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domingo, 5 de junio de 2022

O SÍ, MIL VECES SÍ, YO QUÉ SÉ

 



Me quedo en que Ingrid ha llegado conduciendo su furgoneta hasta la frontera donde termina la cobertura de la tarjeta sanitaria europea.  De ahí en adelante lo que le pase ya es cosa mía, y puedo decidir lo que me de la gana, lo que le pase por la cabeza, tanto si decide que seguir orinando en un cubo de plástico es un asco y lo que necesita es irse a unos grandes almacenes y gastarse un pastizal en algo bonito; como si decide que no hay mayor libertad que transitar de estación de servicio en estación de servicio en busca de la nada.  Pero Ingrid es ese personaje al que, a sus cincuenta años y unos cuernos de impresión, la vida cómoda le resbala, pero solo un rato. La mediana edad a veces es un tanto extraña porque se mezclan las ganas melancólicas de improvisación con la necesidad de reconocer que  la cuesta abajo ha empezado y que mear en un bote, salvo que sea estricta necesidad, es una ruina absoluta. Algunas cosas resbalan más que otras y el futuro se mira con el recelo del que lo tiene encima. Quiero pensar que Ingrid, después de soltar el lastre que conlleva toda ruptura, pudo volver a un apartamento de cuatro paredes que le permitieran seguir siendo libre sin la necesidad de deshacerse del papel higiénico en el contenedor al que se supone que debe de ir todo lo que uno no sabe demasiado bien a dónde va. No sentí ninguna simpatía por Ingrid. Ni siquiera en ese momento loco en el que pensó que cepillarse a un compañero de trabajo, alcoholizado y vacilón, podía compensar el vacío y la sensación de caída libre en el que la dejó que su marido decidiera que la chispa de la vida tenía quince años menos, unas bragas no siempre limpias y un apartamento que acumulaba las tazas de café bajo la cama. La simpatía por Ingrid está en otro lado.

Pero la libertad es mía, al menos en este momento, y veo a Ingrid conduciendo su furgoneta, parando en la primera estación de servicio, comprando el Hola y colgando de ese trasto con ruedas el cartel de “Se vende” que pensó que la hacía libre y solo la convirtió en una caricatura de sí misma. Con el pelo limpio la vida se ve de otra manera.



domingo, 24 de junio de 2018

VOCACIONES



"No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera insólita e irrazonable, bruscamente descrea de su convicción más elemental. Empieza a vislumbrar vagamente que, por extraordinario que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado”.

Bartleby, el escribiente - Herman Melville




El cómo alguien llega a desarrollar una determinada profesión no tiene un norma escrita. Algunos llegan a ella de un modo casual, otros de una manera impuesta y algunos, los que tienen más suerte, por una especie de vocación irracional. Y digo irracional porque cuando uno cuenta con una edad más bien corta y una nula experiencia sobre aquello a lo que se aboca, acostumbra a hacerlo por motivos que poco tienen que ver con el conocimiento profundo de aquello que le lleva hasta allí. Puede que en la familia tengan algún referente y puede que éstos conocedores por referencia tengan una mayor ventaja sobre aquel que imagina una profesión sin más conocimiento que su propia inventiva, cuatro ideas preconcebidas rescatadas del cine, de las novelas o vaya a saberse de qué. Estos días muchos adolescentes se debaten frente a su futuro al marcar como opción preferente unos estudios frente a otros. Poco se les puede decir, porque en este tema no hay más experiencia que la propia, que casi nunca sirve para otro. 
Trabajar es duro, mucho, y hacerlo durante unos cuarenta años puede convertirse en una suerte de tortura por muchas ganas que uno le ponga. Todo requiere un esfuerzo y el premio, en algunas ocasiones, no es otro que el haber intentado hacerlo lo mejor posible, aunque algunos te denosten, te desprecien y no comprendan que tras un resultado concreto hay un esfuerzo que trasciende más allá de lo laboral. Es por eso que hay que avisar que algunas profesiones conllevan un riesgo emocional importante y un estrés social nada envidiable que va más allá de las horas de trabajo que uno le dedica. 
En los últimos tiempos la diana del desprecio y de la incomprensión se centra en las personas que se dedican al ejercicio del Derecho en cualquiera de sus funciones. Abogados, Fiscales, Jueces y Magistrados se han convertido en los parias morales de una sociedad que no termina de comprender cuál es la función que tienen encomendada y que todos ellos, junto con el global de los ciudadanos, son las piezas de un engranaje (nada perfecto, por supuesto), que salvaguarda el Estado de Derecho. Las leyes no las crean estos operadores jurídicos, que se limitan a su interpretación, aplicación o lo que se considere oportuno. Las normas emanan del Parlamento y ese, aunque no nos guste, lo configuramos todos con nuestro voto y con las normas de una democracia que a algunos tan poquito les gusta. Conozco a muy poca gente dedicada a la abogacía, a la fiscalía o la judicatura que no lo haga por una verdadera vocación. Dedicarse al Derecho no es sencillo y menos en los tiempos que corren. No es ningún camino de rosas, los problemas se llevan a casa, discurren junto a una vida personal que no siempre resulta indemne, y la inmensa mayoría gana bastante menos dinero que lo que la gente de a pie considera. Con semejante panorama las ganas de ejercer deberían ser más bien pocas, pero aun así queda gente, una suerte de “locos”, casi todos vocacionales, que pese a semejante panorama, está dispuesta a seguir trabajando en defensa del Estado de Derecho, aunque sus conciudadanos no comprenda que ese sistema que denostan es el que les garantizará sus propios derechos, esos que parecen no valorar cuando corresponden a otros. A los jóvenes que estos días escogen dedicarse al Derecho solo cabe desearles suerte y que la jauría de la incomprensión no les agríe las ganas.







lunes, 19 de marzo de 2018

MANCHESTER



Los cambios bruscos de tiempo animan la ciudad. Una granizada, por ejemplo, es excelente para aumentar la cordialidad en el ascensor.

Iñaki Uriarte






Habían quedado que cuando él saliera de la oficina llamaría, pero no sería antes de las seis, antes tenía que cerrar un par de cosas. No se atrevió a preguntar, por no ponerle en un aprieto y que le mintiera. Sabía que iba a ver a su hija, una hija de la que no tenía que saber que existía, pero lo sabía. Laura se había convertido en una incógnita con la que a veces se entretenía, otras se angustiaba. Un misterio al que ponía las caras más diversas cuando  no podía dormir. A las siete llegó a casa, se quitó los zapatos y empezó a preparar la cena. Desde hacía un par de años, los miércoles eran el mejor día de la semana. Pablo llegaba pronto y cenaban viendo la televisión como si fueran una pareja normal. El resto de los días, llegaba a casa, se desvestía sin cuidado y se tumbaba en la cama para contemplar como crecía la humedad que había aparecido en la esquina de la habitación. A veces, si no estaba demasiado cansada, o demasiado nostálgica, se preparaba algo para cenar y ojeaba el suplemento del periódico del domingo mientras fumaba un último cigarrillo antes de acostarse. En su acuerdo no cabían las llamadas pasadas las seis de la tarde, ni los fines de semana, y si alguno de los dos tenía la tentación de romper aquella norma debía mesurarlo  bien porque la consecuencia podía ser el punto y final de aquella historia. Al principio le pareció bien, disponía de su espacio, de una vida social entretenida, pero con el tiempo empezó a cuestionarse si aquello tenía sentido, si quería pasar el resto de  sus días aquella manera, sin hacer planes, improvisando cenas de última hora y esperando una llamada a medianoche que sabía de antemano que no iba a producirse. La trampa había sido estupenda, y ella misma la había tejido a su propia medida. Miró el reloj, ya eran más de las diez y Pablo no había dado señales de vida. Se puso el abrigo, se calzó y salió al bar de la esquina a comprar un paquete de cigarrillos. Había olvidado hacerlo al volver a casa y ahora los necesitaba. Dio un rodeo para hacer tiempo antes de subir a su apartamento. Rebuscó el teléfono en el bolsillo y comprobó que la pantalla seguía oscura, muerta. ¿Cuánto se puede fumar una noche así? Dio media vuelta y compró una cajetilla más. Subió por las escaleras, sin prisa, guardó la cena en la nevera, se puso el pijama y se sentó en la cama. Podía fumar cuanto quisiera, solo tenía que abrir un poco la ventana y dejar que el aire se colara sin hacerle trampas.






domingo, 29 de junio de 2014

FUERA DE AQUÍ


Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.

A las cuatro de la mañana, después de haber sudado tanto que apenas me quedaba  sola gota de vida, pensé que había llegado la hora de saltar por la ventana del dormitorio. Pero aquella idea tragicómica que me rondaba desde hacía varias noches, siempre sobre la misma hora, no contaba con un inconveniente nada insignificante.  Años atrás, con la felicidad roída de los primeros años de convivencia, instalamos un sofisticado sistema de seguridad que debía preservarnos de los malos. La falta de medios de entonces, y una cierta tendencia al desastre que nunca corregimos, terminó en unos cuantos barrotes sujetos al hueco de la ventana con una mezcla de cemento y silicona. Pero cuando ya no quedan restos de aquella precaria gloria, aquella reja improvisada es un contundente argumento disuasorio para poner fin a tantos días de canícula nocturna y de horas fulminadas por el insomnio; tan disuasorio como lo es el vivir en la planta baja de un bloque de apartamentos.

Me levanté arrastrando los pies, cerrando de portazo el baño y subí el volumen del transistor. Mientras vaciaba la vejiga, supe que en el otro lado del mundo un gol había desatado la ira de unos cuantos que habían arrasado la ciudad y vaciado los escaparates de los comercios de televisores, DVDs, cremas anticelulíticas y pantalones vaqueros. 

Calenté un vaso de leche que no iba tomar y pensé que de seguir las cosas de ese modo, debía apagar la radio (nunca me gustó el fútbol, ni las obligaciones cosméticas), subir al terrado y saltar desde allí, simulando un suicido sonámbulo. Mientras mordisqueaba una rosquilla herencia de las navidades pasadas, medité sobre la conveniencia de cambiarme las bragas que durante las primera horas del sueño quedaron demasiado húmedas, y ponerme un sujetador bajo la camiseta que utilizo para dormir y con la que pensaba subir a la azotea. Las erudiciones maternas sobre las conveniencias higiénicas y estéticas, a la hora de la verdad, no se olvidan nunca, ni siquiera cuando estás desbordado por el asfixiante calor del vecino Mediterráneo que te gira la cabeza.

Quizá fue el influjo de la ropa interior limpia, pero algo parecido a un pensamiento positivo se presentó sin pedir hora y me encontré buscando un martillo y un destornillador que dejé sobre la repisa de la ventana, antes de volver a la cama, y que pensaba poner en marcha tan pronto como por la radio anunciaran el estado de la circulación de la M40.




Fotografía Harry Gruyaert

martes, 20 de mayo de 2014

NOTHING PERSONAL


«La palabra es la alarma de los humanos para aproximarse unos a otros.
 La palabra es lo más bello que se ha creado,
 es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. 
La palabra es lo que nos salva»


Colocarse en situación, intentar ver por debajo de las mil cosas que ciegan y relativizar. Empezar cien veces el mismo escrito, volver mil sobre él y que su mansedumbre, su pobreza, escueza como si te arrancaran la piel. Preguntarse cuándo dejaron de llegar las ideas, en que momento las palabras dejaron de cobrar sentido y se confabularon para que nada pudiera encadenarlas.

Algo se escapa y lo difícil, lo desesperante, es que nada puede pararlo. Todos se convierte en un eco seco.



martes, 14 de enero de 2014

DAMAGED




Los que leemos por enfermedad sabemos que el mejor modo de hacerlo es estando solos, alejados de cualquier cosa  que nos pueda trastornar, y con el tiempo suficiente para que nuestra lectura sea algo más que un superficial roce con la realidad concebida a la medida de quien se esconde detrás de unas letras que, casi siempre, son peligrosas, muy peligrosas, para los que adolecemos del mal de la lectura.
Los que leemos, porque no podemos evitarlo, esperamos que cuando una novela cae en nuestras manos, nos atrape y nos coloque en su historia, aunque sea en escorzo y fluya de tal modo que al llegar a la última página intentemos demorar el momento de abandonarla. Porque los que leemos por el gusto de leer sabemos que una vez pasemos la última página nada volverá a ser lo mismo porque el recuerdo de las impresiones de lo leído nos modificará, en la medida que sea, el modo de emprender una nueva lectura.


Los que leemos por enferma devoción a la palabra escrita también sufrimos terribles decepciones y engaños. Pero nuestra enfermedad no tiene cura, por eso, una y otra vez, caemos en el perverso vicio de la lectura, buscando un rincón solitario en el que parapetarnos y continuar retroalimentando el infierno, o la gloria, que letra tras letra nos vamos forjando.




Todo esto que ahora digo, no sé porqué lo digo. En realidad quería hablar sobre las fotografías de Walker Evans, de la infinita tristeza que en ellas asoma siempre. La vida en un click. 
Pero me perdí. Quizá porque cuando me entretengo viendo las fotografías de otros, casi siempre pierdo el sentido del tiempo, como me pasa con los libros. No me lo tengan en cuenta, los que estamos enfermos de historias, acabamos volviéndonos disolutos e incluso un poco irreales.


Por último, una recomendación "Normas de cortesía" de Amor Towles, de la editorial Salamandra. Tampoco me lo tengan en cuenta, con ella, la novela, me debato entre el gusto y el disgusto, pero es lo que tenemos los que estamos así, enfermos de literatura. Por eso tampoco podemos los encadenamientos, en este caso, el de Walker Evans con Katey Kontent, la protagonista, o no, de "Normas de cortesía".






sábado, 8 de junio de 2013

EL RIESGO DE BALANCEARSE DEL BRAZO DE OTRO


El riesgo de balancearse del brazo de otro, de la mano de alguien, siempre es el mismo, que en un momento dado, mientras el impulso te tiene con la respiración contenida y a medio vuelo, dejes de ser parte del entrelazado que con aquel formaste, te suelte y acabes estrellándote contra una pared, un muro tan duro que lo que quede de tí sea una simple caricatura de aquello que inicialmente fuiste, y ya nada vuelva a ser lo mismo. 
Y uno debería tener capacidad para prever estas cosas, pero no la tenemos. Hoy los lamentos son más tontos que nunca, a fin de cuentas nada se ha perdido o quizás sí. Ya no lo sé.
Lo único que sé, es que todo tiene un precio, incluso las locuras.

miércoles, 30 de marzo de 2011

HUMO Y HUMOS


Lo quieres todo. Un personaje de quita y pon. Un recortable de carton piedra. Convertirlo en tu cielo y, al minuto, cuando amenace con nublarse, hacerlo desaparecer. 

Darle la vida y  quitársela. Lo puedes todo. Un chasquido de dedos basta. Tendrás que inventarlo, imaginarlo.

Pero no olvides que lo imaginado es humo, y que éste, por su propia naturaleza, acompaña poco, desaparece en nada.
© Fotografía: Katrina Strange

domingo, 13 de junio de 2010

ARTICULO 19


Hoy estoy hasta, lo que literalmente se dice, "los huevos". No se me ocurre nada que contar que no tenga que ver con esto. Hay días que tienen estas cosas. Quizá lo mejor fuera que no escribiera nada y que me tomara un par de lexatines, orfidales, lo cerrara todo, incluida la puerta de mi casa por dentro y me pusiera a dormir. Pero ando algo revuelta y no me dormiría ni con una dosis para paquidermo, así que, como en mi blog escribo y cuelgo lo que me da la gana, aquí dejo copia de un artículo que no debería existir jamás pero, visto lo mierda que somos las personas, es necesario que exista.
Lean, lean. Y si quieren hacer algo bueno por la humanidad, esa enana que está creciendo y que aún no esta ni pervertida ni corrupta,divúlguenlo.

Artículo 19 de la CONVENCIÓN SOBRE LOS DERECHOS DEL NIÑO (*)

1. Los Estados Partes adoptarán todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual,mientras el niño se encuentre bajo la custodia de los padres, de un representante legal o de cualquier otra persona que lo tenga a su cargo.
2. Esas medidas de protección deberían comprender, según corresponda, procedimientos eficaces para el establecimiento de programas sociales con objeto de proporcionar la asistencia necesaria al niño y a quienes cuidan de él, así como para otras formas de prevención y para la identificación, notificación, remisión a una institución, investigación, tratamiento y observación ulterior de los casos antes descritos de malos tratos al niño y, según corresponda, la intervención judicial.

(*) Adoptada y abierta a la firma y ratificación por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Resolución 44/25, de 20 de noviembre de 1989

viernes, 5 de febrero de 2010

CARCAJADAS

Le preguntan que es lo que guarda en la mano. Ella sonríe y no contesta. Lleva más de una semana con el puño apretado y no lo abre. La empiezan a tratar como una chalada. Tienen razón, se ha chalado. Así que, mientras los demás la miran con cara circunspecta, ella sigue apretando la mano para que no desaparezca el cosquilleo de las caricias dadas.
¿Hasta cuándo la seguirá apretando? No lo sabe. Así que se mira la mano y sólo puede lanzar una carcajada al aire.