo, abracé por última vez su efímera existencia. El olor a almizcle llenó la estancia durante semanas.

***

"Podemos tomar un café o pasear si quiere. Esta es una ciudad impresionante", dijo sin demasiado convencimiento. Su pereza en el trato me permitió despedirla hasta la mañana siguiente. Daría una vuelta por la ciudad, intentaría descubrir algo para contar cuando volviera a casa. Su cara de alivio, de casi agradecimiento, me divirtió. La despedí encajando su mano menuda y sentí el peso de los años.

Caminé dejando que fueran los pies quienes escogieran el camino. Cuando se pierde la prisa, cuando nadie espera, cualquier lugar es bueno. El Stare Mesto, con su infinita nostalgia, me entregó unas calles de bruma serena, de recuerdos lejanos.  Escribir sobre el fracaso, sobre la nada, como si la nada fuera algo excepcional y no el resultado del común de nuestras vidas. ¿Para qué estaba allí? ¿Por qué allí?

Al llegar a Parizska, una tristeza desconocida cobró forma. Puede percibir una presencia invisible que me condujo al viejo cementerio judío. Caminé por el pasado, sobrecogido, evocando el recuerdo de un ayer que casi no fue. Pude percibir que la lluvia que empezaba a caer traía con ella un penetrante olor a almizcle que me recordó que mi vida era infinita, que todo silencio tiende a romperse y que yo debía volver, desandar los tres mil quinientos sesenta y tres pasos que dejamos atrás.


***

Tus pasos,
por el silencio creados,
avanzan santa, lentamente,
hacia el lecho de mi impaciente vigilar,
fríos, callados.

Queridos,
adorados pasos mudos,
que sin oír mis ansias adivinan,
¡Qué regalos celestes se encaminan
hacia mi lecho
en unos pies desnudos.

Si, para mi sueño obseso,
tu bocas haces avanzar
yo preparo el paladar
al alimento de un beso.

No lo apresures,
ten calma,
dulzura de ser no siendo,
que de esperar voy viviendo
y son tus pasos mi alma. 
-Paul Valéry-