domingo, 21 de julio de 2013

DOCTOR, LO MIO NO TIENE REMEDIO


“La vida es demasiado breve como para vivir el número suficiente de experiencias,
 es necesario robarlas.”

Descubro su dirección por casualidad. Espero que me devuelvan mi documentación que alguien ha ido a fotocopiar, y ahí, frente a mí, sobre la mesa, ofreciéndose de un modo perturbador, la misma copia que ahora yo espero que hagan, pero la suya. 
Miro a la puerta, estiro el cuello a un lado y al otro, sintiendo que me va a reventar el corazón. Apostada a mi derecha, la conciencia vociferando “ni se te ocurra” pero, apostada a la izquierda, la filia murmura pérfidamente a mi mal logrado cerebro “es una señal. ¿Vas a ser tan rematada tonta de dejar pasar tu oportunidad?

Fotografío el folio y escondo el teléfono en el fondo del bolso. Un jersey, un pañuelo, un libro, incluso una botella de agua, todo encima, y mis manos sujetándolo como si dentro portara el tesoro de Sierra Madre. Un temblor incontrolable me recorre el cuerpo desde la punta del pie hasta la última hebra del cabello. Acabo de convertirme en algo así como una delincuente.


Pierdo la noción del tiempo, espero unos minutos que se me antojan eternos, y cuando aparecen con mis papeles, balbuceo algo parecido a una despedida. Salgo a la calle después de bajar corriendo los cuatro pisos que me separan del portal de aquella oficina. Las manos me tiemblan tanto que por una vez me arrepiento de haber escogido un teléfono con teclado qwerty. Busco en las subcarpetas de las carpetas, en las carpetas de las carpetas y al final, reluciente, con una  nitidez casi pornográfica, la fotografía del delito, la localización, el “dónde”, la puerta a mil preguntas que esperan sus brillantes respuestas.


La cabeza funciona rápido, muy rápido pero la sangre no debe de llegarme bien porque creo que me voy a desmayar. ¿Qué haré ahora con ella? No puedo presentarme en su casa, confesarle mi adoración. En realidad, sí puedo hacerlo, pero seguro que acabaría detenida o, peor aún, podría recibir una nefasta indiferencia que me deje el corazón, el orgullo y la dignidad dolientes de por vida. 


Pero debo estar realmente chalada, o puede que finalmente la conciencia haya conseguido triunfar sobre mi mala cabeza. Y así, como el que no quiere la cosa, me coloco sobre el archivo, pulso el botón izquierdo, escojo “eliminar” y aprieto cerrando los ojos para no arrepentirme a última hora.


Es curioso, el cuerpo ha dejado de temblar, el bulevar me parece más ancho y parece que la sangre vuelve a correr por donde debe.  Respiro hondo. Si tiene que invitarme a tomar café, o adoptarme como musa tendrá que ser de otro modo. Mi mal de Montano no debe estar en un estadio de enfermo paliativo. Pero lo nuestro, lo de EVM y la que suscribe, tendrá que esperar a otra ocasión menos mostrenca.