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jueves, 10 de noviembre de 2011

CADENAS


En la esquina de mi casa hay un supermercado. Desde hacía algún tiempo no era extraño que, sobre las 21:30 horas, justo al cerrar, grupos de personas se avalanzaran sobre los cubos de basura, que los trabajadores dejaban en la acera, en busca de cualquier cosa que se pudiera aprovechar. Aquellos cubos, que he visto cientos de veces, estaban llenos de productos próximos a caducar o con los envoltorios deteriorados. Los humanos cuando todo nos sobra somos así de estúpidos, no nos gusta el tetra-brik "abollado" aunque lo que contenga esté en perfecto estado.

Sin embargo, desde hace algún tiempo el panorama es bien distinto. Los trabajadores del supermercado, a la hora de cierre, dejan dentro del local los cubos de basura y, por la puerta de entrada de mercancías, reparten sobre las 21:30, a los que lo necesitan, unas bolsas que contienen algunos productos básicos. Me consta que las bolsas siempre llevan: un cartón de leche, un paquete de pasta, un pack de embutido, pan, alguna otra cosa (fruta, algo de carne) y una vez cada quince días incluyen una botella de aceite y algo de limpieza. Sé, además, que esas bolsas las estaban pagando ellos de su propio bolsillo.

Un día, mientras pagaba en caja, con la persiana medio bajada, ví como sacaban las bolsas y las entregaban ordenadamente a los que pacientemente habían aguardado al cierre de la tienda. Pregunté por lo que veía. Marisa, la encargada, me lo explicó de una manera muy sencilla: Solidaridad. Me explicó que era una cuestión de dignidad y comprensión, que nadie va por gusto a un cubo de basura para abastecer su casa, por muy aprovechable que esté lo que haya en su interior. Y es cierto.
Para ser consciente de algunas cosas basta con estar al pie de la calle. Marisa cobra 1.050 Euros con sus pagas extraordinarias prorrateadas, hace más hora que un reloj, tiene dos hijos adolescentes a su cargo en exclusiva, y un padre nonagenario en casa. Pero, como dice, hoy estamos a un lado de la cristalera y mañana, por una patada del destino, estamos en el otro. Sólo hay que asomarse a última hora de la tarde y ver como otros que son igual que cualquiera de nosotros, que hasta ayer trabajaban o esperaban tener una vejez tranquila, necesitan acudir a un cubo de basura. Esto no es cosa del lumpen, ni de marginados.

Así que sin quererlo, en mi barrio, un barrio corriente de una gran ciudad, se ha creado una cadena solidaridad entre los habituales del supermercado para atender a aquellos a los que no les llega la cartera. No entregamos dinero, entregamos alimentos y productos de limpieza. Colaboramos con las bolsas sin preguntar. Es una cuestión de necesidad. Puede que algunos crean que alguien se aprovecha, pero da igual, por uno que lo haga hay muchos otros que se benefician. Puede que otros crean que el beneficio es para el comercio, pues es allí donde lo compramos y dejamos en caja para el posterior reparto, creo que eso a todos los que nos hemos sumado a los eslabones de la cadena nos da igual, de algún sitio tienen que salir las cosas y al menos comprando en éste mantenemos los puestos de trabajo de los que tan brillante idea tuvieron.

En mi barrio los coches pasan muy rápido, las luces a veces nos deslumbran, algunos ni nos conocemos, pero tenemos gente que vale la pena.

Esto es una cadena y así funciona.



Dire Straits - Lady Writer



martes, 14 de junio de 2011

RAZONES

 
Encadenó dos palabras y tres razones que no mesuró. Las envolvió en un duro papel de estraza y las entregó dando un puntapié. Ni siquiera rodó. Las palabras gruesas pesan y arrastran el alquitrán del asfalto sobre el que caen.

A sus pies llegó una bola de papel. La empujó con la punta del pie para hacerla rodar. No se movió. La desenvolvió sin saber que, en su interior, el veneno que contenía se había disuelto hasta convertirse en un borrón.
© Fotografía naq

miércoles, 18 de mayo de 2011

UNIFORMARSE PARA SOBREVIVIR QUE NO PARA VIVIR

 

Alguien tuvo la ocurrencia de colgar las orlas frente a la máquina del café. Apuro el mío, sentada en el único banco libre de todo el pasillo mientras, desde la distancia, miro el collage que forman los cientos de rostros uniformados con el negro de unos vestidos de atrezo.

Esta tarde terminan las clases. Han pasado ocho meses desde que empezó el curso y, sin darnos cuenta, los tres años que tocan. En unas semanas una nueva orla coronará la pared. 
Cuento en las que aparezco y veo el paso del tiempo. 
Hoy nos evaluarán y señalarán, sin ninguna consecuencia, lo mejor y lo peor de cada uno de los que, semana tras semana, hemos estado frente a ellos, o a su lado, según se estile.
Estos días cierran una etapa fundamental. Espero que la recuerden con agrado y espero, por la parte que me toca, haber conseguido despertar su curiosidad, haber espoleado su sentido crítico y la capacidad de buscar argumentos. 
El saber no sirve de nada cuando lo sabido no puede ser interpretado, cuestionado y reformulado.
Espero haber sabido transmitir que lo que importa es tener sentido crítico, siempre desde una vertiente constructiva, que el saber sí que ocupa lugar y que, precisamente por eso, lo sabido debe servir para algo y cada uno debe aprender, desde sus capacidades, para qué.
Alguien debería pedir que retiraran las fotografías uniformadas y que colocaran otras mucho más reales, otras que muestren la diversidad, que muestren a otros como son cada uno de ellos, esas en las que se ven los vaqueros, las camisetas y las cazadoras. 
Uniformarse permite sobrevivir pero no siempre vivir. 
© Fotografía naq

sábado, 4 de septiembre de 2010

ANTIPODAS



Una pareja joven (A), entra en un restaurante, buscan un sitio en el que almorzar antes de volver al trabajo. El camarero les muestra dos mesas, ambas están en el rincón más sombrío del local, son ciertamente pequeñas. La pareja se mira, sonríen y se encaminan mientras ella comenta que no puede haber un lugar más ideal, un rincón verdaderamente romántico, él lo reafirma con la cabeza mientras le cede el paso.
Cuando se sientan, entra otra pareja, ésta no tan joven (B). Buscan una mesa en la que almorzar, dicen tener prisa. El camarero les muestra la única que queda en el local. El mismo rincón que mostró a los jóvenes, igual de oscuro, igual de pequeña la mesa. Se miran, ponen cara de fastidio y se encaminan para sentarse mientras ella comenta que es la última vez que le deja escoger. Él le dice que es ideal, pequeño y cutre como el ring de boxeo en el que lo mantiene todo el día.
La diferencia entre A y B: una hipoteca y doce años de matrimonio.