martes, 7 de octubre de 2025
IN THE MORNING
domingo, 13 de diciembre de 2020
LAFFAT
«¿En
qué espacio de tiempo transcurren las afinidades y las correspondencias
electivas? ¿Cómo es que uno se ve a sí mismo en otra persona, y cuando no es
así mismo ve entonces a su propio precursor?».
Los
anillos de Saturno. W. G. Sebald
Habían quedado en la terraza de la galería Laffat. La habían
escogido a la par, entre las pocas opciones que tenían. Podía escoger entre la
cafetería de la estación central o la de un hotel del paseo, pero ninguna les
pareció adecuada. Él pensó que convenía un lugar discreto y un poco elegante
pero sin frivolidad. Ella pensó que les convenía un lugar agradable, tranquilo, pero con
la suficiente gente de por medio como para evitar situaciones incómodas. La
mejor opción fue la cafetería de la galería, un martes de abril. Lo habían decidido
después de darle varias vueltas y coincidir en que había llegado el momento. No les fue necesario fijar hora, sería antes de comer. El que
llegara primero que pidiera mesa y esperara.
Se levantó pronto y tras una ducha rápida buscó entre la ropa.
Quería tener buen aspecto, pero que no pareciera que se había preocupado en
escoger lo que vestía. No iba a una fiesta, pero quería sentir, ni que fuera
por un segundo, una ligera admiración contenida. La vanidad no envejece, pensó. Antes
de salir se miró en el espejo. Tenía el pelo veteado, la piel pálida y los ojos
un poco marchitos. Esbozó una sonrisa y parpadeó. Recordó la última vez que se
vieron. Le había preguntado si quería tomar algo, ella respondió que sí y la condujo a
la barra asiéndola del brazo de una manera delicada. Guardaba la imagen de su
pelo oscuro y un ligero acento extranjero. Había hablado un poco, no demasiado.
La tarde se les echo encima intentando reconocerse y ella buscó, en aquellas pupilas
tan distintas a las suyas, algo a lo que asirse. Seguía creyendo que los recuerdos
se cuelan a través de los ojos y que algún resto tenían que dejar, aunque fuera
un pigmento raro que desentonara en la niña del ojo.
Se pidió una copa de vino mientras esperaba su llegada y vagó entre los recuerdos que aun guardaba de su padre. Recordó un par de idilios clandestinos y los modestos
acontecimientos que les sucedieron. Sonrió sin apenas darse cuenta. El paso del
tiempo mejora los recuerdos, estaba claro. Al llegar, se sentó haciendo una ligera inclinación de cabeza. Le
pareció curioso ver cómo, al hablar, se daba palmaditas en la rodilla y le
sostenía la mirada. La herencia no solo se cifra en números, también en gestos.
Era su hijo, no cabía duda.
La invitó a comer. Hablaron durante horas de la memoria afectiva, de las reglas
infringidas y, al caer la tarde, apenas quedaba nada más que decir. Su padre había muerto hacía unos meses y ella, tan distinta ahora, apenas podía ponerle un rostro distinto al suyo.
domingo, 20 de septiembre de 2020
MORNING SUN
Después de más de media hora buscando un libro que podría jurar tenía sobre la mesa y, maldita sea, no encuentro, al final desisto. Esta tarde no se trabaja. Me da coraje y aunque repito dentro de mi que no lo voy a buscar más, que ya aparecerá, algo me empuja hacia el comedor, al dormitorio, al baño y al patio, y no por primera vez, para rebuscar entre mis "basta, ya aparecerá". No me gusta perder las cosas. Sé que está en casa porque trabajo con él desde el mini espacio en el que me ubiqué durante el confinamiento y que mantengo, aunque el teletrabajo quedó olvidado hace meses. Perder cosas dentro de casa no señala a una persona como desordenada, aunque algunos se empeñen metiendo cizaña. No es el desorden, sobre todo cuando pese a cierta anarquía hay un cierto orden que se sobrelleva. A veces es el automatismo. Alguno extraviamos por el automatismo con el que funcionamos a veces, por la perdida de atención en algunos momentos. Puede que alguien llamara a la puerta, cuando andaba con el en la mano y acabara dejándolo en cualquier sitio al ir a abrir; o que sonara el teléfono fijo por quinta vez para ofrecerme un cambio de compañía y que, también en ese caso, quedará por ahí mientras desconectaba el aparato de la roseta y porque, justo después, me puse a tender la lavadora de color que llevaba dos horas terminada. Yo qué sé. Aplicar la máxima de “cada cosa en su sitio y un sitio para casa cosa”, fue algo que mi padre, persona ordenada y de bien, nos repetía con frecuencia. El “sois muchos y el espacio es poco”, pensó que nos ayudaría a convertirnos en una especie de Maries Kondo hispánicas, pero no, en mí no caló el mensaje. Mientras escribo esto, porque me siento bloqueada para seguir con lo que tenía que emprender esta tarde, pienso en que, tal vez, por el automatismo que en ocasiones me invade, lo acabé colocando en el bolso, de cualquier manera, pensando en terminar algunos párrafos cuando me fui a tomar un café esta mañana. Pero sé que entonces, después de charlar con dos vecinos que acaban de volver a la ciudad después de unos años expatriados, he comprado el periódico y un ejemplar del Hola para redimirme del castigo que supone leer alguna prensa y me he tomado un café bajo los últimos rayos de sol de este verano que se acaba. Y puede, solo puede que, acomodado el bolso en una silla, del que se cayó y todo fue al suelo (porque esta Marie Kondo siempre lleva la cremallera abierta), quedara arrinconado por debajo de alguna mesa de la terraza, oculto para mí que ya solo estaba para alucinar con Ponce, el torero. El orden es una virtud, no lo voy a negar. Facilita la diligencia, eso seguro. Sé que el remedio a estas cosas que me pasan, que igual pierdo un libro, que una camiseta, que olvido renovar la firma digital, es estar en lo que estoy. Pero la naturaleza es la que es, y la mía también. Y aunque ya me lo dice mi instructor de yoga: "Noire, lo que importa es la consciencia", yo de naturaleza rebelde, sigo perdiendo cosas en casa e inspirando y expirando pensado en el tráfico de la Gran Vía.
jueves, 27 de agosto de 2020
CASCABEL

La información, si algo queda de ella, parece valer bastante poco si no va acompañada de cachivaches que al final no hay dónde meter. Y algo de razón hay en ello. La necesidad de convertir en atractivo, en deseable, aunque sea indirectamente, un producto que ha perdido fuste tiene algo que ver en todo el escaparate que ahora nos plantan delante de la nariz. A la prensa les ha pasado algo así, desde el momento en que ha abandonado el objetivo de informar, ha dejado de interesar. Los intentos de adoctrinar, no ya desde sus editoriales o columnas de opinión, sino desde las noticias mismas, a las que se le resta credibilidad a base de insuflarles ideología hasta convertirlas en un esperpento de si mismas, ha llevado a la pérdida del interés de la gente. La información ha dejado de ser lo que es y se distorsiona hasta convertirlo en un relato de hechos tintados por la excesiva exposición ideológica de quien la escribe. Nada nuevo, es cierto. Pero en estos tiempos que corren, en los que se ha perdido la razón crítica, el gusto por contrastar con quienes se encuentra en las antípodas con el objetivo de forzar el pensamiento y la formación de opinión propia, es posible que lo que mejor nos quede, después de pasar por el quiosco, sea llevarnos a casa un recortable en miniatura del Empire State para montarlo en el salón y esperar, sin demasiada demora, a que corra el aire que barra la idiocia en la que nos encontramos y volvamos, más pronto que tarde, a aquellos tiempos en los que cargarse de periódicos, aun un tanto húmedos, era casi una obligación si uno quería que su cabeza no quedara tan hueca como un sonajero cuando pierde el cascabel.
lunes, 25 de mayo de 2020
ZAVALITA
viernes, 20 de diciembre de 2019
OJALÁ
miércoles, 4 de abril de 2018
EL TIEMPO
miércoles, 26 de abril de 2017
UNA DE HETEROPATRIARCADO Y UN CAFÉ.
domingo, 5 de marzo de 2017
DIARIO 2.0
miércoles, 17 de febrero de 2016
A VECES, LA LLUVIA
lunes, 4 de enero de 2016
RELEER
miércoles, 4 de noviembre de 2015
PLEXUS
sábado, 10 de octubre de 2015
UN URINARIO ES MUCHO MÁS QUE UN URINARIO
Sus últimas noticias eran que intentaba ordenar el desván y, aunque llevaba evitándolo desde que heredó la carga de aquella tarea, ya no había más remedio que ponerse a ella. Las goteras y la necesidad de habilitar una nueva habitación para el lastre que traía la nueva compañía ya no admitían más demora. Le perdí la pista, pero sé que vive porque de vez en cuando aun encuentro cosas suyas por ahí. La falta de noticias no es absoluta. Leí hace poco que se preguntaba «¿Qué diablos hago aquí?», y le supe en plena forma porque él mismo, en un juego dialéctico en el que el lector no pinta nada, acababa contestándose de un modo absolutamente fantástico. De eso, pero, hace ya algunos meses. Puede que ahora mismo, tras el último azote, esté buscando refugio en Porto Pim o en la isla de Corvo, porque aunque era de mucho enredarse, de mucho cavilar y acabar en camas rotas, también era muy dado a las fugas veloces sin nota de despedida. Puede que ahora mismo en aquel caserón comido por la hiedra y el relente quede un par de almas dolientes que no entienden ni jota y se consuelen pensando que el gran majadero solo fue a por tabaco. Pero esto no es más que una suposición porque es más que posible que solo ande por el desván, descabezando sueños que se ahogan mar adentro, porque a veces se le paraliza el aliento por tanta carga, y siga preguntándose «¿Qué diablos hago aquí?» mientras fantasea con un puerto allá por las Azores y un vientre blando y blanco.















