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viernes, 22 de marzo de 2024

SLOWLY

 



En uno de los fragmentos de los Diarios de Iñaki Uriarte se recoge como Solana, el que fuera presidente de la OTAN, dice echar de menos una tertulia regular con amigos. Uriarte, que con toda seguridad es mejor conversador que Solana, se suma a esa añoranza por las conversaciones sin prisa. Podría añadir un más uno, porque me ocurre exactamente lo mismo. Vivimos un momento en el que de todo se ha multiplicado por cincuenta y tres. No solo las preocupaciones, sino también la necesidad de que todo sea fácil y rápido. Se ha relegado la quietud y la reflexión, las ganas de hablar y sobre todo de escuchar, al rincón de las causas perdidas.  Echo de menos muchas cosas y sobrellevo como puedo la nostalgia por una época en el que creí disponer un tiempo infinito, un tiempo que administraríamos, yo y quien me diera la gana, a nuestro antojo, como buenos diletantes. Pero no.  Por eso no sé si me siento como Solana, o como Uriarte, o simplemente me siento como yo misma, con la complejidad de saber que el tiempo me escupe los minutos y me arranca los años, mientras espero que todo se ralentice y que me dé tiempo, no solo a echar de menos las tertulias, sino a emborracharme de todas ellas, antes de que alguien toque el silbato y anuncie el final del partido. Y, para entonces, ojalá un tiempo de descuento, una suerte de prórroga alegre, durante la cual poder arrojar al regazo de otro una langosta enorme en homenaje a Annie Hall y a nosotros mismos y poder tomarse un café, a o una copa de vino tinto, al socaire de un futuro al que se le pueda sacar la lengua.



miércoles, 11 de noviembre de 2020

MEJOR UNA DE NAT KING COLE

 

«Más que en ningún otro momento de la historia, la humanidad se halla en una encrucijada. Un camino conduce a la desesperación absoluta. El otro, a la extinción total. Quiera Dios que tengamos la sabiduría de elegir correctamente».

Woody Allen


Dicen los entendidos que el nivel de ansiedad acostumbra a ser el mismo dentro del ciclo vital de cada uno, aunque eso no quita que, en momentos puntuales y por cuestiones circunstanciales,  se eleve durante algún tiempo para, al poco, volver  a la normalidad de cada uno.  Hay gente de naturaleza ansiosa y otros, en cambio, pueden permanecer en modo zen sin que nada les produzca un especial malestar. Esos mismos expertos (calificativo del que ahora hay que huir como del fuego), señalan que el desencadenante del incremento de la ansiedad no tiene que ser, necesariamente, un hecho grave, ni siquiera importante. El barómetro interior de cada uno es distinto, y el resorte de esa angustia, que a veces uno ni siquiera sabe de dónde viene, puede ser de una gran insignificancia a los ojos de otro. Supongo que en algún lugar entre la minucia y la gravedad de lo que desencadena la ansiedad se encuentra la frontera del trastorno mental. No es difícil imaginarlo.

El ser humano es extraño dentro de su imperfecta perfección. La ansiedad, estos días, es la sopa que nos comemos a todas horas y no siempre es fácil de tragar. Zozobrar sin intentar caer e intentar mirar hacia delante, deseando que acabe este año, que parece que lo ha mirado un tuerto, acabe de una vez y desear, como si fuera un premio de la lotería,  que lo malo no nos traiga lo peor. Conviene hacer acopio de lo que a cada uno le temple el ánimo. Aliviar  la inquietud como se pueda y esperar, con cierta presencia de ánimo, para que alguien tire de la cadena y el boñigo que nos ha caído en este maldito año bisiesto, desparezca por la bajante. Entonces, como el que no quiere la cosa, puede que la ansiedad vuelva a ser algo soportable.




miércoles, 24 de junio de 2020

VERBENA




«Al mismo tiempo, oyó a su lado la voz de una muchacha que le decía a su amigo: Le conozco, se llama Marsé, es uno bajito, moreno, de pelo rizado, y siempre anda metiendo mano».

Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé





Por la mañana vuelvo a salir a la calle. Junto a la cuesta, encuentro una terraza en la que sentarme sin tener que hacer cola. Es algo extraño. En estos días encontrar una mesa vacía es como encontrar una aguja en un pajar. Pero no hay nadie y, aunque puede que no sea una buena señal, me siento y espero a que salga alguien. Poca gente en la calle a esta hora, ni tan solo los que se recogen tarde de la verbena. Nadie arrastrando los pies, ni parejas de chavales cogidos de la cintura apurando los últimos momentos de una noche que ya ha terminado. Entretengo la espera intentando adivinar de qué son los comercios que veo desde mi mesa y que hoy no abrirán porque es festivo, y que puede que mañana tampoco lo hagan porque el virus también ha acabado con ellos.  Nadie aparece para que pueda hacer la comanda, así que me levanto y entro al bar. Está oscuro, en la barra un tipo lee el periódico mientras al fondo, en una cocina minúscula, se ve trasteando a una mujer que me mira de reojo y sigue a lo suyo. Huele a fritanga antigua. Salgo sin pedir nada, se me han pasado las ganas. Camino calle abajo, apartando con el pie los restos de las bombetas de papel y pólvora quemada. Una serpentina se me pega al zapato y arrastro la suela para deshacerme de ella, pero no lo consigo.  El verde de las hojas muertas se mezcla con el rojo del cartón quemado y los vasos de plástico a medio terminar. Hoy no ha pasado el servicio de limpieza municipal. Imagino que dejarlo todo como quedó anoche es una estrategia para levantar el ánimo de la gente que, al salir a la calle, verá los restos de lo que puede haber sido una gran fiesta que, con suerte, habrá conseguido eclipsar por unas horas el temor a lo que se nos viene encima. Pero no es eso, es solo que es fiesta y nadie recogerá nada. Vuelvo a casa caminando, tengo ganas de tomarme un café en un sitio tranquilo, lejos del rumor que empieza a llenar la calle, y lejos del ruido que todos llevamos dentro.


domingo, 14 de junio de 2020

MEZCLADO, NO AGITADO




Le quiero como a un hermano: como Caín a Abel. 

Woody Allen



Muchas veces, a lo largo de estos días, me he preguntado qué pasaría si en este momento se convocaran elecciones generales. No tengo la respuesta, ni siquiera puedo intuirla. España es un país de contradicciones. Nos encontramos en el peor momento de nuestra historia reciente.Las arcas vacías, la lealtad quebrantada, el sentido de Estado hecho trizas y una escasez enorme que va a ser imposible cubrir. La destrucción masiva de empleo y la perdida de la esperanza en un futuro medianamente confortable, está a tocar de la mano. La precariedad ha llegado para quedarse. Y junto al drama social que llega nos encontramos con un gobierno desleal, que juega al trile y engaña a sus ciudadanos, y una oposición temblona que ha devenido incapaz en el contrapeso de las fuerzas políticas. 
Cuando votamos pensamos en lo que vendrá mañana y en la creencia de que algunas cosas tienen que cambiar. Las sociedades avanzan y con ellas nuevas necesidades que hay que ir cubriendo. Pero muchas de las mejoras que esperamos, mientras introducimos nuestro voto en las urnas, terminan olvidadas y las que llegan, tristemente, lo hacen convertidas en una losa difícil de soportar. Los programas electorales se han convertido en papel mojado y las alianzas, a veces tan necesarias como letales en otras, terminan por descafeinar, incluso empeorar, las propuestas que los ciudadanos votaron.
En la política no existen las hojas de reclamaciones y al ciudadano solo le queda la penitencia de esperar a que trascurra el tiempo para volver a votar con la esperanza de que la vida mejores. Pero las campañas electorales son un engaño y nuestro voto que, por lo general busca una convivencia pacífica, limpia y prospera, vale menos que cero. Y son los pactos, esos con los que se manejan en la trastienda de los organismos y las instituciones, son casi siempre el principio de la decepción para el ciudadano de a pie. Así que espero que ahora que el calor ya aprieta y parece que llega algo de tregua, mis preguntas pasen a ser otra. Otras que me permitan sentarme en una butaca en el patio de casa, pasando al aire y tomarme un Dry Martini mezclado y no agitado. James Bond, como le pasa a nuestros políticos con sus programas, nos vendió un agitado que lo único que consigue es aguarlo.



viernes, 21 de junio de 2019

DE LO CHIQUITO


"¿Sabes cuál es mi filosofía? Que es importante pasarlo bien, pero también hay que sufrir un poco, porque, de lo contrario, no captas el sentido de la vida".

Broadway Danny Rose. Woody Allen






Hay temporadas complicadas en que lo mejor es fijar la mirada hacia dentro y dejar fuera del espacio personal vital todo aquello que estorba y emborrona. Y como antídoto al feísmo permanente en el que nos está tocando vivir, está el centrar la atención en las cosas menudas y cercanas. Por eso, aunque las semanas se llenen de papel e incertidumbre, a veces llega un poco de aire en forma de un concierto de jazz en un entorno maravilloso; un paseo a cámara lenta colgada del brazo de una octogenaria más guapa que un San Luís; una cena con compañeros de los que acompañan y alivian; un viaje relámpago para apagar fuegos; y la cercanía de un fin de semana que permite escapar del ruido de petardos y cohetes, para volver, con las mismas ganas de siempre, al cambio de la fisonomía urbana que, una vez más y casi sin querer, arrancará aquello de que en Madrid se vive muy bien pero le falta playa.

Son las cosas pequeñitas, a veces incluso minúsculas que se suceden sin ruido, sin aspavientos y sin tragedias romanas, las que nos mantienen en pie. Porque al final la vida debería ser eso, la excelencia de lo chico, de lo portable, de lo que alivia.





domingo, 3 de febrero de 2019

HOJARASCA


¿Sabes cuál es mi filosofía? Que es importante pasarlo bien, pero también hay que sufrir un poco, porque, de lo contrario, no captas el sentido de la vida.

Woody Allen,Broadway Danny Rose





No habíamos precisado demasiado. La hora, el sitio, pero teniendo en cuenta que aquella plaza tenía una dimensión considerable, la indicaciones habían sido escasas. Había llegado con tiempo suficiente, le di varias vueltas completas, la crucé en diagonal dejando las huellas de mis botas gravadas sobre la acera mojada, como el rastro de Pulgarcito que espera poder volver a casa. Al final, me paré en los escalones de la gran biblioteca y esperé.  Desde allí tenía a la vista, aunque un tanto imprecisa, de toda la plaza. Habían pasado más de veinte minutos desde que había salido de la boca del metro.
Habíamos hablado por teléfono un par de semanas antes. Me encantará verte, dijo. En aquel momento un cosquilleo me recorrió la espalda. A mí también, pensé, pero no dije nada. Me tenía a mí, o tal vez a la decepción que sabía iba a sufrir si nuestro encuentro se cancelaba a última hora, así que me tragué la exposición de unas ganas absolutamente irracionales que se movían por círculo dentro de mí. Le dije que bien, y quedamos.
La vi llegar de lejos, caminando rápido, como dando saltitos. Tenía una manera peculiar de caminar y el tiempo solo la había acentuado. Supe que era ella sin llegar a distinguirla desde la distancia en la que estaba.
Me entró frío. Guardé las manos en los bolsillos y apreté los puños, conteniendo el ligero temblor que había empezado al salir por la boca del metro. Me quede quieto, sin dar un solo paso, hasta que la tuve frente a mí. Llevaba los labios con un carmín exagerado que se le había corrido en las comisuras de los labios. Un mechón de pelo, despeinado, se escapaba por debajo de un gorro tan viejo como el mundo. Me besó en los labios, y vi, de cerca, las marcadas arrugas de sus ojos. No supe si eran las suyas, o si solo eran el reflejo de las mías vistas en la cara de otro. Comenzamos a caminar entre la gente atareada con las últimas compras del día antes de Navidad. Empezó a hablar, cogiéndome tan fuerte del brazo que me obligaba a mantener una proximidad física que yo no quería. Pero no hice nada y siguió colgada de mi brazo, hablando sin que yo oyera nada. Me había perdido en su barullo y me pregunté cuánto tiempo había pasado desde la última vez. Quizá ocho años, diez tal vez. Caminamos durante un buen rato, yo arrastrando los pies, ella dando saltitos con sus pies diminutos enfundados en unas botas enormes.
Llegamos a las puertas del zoológico y quiso entrar. No había nadie. Las fieras dormían y nosotros, dos tipos perdidos, buscamos acomodo bajo la única pérgola que quedaba abierta. Nos pedimos un café. Me había perdido parte del monologo que había mantenido mientras caminábamos en lo que a mí me pareció un deambular sin rumbo, pero que ahora sabía que no. Dos pavos reales se atusaron las plumas. Quizá lo más majestuoso que nos estaba dando el día.  Intenté volver a su discurso pero me había perdido definitivamente, por eso me sorprendió cuando me dijo que sería por poco tiempo, un mes a lo sumo. El aire levantó unas cuantas hojas secas que cayeron ligeras. No supe de que hablaba, pero vi aquellos ojos negros y supe que, pese a la hojarasca húmeda, iba a necesitar algo bastante más fuerte que un café.







martes, 1 de agosto de 2017

ANY CASE


Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede 
comer un buen filete.

Woody Allen




Tengo la intuición de que lo que dice no es producto de su imaginación, sino algo así como la versión ligeramente transformada de su vida. Pero aun así me gusta leerle, releerle cuando es posible porque es tanto como saberle a medias, e imaginar que bebe despacio, pasando la punta de la lengua por la comisura del labio para arrastrar el poso de la espuma del café; imaginar cómo, de una manera casi imperceptible, va dando golpecitos suaves con la punta de un rotulador sobre un folio en blanco que al terminar el día se ha convertido en un galimatías indescifrable de puntos y manchas. Me gusta pensar que, aun en la distancia, el aire le devuelve la idea imprecisa de mi existencia que ya no dice; y que eso que ahora dice, que aturde y pesa, es su vida en estado puro. 









jueves, 20 de noviembre de 2014

TODO BIEN. GRACIAS.


Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cinco años podría entenderlo.
 ¡Que me traigan un niño de cinco años!


Convocatoria en la sala de juntas con la mayor de las urgencias. Alguien se había encargado de colocar en la mesa unos folios junto a un bolígrafo y un botellín de agua para cada  uno de los convocados, en el descuido, las prisas con toda probabilidad, hizo que no se viera un solo vaso en toda la mesa. Presidía Don Álvaro de Maeztu y Arriola. Un mequetrefe aupado por la buena fortuna de un matrimonio con suerte, además de con consorte pudiente. La diferencia entre que la reunión la presidiera un mono o Don Álvaro solo radicaba en que no habría cacahuetes para ir picando mientras  el interfecto se deshacía en un discurso trufado de estupideces económicas y legales.

Nada hacía presagiar que aquella convocatoria, tediosa y tremenda, que venía durando ya no menos de cuatro horas, fuera a terminar como el rosario de la aurora. En un discurso grandilocuente en el que se loaban las grandezas de una institución que de grande ya solo tenía la sala de reuniones y la puerta de entrada, Don Álvaro, otrora miembro de la Logia del betún y la gomina, infartó. Tuvo a bien hacerlo sobre la moqueta, sin escándalo y con un ligero gorgoteo, una especie de trino celestial de despedida que le dejo la misma cara de imbécil que había tenido siempre, solo que ahora para toda la eternidad. No cundió el pánico, bien al contrario, parecía como si  un cierto alivio recorriera la sala, como si las plegarias de más de uno, y de dos, y de tres, lanzadas al cielo en las dos últimas décadas, hubieran sido escuchadas.  Solo la de la infeliz Araceli, menesterosa secretaria libadora, con llanto contenido, intentaba reanimar a aquel melifluo que ahora descansaba en el suelo.  Nadie dijo nada. Los asistentes fueron abandonando la sala, en orden y sin ningún gesto circunspecto, mirando el reloj. Pasaba ya la hora de comer, y que hasta para morirse hay que  ser más oportuno y menos coñazo.



viernes, 1 de agosto de 2014

SAMARKANDA


Que una cosa sea verdad no significa que sea convincente, ni en la vida, ni en el arte.


El problema de tomar decisiones que solo materializan lo que otro ya ha resuelto por ti es la flaqueza en la determinación. Cualquier mínimo movimiento en la partida de aquel puede llevar a cuestionarte si lo decidido no ha sido precipitado. Se genera una duda espesa sobre la interpretación de las cosas, de las minúsculas percepciones que te llevaron hasta allí, que escuece. Pero la flaqueza dura lo que duran los espejismos engañosos porque la realidad es la que es, aunque uno intente esquivarla para no dolerse.

Dicen que en Samarkanda se encuentra la piedra que esconde la verdad sobre los afectos y que los Dioses, después de una feroz batalla con el hombre,  la cubrieron con un lienzo de seda  y la enterraron bajo la arena del desierto para que nadie pudiera dar jamás con ella. Desde entonces la zozobra  y la duda nos gana la partida.





martes, 29 de julio de 2014

FATIGA Y POCO MÁS


"Las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas."


Hay tiempos de cierta fatiga. No es una fatiga beligerante, solo es eso, fatiga de casi todo. Contra todo pronóstico y en plena vorágine, me tomo la tarde libre. El buzón recoge las llamadas y los correos que caen como plegarias en el desierto. Mañana será otro día. Paso la tarde escuchando a Elvis Costello y releyendo “La aguja dorada” de Montserrat Roig. Son cosas de las filias y de la necesidad de arrimarse a lo que es propio de uno en medio de lo común.
En uno de los capítulos, la escritora relata la anécdota el suicidio Serguéi Esenin en el Hotel Astoria de Leningrado. El poeta, años antes a su voluntario final, había contraído matrimonio con la bailarina Isadora Duncan que terminó en una separación colosal, tan tormentosa como el propio matrimonio, como no puede ser de otro modo entre seres apasionados. Esenin, con su propia sangre, dejó escrito un “testamento poético” dirigido a sí mismo que finalizaba: “morir no es ninguna novedad en esta vida, pero vivir tampoco es nada nuevo”.

Termino el capítulo con cierto regusto raro y no es cosa del café americano que se enfría en la taza sin que nadie le haga caso desde hace un par de horas. No es eso. Vivir no es nada nuevo, es cierto, pero pese a que a veces no lo parezca porque la rutina y el tedio lo convierten en un tormento, en realidad, vivir es una aventura, que si bien es puede ser poco novedosa, no deja de ser extraordinaria en lo bueno y en lo malo.

La tarde tiene cierta sensibilidad brumosa, algo así como una especie de corriente eléctrica que queda muerta en medio de la nada. Es así.



miércoles, 18 de junio de 2014

Y ERA UN HOMBRE DE PAPEL, ERA UN JUGUETE DEL VIENTO*



"No quiero que seas actriz. Quiero que... estés en el Tribunal Supremo, o seas médico o algo por el estilo. ¿Sabes? El negocio del espectáculo es como una merienda de negros. No, peor todavía. Es como un negro que no le devuelve las llamadas a otro negro, una cosa terrible. Por cierto, tendría que llamar a mi servicio telefónico".



Termino el libro cerrando la última página sintiendo el mismo desasosiego que cuando lo comencé y pensando que no era un buen momento para leerlo. Algunos libros deben de quedar aparcados en las estanterías, sino de las librerías que se desharán de ellos a las pocas semanas de no vender un solo volumen, sí en las de los lectores que no están preparados para algunas cosa, “time to time”.
Leo y me entran nauseas, no de empalago, no, es otra cosa mucho más profunda a la que no he puesto nombre pero que podría ser algo así como el mal cuerpo que queda cuando se engulle, en medio de una tormenta en alta mar, un pastiche de macarrones con queso fundido. Una comparación extraña, salvo para quien haya intentado reponerse a base de hidratos de carbono caducados.

Es demasiado complejo, o tal vez tan tremendamente simple que su propia simpleza parece imposible. Reconozco algunas ideas que durante algún tiempo corrieron en paralelo pero que empezaron a  difuminarse a remolque de un sibilino corte de mangas. Verlas de nuevo, fuera de su caparazón, es como ver a una medusa medio muerta que se revuelve soltando veneno.

La genética es bien poca cosa. Dice que nada sabe de oscuros pasados, que nada lamenta más que su propio lamento a destiempo, que nada impide que su  libertad le lleve dónde su voluntad quiera y su voluntad, como siempre, utiliza lip-gloss. Nada que decir. He aprendido que las palabras son tan promiscuas como promiscuos son los sentimientos que abarcamos.

Su pena obscena se descubre entre líneas, lo mismo que la inconsistencia del sentimiento sobre el que se asienta la vida. Los años hacen daño, a más años mayor dolor. No siempre es posible mantener la compostura, ni siquiera cuando se simula ser una especie de Fred Astaire.





* Hombre de papel -Radio Futura-

domingo, 12 de enero de 2014

LA ERÓTICA DEL CROISSANT


"Te quiero contar una historia tremenda acerca de la anticoncepción oral:
 le dije a esa chica que si quería hacer el amor conmigo y me dijo que no".
Woody Allen


Para los que nos movemos en scooter por la ciudad, sabemos que uno de los artefactos más antiestéticos que existen son los cascos abiertos que cubren la cara con una visera y dejan la barbilla al aire. No sólo porque el día que vas al suelo corres el peligro de dejarte la cara pegada en el asfalto, sino porque además te dejan el cabello hecho un cisco y si, por una de esas cosas que pasan, topas con unos paparazzi decididos a inmortalizarte en ese momento (caso que seas famoso), tu sex-apple, si un milagro no lo remedia, queda a la altura de una leyenda urbana tocada por una melena lamida por la lengua de una vaca.

La suerte que tenemos aquellos a los que no nos conoce ni el tato, es que la probabilidad de ser fotografiados de esa guisa es poco probable. La única cámara que nos inmortaliza es la de la policía municipal. Los cascos no solo son antiestéticos sino que son poco discretos. 


Eso mismo debió pensar François Hollande cuando hace unos días se vio en primera página de la prensa nacional e internacional, trasladándose en moto para ver, estar o lo que sea, con su actual affaire. No es que me suscite ningún interés la vida privada del Sr. Hollande, sinceramente, pero como cientos de miles de lectores acabé sabiendo de la vida personal del Presidente de la República francesa como si se tratara de un asunto de estado. Y debe serlo, al menos en Francia, porque desde entonces no cesan las noticias sobre cada uno de los detalles de esa historia personal del Sr. Presidente. O eso o, como me temo, en algún rincón del interior del ser humano sobrevive un pequeño cotilla que, en cuanto puede, sale a relucir para despedazar con la precisión de un charcutero la vida y obra del sujeto sobre el que recae la atención mediática.

Dicen que Hollande lleva más de un año manteniendo esa relación amorosa con la actriz Julie Gayet. Puede que así sea, solo digo lo que la prensa dice, pero hasta este momento, pese a que ambos están en los mentideros, han podido esquivar a la hambrienta opinión pública. A saber.

He pensado algo en el tema, pero ahora ya es tarde, ha terminado la campaña de navidad. La cosa ya no tiene remedio,  pero si todo este lío, el de la scooter y los tránsitos de Hollande, llega a conocerse antes, la incertidumbre sobre que regalarle en Reyes al Sr. Presidente se hubiera disipado como una tormenta de primavera sobre el Campo de Marte, lo tengo claro: un casco integral y un horno para cocer croissants, sin ninguna duda. 

Hay que ser discreto y previsor. La erótica del poder es poderosa (valga la redundancia), y nunca se sabe en qué momento Afrodita puede hacerse carne en la vida de Monsieur  y no le vendrá mal ni el casco integral, sin visera abatible, ni el horno para los croissants de la mañana.



© Fotografía del blog “La receta de la felicidad”

martes, 29 de octubre de 2013

MANOS ARRIBA ESTO ES UN ATRACO O TONTO EL ÚLTIMO




Allá por el siglo XVII, Lope de Vega escribió una obra de teatro llamada “El mejor alcalde, el Rey”,  para el que no haya tenido el placer de leerla, brevemente, diré que se trata de un drama, ambientado en la Galicia medieval, en concreto el Pazo de Tello, que narra el abuso que sufren los habitantes de un pueblo a manos del Señor de aquellas tierras, Don Tello de Neira. Los agraviados, en concreto dos campesinos, Sancho de Roelas y Elvira de Aibar, que hallándose prometidos y tras pedir permiso al Señor para casarse, sufrirán el acoso y abuso del terrateniente que, enamorado de Elvira, la pretenderá hasta someterla a su voluntad y hacerle perder la honra. Ante tal agravio, Sancho acude al Rey Alfonso VII quien mandará la ejecución de Tello, repartirá sus tierras y ordenará el matrimonio de Sancho y Elvira recuperando ambos lugareños su propia honra.


Lo anterior se traduce, en palabras de hoy, en que la política local, sus mandamases, eran un verdadero asco, que atendía a sus propias necesidades y caprichos, convirtiendo a sus vecinos  en meros siervos a los que utilizaban como querían.

Todo esto, esta entradilla sobre la obra de Lope de Vega, viene a cuento de algunas reflexiones que me hago ante la próxima modificación que de la administración local se aventura desde el Gobierno de este país. Modificación que se articulará mediante una Ley que, disfrazándola de lo que no es, la han denominado, al menos en su proyecto, “Ley de racionalización y sostenibilidad de la administración local”, ya veremos como la acaban llamando.

El título, muy acorde con los tiempos de recortes que corren, encierra una gran trampa que, como no puede ser de otro modo, se vislumbra en el interior del texto. No seré yo quien diga que no hay que recortar, que administrar, distribuir y dejar de duplicar pero, como siempre, se recorta por debajo, por lo necesario, olvidando meter mano donde se debe y no donde se puede.

La Ley en cuestión (si el buen Diós, Alá o Pokemon, cada uno por su cuenta o en comandita, no lo remedian), supondrá el alejamiento del ciudadano de la administración local, la más próxima, eliminando servicios esenciales que, con la coyuntura económica que atraviesa este país, sufrirán los más desfavorecidos, las personas más vulnerables por su situación de precariedad económica y riesgo de exclusión social, que son los que precisamente necesitan de una administración cercana que ayude a paliar sus necesidades esenciales y perentorias. Por poner un ejemplo, en los municipios de menos de 20.000 habitantes (que no son pocos en este país), los Servicios Sociales, esos que atienen a las necesidades más básicos de la gente, están destinados a desaparecer, lo mismo que los servicios de apoyo a las víctimas de violencia, atención psicológica a la infancia, etc.


Y no seré yo, repito, quien diga que no hay que recortar y ahorrar, pero sí que seré yo quien diga que esos esfuerzos económicos no deben quedar prendados de los más débiles, manteniéndose un limbo lustroso de macro estructuras y politicastros cuya única misión es perpetuarse en un escaño o un sillón en el que asegurarse el plato de lentejas, en su caso, de caviar y marisquito del bueno. Hay que administrar con cabeza para que el dinero fluya hacia donde se necesita realmente, hacia la ciudadanía.

Alguien se preguntará en este momento el porqué de la referencia a la obra de Lope de Vega. La respuesta es sencilla, si  aquella obra en lugar de escribirse entonces, se hubiera escrito ahora, a buen seguro las tornas se hubieran girado y el “explotador” en cuestión, habría sido el lejano “Rey” (traduzcámoslo aquí en Presidentes, Diputados, Senadores, y cargos o puestos, electos o a dedo) y el “redentor” de aquellos pobres campesinos deshonrados, la administración municipal, esa que se compone en muchas ocasiones de Alcaldes y Concejales que trabajan, sin beneficio alguno, para sus vecinos,  estrujando presupuestos para poder llegar a todo, para becar donde haga falta y hasta donde se pueda, mientras en las macro estructuras: Diputaciones, Consejos Comarcales, Comunidades, etc., se dilapida el dinero en absurdidades que terminan ahogando al pobre que cada día se levanta pensando que va a ser de lo suyo y de los de sus hijos.

Corren malos tiempos para los ciudadanos de a pie, no les quepa ninguna duda. Que alguien prepare papel y pluma y escriba una historia de nuevo.


martes, 20 de agosto de 2013

MI HERMANO ESTÁ LOCO, SE CREE QUE ES UNA GALLINA



Hay una canción de Sabina en la que su protagonista, envuelto por el humo de miles de cigarrillos y el vaho confuso de otros tantos tragos largos (así lo imagino yo), se consume ante la ausencia de la persona querida. Un vacío similar a la que puede sentir una isla sin Robinsón.

Sin necesidad de quemarme los pulmones, ni de moverme de la silla que hoy me esclaviza, sé de vacíos febriles, incongruentes, imposibles, necesarios, casi incomprensibles. Vacíos que apenas tienen nada que ver con el amor, y mucho con el querer, con la pérdida del roce de lo invisible que tienen los momentos de intimidad en la que no cabe la piel. 

Y es que no todo es el amor, o sí.