domingo, 25 de julio de 2021

JULIO EN LA NIEVE


 

Para aliviar el calor imagino un día de invierno. Nos hemos quedado sin electricidad. Dicen que un hidroavión tiene la culpa, aunque si se intenta ir un poco más allá, puede que la culpa no sea de un accidente casual sino producto de una mala política en materia de energía. Pero hace calor, demasiado, y los frentes abiertos son tantos que puede que lo mejor sea olvidarse de las macro decisiones que adoptan otros, y pasar las horas esperando que corra un poco de aire natural que refresque el ambiente pese a los aerosoles y la polución. Un soplo de aire sucio que se recibe con la alegría del que sabe que a poco más puede aspirar. Y aquí, sin televisor, sin aire acondicionado, sin internet, queda el consuelo del papel que permite viajar a la Patagonia o a Finlandia con la esperanza de olvidar el ochenta por ciento de humedad relativa que resbala por la espalda hasta perderse en la soledad de un amor desvencijado. Opto por  abanicarme con un suplemento dominical con fecha del mes de enero. La canícula se esparce arriba y abajo, desmayada. Recuerdo que la última vez que le abracé el frío me abrió las yemas de los dedos y el aire olía a ceniza. Pero ahora hace calor, mucho calor, y el cuerpo ansía agua fría, una ducha interminable y un negroni con mucho hielo mientras vuelve la luz.




domingo, 18 de julio de 2021

LA IRRESPONSABILIDAD COMO DESTINO

 


Estamos viviendo un momento muy oscuro en este país. El abuso de poder, el desprecio a la verdad, la falta de conocimiento y una inclinación desmedida por defender posturas contrarias no solo a la razón sino a los más elementales principios democráticos, empiezan a desgastar, incluso, a las propias instituciones. La separación de poderes funciona como contrapeso entre los tres poderes del Estado y el respeto a la independencia de cada uno de ellos es de primero de democracia. Pero estamos como estamos y no parece que a corto plazo vaya a solventarse nada, sino todo lo contrario. Se ha optado por premiar la necedad, el desconocimiento y el seguidismo ideológico sin cuestionar nada. El pensamiento crítico ha muerto y así lo llevamos mal. 

Una vez leí un artículo de Trapillo en el que explicaba que gran parte de las guerras se inician en verano. Las explicaciones no solo  obedecía a razones de orden táctico sino también psicológico. Como dice Trapiello, existe el condicionamiento psicológico y la complejidad del mismo. El buen tiempo favorece el optimismo y como recoge en su escrito: "¿Quién puede perder cuando el tiempo es tan bueno? En España no estamos en guerra y no me atrevería a decir que la posibilidad sea lejana, aunque yo no la desee. Pero lo cierto es que ahora, con el calor del verano, es más que probable que sigamos sufriendo el horror de unos Ministros y Ministras que han decidido que nuestro país merece pasar a engrosar la lista de los que van perdiendo su índice de democracia a medida que van quebrantando no solo las libertades civiles, sino el pluralismo y del control del poder ejecutivo por parte del Congreso de los Diputados y  de los propios Tribunales permanentemente cuestionados. Todo da a pensar que este verano seguirán calentado el ambiente, no solo desde los puestos de gobierno, sino desde los medios de comunicación afines y las propias redes sociales. Y llegaremos a un otoño que ya podemos prever insoportable.

El ser humano tiene tendencia a creer que las desgracias siempre caen lejos. Pero ignorar las tensiones que se generan en el seno de una sociedad cada vez más divida y confrontada; que es cada más pobre y despreciada en sus derechos y libertades, nunca sale gratis. Algunos olvidan que gobernar no es jugar y que sus errores los pagamos todos y nos salen carísimos.



domingo, 11 de julio de 2021

ESPECULACIONES


 

Él graba un video que cuelga en una red social para que ella, que sabe que le espía a ratos, sepa que se acuerda de ella. No quiere llamarla y tampoco que ella lo haga, solo quiere que sepa que sabe. Ella se lo pone unas cien veces, arrima el aparato al oído intentando despistar el ruido que llega desde el salón. Analiza palabra por palabra, las anota en el reverso de la lista de la compra para después leerlas despacio sin tener que volver a la aplicación. Se va al baño para encerrarse. Allí no hay que dar explicaciones. Enciende la radio y sube el volumen. Con la voz gritona del locutor de radiofórmula, arranca a llorar e hipar hasta que ve su reflejo en el espejo y se siente idiota. Debería parar. Ella ya no es nadie, se deshinchó poco a poco, como un globo de helio. Tira de la cadena y apaga la radio. Abre el grifo, pone la cabeza debajo y ahora los ojos rojos pueden ser cosa del champú. Se acomoda apoyándose en la bañera y se fija en que debería cambiar las toallas y llamar al fontanero para que repare el goteo continuo de la cisterna.  El partido ha llegado a la media parte. No queda cerveza en la nevera y el revuelo, entre chistoso y tosco, le da una excusa.  Se ofrece para salir, traerá unos cuantos botellines y un par de paquetes de panchitos. Antes de salir, se pasa la mano por el cabello mojado, coge el paraguas y coloca el móvil en el bolsillo.



domingo, 4 de julio de 2021

Y SIN EMBARGO


 

Intentas que el domingo sea un día tranquilo, que nada lo altere para que al llegar la tarde, cuando se cruza esa sensación de cansancio que nada tiene que ver con el exceso de actividad, ni con la ausencia de ella, sino con la proximidad de la vuelta a las obligaciones y al abandono de uno mismo, el abatimiento no se haga excesivo. Pero es inevitable, las tardes de los domingos pesan. Aun así, quieres demostrarte entereza, que has superado esa estupidez que consiste en creer que los domingos terminan con algo más que no sea el fin de semana. Y amagas el azar con unas pocas risas, un café que pide hielo y unas hojas que lees despacio para no perderte. Aunque sabes que parte de tu vida espera agazapada detrás de las próximas horas, igual que sabes que el recibo de la luz está por llegar y que te escandalizarás cuando compruebes que el saldo de tu cuenta bancaria, de una manera incomprensible, ha menguado durante el fin de semana mientras te preguntarás en qué ha sido, si no te moviste de casa, si no hiciste nada, si solo estuviste esperado que las horas del sábado se multiplicaran por tres para estirar el tiempo que ya añoras. Y al caer el sol, como una maldición, la humedad se triplicará dejando que la ropa se convierta en una segunda piel que te agobia pero que necesitas mientras agotas tu escasa libertad condicional.



domingo, 20 de junio de 2021

REINO WATUSI

 


Me senté de cara a la puerta. Había llegado demasiado pronto y sabía que tu llegarías tarde. La espera se convertiría en una hora de especulaciones. Quería verte llegar, adivinarte desde lejos, pero tampoco demasiado. Te reconocería al bulto. La miopía no perdona, pero los andares no cambian, se quedan pegados al cuerpo y lo convierten a uno en un fotograma de uno mismo. Sería fácil reconocerte. Me quité la chaqueta, me pedí un mojito y al poco otro más. De fondo sonaba una canción pasada de moda que me recordó los veranos en la playa, cuando caía la tarde y el paseo se llenaba de veraneantes. Entonces, apenas vestidos con cuatro trapos, nos escapábamos hasta el embarcadero para olvidarnos de las normas. Me achispé y ahora también las normas se iban a ir de paseo un rato. Después de todo, para eso están, para poder saltárselas, aunque solo sea un rato. Recordé que odiabas el sabor del ron y me puse a buscar en el bolso algo con lo que disimularlo. Encontré un chicle, me lo puse en la boca y masqué lento, muy lento, como si de esa manera se borrara el rastro. No tenía intención de besarte, después de tanto tiempo no parecía apropiado, pero las cosas nunca salen como uno planea en la cabeza, ni como se ensaya en los trayectos muertos del trabajo a casa y de casa a la nada. Así que masqué, casi rumié, y me pedí un agua. Miré alrededor, ¡menudo cuadro de sitio! Lo había escogido porque alguien me había hablado del buen ambiente, la música y de las copas sin garrafón.  Así que cuando me dijiste, veámonos, te solté el nombre sin saber que una alineación de papagayos de madera y enormes plantas de plástico serían testigos silenciosos de nuestro encuentro. La música era buena y la bebida también. Algo era algo. Comprobé la cobertura  del teléfono. Te estabas haciendo de rogar y te imagine haciendo tiempo, recorriendo la acera de enfrente de arriba abajo, arreglándote el pelo frente cristal de la farmacia. Nos queremos saber guapos para no defraudar al otro o, mejor, para no defraudarnos a nosotros mismos. Con un gesto reflejo, me pasé la mano por el cabello, lo ahuequé un poco y me recoloqué en la silla para que no se notara que había llegado demasiado pronto y que había matado el tiempo a base de ron y hierbabuena. Aunque ya me daba lo mismo. Quería que llegaras, acabar con la arrogancia que da la distancia, el tiempo. Si salía mal siempre me marcharía sin más, aunque primero tendría que ponerme de nuevo los zapatos que me dolían como si el mismísimo demonio estuviera jugando con ellos. Acaricié la base de la mesa con el pie desnudo y recordé aquella vez que volví descalza a casa. No me di cuenta hasta subí al coche. Quedaron en tu apartamento, pero ya no volví a por ellos. Las prisas, siempre las prisas. Primero para quitárselo todo, dejarlo por ahí perdido y después para recogerlo como si nunca hubiera pasado nada. No nos volvimos a ver. ¿Qué harías con los zapatos? Me pedí un agua, la boca se me había secado. La lengua como un raspajo y las ganas hechas un lío Quería que llegaras, que siguieras pensando que no hay nada como la hora de la siesta para acostarse, aunque ahora fueran las seis de la tarde. Que confirmaras que echarse de menos forma parte de esa extraña relación que tenemos.