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sábado, 16 de marzo de 2019

MARÍA MAGDALENA






Cometí el error fatal de escribirte, no porque yo lo necesitara, que lo necesitaba como el aire que me costaba respirar, sino porque esperaba que después de leer las cuatro ideas deslavazadas con las que intentaba romper tu mutismo, volvieras. Pero no volviste nunca, ni contestaste jamás. Mis letras, que habían salido a borbotones de aquel rincón en el que se guarda la esperanza, no sirvieron para nada. O sí, sirvieron para que al cabo de unos minutos, después de hacértela llegar y saber que ya no había manera de recuperarla, empezara a sentirme mal hasta la náusea, mal hasta la pérdida del entendimiento que me llevó al paso siguiente, encerrarme en casa, intentando seguir el mismo patrón que habíamos seguido hasta hacía apenas una semana, esperar a que sonara el teléfono y poder lanzarte todo el discurso que llevaba preparándome durante  los últimos siete días con todas sus noches. Volvía morderme las uñas, mientras las horas pasaban y mi desconcierto iba en aumento. Y envié la carta, escrita en una noche de fiebre y fantasmas. Un error con el que empecé una escalada hacia lo absurdo del que solo pude empezar a salir cuando supe que me estaba muriendo de pena, y que esa pena solo la tenía yo. Había dejado de importarle a casi todo el mundo. Nadie soporta el desamor de otro durante demasiado tiempo. Y la culpa era mía, redonda y gorda porque la había alimentado hasta convertirla en un monstruo que iba y venía de mi cabeza, pasando por el corazón y quedándose escondida en el recodo más pequeño de mi cuerpo. Pero llegó la primavera y no me reconocí en el espejo, aquella mujer que me miraba desde el otro lado no era yo, era la sombra imprecisa de alguien a quien yo conocía pero no podía ser yo. Empecé a preguntarme en qué me había convertido. Una máquina que respira y poco más. Había seguido trabajando, haciendo ver que hacia algo sin que ni un solo proyecto se confirmara en seis meses.  Vivía sin vivir, sin saber nada de nadie, en la rueda del espanto, en una parálisis de la que no siquiera era consciente. Lo agoté todo: mi dinero, la paciencia de los demás y me agoté a mí misma. Quizá fue ese agotamiento el que me salvó. El reflejo de una mujer que no reconocía y que solo me recordaba, ligeramente, a mí. Los huesos de la cadera, la nariz perfilada, el pecho ya caído y unos ojos que, aún adormecidos por el desengaño, era capaces de desnudarme por dentro. Me vestí. La ropa eran pingos que colgaban por todas partes sin forma ninguna. Era la misma que llevaba vistiendo durante todos esos meses y, sin embargo, no fue hasta que colé el puño entero entre el cuello y la camisa que me di cuenta que ese espacio es el que marca la distancia entre la locura y la cordura. Me senté en el borde de la bañera, me miré las uñas.  Apenas quedaba rastro de nada, ni siquiera de mí. Había llegado la hora de abrir las ventanas y pedir hora para hacerme las manos, los pies y rescatar los cinturones.



lunes, 10 de septiembre de 2018

MARISMAS



Jamás me comporté así de adolescente. Nunca me atreví a nada. Hice lo que debía. Y tú también lo has hecho demasiado, si me permites que te lo diga. Ojalá encuentres a alguien con iniciativa.

KENT HARUF,Nosotros en la noche 







Quisimos despedirnos en la entrada del puerto pero el tráfico lo hacía imposible. Quería evitar las despedidas dramáticas, los adioses que se extienden en el tiempo y que parecen atraparte sin salida. Le recoloqué el cuello de la camisa mientras él se miraba la punta de sus zapatos. Y así ¿ahora hasta cuándo?, me preguntó. Me dolía la cabeza y ya nos lo habíamos dicho todo, no quedaba mucho más. Hice un gesto con la cabeza que no llegó a ver porque seguía con la vista fijada en algún punto por debajo de sus rodillas. Le abracé en silencio y le olí cerrando los ojos. Solo de esa manera se pueden retener para siempre algunos aromas. Crucé la pasarela, me di la vuelta y levanté la mano en un gesto de despedida. Busqué mi butaca en una sala inmensa y me sorprendió que no hubiera demasiada gente. El ferry siempre va lleno y lo normal es viajar entre pasajeros de voces estridente que piden cambiar la butaca porque así están más cerca del baño, de su amigo o cualquier excusa.  
Me dolía la cabeza, metí la mano en la mochila y encontré una chocolatina. Estaba un poco desecha, me la  puse en la boca y dejé que se fuera deshaciendo poco a poco. Quizá fuera mi última provisión, no me quedaba dinero suelto y no sabía si la tarjeta de crédito podía hacerme servicio en aquella barcaza. Me levanté para subir a cubierta y contemplar la silueta de la costa. Ahora llegaba la hora de un hacer un inventario concreto con todo lo que con los años habíamos perdido por el camino, para descartarlo de manera definitiva y seguir. Vino a mi memoria un atardecer junto a la playa en el que Ramón, el hombre de la eterna mirada en los pies, recogía guijarros y los lanzaba levantando pequeños saltos de agua que se multiplicaban por mil mientras yo, su hermana pequeña, le aplaudía hasta que me escocían las manos. De todo eso hacía mucho tiempo. Nos habíamos perdido por el camino y ahora, tantos años después, una vez vaciada la casa familiar, ya no quedaba nada. El mundo nos reclamaba, a él el suyo y a mí el mío. Alcé la vista y apreté la bolsa contra el pecho. Vi la migración de las últimas cigüeñas. 





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jueves, 1 de marzo de 2012

NUNCA EL TIEMPO ES PERDIDO -MESFOTOPERIODISME al CCCB-



Hace casi un año la tierra rugió, se sacudió el polvo de los hombros y convirtió el mar en una gigantesca ola que arrasó Japón, trasnsformando parte de la isla en un páramo yermo. Por primera vez oímos hablar de Fukushima, de Minamisanriku, de Miyagi, y de algún otro lugar que, pasadas las semanas, olvidamos para continuar con nuestras vidas, y no volvimos a pensar más.



El día ha empezado muy pronto. Un taxi me recogía a las 05:30 a.m. para dejarme en la estación del tren. A medio camino y a una velocidad de 285 kilómetros hora, recibo una llamada, cambio de planes. Busco un billete de vuelta y a media mañana vuelvo a estar en el punto de partida. He descrito un círculo  casi perfecto en apenas tres horas.

Tres horas después, cerrando el círculo, estoy en el CCCB. Se inaugura la exposición “Mésfotoperiodisme". Tenía especial interés en no perdérmela y, al final, por aquellas cosas inexplicables que a veces ocurren, cambio una sala lúgubre por esta espectacular muestra.  Apenas hay nadie, y no es porque no merezca la pena, sino porque dudo que para la mayoría el pasado reciente pueda tener interés. Sin embargo, lo tiene y mucho.


Recorro los pasillos vacíos, en casi penumbra y, sin prisa, me siento para contemplar las fotografías que Martina Bacigalupo realizó a Filda Adoch. La crónica de una vida cotidiana en un campamento de Uganda.  Las fotografías, todas en blanco y negro, conmueven. A Filda le falta una pierna, una mina antipersona acabo con ella. Una mujer coraje a la que los rebeldes arrancaron dos maridos, un hijo y la mutilaron de por vida.  
Con sus fotografías Bacigalupo demuestra que es posible narrar una vivencia  mediante la imagen, explicar el horror de la historia sin quedarnos sólo en los momentos de violencia exacerbada. Bacigalupo recibió el premio Canon Mujer Foto-periodista 2010 de la "Asociación de mujeres periodistas".


Sigo caminando sin encontrarme a nadie. No encuentro nada por el camino, salvo el horror de las revueltas del Yemen, de Libia, Egipto y Barehin. 
Yuri Kozyrev lo retrata con una crudeza estremecedora. 


El horror de los cuerpos calcinados, de los muertos, de los que esperanzados claman por las calles.


Y al final, “Japón 2011”, y de golpe, Fukushima, el tsunami, la destrucción vuelve a estar presente. Una colección de fotografías espectaculares, estremecedoras, seleccionadas por la revista "Days Japan", de entre la obra de más de cuarenta fotógrafos japoneses (Kazuma Obara, Kuri Takashashi, Ryuichi Hirokama, Toru Harai, Toru Nakata, entre otros mucho), que muestran las consecuencias de aquella ola bestial que arrasó Japón y mantuvo en vilo al mundo, pero sólo durante el tiempo que aquellas brutales imágenes estuvieron en su retina. Pero hoy vuelven, cuando apenas hace un año de todo aquello, para que no olvidemos.


Se me termina el tiempo, tengo que volver a la rutina. Voy a volver caminando, pensando en lo visto, en lo que espero no tener que ver jamás, y en lo que nunca veré por mucho que lo quiera. 


Un cambio de planes de última hora, un buen cambio, para mí y mi conciencia. Y es que siempre es así, los mejores planes son los que no se planean, los que se improvisan aunque sea de una manera extraña como hoy.

Me sobra la americana, me faltan las gafas de sol, y un par de horas de sueño, pero no puedo por menos que dar por bien empleados los kilómetros andados y desandados para nada. 

Les recomiendo vivamente que improvisen, si pueden. Y, si no es posible, no duden en organizarse y pasarse por esta exposición, seguro que no les decepcionará.

http://lavidaesunsusurro.blogspot.com/2011/03/japon.html



 

sábado, 22 de enero de 2011

EL VICIO DE LA LECTURA


Siempre he sido una lectora indisciplinada, muy indisciplinada. Pienso seguir siéndolo hasta el día que me muera. Aprendí a no gastar mi tiempo, ni mi atención en leer lo que no me dice nada, a cerrar el libro antes de  llegar al final, y olvidar lo leido, si lo que leo no consigue que mueva la ceja ni una sóla vez. La lectura es un vicio del que no quiero ni voy a prescindir. Lo cuido y lo mimo, con lo que quiero, con lo que me gusta, con lo que me interesa. Respiro y leo.

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EL VICIO DE LA LECTURA (Edith Wharton)
(Fragmento)

"La difusión del conocimiento clasificada habitualmente con entusiasmo y aprobación universal en la categoría de  los progresos modernos, ha dado lugar incidentalmente a la producción de un nuevo vicio: el vicio de leer.
Ningún vicio es más difícil de erradicar que el que se considera popularmente una virtud. Entre estos vicios destaca el vicio de la lectura. Se admite de modo general que leer basura es un vicio; pero la lectura per se -el hábito de leer-, nuevo como es, ya está a la altura de virtudes tan acreditadas como el ahorro, la sobriedad, el levantarse temprano y el ejercicio regular. Hay, en verdad, algo peculiarmente agresivo en la actitud virtuosa del que lee por sentido del deber. Los que se han mantenido en los humildes caminos de la preceptiva lo veneran como a alguien que sigue un consejo imposible de cumplir.
"Ojalá hubiese leído tanto como usted", declara el novicio iletrado a este adepto de lo supererogatorio; y el lector, acostumbrado al incienso del aplauso acrítico, considera de forma natural que su ocupación es una hazaña intelectual notable.
La lectura llevada a cabo deliberadamente -lo podríamos llamar la lectura volitva- no es lectura, al igual que la erudición no es cultura.
La lectura verdadera es una acción refleja: el lector nato lee de forma tan incosciente como respirar. Cuanto más meritoria se considera, más esteril se vuelve. ¿Qué es la lectura, en última instancia, sino un intercambio de ideas entre el escritor y el lector? Si el libro penetra en la mente del lector tal como ha salido de la del escritor -sin ninguna de las adiciones y modificaciones que inevitablemente produce el contacto con el nuevo cuerpo de pensamiento-, se ha leido en vano. En estos casos la culpa, claro está, no es siempre del lector, hay libros que son siempre iguales -incapaces de modificar o de ser modificados-, pero éstos no cuentan como factores literarios. El valor de los libros es proporcional a lo que podemos llamar su plasticidad: su cualidad de ser todas las cosas para todos los hombres, de ser modelados diversamente por el impacto de formas nuevas de pensamiento. Cuando por una u otra razón, esta adaptabilidad recíproca está ausente, no puede haber ninguna relación real entre el libro y el lector".

viernes, 10 de diciembre de 2010

ONCE UPON A TIME


 

Sueño con dragones de Comodo, con libélulas que se balancean en la punta de un bambú. El recuerdo recurrente de su ausencia se disuelve bajo una fina lluvia de agua salada. Cae la noche en el Mar de China.

martes, 25 de mayo de 2010

CRÁTERES LUNARES Y DESPEDIDAS


¿Cómo te despides de alguien sin el cual no puedes vivir? Me cae la pregunta como una losa y ya no oigo nada más. Acabo de entrar en la burbuja, mi propia burbuja de cristal. Pasaré las horas a oscuras, meciéndome en mis pensamientos, buscando la respuesta a ¿Cómo te despides de alguien cuando no puedes vivir sin él? Un esfuerzo inútil. No la voy a encontrar, porque yo no puedo despedirme de ese sin el cual no puedo vivir. Puede que él se de media vuelta, cierre la puerta a sus espalda y que no vuelva a verle más, a oírle jamás, que nunca vuelva a saber de él pero, por el momento, no podré vivir sin él. Seguirá estando aquí, en mi cabeza, para bien o para mal. Una vida inundada de recuerdos reales e imaginados. Por eso no me despido nunca. No caben los adioses cuando su presencia sigue estando presente en todos y cada uno de los gestos cotidianos, en todo lo que tocas, en todo lo que hueles, en todo lo que ves. Sólo el tiempo lo difuminará y terminará desdibujándose entre los días y las noches que transcurren entre recuerdos que se desmenuzan en partículas enanas hasta casi desaparecer.

Nos transformamos en recuerdos, en el que dejamos en los demás y en el que los demás dejan en nosotros.
El corazón, una superficie lunar horadada a base de recuerdos.

ray charles nora jones- fever -