domingo, 27 de agosto de 2017

GATOS PARDOS


Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas.

Kirme Uribe 





Empezar por lo más difícil y así, de esa manera, al final todo se volvía más sencillo, como una cuesta abajo a la que se llega de una manera fácil. Rodar y rodar sin aspavientos y dejando espacio para que lo feo quede ya en penúltimo lugar y, con suerte, se vaya olvidando. Esa manera de afrontar la vida se la había enseñado su abuela, aunque a estas alturas de la suya, su vida, no tenía muy claro si lo había aprendido bien o si era su gafe perpetuo lo que hacía que al final aquello que era difícil y desagradable quedara siempre en el primer puesto y lo amable estuviera siempre en la cola del pelotón, sin puntuar absolutamente nada.
La abuela había sido una mujer excepcional, había vivido una guerra, una posguerra y había sobrevivido a la burbuja inmobiliaria que se llevó por delante su casa, arrastrada por un aval temerario, y la vida de un hijo calavera al que mal proteger, que se acabó colgando del pomo del baño de una pensión sin que nadie consiguiera explicarse cómo es posible ahorcarse con los pies tocando el suelo. Ahora, pasado los noventa, la abuela se consumía frente a una ventana abierta a un patio interior sin reconocer siquiera la mano que de vez en cuando se llevaba a la boca para apartar la última mosca que ahí se posaba. Para él la vida había sido muy distinta, nada de escándalos, nada de guerras ni de posguerras en los zapatos. La burbuja inmobiliaria le cogió en un piso de alquiler que continúo pagando con su salario de funcionario. En su vida anodina no había grandes dramas, ni grandes alegrías, por eso le molestaba tanto que aquel tipo recién llegado le hubiera pisado su sitio en la oficina. Le doblaba la edad, solo por eso le debía un respeto, pero el chaval no debía de saber de estos temas y por eso su presencia holgazana, con esas camisetas chistosas a las que todos reían la gracia, las deportivas sucias y el pelo cortado a mordiscos según una moda que no comprendía, le sacaban de quicio y alguien debía darle una lección. Los graciosos también se mueren, pensó. Le mandaría al archivo, entre la cochambre y polvo, con suerte una estantería mal calzada se le vendría encima y esa sonrisa estúpida quedaría estampada en algún expediente como un sello de registro de entrada. Algunos finales tienen cierta justicia poética, se dijo. Se dio la vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a esa hora los gatos pardos se amontaban ya sobre la almohada y así no hay quien duerma.




martes, 22 de agosto de 2017

HORQUILLAS OXIDADAS



Incapaz de cualquier sentimiento de pasión, ya fuera por una cosa, una idea o una persona, no había podido o no había querido mostrarse a sí mismo bajo ninguna circunstancia y se las había ingeniado para mantenerse a cierta distancia de la vida, para evitar sumergirse en el torbellino de las cosas.


La invención de la soledad- Paul Auster






Llevaba el pelo tan desmañado que ya no me quedaban horquillas ni gomas con las que recoger aquel desbarajuste. Pero me daba pereza, una pereza infinita tener que volver a fijarme en cosas como la ropa, el cabello, el aliño propio de la vida diaria. Me miré en el espejo, recoloqué un mechón de pelo que sujeté con fuerza antes de que el sudor que traía el bochorno lo empapara y lo convirtiera en algo parecido a un despojo, y me tumbé en el sofá. Conté los días que quedaban antes de volver al trabajo, exactamente cinco sin contar el fin de semana. Miré alrededor, los cojines, que en las últimas semanas habían ido adoptando las más variadas formas de mi cuerpo, se habían transformado en moldes huecos. Ponga dentro un poco de sudor, un poco de sexo, una docena de noches extrañas y et voilà: un par de moldes a disposición de la pereza de mi cuerpo. Encendí el televisor y unas mujeres estupendas, con unas piernas impresionantes, daban una paliza feroz a un pobre desgraciado. Ciertamente el mundo está cambiando, aunque nadie puede asegurar que sea para mejor. Pasó de medianoche, ahora ya solo quedaban días, sin contar el fin de semana, para que un ejército de desalmados transitemos arriba y debajo en esta ciudad congestionada por el desvarío y la calima mediterránea. Me adormecí pensando en el mundo perfecto compuesto por cuatro horquillas oxidadas, una copa de vino tinto y siete docenas de  llaves para ir cerrando puertas. Un mundo peculiar, sin ninguna duda.




lunes, 21 de agosto de 2017

RUIDO


Si el mundo ha de cambiar para mejor debe empezar con un cambio en la conciencia humana.
Václav Havel





Era cuestión de tiempo y llegó. Barcelona se ha convertido en el centro del huracán y del terror. Y todos lo sabíamos, si queríamos saber, si decidimos no hacer oídos sordos a la amenaza en la que vivimos los países occidentales y engañarnos con el “buenismo” de la ciudad cosmopolita y de acogida que algunos creen que protege de algo. Y desde entonces, hasta hoy, el ruido mediático es espectacular. He leído de todo aunque he escuchado bastante menos, quizá porque el atentado me cogió en Holanda y aunque la misma sombra se cierne sobre cualquiera que camine por sus calles, cuando lo negro llama en la puerta de al lado solo respiras y sigues, supongo que por eso nadie hablaba de ello. Desde entonces y ya de vuelta, algo me remueve las tripas y creo que es ese ruido que embrutece y ensucia los oídos a base de las locuras y majaderías de algunos que son capaces de sacar rédito al miedo y al dolor de otros; el ruido de los que justifican lo injustificable y que nos provocan la arcada al resto; el ruido de la vida que se tambalea junto a la inseguridad de no saber qué puede pasar mañana. Pero mañana saldremos a la calle a caminar, a seguir viviendo con cierta normalidad porque nos lo debemos, porque se lo debemos a los muertos vengan de donde vengan, y porque la compasión por las víctimas y sus familias no debe quedar ahogada por el ruido de algunos que juegan a un repugnante ventajismo, ni por el del salvajismo asesino de otros que merecen menos que cero.



miércoles, 9 de agosto de 2017

CALDERILLA


Solo quiero hablar contigo.
¿Por qué surge el amor? 
entonces me hice viejo
vino la muerte y escribí esto
Ten cuidado, es agudo como el mundo.

                                                 Anne Carson






Se ajusta la corbata sin mirarse en el espejo. Cada mañana, desde hace ya muchos meses, hace el mismo ejercicio. Se levanta antes de que suene el despertador, camina hacia la ducha, cinco minutos son suficientes y se viste, cada día un poco más rápido. Enciende la cafetera y coloca una cápsula que acabara desaguada sin probar una sola gota. Deja la taza sobre la mesa para que el engaño sea un poco más creíble. Las prisas, ya sabes, contestará cuando le riñan por dejarlo todo por en medio. Antes de salir de casa, abre la puerta del dormitorio y la besa desde la distancia, sin dar un solo paso. Que siga durmiendo mientras pueda. Coge la cartera y baja andando por la escalera como si tuviera mucha prisa. Saluda al hombre del puesto de los cupones y empieza a caminar sin rumbo. Le quedan nueve horas por delante en las que la vida será la prolongación de las otras nueve horas de ayer, de las de anteayer y así en una espiral de horas muertas. Pasa por delante de un mendigo que dormita apoyado contra la fachada del supermercado, acaricia el lomo de un perro tan sucio como la mano que lo peina. Cuenta las monedas que le quedan en el bolsillo, las mismas que el lunes le pidió a Sonia después de decirle que había olvidado la cartera en la oficina. Piensa en dejarlas en el cazo que pero sabe que no puede, que no debe, que tal vez mañana las necesite para desandar en autobús todo el camino que lo aleja del barrio para que nadie le vea, para que nadie pregunte. Le duelen los pies y la cabeza. Piensa que pueda que sea por el día gris que se ha levantado, de las lluvias que dicen que vendrán y no llegan, de la contaminación que lo impregna todo. Y mientras piensa, intenta olvidar que el dolor se va a quedar durante días, quizá toda la vida, porque es la consecuencia de una gran mentira que crece. Se han terminado recursos para inventar historias con las que ocultar que ya no tiene nada que hacer, que desde hace meses su vida es un caminar y volver a caminar. La pérdida de peso es por la dieta y el ejercicio, es lo que cuenta por ahí. Revuelve el bolsillo y vuelve a contar las monedas, quizá podría tomar un café, aunque puede que mañana se arrepienta.
Se sienta en la terraza, espera que le sirvan para remover la culpabilidad con una cuchara diminuta mientras guarda el sobre de azúcar en el bolsillo. Nadie diría que la esperanza es un botón que se estropeó hace tanto. Hoy tampoco hablará con nadie. Cuando vuelva a casa, Sonia, derrotada, dormitará en el sofá maldiciendo las horas que estuvo de pie. En silencio verán la televisión durante un rato y antes de medianoche se acostarán dándose la espalda. Mañana amanecerá de nuevo, aunque la noche no haya servido para absolutamente nada y apenas quede calderilla en el bolsillo.





lunes, 7 de agosto de 2017

AGUA TURBIA



Avejentada en cien años, en un solo día,
El confiado animal fue llevado bajo latigazos
a su armonía preestablecida.

Ingeborg Bachmann




Estuve viviendo en aquella ciudad un par de años. Después de aquello, nunca más volví y aunque guardo muy vivo el recuerdo de aquellos días, aun hoy no estoy segura de si lo que de vez en cuando vuelve a mi cabeza es algo cierto o es solo la construcción adulterada de una realidad que no fue. En esos momentos, cuando la idea del relativismo de andar por casa me ataca, me ahogo. Me confunde pensar en lo relativo de lo vivido, en la necesidad de contar con mil versiones distintas de unos mismos hechos para de ahí intentar extraer la verdad y solo la verdad. Y que la mía, la que de vez en cuando vuelve, no sea más que la distorsión en estado puro de mis necesidades. Tengo recuerdos que puedo contrastar: el tiempo, la ropa que vestía, que en mi cuenta los números rojos eran la tónica general, pero lo demás, puede que todo lo demás, sea solo parte de una espejismo. El recuerdo nunca es fijo, como tampoco lo son las sensaciones. Sé que tuve miedo, miedo a perder el control. Pero el control, ese que no podía controlar de ninguna manera, con el tiempo dejó de ser una carga pesada y se tornó algo llevadero y bastante menos amenazante. Por aquel entonces sobrevivía con una beca bastante escasa y me alimentaba de las lecturas que me recomendaba y me convertí en un ser hambriento de su presencia y dependiente hasta la extenuación. Su potente omnipresencia no sirvió más que para abonar el tiempo que, multiplicado por su impuesta ausencia, me convirtió en una marioneta estúpida. ¿De verdad me interesaba la poesía de Ingeborg Bachmann? Entonces creía que sí, que bajo las letras de cada uno de sus poesías, leídas con su voz grave y adusta, encerraban el secreto de una vida entera. Pero un día al volver al cuarto que ocupaba en un piso compartido, con el frío batiéndose entre mis huesos, encontré una nota en el buzón: "Bachmann ha muerto. Cuídate". Pasé semanas sin salir de casa, ovillada entre sábanas viejas. Recibí una carta con un billete de vuelta a casa. Hice las maletas como pude para regresar. Acababa de vivir una película extravagante pero había llegado la hora de volver a la realidad. Nunca volví a saber de su existencia, ni siquiera si seguía con vida. Tarde años en volver a leer a Bachmann. Quizá porque entre nosotros todavía se escondía el secreto de las vidas que no nos pertenecen y el agua turbia se estanca en recodos extraños.





martes, 1 de agosto de 2017

ANY CASE


Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede 
comer un buen filete.

Woody Allen




Tengo la intuición de que lo que dice no es producto de su imaginación, sino algo así como la versión ligeramente transformada de su vida. Pero aun así me gusta leerle, releerle cuando es posible porque es tanto como saberle a medias, e imaginar que bebe despacio, pasando la punta de la lengua por la comisura del labio para arrastrar el poso de la espuma del café; imaginar cómo, de una manera casi imperceptible, va dando golpecitos suaves con la punta de un rotulador sobre un folio en blanco que al terminar el día se ha convertido en un galimatías indescifrable de puntos y manchas. Me gusta pensar que, aun en la distancia, el aire le devuelve la idea imprecisa de mi existencia que ya no dice; y que eso que ahora dice, que aturde y pesa, es su vida en estado puro.