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martes, 1 de marzo de 2016

LA EUROPA DE LA VERGÜENZA


Viajar es una escuela de humildad.
Claudio Magris




En la portada de “La Vanguardia” del día de hoy aparece la fotografía de unos refugiados que se protegen de los gases lacrimógenos que se lanzan en la frontera de Grecia. El panorama es desolador. Hasta hace pocos años, la imagen de gente caminando a lo largo de carreteras inmensas, vías de trenes vacías, arrastrando juntos a sus hijos las pocas pertenencias que aun conservaban, nos parecían cosa de las películas de la segunda guerra mundial, de perseguidos por regímenes sanguinarios que masacraban a sus iguales solo por pensar, por ser diferentes.

Pero todo vuelve, incluso en lo peor del ser humano todo vuelve y, en la sinrazón de la Europa que se cree civilizada, en lugar de acoger al que azotado por la desgracia se ve empujado a marchar de su pueblo, de su ciudad, de su tierra, para salvar su vida, se le confina allá donde menos molesta. Olvidamos que aquellos que recorren media Europa en busca de un futuro, de una vida en la que vivir no se convierta, día tras día, en una actividad de riesgo con resultado final, casi siempre de muerte cierta, no son turistas a la espera de descubrir lo hermosas que son las capitales de este continente. Nadie se aventura a vivir en la cuerda floja que bordea el abismo, dejando atrás media existencia, si no lo hace para escapar del infierno. Pero eso lo olvidamos a menudo porque, al final, lo que cada día nos trae el telediario, por rutinario, se convierte en anecdótico, una película más de la sobremesa que se repite por días y de la que podemos desconectar apagando el televisor o cerrando las páginas de un periódico y sin que nuestra vida se perturbe un ápice. 

Europa se escuda en mil excusas: el miedo a lo que desconocemos, a lo diferente, a la falta de futuro cierto incluso para los que siempre hemos vivido en este suelo privilegiado. Pero nada de todo eso vale, porque hay un común denominador entre ellos, los que vienen, y nosotros, la necesidad de vivir, de salvaguardar a la familia, a los hijos, a los padres e incluso a uno mismo. La vida es el bien más preciado con el que cuenta la humanidad, protegerla, salvaguardarla, es obligación de todos y cada uno de los que habitamos en este mundo, y  aquellos en los que delegamos parte de nuestra organización deberían ser los primeros valedores de tamaña empresa. Si no somos capaces de aplicar los valores de la tolerancia, solidaridad y respeto, quizás nos estemos convirtiendo en aquello mismo de lo que huyen los que cruzan las fronteras empujados por el miedo y la necesidad.


La sociedad está ciega, sorda, muda y totalmente enferma. Europa es una gran balsa de podredumbre moral en la que los derechos humanos se vapulean porque aquellos a los que se les vulnera “no son de los nuestros”. Un continente sin cara, y esa es la suerte que tiene, porque si la tuviera hace ya mucho que se le habría caído de vergüenza. Vivimos en una aterradora contradicción que solo puede traer una mayor desgracia.





viernes, 16 de septiembre de 2011

DE CUANDO DE MODERNO SE PASA A GILIPOLLAS

  
Mientras leía la entrevista a Antonia San Juan en el periódico “La Vanguardia”, en la que dice que “la familia como institución es decadente y no aporta nada al individuo", entre otras perlas, me ha venido a la cabeza el título del texto que ahora escribo que no es otro que “De cuando de moderno se pasa a gilipollas”. Y sí, las declaraciones de esta señora me parecen denotar que estamos ante una persona con unas relaciones personales bastante poco sanas y una rematada gilipollas. Y lo digo porque realmente lo pienso y porque estoy convencida que estas declaraciones, con motivo del largometraje en el que ha intervenido, sólo tienen una finalidad: provocar. 
Alguien debería explicarle a la Sra. San Juan, que la familia, como institución, es el último reducto en el que se sostiene las sociedad en las que vivimos. Podemos discutir, a qué llamamos familia, quienes la componen o, incluso, podemos discutir el tipo de relaciones que se establecen dentro de ellas porque lo que es cierto es que ni todas las familias son estupendas, ni todas son un infierno, ni, como parece desprenderse de sus opiniones, un nido en el que se atrincheran los vagos, maleantes y aprovechados.

Ya he dicho en otra ocasiones que no todas las opiniones me parecen respetables (a ustedes tampoco se lo parecen, no se me hagan los tiquis, y no me hagan poner ejemplos), a mí, en particular las de esta señora en relación a la familia me parecen cuanto menos tendenciosas.

Con la que está cayendo en estos momentos sobre el sistema económico y social, muchas personas sobreviven (a todos los niveles) gracias a la familia.  Cuando las cosas vienen mal dadas de verdad, cuando el mundo se nos pone de culo, los que casi nunca suelen fallar (hay de todo, claro), son aquellos con los que te unen lazos familiares porque, como en otras ocasiones ya he dicho, soportar las miserias ajenas es un duro y penoso trabajo que terminan por hastiar a todo el mundo y, casi siempre, los que no te fallan son los que forman parte del reducto familiar, excepciones a parte.


Desde que el mundo es mundo, el hombre ha sido gregario. Y desde que el mundo es mundo este se soporta mejor si cuentas con una buena familia.


http://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20110915/54215442423/antonia-san-juan-la-familia-como-institucion-es-decadente-y-no-aporta-nada-al-individuo.html