domingo, 31 de mayo de 2020

LA BAGUETTE MISÁNTROPA



Leartes. — Bien lo parece: ¿por qué no procedisteis en justicia contra estos actos de tan grave y criminal naturaleza, como vuestra seguridad, vuestra prudencia, consideraciones todas que debieron impulsaros a ello poderosamente?

Hamlet, Principe de Dinamarca. William Shakespeare






Es domingo. Miro el reloj. La franja es buena y podría salir a comprar el pan corriendo, o saltando a la comba, pero ni mi antigua normalidad, ni la actual, precisa de mallas y deportivas de Decathlon. Así que me cuelgo el bolso en bandolera, cojo la bolsa de tela y me coloco los auriculares. He rescatado un par de lista musicales que descargue al principio de la pandemia para escapar del ruido de los datos, de las mentiras y de las pocas ganas de escuchar a algunos. Ahora, con desinterés por algunas cosas ya interiorizado, puedo salir de casa tarareando hacia dentro, que es la manera en que cantamos los que no tenemos gracia alguna, cualquiera de las canciones que llevo conmigo. Giro en la primera esquina y huyo de la marabunta diletante que ha decidido que éste es el mejor momento para ponerse en forma. Tengo que comprar el pan, el periódico, pedir un par de cafés para llevar, pasar por la farmacia para reponer la mascarilla e intentar que la misantropía temporal que atravieso no se convierta en un quiste que termine pidiendo su espacio.  No quiero alejarme demasiado y en la cabeza trazo el plano para evitar las calles más anchas y las terrazas. La gente ha cogido con alegría la apertura de los bares y las mesas rebosan botellines de quintos y medianas, tantas y tan pronto, que a veces me pregunto si el confinamiento no ha alcoholizado a más de uno. Lo del hidrogel es otra cosa. El sol recalienta el asfalto y lo deja temblón a los ojos cansados. Nos encerramos abrigados y ahora, sueltos a media pensión, nos vestimos con camisetas que arrastran más de una y de dos primaveras. Nada dura para siempre y menos las t-shirt de mercadillo veraniego. Tampoco la alegría de la vida moderna y segura en la que nos creíamos vivir. Muchos comercios con la persianas cerradas a cal y canto y colas para comprar una baguette y un par de croissants. La vida se nos fue por el sumidero y ahora queremos atraparla como podemos, mirando de refilón un futuro que pinta negro y con la esperanza puesta en que las malas noticias no sea más que cosa de agoreros. Invertimos nuestra ilusión en vasos de cartón del que bebemos mientras caminamos pensando en la tarjeta de crédito y si el mes que viene convendrá recortarla. El día es espectacular y aunque el aire es más sano que en otros momentos, el run-run de la preocupación y el desconsuelo juega al escondite por las esquinas de la ciudad, mientras un tropel de criaturas se afán en pedalear por el bulevar.





  

lunes, 25 de mayo de 2020

ZAVALITA



"Nos han dejado sin secretos, mi amor. Esa soy yo, esclavo y amor, tu ofrenda. Abierta en canal como una tórtola por el cuchillo del amor. Rajada y latiendo, yo. Lenta masturbación, yo. Chorro de almíbar, yo.

Elogio de la Madrastra. Mario Vargas LLosa





Sin ser un momento para hacer extravagancias de vez en cuando se me ocurren algunas. Recuerdo que Sophie Calle decidió adoptar una cabina telefónica en algún cruce, no recuerdo cuál, de la calle Greenwich. En mi caso, después de semanas tomando el café en casa he salido para tomarme el primero en la cafetería de la esquina. No puede considerarse una excentricidad. Fase 1 - día 1, todo en orden. Esperaba encontrarme más parroquia, toda apostada en las mesas de la terraza y separadas por los dos metros de rigor, pero la sorpresa, sin ser mayúscula, sí que ha sido sorpresiva. Nadie sentado, nadie pidiendo a voces un café para llevar. Detrás de la barra, la espalda de un tipo que ordena botellas y aparta unos cupones del mes de marzo a los que no alcanzo ver la terminación. Están pasados, casi caducados y sin premio, lo sé porque es el mismo chico que ahora pasa la bayeta sobre un mostrador vacío y reluciente,  quien, abriendo mucho los ojos, lo dice como si en lugar de un par de metros nos separara una vida. 
Le pido un café, no lo quiero para llevar, lo quiero para sentarme y sentir la tensión que me produce cada vez que veo el autobús doblar la esquina y el olor a neumáticos se pega al hocico. Me lo deja sobre la mesa, sin distancia de rigor. Normal, para respetarla tendría que lanzármelo y no está la cosa ni siquiera para eso. Dos abuelos pasan con la mascarilla apuntalada bajo la nariz y un perro se mea en la esquina. El camarero resopla y sale con un botellín con el que rocía el orín. Nadie, nadie se acerca a la terraza, ni siquiera la atracción que a veces ejerce el ver  a alguien sentando hace el efecto. Igual es la invisibilidad madura. Yo qué sé. Me acuerdo de Sophie Calle y su adopción de la cabina. Podría adoptar la terraza, o la barra niquelada o incluso el perro meón si se dejara. Pero la cosa tampoco está para las gilipolleces que se me pasan por la cabeza, solo hay hueco para preguntarse, como dijo aquél: “¿En qué momento se jodió el Perú, Zavalita?".






miércoles, 20 de mayo de 2020

TÍTERES Y NADA MÁS


"No es que Morir nos duela tanto
Es el Vivir lo que nos duele más. 

Pero el Morir es camino distinto
Un algo tras la puerta".


Emily Dickinson





Hace unos años, durante la última gran crisis económica mundial, los directivos japoneses de las entidades financieras más importantes del país aparecieron en público pidiendo perdón por la gestión llevada a cabo. En el nuestro, pedir disculpas por algo, sobre todo cuando se están manejando intereses de terceros, es algo que no es completamente ajeno. Lo habitual acostumbra a ser ver cómo se echan balones fuera, se buscan excusas peregrinas y, al final, se tira tierra encima para que lo mal gestionado quede enterrado y se olvide pronto. No es casual que los que gestionan el interés común hablen de que el dinero público no es de nadie, olvidando que ese dinero sale del bolsillo de los contribuyentes. 
Este mediodía he visto parte del debate del Congreso con motivo de la prórroga del Estado de Alarma. El espectáculo es de pena, como viene siendo habitual. Los políticos han perdido el respeto a las instituciones y a los propios ciudadanos y es frecuente que olviden que cuando llegan ocupar sus escaños como Diputados ya no defienden solo a sus votantes sino que son los gestores legislativos para un bien común. Pero nadie se lo debe haber dicho. Es cierto que ninguna de la personas que conforman el Congreso de los Diputados, incluso el propio gobierno, ha gestionado una situación como la que nos encontramos. No debe ser nada fácil. Pero ni la novedad ni la dificultad, de las que no podemos responsabilizar a nadie, son excusa para su mala gestión. No se puede ocultar la información, no se puede maquillar datos, no se puede gestionar pensando en los réditos políticos y no en la salud y las necesidades de los ciudadanos compartan o no su ideología. Escuchando a esa masa de egos enfrentados, el convencimiento de que no se han dado cuenta de qué va todo estos es cada vez más firme. Los contagios no han terminado y la gente enferma y, en el peor de los casos, se muere. Las circunstancias vividas han sido terribles para muchas personas. Pero mientras todo eso pasa, la economía se va al garete, la libertad se vuelve turbia y la sociedad se agita sin rumbo, alguien cuenta votos en un despacho, intentado sustraer a la opinión pública la verdadera magnitud y consecuencias de lo que estamos viviendo. La constatación de la poca vocación de servicio público de la mayoría de políticos de este país es de una tristeza desoladora. Mienten, manipulan y entretanto juegan con un futuro que pinta más que negro, aunque se empeñen lanzar mensajes de Mr. Wonderful. 
La ciudadanía se ha quedado desamparada, incluso aquellos a los que las anteojeras ideológicas no les permiten criticar la falta de transparencia, la mala gestión, el recorte de libertades y la falta de unas medidas sociales, sanitarias y económicas que sean de verdad eficaces. Los brindis al sol, en forma de propuestas para las que no hay medios, y el maquillaje de la realidad, son un insulto a las personas que cada día tienen que reinventarse para sobrellevar la "nueva normalidad". 
Nadie pedirá perdón, ni por esta crisis ni por la que vendrán. Por el camino dejaremos los muertos y una sociedad huérfana que tendrá que recuperarse como pueda.



domingo, 17 de mayo de 2020

LA NUEVA NORMALIDAD








Constato que las noches son más cálidas de lo habitual, el sofoco me despierta sintiendo el cuerpo empapado. Faltan meses para el verano, pero en mi cuerpo hace semanas que el trópico se instala a medianoche y sobreactúa cuando, en realidad, está entrando en su otoño a empujones. Es la nueva normalidad. Mirlos que sobrevuelan los tejados, silencios que abruman, desesperanza en un futuro que nos coge con el pie cambiado y con un camino que se complica, que nos limita y amenaza con llevarse por delante buena parte de nuestras libertades. En la nueva normalidad, la realidad se tapa con engaños, verdades a medias y sectarismo a manos llenas. Pedir transparencia, información veraz, transparencia y la motivación de las resoluciones que restringen los derechos de los ciudadanos, se considera por algunos un ataque al funcionamiento (anormal) del Gobierno. Algunos intentan apropiarse de los derechos de los otros, como si la libertad, el derecho a la crítica no nos perteneciera a todos. El apoderamiento de los derechos en favor de unos cuantos, con exclusión de otros, es el principio de totalitarismos que llevan a la destrucción del bienestar social y de la convivencia. Y me encantaría poder confiar en quienes nos dirigen, encontrar cierta tranquilidad, pero el día a día no lo permite. En nuestra” nueva normalidad”, la política se agazapa tras el maquillaje de los datos y vende falsedades que se destapan sin que pase nada mientras pretenden mantenernos callados.  Las hordas defensoras de la “nueva normalidad” señalan con el dedo, intentado ocultar con la yema el brillo de la luna. Pero la luna, como los derechos, son de todo. El hartazgo social empieza a ser importante y con motivo.



miércoles, 13 de mayo de 2020

SILENCIO




La misma calidad que tu ciudad,
tu ciudad de cristal innumerable
idéntica y distinta, cambiada por el tiempo:
calles que desconozco y plaza antigua
de pájaros poblada,
la plaza en que una noche nos besamos.

Jaime Gil de Biedma






Estoy en mi mesa. Frente a la ventana. El horizonte es la tapia de una obra que que la crisis dejó parada.  Nunca más la retomaron. Hay proyectos que nacen muertos y éste puede que sea uno de ellos. Empezó con toda la ostentación del mundo y hoy los pretiles de las terrazas están llenos de verdín. Y ahí sigue, incompleta y no del todo muerta desde que los pájaros anidan entre el hormigón. Cuesta pensar que alguien pusiera su empeño y su dinero en una construcción, no demasiado grande, para abandonarla durante años. Desde mi mesa veo el inicio de la construcción, la disposición de las vigas de cemento y en mitad de todo, un agujero enorme desde el que se puede ver la medianera del edificio con el que colinda. Se me hace extraño que nadie la haya ocupado, que nadie se haya interesado por terminar, o tal vez por derruir y vender la parcela para que otro construya lo que quiera. En tiempos de especulación inmobiliaria todo es posible. Pero ahora, sin servir al antojo del que la parió, se ha convertido en la residencia improvisada de una pareja de mirlos que cada día sobrevuelan los muros y me animan la mañana. Rompen el silencio, la monotonía de los días van pasando y que se clavan en una tapia envejecida en la que hasta el tiempo se ha quedado vacío.











domingo, 10 de mayo de 2020

PIMIENTA



"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta."
Lolita. Vladimir Nabokov





Pongamos que podemos retroceder en el tiempo, de colocarnos en un día cualquiera de la vida corriente que por el motivo que sea ha quedado grabado sin motivo aparente. ¿Podemos fijar sucesos o momentos intrascendentes que vuelven a la cabeza sin que tengan el menor sentido? Por poder, podemos. Me coloco a finales de la década pasada, sin recordar exactamente la fecha, pero sí el momento. Camino deprisa por una ciudad que no es la mía. En la calzada los coches son multitud y en el embrollo es difícil descubrir si entre aquel tumulto alguien está cumpliendo con las normas de circulación. Sigo caminando, un poco con prisa y sin ganas. El cordón del botín se balancea de un lado y otro y temo caer si no lo vuelvo a atar. Coloco el pie en un escalón, doblo la espalda y la cartera se vence dejándome en una postura tan ridícula como incomoda. Escucho mi nombre. Tardo en reaccionar por la pose, el peso del bolso y la misma torpeza, pero giro el torso como puedo, en un difícil equilibrio, y no veo a nadie. Pero he reconocido la voz y también el ligero olor a pimienta negra que siempre le acompañaba.  Pero no hay nadie en la acera, ni en la escalinata, ni siquiera en las ventanas de los bajos. Los coches siguen cruzando de carril a carril esquivándose unos a otros. Me parece extraño y no puedo evitar girarme, cada pocos pasos, como si fuera una broma y de un salto mayúsculo me lo volviera a encontrar de frente. Giro una y otra vez hasta que llego a la siguiente esquina. Camino despacio con una sensación extraña en el cuerpo. La estación está cerca. Me pregunto si realmente he escuchado algo, si de verdad tengo el olfato de un sabueso perturbado y sino será pura sugestión incontrolada. 
No hubo nada más. Cogí el tren, me dormí todo el trayecto y al llegar a casa ya lo había olvidado. Pero de vez en cuando, algo tan anodino y sin contenido, vuelve y sigo sin entender el mecanismo del recuerdo y el porqué de la pervivencia de algo tan intrascendente que, aun hoy, sacude por dentro y coloca en ese momento tan banal.





martes, 5 de mayo de 2020

MAL ASUNTO







Mientras nos vamos quemando la garganta (como metáfora de los dedos que martillean las teclas de nuestros ordenadores o las pantallas de nuestros teléfonos), sobre la gestión buena, regular, mala o muy mala que se está llevando a cabo de la emergencia en la que vivimos, viene bien recordar lo que somos y no escamarnos de las cosas que leemos o escuchamos de nuestros vecinos. 
Somos un país dividido desde siempre, la historia está ahí para el que lo quiera comprobar. Los colores marcan tendencia ideológica y unos no soportan a los otros, y viceversa. Y entre la calamidad personal y económica que estamos viviendo, somos legión los que sentimos un total desapego por nuestra clase política convertida en una reunión de advenedizos que buscan sus propios réditos en forma de poder, en forma de riqueza personal, en forma de puertas giratorias. 
Somos legión los que vamos por libre pero que sabemos señalar que es lo que no nos gusta de unos y de otros, y que no tragamos con cualquier cosa que nos quieran colar mientras intentan tenernos adormecidos y dominados por el temor a las consecuencias que el virus nos ha tirado encima. Estos días, de poca lectura, debo reconocerlo, leía uno de los textos que viene recogido en el volumen “Negocios pendientes” de Andres Trapiello. El autor lo titulo “Mal asunto” y empieza con un “La idea es esta: el país cambiará poco mientras quiera seguir restando, y no sumando. Y el problema, este: que restar pensando que solo hubo, hay o habrá dos Españas, da un pésimo cociente. España buena menos España mala, igual a España nada, a España cero. Mal asunto”. Y la cosa está así, con poca perspectiva a que cambie nada. Ni una pandemia, tremenda como la que nos ha tocado vivir, que además de las perdidas humanas nos regala una crisis económica sin precedente, puede aunar a la gente de este país para salir del enorme agujero por el que estamos cayendo. 
Vamos a seguir con la guerra de colores, de declaraciones cada vez más insultante para la inteligencia de las personas, cada vez de mayor vergüenza y al hilo de todo ello pienso en que vivo en el este y supongo que eso me hace susceptible de contagiarme del virus en mayor medida que una señora de Santiago de Compostela, y que como no soy vasca es posible que no consiga ventajas económicas y fiscales que los nacionalistas vascos intentan exprimir incluso en estos momentos; pero cuento con los supremacistas catalanes, socios del gobierno, para que arranquen unas cuantas promesas independentistas a un gobierno cobardón que nos venderá por unos cuantos votos allá en el Congreso. Y mientras todo eso pasa ante nuestros ojos, nos seguiremos arrancando las cabelleras de norte a sur, de este a oeste, mientras azules rojos, morados y verde esmeralda se van dando golpes de pecho en su mejor ideología y la mayoría de este país se va a la mierda y alguien se lo lleva calentito. Mal asunto.



jueves, 30 de abril de 2020

FLIPA CON MADAGASCAR



"Cree que necesita ayuda. Puede que Margot no posea la inteligencia más aguda del mundo occidental, pero en cuanto conoce a un chico que afirma ser poeta, la primera palabra que le viene a la cabeza es hambre".

Invisible. Paul Auster





La cabeza es una bola mágica en la que hay espacio para casi todo. Almacenamos cualquier ocas, incluso sin querer, como si ahí dentro, entre los veintiocho huesos que la conforman existiera un gran bazar en el que todo cabe y nada sobra. Tenemos e disco duro, el que llevamos sobre los hombros, lleno de chorradas que deberíamos poder licuarlas en forma de sudor, sangre o semen y librarnos de ellas para aligerar el peso de nuestro conocimiento más que extraño. Pero no es así. La mole se mantienen aunque no queramos y cientos de datos inútiles, sin gracia, sin valor alguno campan a sus anchas. Nadie está libre de tal cosa. Yo misma, ando todo el día a cuestas con un dugongo dando vueltas. Al principio "eso" no fue más un detalle en un relato que olvidé más pronto que tarde pero que, por algo que ignoro, quedó  florando por los entresijos de mi cabeza sin que hasta hoy volviera a aparecer.
En su momento, tuve que recurrir Google para saber qué era exactamente "eso" y que aspecto tenía. Un dugongo es un bicho rarísimo. Es un mamífero que vive en el mar y que, según leí en aquel relato, los marineros que navegaban próximos a las costas de Mozambique y Madagascar, en las noches de tormenta, confundían con mitológicas sirenas. Pero visto el animal no pude por menos que concluir que Hans Christian Andersen hizo mucho daño con su cuento "La sirenita" y de ahí que, ante la extraña imagen de un animal barrigudo, horrendo como pocos y con cola de pez, una concluya que aquellos marinos, ante el temor del azote marino, debían ponerse de ron hasta las cejas para que a su cabeza llegara la idea de aquellas hermosas y mitológicas mujeres que atan y desatan. Hasta en el peor momento el ser humano intenta rescatar algo bueno, algo que lo ate, o tal que vez lo desate.

Quizá sea una necesidad del ser humano el arrimarse a algo que aliente, algo que embruje y mitigue el dolor o incluso el camino al desastre. Puede que haya sido pensando en el marrón que nos ha tocado vivir, el que ha hecho aflorar el dugongo que desde hace tiempo habita dentro de mí. Vivimos tiempos extrañísimos para los que no estábamos preparados. Los de mi generación y posteriores, hemos sido los niños bonitos del siglo XX. Con un poco de suerte las preocupaciones se circunscribían al "más por menos”, a las comodidades low cost, y a un esfuerzo relativo entre grandes aspavientos. Pero el tortazo que nos ha arreado el coronavirus ha sido monumental. Nos ha cogido recreándonos en el sexo de los ángeles y ahora, desde casa, no sabemos qué será lo próximo que nos espera en esa mal llamada “nueva normalidad”.  Intentamos imaginar la vida un vez se abran las compuertas del confinamiento y aun no somos capaces de imaginarlo porque conservamos la imagen deformada de nuestra vida anterior.  Con un grado de ingenuidad que no se nos cura, pensamos que podremos volver a ella.  Pero todo aquello desapareció. La historia de la humanidad es la mejor hoja de ruta, pero pese a que las muestras que ya tenemos de la estupidez del ser humano, algunos cogen una flor en la mano y entonan los salmos de la bondad humana y la transformación que la pandemia va traer. Pero aquí estoy yo, que tuve la suerte de retener en mi cabeza la imagen de aquel ser más próximo a un hipopótamo que a una reina de la belleza animal, para recordar que las sirenas no existen y que la realidad es mucho más fea de lo que a veces estamos dispuestos a imaginar. Un dugongo en toda regla.



viernes, 24 de abril de 2020

VENENO


¿Qué es un fantasma? preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerto, por ausencia, por cambio de costumbres.


Ulises. James Joyce







Después de una semana atroz de lluvia por fin sale el sol. En el año de la pandemia, la primavera está pasando desapercibida. Todo anda descolocado y centrarse es tan complicado como ordenar un cubo de Rubik. Pero hoy se ha templado el día y su luz, por extraño que parezca, ayuda un poco, aunque no sea suficiente, suaviza las aristas de un tiempo más que difícil y hace que todo parezca más amable. Como si la enfermedad y sufrimiento fueran parte de un mal sueño del que estamos despertando. Pero no. Todo sigue ahí junto al desbarajuste continuo. 
Andamos confundidos, descolocados, y la prueba está en mi misma, que me encuentro sentada frente al escritorio con el delantal de la cocina puesto, los botines de tacón en los pies y una infusión de jengibre haciendo compañía, todo eso para contestar correos electrónicos y revisar, por no sé que vez ya, el documento que tenía que haber enviado hace ya dos semanas. 
Todo va despacio y a la vez tan rápido que nos confunde y los días parecen pasar sin haberles sacado provecho. No pasa día que no me pregunte cuántas veces habré deseado disponer de tiempo, frenar el ritmo, leer hasta que las legañas me peguen los ojos, desayunar con tiempo, improvisar flequillos imposibles y rascarme la barriga hasta que me duela la mano. Y ahora, todo eso que formaba parte de ese mundo ilusionante e inexistente, se presenta por obra y gracia de un virus. 
Empiezo a pensar que los deseos son bombas de relojería que explotan quemando el hocico del que ande por ahí. Ahora, socarrada por la ambición de horas muertas, dispongo de un tiempo que estiro y que pierdo entre el exceso de entusiasmo y el decaimiento que sin querer se pega al cuerpo. He dejado de ver la televisión, raciono las noticias e intento que la atención se fije en lo productivo, en lo auténtico, aunque a veces duela. De ésta saldremos tocados de necesidad.
Es viernes tarde. Dispongo de medio universo en horas para, entre cuatro paredes, hacer lo que quiera, o no hacer nada. Pero sé que durante este paréntesis de tiempo enfermo, la razón debe ser la búsqueda del equilibrio y el concentrarse en cada cosa, por menuda y simple que sea, que como si fuera fundamental. 
A veces, cuando llegan los deseos lo hacen envenenados y corremos el  peligro de desvanecernos como una voluta de humo.






domingo, 19 de abril de 2020

MINIMIZAR Y CONTROLAR, TODO ES EMPEZAR




Es solitario aquel o aquella que no es el número uno para nadie.
Helen Deutsch





Busca la primera palabra y empieza. Me lo repito una y otra vez, pero no puedo. Guardo el archivo, lo vuelvo a abrir, miro la pantalla y el tintineo del cursor que parece marcar el tic-tac de un vacío total. Estoy llena de ruido, llena de pereza, llena de hastío, de cansancio, de horror, de rutina, de miedo, de risa, de todo. Pero todo eso se apelotona y no sirve para nada. Trabajo a trompicones, como puedo pero me canso, me aburro. Nada bueno, nada nuevo, nada de nada. 
He dejado de seguir las noticias porque no soporto que me traten como si fuera idiota, como si no pudiera ver que vamos menguando a pasos agigantados en todos los sentidos mientras estamos confinados en casa. 
Me preocupo y me irrito. La verborrea institucional oscila entre lo estúpido y lo negligente; entre lo autoritario y lo condescendiente. No se contesta a nada porque nada se sabe, porque no interesa, porque estamos vendidos y se ha perdido el rumbo.
La moda de utilizar lenguaje bélico para tratar una emergencia mundial de salud es absolutamente ridículo. Toda esa farfolla dialéctica nos hace la envolvente mientras nos va recortando libertades que nos cuelan sin que la mayoría se lleve las manos a la cabeza. A veces me pregunto si hay alguien ahí pero el eco replica las últimas sílabas de ese alguien mientras algún Real Decreto se dicta. 
No estamos en guerra; ni tenemos un enemigo; ni nuestros médicos, sanitarios, enfermeras, personal de limpieza, tenderos, guardas de seguridad, nadie de lo que siguen funcionando mientras nosotros nos quedamos en casa, son héroes, ni deben serlo. La sociedad en su conjunto debe de agradecerles el enorme esfuerzo profesional y personal que están haciendo, pero eso no es suficiente. Nuestros gobernantes deben protegerles, equiparles adecuadamente, garantizarles el descanso y el sosiego y pagarles de un modo adecuado, pero no puede abandonarles a su suerte y seguir con un discurso copiado y reelaborado de otros tiempos y otros males que nada tienen que ver con neutralizar el coronavirus.
No podemos canjear el trabajo de todos esos profesionales con unos aplausos que, aun siendo bienintencionados, ocultan la gravedad de la situación en la que trabajan. No estamos en una fiesta de comunidad de vecinos, ni ellos en una gincana en la que les toca sortear la propia enfermedad, incluso la muerte.  
Me chirrían las arengas bélicas. Me chirría el ambiente festivo que se ve por algunos sitios y me incomoda una enormidad asistir al constante desprecio a la inteligencia de las personas que confinadas escuchamos sus discursos mientras vamos perdiendo, poco a poco, nuestra libertad incluso a discrepar. Pero sobre todo me asquea el doblar la cerviz de quienes por ideología justifican, esconden y explican, la inoperancia de quienes ahora más que nunca debe ser eficaces, eficientes y trasparentes.
Ahora ya estamos en azul oscuro, casi negro. La vida corriente ha reventado y los mensajes Mr. Wondeful no sirven para nada, ni siquiera como consuelo para todos aquellos que cuentan entre los suyos a esos muertos que algunos no quieren contabilizar. 

PD.: A la Guardia Civil decirle que si vienen a casa por criticas a la gestión del Gobierno que no tiren la puerta, que llamen y les abriremos gustosamente que el cerrajero cuesta un ojo de la cara.