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martes, 7 de octubre de 2025

IN THE MORNING

 


Acabo de presenciar una discusión tan extraña como absurda. Pertenecer al pelotón de la gente a la que le gusta leer el periódico, mientras toma el primer café de la mañana, nos ancla entre las personas del montón. Gente corriente. Pero ser gente corriente no libra de rarezas ni de que, tras esa normalidad, se escondan personas bastante particulares, por lo más, que encuentran un enorme placer en discutir por las cosas más peregrinas, por ejemplo, ¿Cuánto tiempo puedo quedarme un periódico que no es mío? Según el interfecto que inicia la discusión y que pocas dotes diplomáticas, no hay que acaparar el ejemplar. Basta con hacer un repaso somero de titulares y soltarlo en menos de 3 minutos para que otro cliente pueda hacer el examen preceptivo de la mañana. Según el Santo Job que le aguanta la turra interminable, cada uno lee lo que quiere y durante el tiempo que le viene en gana. La discusión sube un poco de tono entre el ruido de los platillos que chocan contra la barra. Pero la cosa no llega a más, es pronto. Aún no ha salido el sol y el periódico, que es bien comunal, ni siquiera es el del día.  





domingo, 13 de diciembre de 2020

LAFFAT

 

«¿En qué espacio de tiempo transcurren las afinidades y las correspondencias electivas? ¿Cómo es que uno se ve a sí mismo en otra persona, y cuando no es así mismo ve entonces a su propio precursor?».

Los anillos de Saturno. W. G. Sebald




Habían quedado en la terraza de la galería Laffat. La habían escogido a la par, entre las pocas opciones que tenían. Podía escoger entre la cafetería de la estación central o la de un hotel del paseo, pero ninguna les pareció adecuada. Él pensó que convenía un lugar discreto y un poco elegante pero sin frivolidad. Ella pensó que les convenía un lugar agradable, tranquilo, pero con la suficiente gente de por medio como para evitar situaciones incómodas. La mejor opción fue la cafetería de la galería, un martes de abril. Lo habían decidido después de darle varias vueltas y coincidir en que había llegado el momento. No les fue necesario fijar hora, sería antes de comer. El que llegara primero que pidiera mesa y esperara.

Se levantó pronto y tras una ducha rápida buscó entre la ropa. Quería tener buen aspecto, pero que no pareciera que se había preocupado en escoger lo que vestía. No iba a una fiesta, pero quería sentir, ni que fuera por un segundo, una ligera admiración contenida. La vanidad no envejece, pensó. Antes de salir se miró en el espejo. Tenía el pelo veteado, la piel pálida y los ojos un poco marchitos. Esbozó una sonrisa y parpadeó. Recordó la última vez que se vieron. Le había preguntado si quería tomar algo, ella respondió que sí y la condujo a la barra asiéndola del brazo de una manera delicada. Guardaba la imagen de su pelo oscuro y un ligero acento extranjero. Había hablado un poco, no demasiado. La tarde se les echo encima intentando reconocerse y ella buscó, en aquellas pupilas tan distintas a las suyas, algo a lo que asirse. Seguía creyendo que los recuerdos se cuelan a través de los ojos y que algún resto tenían que dejar, aunque fuera un pigmento raro que desentonara en la niña del ojo.

Se pidió una copa de vino mientras esperaba su llegada y vagó entre los recuerdos que aun guardaba de su padre. Recordó un par de idilios clandestinos y los modestos acontecimientos que les sucedieron. Sonrió sin apenas darse cuenta. El paso del tiempo mejora los recuerdos, estaba claro. Al llegar, se sentó haciendo una ligera inclinación de cabeza. Le pareció curioso ver cómo, al hablar, se daba palmaditas en la rodilla y le sostenía la mirada. La herencia no solo se cifra en números, también en gestos. Era su hijo, no cabía duda.

La invitó a comer. Hablaron durante horas de la memoria afectiva, de las reglas infringidas y, al caer la tarde, apenas quedaba nada más que decir. Su padre había muerto hacía unos meses y ella, tan distinta ahora, apenas podía ponerle un rostro distinto al suyo.

 

 


domingo, 20 de septiembre de 2020

MORNING SUN

 



Después de más de media hora buscando un libro que podría jurar tenía sobre la mesa y, maldita sea, no encuentro, al final desisto. Esta tarde no se trabaja. Me da coraje y aunque repito dentro de mi que no lo voy a buscar más, que ya aparecerá, algo me empuja hacia el comedor, al dormitorio, al baño y al patio, y no por primera vez, para rebuscar entre mis "basta, ya aparecerá". No me gusta perder las cosas. Sé que está en casa porque trabajo con él desde el mini espacio en el que me ubiqué durante el confinamiento y que mantengo, aunque el teletrabajo quedó olvidado hace meses. Perder cosas dentro de casa no señala a una persona como desordenada, aunque algunos se empeñen metiendo cizaña. No es el desorden, sobre todo cuando pese a cierta anarquía hay un cierto orden que se sobrelleva. A veces es el automatismo. Alguno extraviamos por el automatismo con el que funcionamos a veces, por la perdida de atención en algunos momentos. Puede que alguien llamara a la puerta, cuando andaba con el en la mano y acabara dejándolo en cualquier sitio al ir  a abrir; o que sonara el teléfono fijo por quinta vez para ofrecerme un cambio de compañía y que, también en ese caso, quedará por ahí mientras desconectaba el aparato de la roseta y porque, justo después, me puse a tender la lavadora de color que llevaba dos horas terminada. Yo qué sé. Aplicar la máxima de “cada cosa en su sitio y un sitio para casa cosa”, fue algo que mi padre, persona ordenada y de bien, nos repetía con frecuencia. El “sois muchos y el espacio es poco”, pensó que nos ayudaría a convertirnos en una especie de Maries Kondo hispánicas, pero no, en mí no caló el mensaje. Mientras escribo esto, porque me siento bloqueada para seguir con lo que tenía que emprender esta tarde, pienso en que, tal vez, por el automatismo que en ocasiones me invade, lo acabé colocando en el bolso, de cualquier manera, pensando en terminar algunos párrafos cuando me fui a tomar un café esta mañana. Pero sé que entonces, después de charlar con dos vecinos que acaban de volver a la ciudad después de unos años expatriados, he comprado el periódico y un ejemplar del Hola para redimirme del castigo que supone leer alguna prensa y me he tomado un café bajo los últimos rayos de sol de este verano que se acaba. Y puede, solo puede que, acomodado el bolso en una silla, del que se cayó y todo fue al suelo (porque esta Marie Kondo siempre lleva la cremallera abierta), quedara arrinconado por debajo de alguna mesa de la terraza, oculto para mí que ya solo estaba para alucinar con Ponce, el torero. El orden es una virtud, no lo voy a negar. Facilita la diligencia, eso seguro. Sé que el remedio a estas cosas que me pasan, que igual pierdo un libro, que una camiseta, que olvido renovar la firma digital, es estar en lo que estoy.  Pero la naturaleza es la que es, y la mía también. Y aunque ya me lo dice mi instructor de yoga: "Noire, lo que importa es la consciencia", yo de naturaleza rebelde, sigo perdiendo cosas en casa e inspirando y expirando pensado en el tráfico de la Gran Vía.




jueves, 27 de agosto de 2020

CASCABEL





«No se trata de criticar el progreso y la técnica, que tanto facilitan nuestra vida, la menos la de los privilegiados que podemos disfrutarlos...»
Instantáneas. Claudio Magris




Los quioscos de mi barrio están todos cerrados por vacaciones. No es que queden demasiados, cada vez quedan menos, y en temporada de vacaciones, todo y que entre ellos se organizan, este año ha quedado la zona como un erial. Camino un buen rato hasta que encuentro un estanco que tiene prensa, unos cuantos ejemplares, pocos, ya no hay mercado me dice el chaval que me atiende.  Dice que la gente ha dejado de comprar periódicos desde que conectándose a Internet es posible saber qué pasa en el mundo casi en tiempo real. Y es verdad, la red lo tiene casi todo, pero no lo tiene todo. 
La compra de un diario tiene algo más que la simple necesidad de leer noticias. Para algunos, como yo, tiene algo de ceremonia que se mantiene con gusto. En mi caso, la lectura de un periódico va íntimamente ligada a la búsqueda previa de una cafetería en el que sentarse y, café en mano, destriparlo de arriba abajo mientras va pasando la mañana sin prisa. Puede que esta idea mía, tan de otro tiempo que casa mal con nuestra vida, vaya asociada a los domingos de invierno, al resoplar de una cafetera industrial y al chocar de platos y tazas de loza gruesa, que tanto bien me hacen. Pero todo cambia. Las tazas han sido sustituidas por vasos de cartón con mensaje motivador, el café desplazado por batidos veganos y los quioscos, los que han sobrevivido a la revolución digital, se han convertido en bazares con exposición sobre la acera en los que lo de menos son los periódicos que se venden. Puedes comprar un diario, una revista y por unos pocos euros más llevarte un juego de sartenes, un champú anticaspa, incluso un bolso de playa. 
La información, si algo queda de ella, parece valer bastante poco si no va acompañada de cachivaches que al final no hay dónde meter. Y algo de razón hay en ello. La necesidad de convertir en atractivo, en deseable, aunque sea indirectamente, un producto que ha perdido fuste tiene algo que ver en todo el escaparate que ahora nos plantan delante de la nariz. A la prensa les ha pasado algo así, desde el momento en que ha abandonado el objetivo de informar, ha dejado de interesar. Los intentos de adoctrinar, no ya desde sus editoriales o columnas de opinión, sino desde las noticias mismas, a las que se le resta credibilidad a base de insuflarles ideología hasta convertirlas en un esperpento de si mismas, ha llevado a la pérdida del interés de la gente. La información ha dejado de ser lo que es y se distorsiona hasta convertirlo en un relato de hechos tintados por la excesiva exposición ideológica de quien la escribe. Nada nuevo, es cierto. Pero en estos tiempos que corren, en los que se ha perdido la razón crítica, el gusto por contrastar con quienes se encuentra en las antípodas con el objetivo de forzar el pensamiento y la formación de opinión propia, es posible que lo que mejor nos quede, después de pasar por el quiosco, sea llevarnos a casa un recortable en miniatura del Empire State para montarlo en el salón y esperar, sin demasiada demora, a que corra el aire que barra la idiocia en la que nos encontramos y volvamos, más pronto que tarde, a aquellos tiempos en los que cargarse de periódicos, aun un tanto húmedos, era casi una obligación si uno quería que su cabeza no quedara tan hueca como un sonajero cuando pierde el cascabel.




lunes, 25 de mayo de 2020

ZAVALITA



"Nos han dejado sin secretos, mi amor. Esa soy yo, esclavo y amor, tu ofrenda. Abierta en canal como una tórtola por el cuchillo del amor. Rajada y latiendo, yo. Lenta masturbación, yo. Chorro de almíbar, yo.

Elogio de la Madrastra. Mario Vargas LLosa





Sin ser un momento para hacer extravagancias de vez en cuando se me ocurren algunas. Recuerdo que Sophie Calle decidió adoptar una cabina telefónica en algún cruce, no recuerdo cuál, de la calle Greenwich. En mi caso, después de semanas tomando el café en casa he salido para tomarme el primero en la cafetería de la esquina. No puede considerarse una excentricidad. Fase 1 - día 1, todo en orden. Esperaba encontrarme más parroquia, toda apostada en las mesas de la terraza y separadas por los dos metros de rigor, pero la sorpresa, sin ser mayúscula, sí que ha sido sorpresiva. Nadie sentado, nadie pidiendo a voces un café para llevar. Detrás de la barra, la espalda de un tipo que ordena botellas y aparta unos cupones del mes de marzo a los que no alcanzo ver la terminación. Están pasados, casi caducados y sin premio, lo sé porque es el mismo chico que ahora pasa la bayeta sobre un mostrador vacío y reluciente,  quien, abriendo mucho los ojos, lo dice como si en lugar de un par de metros nos separara una vida. 
Le pido un café, no lo quiero para llevar, lo quiero para sentarme y sentir la tensión que me produce cada vez que veo el autobús doblar la esquina y el olor a neumáticos se pega al hocico. Me lo deja sobre la mesa, sin distancia de rigor. Normal, para respetarla tendría que lanzármelo y no está la cosa ni siquiera para eso. Dos abuelos pasan con la mascarilla apuntalada bajo la nariz y un perro se mea en la esquina. El camarero resopla y sale con un botellín con el que rocía el orín. Nadie, nadie se acerca a la terraza, ni siquiera la atracción que a veces ejerce el ver  a alguien sentando hace el efecto. Igual es la invisibilidad madura. Yo qué sé. Me acuerdo de Sophie Calle y su adopción de la cabina. Podría adoptar la terraza, o la barra niquelada o incluso el perro meón si se dejara. Pero la cosa tampoco está para las gilipolleces que se me pasan por la cabeza, solo hay hueco para preguntarse, como dijo aquél: “¿En qué momento se jodió el Perú, Zavalita?".






viernes, 20 de diciembre de 2019

OJALÁ



"El mundo está más loco de lo que creemos, y todavía más. Incorregiblemente diverso".

Snow, Louis MacNice





Me voy. Quisiera que tuvieras algo a lo que recurrir mientras no estoy. Una idea loca, como todo lo que tiene que ver con lo que no se toca. No te echaré de menos, o puede que sí. Nunca sé demasiado bien qué es lo que hará que se me desencadenen las ganas de verte, de saber de ti; de la misma manera que tampoco sé demasiado bien cómo puede ser que pasen días, semanas, a veces incluso meses, en los que nada te traiga por aquí, a revolverte entre los recovecos más oscuros que tengo por dentro.
Me voy, como me he ido otras veces, sabiendo que uno nunca termina de irse del todo cuando cualquier cosa te lleva allí donde crees que el otro habita. 
Te deseo lo mejor, si hay algo que sea mejor. Y ojalá, todo aquello que deseas no llegue nunca a cumplirse del todo. No hay nada más tremendo que descubrir que ya no queda nada por descubrir, nada por conquistar, nada por lo que pensar que vale la pena seguir ahí, tirando de un hilo invisible que se enreda y se tensa para alejarte tanto como te acerca.
Y ojalá, que mientras pueda respirar, mientras mantenga la capacidad recordar, sea capaz de pensar que, en algún sitio, no sé en cual, tienes un hueco en el que descansar de todo y de todos, reposar sin tener que fingir nada. Ser tú mismo, con lo peor y lo mejor. Y ojalá, si la vida lo quiere, seas medianamente feliz.



miércoles, 4 de abril de 2018

EL TIEMPO


"Dicen que no encajo en este mundo. Francamente, considero esos comentarios un halago. ¿Quién diablos quiere encajar en estos tiempos?”.

Billy Wilder





Nos cruzamos en la calle, parada obligada. Cálculo de una manera rápida si puedo entretenerme, si me vale la pena o no permanecer de pie,pasando frío y escuchando convencionalismos. Y mientras hago todo eso, mantengo la sonrisa del que no tiene nada que decir pero debe cierta cortesía. Sonreír y dejar que el otro hable, que llene el poco tiempo que estás dispuesto a entregarle, porque el tiempo es oro y a ti te interesa muy poco lo que en estos dos minutos de charla casi obligada te puedan llegar a decir. Termina la conversación, si a cuatro frases repetidas hasta la saciedad se le puede llamar así. Son los repetidos: “¡cuánto tiempo!”, “nos hacemos mayores”, “¿aun trabajas en el mismo sitio?”, “a ver si quedamos un día y tomamos un café”. Y así, mientras giro la esquina, dejando atrás aquel encuentro casual, aprieto el paso borrando de la cabeza los dos últimos minutos de mi vida, como si así pudiera recuperarlos y dedicarlos a cualquier otra cosa porque sé que, entre esas francachelas tan simples y vacías, el tiempo se muere sin remedio.





miércoles, 26 de abril de 2017

UNA DE HETEROPATRIARCADO Y UN CAFÉ.



Gracias al trabajo la mujer ha superado la distancia que la separaba del hombre. El trabajo no es lo único que pueda garantizarle una libertad completa.
Simone de Beauvier






Corren tiempos extraños, tan extraños como para que muchos de los valores y principios que hasta ayer considerábamos humanos y fundamentales no sean considerados más que cuatro tonterías que no merecen respeto alguno. Es quizá por eso, porque andamos en tiempos revueltos, en los que se confunde el culo con las témporas, que aquellos que, frente a determinadas posturas radicales, defendemos la igualdad absoluta entre hombres y mujeres, sufrimos virulentos ataques. Muchas de estas feroces acometidas son llevadas a cabo por otras mujeres que, autoproclamadas adalides del feminismo y de la verdad, propugnan otro tipo de posicionamientos sobre la realidad hombres/mujeres. Estas personas suelen considerarnos menos que cero. Se nos acusa de ser las principales enemigas de los derechos de las mujeres, pero en cuanto les preguntas a qué derechos se refieren, acaban diciendo que: a la vida; a no ser maltratadas; a vivir sin miedo; a no ser apartadas de sus hijos; a decidir su orientación sexual; a trabajar con iguales retribuciones que los hombres; a no ser discriminadas por razón de su sexo; a alcanzar cimas de poder en el trabajo; a desarrollarse personalmente sin interferencias perniciosas; a gobernarse como quieran; a su independencia; a conciliar su vida laboral con su vida familiar; a tener hijos; a no tener hijos; a no estar sometidas al dictado de la moda; a poder, en definitiva, hacer con libertad lo que todo ser humano quiere. Y no deja de ser interesante, porque precisamente todo eso es lo que yo quiero, y lo quiero sin levantar banderas de nada y sin machacar a todas esas mujeres que, queriendo lo mismo que ellas, no aceptan ni sus formas ni consignas totalitarias y castradoras, de unas y de otros. 

Defender todas esas cosas que todos queremos, nosotras y ellos, parece ser que no puede hacerse esgrimiendo que lo que debe primar para todo ello es la igualdad. Ni sosteniendo que no se quiere ser parte de nada si no es por la propia valía personal y profesional, porque no necesitamos cuotas que pongan a personas que quizá no lo valen solo porque hay que cubrir un cupo. Ni se puede sostener que lo que queremos, dentro de nuestras diferencias, es que nuestros derechos, y su ejercicio efectivo, no dependan jamás del sexo de quien los esgrime. Necesitamos leyes que establezcan no solo la igualdad formal entre las personas (sin distinción de su sexo), sino un sistema que lo garantice con un exquisito rigor (incluso con reconocimiento retroactivo) y que sancione, de un modo ejemplar, las vulneraciones que contra este derecho fundamental se produzcan. 
Sin embargo, en estos días de polémicas encendidas, pensar de esta manera es una mala cosa, sobre todo si eres mujer. Pues terminar vilipendiada y señalada por el dedo de otra fémina que sostenga (porque cree que su postura es mejor que la tuya) que eres consecuencia del maldito heteropatriarcado y que tiene la sesera medio seca, aunque lleves media vida partiéndote la espalda para que ella pueda sostener lo que le de la gana en absoluta libertad.



domingo, 5 de marzo de 2017

DIARIO 2.0

Si tus nervios te delatan
Vive por encima de tus nervios,
Ellos pueden apoyarse sobre la tumba
Si temen desviarse.

Emily Dickinson






Deberías saber que me duele el corazón. Puede que te parezca extraño, absurdo e incluso inútil. Pero hoy, sin más, duele. Sin tormentos, sin mañanas y sin un pasado que lo refrende. Un dolor ciego, sordo y mudo. Aun así, hoy duele.





miércoles, 17 de febrero de 2016

A VECES, LA LLUVIA



Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo.
Matsuo Basho



Habíamos quedado en aquella taberna porque alguien le había hablado de ella, de lo excelente que era la comida que servían. Me dejé llevar porque, aunque el pescado crudo y las algas no era mi debilidad, era lo que menos me importaba, sabía que podríamos pasar un buen rato charlando. El camarero se apostó frente a nuestra mesa y con una pequeña reverencia, más protocolaria que servicial, nos recitó la especialidad de la casa. Escogí unos calamares salteados y algo de atún. Fuera empezaba a llover. Sentí que mis mejillas, que minutos antes estaban frías como la noche, empezaban a cobrar vida. Bebí a pequeños sorbos, como si de esa manera consiguiera que el calor se repartiera por todo el cuerpo, bajara desde los pómulos a la punta de los pies, y, a la vez, alargar un poco más el tiempo. Le pregunté por su familia, por su esposa, por sus hijos, y él hizo lo mismo conmigo. Preguntó por mi marido y por Daniel. Hacía pocas semanas que se había enterado de su muerte, aunque la noticia no tenía nada de nueva. No le pregunté cómo lo había sabido. Guardé silencio porque aun entonces me costaba hablar de todo aquello. Continuó hablando y solo dijo que durante todas esas semanas no había podido dejar de pensar en ello, en la necesidad de volver a vernos, de charlar como años atrás, y en que quizás la necesidad de hacerlo provenía de que en el pasado había llegado a desear que ese hijo fuera suyo y que, al desearlo así, por un tiempo casi había llegado a sentir que de alguna manera lo había sido. No dije nada, pero no me incomodó. No había ninguna intención extraña en sus palabras, solo un sentimiento antiguo y en cierto modo irracional. Daniel había muerto hacía ya seis años. Algunas noches, sobre todo las noches de lluvia, aun me despertaba pensando que la culpa había sido mía. No podía evitarlo, aunque todos se empeñaban en repetir que no lo era, que la vida en ocasiones es la más cruel de las condenas que uno debe vadear y seguir viviendo, pero aún hoy me es imposible evitar la punzada de la pena que se ha expandido con todas sus ramas hasta aprisionarme el corazón. Estuvimos charlando, sobre la vida, sobre la familia, el trabajo, sobre lo extraño que es rencontrarse tantos años después, aunque fuera con una excusa pelotuda, y tener la sensación de que el tiempo no ha pasado. Apuramos una segunda botella de sake y decidimos que no volveríamos a dejar pasar tanto tiempo antes de volver a vernos. Vivir en distintas ciudades no podía ser una excusa. La próxima vez nos reuniríamos los cuatro, nosotros y ellos; y al hablar de ellos imaginé a Raúl, sentado en el sofá de casa, leyendo el periódico y esperando a que le llamara para decirle que todo estaba bien y que ya iba de camino. Le eché de menos. Salimos sobre la medianoche, no había dejado de llover, la brisa nocturna me despejó un poco. Caminamos sin prisa hasta la esquina, allí nos despedimos porque no había que andar ni un solo paso más. Cogí un taxi y por el retrovisor le vi desandar el camino. Sus pasos, por unos segundos, me devolvieron a Daniel. Todo olía a lluvia. 



lunes, 4 de enero de 2016

RELEER


Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? 
Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? 
Y al fin, libros y personas se encuentran.
André Gide


La mejor manera de reencontrase con un escritor es volver a leerle. No siempre lo nuevo que pública, sino aquello que ya se conocía, pero que el tiempo y la vida colocan en otro lugar como si la lectura fuera un juego de lego en el que las ideas que se generan se van recolocando en el lugar que ahora toca. 
Con la última movida doméstica, a la que sobrevivo porque ya se me ha encalleció el ánimo, hago limpieza del estudio y coloco sobre la mesa algunas cosas antiguas que apetecen de nuevo. Comienzo el año con: “La voluntad” de Azorín, y Diario del artista seriamente enfermo” de Jaime Gil de Biedma , a los que añado una novedad: “A pesar de los pesares” de Aurelio Arteta, para que vaya haciendo poso para el futuro.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

PLEXUS




Me gusta que me busques pero que no estés seguro de que vas a encontrarme.
Antonio Muñoz Molina



Enredó los pies entre los suyos. Buscaba más la cercanía que aplacar el frío que sentía. Esperó un movimiento, aunque fuera ligero, que denotara que todo quedaba olvidado, que aún quedaba un resquicio por el que colarse aunque fuera estrechando las miras que en un principio manejaban. Insistió empujándolos con delicadeza hasta encontrar la curvatura de su espalda. Allí estaba el todo. Recordó los momentos en los que aquella misma cama les había convertido a uno en la prolongación del otro y supo que aquella respiración que ahora se acompasaba con la suya era la que quería tener siempre cerca. Ya no recordaba cómo había empezado la última discusión, algo intrascendente buscado como una excusa para expulsar el veneno que llevaban dentro. Pero ahora, cuando los trastos restaban ardiendo junto a la mesa del salón, buscó su nuca para inspirar su olor y saberse a salvo.  Respiró y en duermevela sintió que sus manos cálidas, como sus pies, se acoplaban entre sus muslos y supo que todo estaba bien.


sábado, 10 de octubre de 2015

UN URINARIO ES MUCHO MÁS QUE UN URINARIO


A fin de cuentas, ya desde mucho antes de Duchamps,
un urinario es mucho más que un urinario...
Enrique Vila-Matas



Sus últimas noticias eran que intentaba ordenar el desván y, aunque llevaba evitándolo desde que heredó la carga de aquella tarea, ya no había más remedio que ponerse a ella. Las goteras y la necesidad de habilitar una nueva habitación para el lastre que traía la nueva compañía ya no admitían más demora. Le perdí la pista, pero sé que vive porque de vez en cuando aun encuentro cosas suyas por ahí. La falta de noticias no es absoluta. Leí hace poco que se preguntaba «¿Qué diablos hago aquí?», y le supe en plena forma porque él mismo, en un juego dialéctico en el que el lector no pinta nada, acababa contestándose de un modo absolutamente fantástico. De eso, pero, hace ya algunos meses. Puede que ahora mismo, tras el último azote, esté buscando refugio en Porto Pim o en la isla de Corvo, porque aunque era de mucho enredarse, de mucho cavilar y acabar en camas rotas, también era muy dado a las fugas veloces sin nota de despedida. Puede que ahora mismo en aquel caserón comido por la hiedra y el relente quede un par de almas dolientes que no entienden ni jota y se consuelen pensando que el gran majadero solo fue a por tabaco. Pero esto no es más que una suposición porque es más que posible que solo ande por el desván, descabezando sueños que se ahogan mar adentro, porque a veces se le paraliza el aliento por tanta carga, y siga preguntándose «¿Qué diablos hago aquí?» mientras fantasea con un puerto allá por las Azores y un vientre blando y blanco.




domingo, 12 de julio de 2015

DIARIO 2.0



«Lia lo abrazaba con una palabra, una mirada. Le había abierto el cielo gris,  
la luz se derramaba.  Siempre nos salva un accidente. 
Una persona  a quien jamás hemos visto.»
James Salter



«Tiene un mensaje nuevo». Borro, sin escucharlo, nada más ver su remitente. El pasado tiene nombre antiguo y marida mal con los domingos de café y croissant.

***

Moda entre las modas, tatuajes absurdos convertidos en condenas anticipadas que muchos arrastrarán de por vida, maldiciendo el momento en que decidieron convertir su cuerpo en un collage que en verano se airea, con algo de vergüenza, para mayor gloria de las clínicas láser que en septiembre harán su verano a costa de achicharrar el momento esclavo que tuvo más de uno y más de dos. La playa es un escenario excepcional.

***

Recibo un ingreso en cuenta. Son los euros devueltos del concierto que canceló Melody Gardot hace unos días Mi gozo en un pozo y los números rojo se transforman, gracias a ellos, en paupérrimos a mitad de mes. Podría gritar un hurra, pero sin demasiado apasionamiento. Fue el embrujo de París, seguro.

***

Si su sexo es tan bueno como su lengua, alguien debería ponerle un altar, o invitarle a cenar alentado por un final feliz. No cada día se encuentra a alguien que conjugue con tamaña precisión, ni con el aliento dulzón de las promesas pendientes.

***

¿Puedes afirmar que desde el punto de vista humano todo transcurre muy deprisa? Desde nuestro punto de vista, que anda un tanto perjudicado, la humanidad es lenta y perezosa. 

***

El amor es un ejercicio legítimo de egolatría, aunque no lo parezca, y un subidón para tu contrario. 


lunes, 29 de junio de 2015

HIMALAYA


«Sartre dijo que la libertad no vale nada a no ser que se haga uso de ella».
Richard Ford


En la teoría del caos doméstico, el comedero del gato está frente al televisor, el portátil (que amenaza con dejar de estar operativo en breve) sobre la encimera de la cocina y mis libros, con los que preparo el ascenso al Himalaya de la esclavitud, sobre el mármol del baño. Un par de zapatillas aparecen bajo la mesa del comedor y maldigo el lujo de poder esparcir las cosas sin orden ni concierto. Mantener el orden es una muestra de equilibrio, una medida de protección que he abandonado porque puedo.

El ordenador me avisa de que acabo de abrir una sesión desde no sé qué sistema operativo que al parecer no le gusta. Sobre la mesa el teléfono, vacío de programas perturbadores que me desquician a ratos sí y a ratos también, y las gafas sucias. Una revista vieja, un botellín de agua rellenado de té en polvo y una pinza para el pelo. Empiezo de cero, aunque el cero dejó de existir con la primera letra que pulsé intentando encontrar algo detrás de ella.
Buscas y busco. Y mientras, sin demasiado convencimiento, intento limpiar la desazón que me produce que las cosas no sean un poco más sencillas. Encuentro la carta que Grace debía enviar a John y que quedó enterrada bajo el peso de un montón de facturas impagadas. Una bandada de gansos se abre en una uve extraordinaria y el cielo, turbio como el día, parece abrirse como una baya seca. 


lunes, 4 de mayo de 2015

VIENTO QUE ES AIRE EN MOVIMIENTO



No hay amistades más prontas ni más firmes que las que se 
traban entre personas que aman los mismos libros.
Irving Stone


A veces es difícil explicarle a alguien que en estos momentos de tu vida te carga tanto que casi es mejor que, por ahora, os dejéis de ver un tiempo, de hablar. Que corra un poco el aire porque crees que la distancia, el silencio, es la mejor manera de preservar la relación. La tierra de por medio puede ser buena, incluso saludable, cuando uno no tiene el cuerpo ni la mente para algunas florituras. Si la cosa vale la pena, y casi siempre suele ser así, el tiempo devuelve la calma y uno, que andaba más tenso que las cuerdas de un violín con el otro, se relaja por una temporada. Cosa del tiempo y de las ganas. Y así por otro rato más hasta que vuelva esa sensación de empacho poco guerrero asomando la patita y pidiendo a gritos un tiempo muerto. Y no pasa nada. Entregas tiempo y espacio sabiendo, porque ya lo sabes de otras veces, que al final, cada no con sus cosas y sus rarezas, uno está donde quiere estar y con quien quiere acompañarse porque en lo fundamental y para lo fundamental sigues y sigue ahí, pero respirando.


domingo, 21 de julio de 2013

DOCTOR, LO MIO NO TIENE REMEDIO


“La vida es demasiado breve como para vivir el número suficiente de experiencias,
 es necesario robarlas.”

Descubro su dirección por casualidad. Espero que me devuelvan mi documentación que alguien ha ido a fotocopiar, y ahí, frente a mí, sobre la mesa, ofreciéndose de un modo perturbador, la misma copia que ahora yo espero que hagan, pero la suya. 
Miro a la puerta, estiro el cuello a un lado y al otro, sintiendo que me va a reventar el corazón. Apostada a mi derecha, la conciencia vociferando “ni se te ocurra” pero, apostada a la izquierda, la filia murmura pérfidamente a mi mal logrado cerebro “es una señal. ¿Vas a ser tan rematada tonta de dejar pasar tu oportunidad?

Fotografío el folio y escondo el teléfono en el fondo del bolso. Un jersey, un pañuelo, un libro, incluso una botella de agua, todo encima, y mis manos sujetándolo como si dentro portara el tesoro de Sierra Madre. Un temblor incontrolable me recorre el cuerpo desde la punta del pie hasta la última hebra del cabello. Acabo de convertirme en algo así como una delincuente.


Pierdo la noción del tiempo, espero unos minutos que se me antojan eternos, y cuando aparecen con mis papeles, balbuceo algo parecido a una despedida. Salgo a la calle después de bajar corriendo los cuatro pisos que me separan del portal de aquella oficina. Las manos me tiemblan tanto que por una vez me arrepiento de haber escogido un teléfono con teclado qwerty. Busco en las subcarpetas de las carpetas, en las carpetas de las carpetas y al final, reluciente, con una  nitidez casi pornográfica, la fotografía del delito, la localización, el “dónde”, la puerta a mil preguntas que esperan sus brillantes respuestas.


La cabeza funciona rápido, muy rápido pero la sangre no debe de llegarme bien porque creo que me voy a desmayar. ¿Qué haré ahora con ella? No puedo presentarme en su casa, confesarle mi adoración. En realidad, sí puedo hacerlo, pero seguro que acabaría detenida o, peor aún, podría recibir una nefasta indiferencia que me deje el corazón, el orgullo y la dignidad dolientes de por vida. 


Pero debo estar realmente chalada, o puede que finalmente la conciencia haya conseguido triunfar sobre mi mala cabeza. Y así, como el que no quiere la cosa, me coloco sobre el archivo, pulso el botón izquierdo, escojo “eliminar” y aprieto cerrando los ojos para no arrepentirme a última hora.


Es curioso, el cuerpo ha dejado de temblar, el bulevar me parece más ancho y parece que la sangre vuelve a correr por donde debe.  Respiro hondo. Si tiene que invitarme a tomar café, o adoptarme como musa tendrá que ser de otro modo. Mi mal de Montano no debe estar en un estadio de enfermo paliativo. Pero lo nuestro, lo de EVM y la que suscribe, tendrá que esperar a otra ocasión menos mostrenca.