lunes, 7 de agosto de 2017

AGUA TURBIA



Avejentada en cien años, en un solo día,
El confiado animal fue llevado bajo latigazos
a su armonía preestablecida.

Ingeborg Bachmann




Estuve viviendo en aquella ciudad un par de años. Después de aquello, nunca más volví y aunque guardo muy vivo el recuerdo de aquellos días, aun hoy no estoy segura de si lo que de vez en cuando vuelve a mi cabeza es algo cierto o es solo la construcción adulterada de una realidad que no fue. En esos momentos, cuando la idea del relativismo de andar por casa me ataca, me ahogo. Me confunde pensar en lo relativo de lo vivido, en la necesidad de contar con mil versiones distintas de unos mismos hechos para de ahí intentar extraer la verdad y solo la verdad. Y que la mía, la que de vez en cuando vuelve, no sea más que la distorsión en estado puro de mis necesidades. Tengo recuerdos que puedo contrastar: el tiempo, la ropa que vestía, que en mi cuenta los números rojos eran la tónica general, pero lo demás, puede que todo lo demás, sea solo parte de una espejismo. El recuerdo nunca es fijo, como tampoco lo son las sensaciones. Sé que tuve miedo, miedo a perder el control. Pero el control, ese que no podía controlar de ninguna manera, con el tiempo dejó de ser una carga pesada y se tornó algo llevadero y bastante menos amenazante. Por aquel entonces sobrevivía con una beca bastante escasa y me alimentaba de las lecturas que me recomendaba y me convertí en un ser hambriento de su presencia y dependiente hasta la extenuación. Su potente omnipresencia no sirvió más que para abonar el tiempo que, multiplicado por su impuesta ausencia, me convirtió en una marioneta estúpida. ¿De verdad me interesaba la poesía de Ingeborg Bachmann? Entonces creía que sí, que bajo las letras de cada uno de sus poesías, leídas con su voz grave y adusta, encerraban el secreto de una vida entera. Pero un día al volver al cuarto que ocupaba en un piso compartido, con el frío batiéndose entre mis huesos, encontré una nota en el buzón: "Bachmann ha muerto. Cuídate". Pasé semanas sin salir de casa, ovillada entre sábanas viejas. Recibí una carta con un billete de vuelta a casa. Hice las maletas como pude para regresar. Acababa de vivir una película extravagante pero había llegado la hora de volver a la realidad. Nunca volví a saber de su existencia, ni siquiera si seguía con vida. Tarde años en volver a leer a Bachmann. Quizá porque entre nosotros todavía se escondía el secreto de las vidas que no nos pertenecen y el agua turbia se estanca en recodos extraños.