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miércoles, 29 de julio de 2015

A BENEFICIO DE INVENTARIO




“Como siempre ocurre con los libros que hacen época pusieron 
palabras a lo que antes habían sido intuiciones, percepciones, sentimientos”.

Karl Ove Knausgard





Nadie dijo que la cosa fuera a ser sencilla, ni siquiera ellos lo dijeron, porque la cosa en sí misma empezó siendo poca y sin mayor trascendencia. Solo el tiempo, la empatía y un par de coincidencias curiosas, los convirtió en imprescindibles dentro de lo accesorio. Porque todo, al final (y al principio también) es prescindible e intercambiable (si uno tiene suerte). En definitiva, caduco. Por eso, al final, como cualquiera hubiera podido prever salvo tal vez ellos mismos, la cosa quedó suspendida ahí, en el aire, porque no hay cosa por menuda que sea que se sostenga eternamente y baje al suelo cuando uno silba y el otro mira al cielo. 
Pero aun sabiendo de lo pasajero que es todo, siempre (también al principio y al final), quedan algunas cosas y esas, aunque las manos reposen sobre el regazo un tanto confusas, deben contabilizarse en el activo. Aceptarse a beneficio de inventario y continuar.






jueves, 21 de agosto de 2014

PAROLE


Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo Importante


La mayoría de veces nos quedan tantas cosas por decir, por hacer, que podríamos llenar una saca con todo lo que se nos queda en el tintero, pendientes para mañana. Y aun así, con la bolsa bien repleta y fecha en el calendario, las ganas se quedan en la punta de la lengua, veladas por la obligación del adiós. Despedirse de los niños siempre es extraño, entre otras cosas porque se supone que como adulto puedes manejarte cómodamente ante ellos y, en realidad, casi nunca es así. Por eso esta vez, nuevamente, la cosa ha sido extraña e incluso un poco más triste que otras veces. Al menos para mí. Puede que sean los años que me ablandan aunque, a decir verdad, la edad no ha hecho más que apuntalar lo que de fábrica ya me venía dado. Y es que en cuestiones de afectos, las cosas son como son, y aunque uno quiera intentar ponerse el traje impermeable, cuando la cosa es como es, no hay gabardina que valga. Las cosas son así y no de otro modo. No aprenderé nunca, aunque creo que tampoco lo quiero.




jueves, 10 de marzo de 2011

DEL CONFLICTO Y YO CON ESTOS PELOS

 

Por varios motivos, llevo días dándole vueltas a varios temas pseudo-sesudos, no es que me quiten el sueño, eso últimamente sólo lo consiguen pocas cosas, pero sí que me tienen perdiendo minutos de mi preciado tiempo buscando contestación a mis interrogantes. Uno de ellos es: ¿Por qué algunas personas tienen la necesidad vital de hacer las cosas rematadamente mal? ¿Por qué tienen la necesidad de sembrar el conflicto allá por donde caminan? ¿Por qué necesitan llenar las cunetas de sus vidas de aparentes cadáveres?
Trabajo con el conflicto, pero no me gusta. Quizá precisamente por eso, porque no me gusta, gran parte de mi tiempo lo dedico a lidiar contra este elemento distorsionador de la paz social. Y, como no me gusta el conflicto, cuando éste sobrevuela mi espacio vital, mi esfera personal, me molesta tanto como los granos de arena que quedan pegados a la piel tras una jornada de playa. 

Sin embargo, nunca estamos a salvo del conflicto, de generarlo (voluntaria o involuntariamente) o de sufrirlo. Lógicamente, vivimos en sociedad y cada uno somos hijo de una leche distinta y, pese a que no lo parezca, de la generación del conflicto y el mal rollo, algunos hacen su leitmotiv salpicando a  los que nos molesta terriblemente. Es así. No lo comprendo pero es así.

Como esta idea hace días que me ronda por la cabeza y no encontraba un explicación convincente, decidí hacer la consulta en la bendita red social Facebook. Y hete aquí que, en menos de dos minutos,  obtuve la respuesta a la pregunta hartamente formulada:

 “Los individuos que padecen un complejo de invisibilidad (nota: se refiere a personas que no han obtenido el reconocimiento que creen merecer en su entorno inmediato. Hablamos de prestigio, carisma y respeto) suelen provocar conflictos que implican emocionalmente a aquellos que les rodean, y en los que inevitablemente ellos figuran en el epicentro" 

La cita en cuestión no es mía, sino del filósofo Miroslav Berenzc a cuyo pozo de sabiduría me ha abocado el Sr. Berenguer(*). Debo reconocer que desconocía de su existencia, ni de su obra “Remando con los pulgares”.  Es imprescindible que me haga con un ejemplar de tan elemental manual para que siga disipando las dudas existenciales que últimamente me aturden. No cejaré en buscarlo, aunque tenga que trasladarme al Rajastán y haré de él mi catecismo.

Bromas aparte, pienso en la "cita" y doy mi duda por despejada. Es eso y no otra cosa lo que lleva a la generación dolosa del conflicto en la mayoría de ocasiones.

Voy a poner punto y final a este texto. Su misión está cumplida. O no, falta un punto, el agradecimiento al Sr. Berenguer. Ahora sí. FIN .





(*) Jordi Berenguer Barrera, escritor. Sus novelas publicadas: "Circulos de tiza", "Los formidables Kalandrian", "El ángel sin cielo".

lunes, 7 de marzo de 2011

MAYESTATICAMENTE CERO BAJO CERO


Empiezo a considerar esta terminal como parte de mi entorno natural. En los dos últimos meses he pisado tantas veces estos pasillos que puedo recorrerlos con los ojos cerrados.  Estoy cansada, mucho. No lo voy a solucionar acostándome pronto, ni reduciendo las horas que trabajo, ni delegando, no tiene nada que ver con todo eso.
En mi puerta de embarque no hay nadie. Quiero volver a casa. Necesito un momento amable. Apenas me queda batería, el cargador no funciona y necesito, de verdad que necesito, hacer una llamada fundamental. ¿Quién no lo ha necesitado alguna vez? 
Marco el prefijo 0039 y un seguido de diez números. No podré llamar, suenan  los avisos de batería baja.
Me siento, y respiro hondo. Son las cinco y media. Recibo un correo electrónico felicitándome por el “inmejorable” trabajo de hoy.  No me calma, sino todo lo contrario, pienso que este correo va a terminar agotando la poca batería de mi teléfono y yo lo que necesito no son lisonjas a precio de coste, sino escuchar que hoy corrieron hasta casa para ponerse sus disfraces de “faralline”, que me esperan antes de que se le caiga el diente y el Ratoncito Pérez se lo lleve, y que tenemos que comernos las galletas porque el ratón se las puede llevar. Son las últimas consignas vitales.
Pero la suerte no acompaña, agoto la pila en cuanto descuelgan y oigo las primeras voces de alegría. Es poco, casi nada. Personalmente, no es mi día. 
La terminal sigue vacía, tal vez he equivocado la puerta de embarque. No sería extraño.

jueves, 3 de marzo de 2011

AMOR SIN REMISIÓN

 

Cuando Ingrid Bergman, en Notorius, le dijo a Cary Grant que su amor era bastante extraño, y Cary Grant, sin dejar de hablar por telefono y con un poco convincente interés,  preguntaba el por qué, e Ingrid Bergman, sin dejar de besarle entre miradas arrobadas, le contestaba "porque a lo mejor tú no me quieres", la Bergman estaba rendida, sin remision, a los encantos del guapo galán. 
Poco importaba que Grant le advirtiera que cuando dejara de amarla le avisaría, e importaba bastante menos que (ante la insistencia de Bergman sobre si la amaba), contestara (con la certeza del que no ama), con un escurridizo "los actos son más importantes que las palabras". En ese momento, la suerte de Bergman estaba echada.




Notorius (Encadenados) contiene uno de los besos más bellos del cine que encierra una evidente trampa amorosa. Enmascarar lo que no somos capaces de pronunciar.
El amor no sólo se demuestra con gestos, requiere mucho más. 
Necesitamos escuchar, de boca de aquel que nos acelera el corazón, un envolvente "te amo".

Y es que el cine es lo que tiene, nos muestra la magia del encanto de una vida que dura no más de dos horas y nos regala ficciones que nos emborrachan el momento. Pero, por suerte, nuestra existencia dura bastante más y las ficciones cinematográficas nos son insuficientes. Queremos nuestras versiones, las propias y a poder ser reales.
Junto a los gestos, necesitamos las palabras y necesitamos que esas, precisamente esas dos, se pronuncien con frecuencia, que nos suenen ciertas y nos fundan la razón. Es entonces cuando nuestro "Notorius" se transforma en algo mágico.

domingo, 10 de octubre de 2010

BIENVENIDA TRISTEZA


Me invadió la tristeza mientras contemplaba el fondo de un vaso de leche. En ese momento lo supe. Se lo conté al único que tipo que había en la barra. Me miró con gesto huraño mientas bebía a tragos cortos de un vaso oscuro que iba pasando de mano en mano. Me pareció que la leche se iba aguando a medida que pasaban los minutos y que el tipo, que sorbía ruidosamente, me miraba, sin verme, con cara de bobo permanente. Me entraron ganas de abofetear ese rostro estúpido. La leche no se aguachina porque sí, ni se sorbe el vino por malo que sea. Mi tristeza seguía indemne e iba creciendo a medida que empezaba a vislumbrar el culo acuoso del recipiente que tenía entre mis manos y que la evidencia de la verdad se me hacía más evidente. Estaba muriéndome en vida. El tipo de cara de bobo eructó. Siguió bebiendo sin inmutarse. No veía a nadie. Ahora miraba hacia un punto infinito que debía esconderse en algún lugar del espejo que teníamos enfrente y que yo no acertaba a ver. Era hora de volver a casa. Me sequé las manos en las perneras del pantalón y el roce del tejido vulgar me devolvió a la realidad de una vida más ramplona y corriente que el tergal que tocaba. Recogí la bolsa que descansaba junto a la barra, pagué. Me llevé para siempre el regalo envenado que encontré en un vaso de leche.

martes, 13 de abril de 2010

ESPITAS Y HECATOMBES



No sabía en que momento se dio cuenta que se había quedado colgada de un tipo del que no conocía  ni siquiera su nombre. Pero así era. Se había enamorado, sin quererlo, como suelen ocurrir con las cosas importantes de la vida.

No sabía como había sido. Ni siquiera recordaba, ni cuando ni como fue la primera vez que reparó en aquel tipo que, de buenas a primeras, se sentó en su mesa y compartió con ella una conversación de lo más intrascendente.

Meses de charlas sin finalidad alguna, sin más, de lunes a domingo, en el mismo sitio y a la misma hora.

El desastre empezó ha fraguarse el día que salió de su casa y se encontró mirándose en el espejo del vestíbulo, evaluando su aspecto mientras pensaba en cómo la encontraría aquel tipo que, mañana sí y mañana también, aparecía en su vida a las 8:45 y desaparecía a las 9:30.

¿Qué estaba haciendo?

Tenía la insana tendencia a pensar que el enamoramiento es un estado fatal. Quizá un exceso de Corín Tellado, de La Dama de las Camelias o incluso de Ana Karenina, en su adolescencia, y dos cataclismos en su madurez, le provocaban que viviera los enamoramientos como una especie de hecatombe, como una tragedia griega, que la dejaban traspuesta por largas temporadas. Enamorarse, mejor no. Caer de nuevo sería un desastre, entrar otra vez en un estado de enajenación mental que la incapacitaba para calibrar nada de lo que pasaba por su vida, sería un  desastre que no se podía permitir.

Se lo decía a cada momento: "una hecatombe". En silencio, hacia dentro, empezó a repetírselo a aquel sujeto cada día, mientras hablan del tiempo, de la caída de la bolsa, de la inseguridad ciudadana de la trascendencia del amor, de la locura, del vivir con miedo, de la tristeza, de la esperanza.

No conocían sus nombres, ni donde vivían, ni en que trabajaban, ni si tenían familia. Sólo se conocían a ellos mismos, sin artificios, sin nada, en estado puro.

Una cosa así, no podía traer nada bueno.

Ayer, cuando se despedían, como siempre, a las 9:30, ella adelantó un gesto con su mano, le pidió que se sentara de nuevo. Sólo un segundo. Colocó las manecillas de su reloj sobre las 12:30, y le dijo:

–Empecemos de nuevo. Me llamo Carmen y vivo en el edificio de la esquina, ¿Cómo te llamas?.

La espita de la locura quedó abierta.