domingo, 17 de junio de 2018

TEMPERATURA AMBIENTE


Me senté en el escritorio y me esforcé en pensar. Así es como me gustaba describirlo. Durante años, dije: «Me esfuerzo en pensar», de la misma manera que mi madre decía que se esforzaba en vivir.

  -Apegos ferocesVivian Gornick





Cuando mi hermano cumplió los dieciocho años se marchó de casa, cerró la puerta por fuera y no le volvimos a ver durante años. Su cupo de pena y de decepción había llegado al límite y quería volar. Nadie podía reprochárselo, ni siquiera su madre, la mía también, que iba acumulando pérdidas sin apenas darse cuenta. Nos quedamos solas, lo que en realidad significaba que la mayor parte del tiempo lo pasaba sin nadie en casa. Mi madre trabajaba como enfermera en la unidad de paliativos del Hospital General y su vida, desde que mi padre murió, transcurría entre guardias infinitas que le permitían sobrevivir sin tener que pensar demasiado porque, como en ocasiones decía, bastante tenía con protegerse del dolor de los que cada día perdían a un ser querido durante sus horas de trabajo. El apartamento en el que vivíamos, entre la Cuarta y la Plaza Hems, se nos había quedado enorme. Algunos días, al volver de la universidad, me paseaba por el salón y esperaba descubrir que, pese a lo vacío que ahora estaba todo, en algún rincón quedaba un rescoldo de la vida que tuvimos tiempo atrás, pero no encontraba más que el eco de una radio que se colaba por el patio de luces. Me tumbaba en el sofá y con la mirada perdida en el vacío imaginaba que algún día volvería la normalidad que se me había escapado aún sabía bien cómo. A veces esperaba que Helen, mi madre, volviera de su guardia y me besara aunque fuera con más cansancio que ganas. Se quitaba los zapatos, se tumbaba en el sofá en el que yo misma, horas antes, había perdido el mundo de vista, y allí se quedaba dormida sin apenas decir nada. Me sentía incapaz de decirle lo mucho que la echaba de menos. La besaba en la frente y ella, de una manera casi inconsciente, me acariciaba la mejilla. Estuvimos así más tiempo del que puedo recordar. La sentía frágil en su aparente entereza y más de una vez temí que se desmoronara como un castillo de naipes y se arrojara a una desesperación tan grande como salvaje. A veces, al volver de clase, la encontraba apoyada en la ventana, dando la espalda a la habitación, al mundo entero y la escuchaba suspirar. Aquel ambiente sombrío y triste me influyó durante años. La intensidad de su soledad se colaba por mi sistema nervioso hasta bloquearme y alejarme poco a poco de ella. Un día, al volver a casa, la encontré pintando la pared del salón, había cubierto los muebles con sábanas viejas y su cabeza con un pañuelo que había sido de papá. Al verme bajó de la escalera, me abrazó como hacía años que no lo hacía y sentí, por fin, que acababa de expulsar de nuestra casa el infierno del dolor y que por fin volvía a nacer la posibilidad de recuperarnos, de evitar perdernos para siempre.


domingo, 10 de junio de 2018

SIN SORPRESAS


Nuestro diálogo no era exáctamente una conversación. Ejecutado a un alto nivel de velocidad y ruido, consistía en una serie de confrontaciones a cámara rápida.

-Apegos feroces- Vivian Gornick






Regreso de Madrid con menos ganas de lo que es habitual. Un último paseo por el Retiro, antes de correr hacia Atocha, me ha sentado más que bien. Es la ilusión de respirar un aire menos contaminado y agresivo de lo que últimamente respiramos junto al Mediterráneo de Serrat. A los efectos prácticos he perdido el tiempo, no he completado ni una sola de las gestiones que me llevaron hasta allí y, sin embargo, mientras el tren me aleja de la ciudad pienso en lo animada que estaba, en lo espléndida que es, y en lo mucho que nos despistamos los que venimos de fuera. Vivir en el conflicto agota y, de vez en cuando, tomar distancia es necesario. En últimos tiempos vivir en Barcelona es morirse un poco cada día. Escapamos como podemos, aunque sea utilizando excusas, bebiendo medio litro de vodka o incluso escribiendo simplezas mientras en la acera de enfrente, teñida de amarillo, vemos a una jauría que intenta arrancarnos la libertad y la tranquilidad que todos queremos, que todos necesitamos. La gente sofoca y el final ya lo conocemos, no tiene nada de sorpresa.












domingo, 3 de junio de 2018

CASI TODOS LOS DÍAS


Decirlo una vez más, escribirlo una vez más. La salud es un delicado equilibrio de deflagraciones. La cabeza que suena, los ojos que duelen, los oídos que pitan, la garganta que escuece, el vientre que sufre...

-Mortal y rosa- Francisco Umbral






Casi todos los días son iguales, uno tras otro hacemos las mismas cosas, pisamos los mismos lugares, tomamos los mismos cafés e incluso nos mofamos de las mismas noticias que se repiten sin que apenas cambien. La vida se menudea en una monotonía que no solo no sorprende sino que, cuando uno rebusca entre el tiempo que tuvo y el poco que le queda, da un vértigo que es difícil de parar. Y en mitad de esta repetición continuada de tiempos, que vinieron para quedarse, buscamos momentos de efímera diferencia que transformen en extraordinario lo que con el paso de los días se ha vuelto corriente y a veces fastidioso. Y en esa búsqueda, trampa mortal casi siempre, se nos complica la vida para terminar en el mismo sitio del que partimos pero con el interior maltrecho como el cuerpo de un adolescente después de una tarde de borrachera. Nadie está a salvo de tanta estupidez, ni de la transitoria locura de la carne ni  del pensamiento difuso.




domingo, 27 de mayo de 2018

DATOS Y MÁS DATOS



Se supone que debo contaros cómo me convertí
en un cerebro metido en una caja.


El final de todas las cosas -John Scalzi-





Estas dos últimas semanas he recibido un aluvión de correos electrónicos. La entrada en vigor del Reglamente General de Protección de Datos (RGPD)ha sido un revulsivo para la bandeja de entrada y para recordar a la cantidad de sitios, casi todos inútiles, a los que una se ha ido suscribiendo a lo largo de los años. Un montón de listas y lugares a los que creo que no he vuelto a entrar desde el día en que me suscribí y cuyos correo he ido eliminando sin leer la gran mayoría de veces. La entrada en vigor de esta normativa europea ha puesto en evidencia, una vez más, nuestro talante mediterráneo y relajado. Hace dos años que existe, dos años para ir adaptándose, para hacer los cambios necesarios y sin embargo, haciendo gala de nuestra idiosincrasia, nos ponemos a correr unos pocos días antes de que llegue el 25 de mayo y las multas se conviertan en el come-come que nos mata.

También quien suscribe ha estado abanicándose con el Reglamento hasta que ya ha sido imposible obviarlo. Debo decir que he cruzado el páramo del desconocimiento, la incertidumbre y la duda sobre el qué hacer con este blog, con sus suscriptores, con sus comentarios, sus datos y esas cosas que se van generando. Al final, tras algunas consultas, unas cuantas informaciones cruzadas, un par de artículos leído con el consabido aburrimiento, un par de pesadillas y un poco de pesadumbre he hecho un poco de limpia, intentando eliminar todo aquello que implique una complicación de la vida, y así se va a quedar, textos pelados y poco más. Solo puedo decirles que si por este blog quedará algún dato (dato que no quiero para nada), prometo no traficar con ellos, guardarlos entre algodones y en la intimidad de mi intimidad, y si alguien quiere algo relacionado con esos datos que no quiero pero tengo por el motivo que sea, que remita un correo y se hará lo que se pueda.
Durante estos días la vida se ha convertido en eso que pasa mientras se acepta la política de cookies, de privacidad y todo eso que nunca sabemos muy bien qué es pero que por lo visto engorda el bolsillo y el conocimiento (manipulativo) de otros. 

Por unos días las bandejas de entrada de nuestros buzones digitales se han puesto en plena forma, llenado de mensajes apocalípticos sobre la pérdida de información si no aceptabamos tal o cual cosa; pero, a partir de ahora, esos mismos buzones comenzarán a adelgazar por la pérdida de todo aquello que alguna vez creímos que nos interesó y, en realidad, no nos ha interesado nada y cuyas políticas no hemos aceptado porque no sabemos ni quién, ni de qué nos hablan.




lunes, 21 de mayo de 2018

POMPAS DE JABÓN


"En el cielo la princesa llora sobre el cuerpo del príncipe ciego. Caen dos lágrimas dentro de sus ojos y él puede ver. El rescate. Las lágrimas. Cuéntamelo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama".

Leer para ti -Siri Hustvedt-






Me acostaba siempre antes de que llegar a casa. A veces, cuando me había entretenido demasiado haciendo los deberes y cenado un poco más tarde, me bastaba con escuchar el ruido metálico del portal para darle un beso a la abuela, correr a mi habitación y enterrarme bajo el peso de las dos mantas que cubrían la cama. Me hacía la dormida, la cara mirando a la pared para que ni un pequeño parpadeo pudiera descubrir que cada vez que él venía a mi habitación fingía dormir. Aguantaba la respiración, contaba hasta un diez eterno y entonces, solo entonces, con el ruido de la puerta al cerrarse,  la habitación volvía a oscurecerse del todo.  Le había cogido miedo y aun no sabía bien el motivo. Le quería, o tal vez ya no, no lo sabía, solo sabía que tenía miedo y que se me entreveraba por dentro hasta volverme miedica sin reconocer a quien antes quise tanto. No me había puesto la mano encima jamás, la zapatilla era cosa de mi madre, pero quizá fue, la discusión que escuché una noche, al poco tiempo de que ella se marchara, una noche en que volvió tarde, golpeándose contra los muebles y gritando que era una puta que no merecía vivir. La abuela le susurraba que se callara, que no dijera enormidades, que era su hija. Aquel día me hice pis en la cama. Por la mañana nadie dijo nada, la abuela me había preparado un gran tazón de chocolate y dijo que íbamos a pasar el día en la Casa de Campo. Vendría mi prima Julia y mi tía Cata, y papá podría descansar. Cogimos el autobús y fuimos en silencio todo el camino. La abuela tenía el semblante sombrío y aunque me sonreía cada vez que la miraba yo sabía que algo grave estaba pasando y que mis padres estaban en el centro de todo aquello. Había pasado la noche dándole vueltas a quién se referiría papá con aquel “no merecía vivir”. No podía ser la abuela, la quería, la necesitábamos y se lo merecía todo, todo lo bueno que el mundo fuera capaz de darle. Quizá se refiriera a mí, quizá fuera yo esa puta de la que hablaba aunque y yo aún no sabía qué demonios era eso.
La vida se había vuelto complicada desde la marcha de mamá. La echaba de menos pero no se lo podía decir a nadie. Lo guardaba dentro como si de esa manera el dolor de su ausencia se pudiera dormir y desaparecer.  A papá apenas le veía desde entonces, vivía en casa pero era un extraño al que no reconocía. Un día, al volver del colegio, ya no estaba y al preguntar por ella nadie dijo nada, solo que no me preocupara. Pero ese empecé a conocer que era la preocupación. La casa estaba triste, la abuela parecía engullida por el desconcierto y las risa de y las pompas de jabón que los días de fiesta papá soplaba en el Retiro  habían desaparecido para siempre. Silencio, algún rumor seco y la lejanía de todo.
A veces, los domingos papá  comía con nosotras y entonces su mano,  grande como la de un gigante, se posaba sobre mi cabeza, como antes, me acariciaba el pelo y suspiraba como si le doliera por dentro. Al terminar el almuerzo se tumbaba en su cama y desaparecía cerrando la puerta de su dormitorio. Pero aquel domingo no comimos en casa, ni escuché como papá se lamentaba de la vida y no pude por menos que preguntar a la abuela, mientras recorríamos la Gran Vía,  quién de las dos, si ella o yo, no merecíamos vivir.
El autobús paró frente a los grandes almacenes en los que yo sabía que había trabajado mamá. La abuela miró al frente, evitando la ventana. Me apretó la mano y me dijo que no me preocupara, que todo andaba bien.  Pasamos todo el día fuera de casa, como si el descalabro que vivíamos en casa desde hacía meses no fuera más que parte de una telenovela que no nos incumbía. Disfruté mucho corriendo entre los alcornoques, comiendo una manzana glaseada que compartí con Julia y me olvidé de papá, de mamá, de la abuela, hasta de mí misma. Pero por la noche, al acostarme, el rumor de las palabras gruesas de papá  ahogadas contra su almohada, me hizo preguntarme, de nuevo, si no sería yo quien no merecía vivir.



domingo, 13 de mayo de 2018

DE LA DISTORSIÓN


Y ese fue el final de la historia, 
un gran malentendido de principio a fin.

Estrellas y Santos -Lucia Berlin-





Empecé a ver el primer capítulo de “The affair”, una voz en off anunciaba la primera parte, por lo que no había que hacer ningún ejercicio para imaginar que tras esa primera parte iba a venir una segunda y podía ser que incluso, dentro de ese capítulo, una tercera. La historia relata el affaire entre un hombre y una mujer, ambos casados pero entre ellos, claro. El primero con cuatro hijos y una vida a la sombra de una familia política que le empequeñece; ella con el recuerdo de un hijo muerto cuando apenas empezaba a vivir (cuatro años siempre son pocos para cualquier cosa). Podría ser una serie más sobre la infidelidad y sus consecuencias, pero no está ahí la gracia sino en cómo, dividida en partes, nos muestran como cada uno de los protagonistas va viviendo una historia que empieza como una aventura de verano y se prolonga a lo largo de los años y las consecuencias que para ellos y sus familias va a tener aquello que empezó de la nada. ¿Dónde está la diferencia con otras historias de igual contenido, mil veces contadas? Pues en el mostrar las diferentes caras de una misma situación,  en cómo cada uno de ellos vive lo mismo, recordándolo de manera absolutamente distinta, sintiendo de manera absolutamente dispar, percibiendo realidades completamente distintas. Es por eso que, a medida que va avanzando la historia, podemos empatizar con unos o con otros en función de cómo se nos van descubriendo los entresijos vividos por cada uno de los distintos personajes. Podemos colocarnos al lado del tipo absorbido por una familia en la que se encuentra reducido, o al lado de una mujer descolocada por una culpa que no le corresponde. Los damnificados por esta historia de amor y desencuentros no son solo ellos, sino todos los que les rodean.

El ser humano es maravilloso sin dejar de ser desconcertante. Algunos juegos precisan de todos los naipes de una baraja, pero en la vida real eso no es posible. De ahí que al afrontar algunas situaciones aunque procuremos hacerlo de la mejor manera posible, intentando causar el menor destrozo posible, solo acabemos abriendo la caja de las afrentas. Lo de colocarnos en los zapatos de otro, como decía Atticus Finch en” Matar a un ruiseñor”,  no es fácil y requiere desprenderse de prejuicios  y de historias propias, por eso en la mayoría de ocasiones las conclusiones a las que nos enfrentamos están  distorsionadas. Existen miles de condicionantes, miles de sensaciones y de sentimientos propios que no son más que el resultado de una subjetividad que no tiene que ser necesariamente ni cierta ni real.  Por eso es imposible discutir desde las emociones, o intentar solventar cualquier conflicto desde los sentimientos, porque cada uno se mueve con los suyos y estos crecen, como pueden, casi siempre alejados de la razón. La vida es poliédrica, con medias verdades ocultas por medias mentiras, y al revés, que lo distorsionan todo, por eso a veces nos resulta incomprensible.





domingo, 6 de mayo de 2018

LA CENTRALITA



Era todo fanfarronería, pero quién sabe si no era su convicción la responsable de que todo le saliera. Quizá sí que podías conseguir lo que quisiera si te lo trabajabas.
 -Que me quieras- Merritt Tierce




Anabel se había despedido a la francesa, llevándose una caja con unos cuantos euros que guardábamos para emergencias. Había dejado una nota en la que nos invitaba a morirnos de una manera poco agradable.  Al leerla, nadie dijo nada. El supervisor la dobló y se la guardó en el bolsillo. Preguntó de cuántos euros hablábamos y al constatar que no llegaban a los cien, respiró y dijo que dejáramos la cosa tal como estaba. Ese tal como estaba significaba que desde ese momento y hasta cuando fuera, el teléfono lo íbamos a atender entre los cuatro desgraciados que ahí nos quedábamos, sin morirnos ni nada, solo sin Anabel y con unos pocos euros menos. La idea me disgustaba en sobremanera pero no quedaba otra y, a poco que los de arriba se pusieran en marcha, solo serían unos días, enviarían a alguien seguro.
El martes me senté frente a la centralita y esperé. Empezaron a entrar las llamadas y, para matar el tedio, en cada una de ellas intentaba adivinar, por el tono de la voz, la edad de la persona, qué estaría haciendo en el inmediato momento anterior a la llamada, o si la pretendida urgencia no era más que una argucia para pasar por delante de una lista de espera importante, o si mentía en la explicación que me daba. De entrada no reconocía la voz de nadie pero, con los días y después de repetidas llamadas requiriendo un servicio que se iba a demorar por la maldita burocracia, empecé a reconocerlos. La señora del escape de agua en el salón; la abuelita de los cristales de la claraboya rota; el tipo del robo con violencia que no recordaba nada de lo que había pasado. Gente que esperaba soluciones por pago de prima.
Anotaba en el ordenador los datos que me iban dando, apretaba el “enter” y a volar. De manera inmediata olvidaba la conversación y el aburrimiento volvía a campar a sus anchas hasta que de nuevo sonara el teléfono. La siguiente llamada entró como un chorro de aire fresco, no pedía nada, no tenía urgencia alguna, solo llamaba para hablar con Anabel. Me pareció curioso y aunque le dije que Anabel ya no trabajaba allí, podía hablar conmigo si quería. Y el caso es que quiso y ahí estuvimos hablando de un manera interminable, mientras veía como los pilotos rojos de la centralita se iban encendiendo, anunciando desastres domésticos que debían ser reparados.
Al día siguiente volví a sentarme frente al aparato, mi ofrecimiento a hacerlo de manera permanente mientras no hubiera quien cubriera la plaza se aceptó de buen grado por todos. Fue de esa manera que empezamos a hablar, primero de una manera desordenada y después, para evitar levantar sospechas, en horas concertadas. Un día, después de tener puesto el “no molesten” telefónico durante más dos horas, sin que pudiera entrara ni un solo aviso de avería, decidí que había que dar un paso más. Las horas se me hacían cortas o largas en función de si ese día había o no llamada. Necesitaba ponerle cara a esa voz a la que ni siquiera había puesto nombre porque nunca lo dijo, ni yo se lo había pedido. Me di cuenta de eso mientras pensaba en cuál sería el mejor momento para quedar y entonces se me hizo extraño llevar dos semanas hablando con alguien del que no conocía ni el nombre, ni nada de su vida personal, pero para el que desde hacía dos semanas me arreglaba con especial atención, pese a saber que no le iba a ver.
A media mañana llamó, me sorprendió porque ese día no tenía que tenía que hacerlo hasta después de comer, pero me alegré de escuchar su voz y pensé que tal vez la necesidad ya no solo era mía sino también por el otro lado. Charlamos durante unos minutos, pocos porque dijo que tenía que salir. Antes de colgar le propuse tener una cita. Vernos, reconocernos y seguir hablando sin un teléfono de por medio. Se hizo el silencio y repetí por dos veces un “¿hola, estás ahí?”. El silencio continuó durante unos segundos más hasta que llegó la señal de que se había cortado la comunicación. Intenté recuperar la llamada, pero entonces caí que mi aparato era solo una extensión de la centralita general y que desde aquí no podía recuperar nada. Continué sentada, esperando que volviera a llamar pero no lo hizo.
Las siguientes tres semanas continué atendiendo el teléfono, intentando que la desazón no acabara conmigo. Las ojeras habían empezado a salir y no podía dejar de preguntarme qué había pasado, dónde estaba el error. Empecé a imaginar mil excusas que me permitieran especular con una explicación razonable a ese comportamiento tan extraño. Siempre podía haber dicho que no a una posible cita. La duda me reconcomía y convertí mi día a día en una invención de historias.
Pasé aquel tiempo como pude y al volver de un fin de semana un tanto turbio, pedí volver a mi puesto de trabajo y que otro se encargara de la centralita. Necesité tres semanas más para recuperar cierta normalidad, para dejar de pensar en aquellas llamadas que durante dos semanas fueron un aliciente. Ahora volvía a estar en mi cubículo entre tres mamparas grises, con la foto de un perro en el lateral y, de fondo, una ventana que cada día, sobre las seis, me entregaba una luz perezosa para despedir la tarde.





domingo, 29 de abril de 2018

SOCIEDAD Y DERECHO






Podría escribir mi parecer sobre la Sentencia de “La Manada”. Algo sé de Derecho, la he leído, pero no he tenido acceso al expediente judicial de manera que mi opinión estaría basada en gran medida en una apreciación muy personal sobre un texto pero no sobre el contenido del procedimiento. Pero sobre ella ya se han dicho muchas cosas, casi todas por personas que no han leído ni un solo renglón y que desconocen el contenido del Código Penal y el sistema de garantías que tenemos. Pero no es mi cometido comentar resoluciones judiciales por muy buenas o por muy malas que me puedan parecen a bote pronto, y con la poca información que  menudo tenemos de los casos que los medios de comunicación encumbran. Solo sé que la Sentencia, tan denostada por algunos sectores, hace algunas cosas que, a tenor de lo que se lee y escucha por ahí, parece que no haga. Primero, la Sentencia condena a los autores de los delitos contra la libertad sexual (llamados así porque el bien jurídico que protegen es, precisamente, la libertad sexual. El tan repetido "no es no") a una pena nada menuda; segundo, el Tribunal cree a pies juntillas a la víctima (nosotros sí te creemos, también muy repetido en la calle) y a lo largo de toda la resolución así lo recoge. Pero aun así y porque alguien está pretendiendo que el léxico utilizado por el Código Penal sea el fiel reflejo del diccionario de la RAE (cuando nada tienen que ver), parece que nada de todo eso vale. Si alguien se parara dos minutos a leer el Código Penal (por cierto del año 1995) verían de lo que hablo. Los delitos contra la libertad e indemnidad sexual sexual ahí están contemplados (art. 149 en adelante) y cada uno de ellos tiene las penas que tiene y los Tribunales, una vez determinada la existencia de dichos delitos  y las circunstancias que concurren, solo pueden aplicar las penas ahí establecidas. Sin embargo, con motivo del caso de "La Manada" lo regulado no es suficiente, o no es socialmente satisfactorio. ¿Queremos mayores penas? Pues entonces habrá que legislar sobre ello ¿Queremos tipos penales distintos? Pues lo mismo, habrá que legislar de otra manera y pedirle a los políticos que pretenden pasar el cedazo de los votos, aprovechando la desgracia, que se pongan a trabajar porque este Código (llamado de la democracia), tiene más de 23 años y margen han tenido más que de sobras para hacerlo si consideraban que socialmente ya no se ajusta a la realidad. Pero la solución, ni a este tema, ni a ningún otro, está en arrasar el Estado de Derecho y colocar a los delincuentes en la plaza del pueblo para que la inquisición ciudadana acabe con ellos sin problema alguno. Sin garantías no somos nada, estamos abocados al abismo por mucho que ahora nos encontremos con hechos que repugnan a cualquier persona mentalmente sana. Pero la turba ciudadana en la que nos han convertido las redes, en las que hasta el más ignorante puede lanzar su soflama sin que le tiemblen las piernas, aboga por abolir un sistema que, aun mejorable, es una garantía para todos. 

Sin embargo, si bien estas explosiones contra el Estado de Derecho, al que tan acostumbrados estamos en los últimos tiempos, pueden ser desconcertantes, no son lo peor. El mal lo estamos generando por otro lado, en realidad se lo estamos haciendo a las mujeres de hoy y de mañana, cuando empezamos a acusar a los hombres, falsa y tendeciosamente, de ser seres abyectos, contra los que debemos protegernos en general y en lo particular también. Hacer creer que las mujeres estamos sobre expuestas a un daño por parte de aquellos que entre las piernas tienen un arma con la que destrozarnos la vida es una aberración. Los mensajes del miedo sobre lo terrorífico de los hombre son, a corto plazo, una de las peores cosas que podemos hacer por nuestras niñas, nuestras adolescentes. Hacerlas crecer con miedo, como unas víctimas seguras de su entorno, es un gran error.  La hipersexualización de la infancia y de la adolescencia, los mensajes contradictorios y los errores de concepciones románticas de las relaciones personales son el abono a situaciones más que repugnantes en las que el Derecho Penal, como ahora se pretende, poco puede hacer. Algo estamos haciendo muy mal y con la actitud de algunos colectivos aún se está empeorando más. No necesitamos mujeres miedosas, ni mujeres rencorosas. Necesitamos una sociedad de personas que se respeten y que, en caso que se delinca, aplique con eficacia y eficiencia las leyes que por ella misma ha creado.
Delincuentes son los que lo son (con independencia de su sexo o de su género como ahora tanto gusta decir), y cometen los delitos que recoge nuestro ordenamiento. Y los delitos son los que son, porque así lo decidimos entre todos mediante los diputados que por mayoría votan nuestras leyes.  El sistema tiene sus fisuras, por supuesto, y disfunciones que deben ser corregidas.  Ayer mismo lo dije en las redes, si la gente fuera consciente del mal que se está haciendo con la demonización de los hombres, del miedo e inseguridad que de esa manera se va inoculado en las niñas, se lo pensarían dos veces.
El Derecho Penal no es preventivo, aunque algunos hablen de la función desincentivadora de las penas, y tampoco es una venganza institucionalizada. El Derecho siempre va un paso por detrás de la sociedad y tiene sus disfunciones, es cierto. Se debe ir adaptando con modificaciones y jurisprudencia y sus actuaciones pueden ser revisadas vía recurso. Pero cuestionar algo tan fundamental como el Estado de Derecho, cambiarlo por el batallón de la turba, es un mal que sólo aboca a la discrecionalidad y la injusticia. Y hay que ir con cuidado porque cualquier día, cualquiera puede encontrarse a los pies de los caballos y no encontrará asideros legales en los que apoyarse porque los habremos quemado por el camino y entonces, solo entonces, quedará la turba, de dos o de mil, da igual, para acabar con nosotros, sin olvidar que, por el camino, las mujeres habrán pasado a ser ciudadanas discapacitadas para su propio gobierno y la víctimas de cualquier delito en monigotes en manos de unos cuantos manipuladores.




domingo, 22 de abril de 2018

TIEMPO DE DESCUENTO


Un domingo por la tarde el señor Wise nos llevó a Willie y a mí hasta la mina, a ver nuestra antigua casa. Entonces me embargó la añoranza, al oler las rosas trepadoras de mi padre, caminando bajo los viejos robles.

Lucía Berlin






Esta mañana mientras hacía cola para comprar el pan del desayuno he escuchado parte de una conversación ajena que me ha llevado a pensar que el que llevaba la voz cantante de la charla, que intentaba impresionar a su interlocutor con las expresiones que utilizaba, no era más que un pobre hombre. La cola era larga y la plática de aquel tipo bien podía alargarse un buen rato, pero he perdido el interés a los pocos minutos. Pero las esperas, aunque solo sean para comprar el pan,  dan para mucho y,  entre ese mucho,  da para plantearse si somos lo que creemos que somos o si en realidad no somos más que la imagen que damos a los demás. Y de ahí un paso, entre el murmullo de la voz de aquel tipo ya  indiferente, me ha venido a la cabeza la cantidad de veces que nos llevamos una decepción por creer que alguien era de una determinada manera que al final resultó no ser como creíamos. Nos generamos ideas extrañas sobre las personas que nos rodean, sobre todo cuando las conocemos poco  y basamos nuestro juicio en cuatro palabras de complacencia o conversaciones intrascendentes en las que, en la mayoría de ocasiones, no se muestra nada en absoluto.
Me he llevado dos barras de cuarto y unos cuantos croissants, dejado en la esquina al de la charla. De vuelta, mientras deshacía los dos kilómetros que he recorrido para desayunar pan blando, no he podido obviar que no en pocas ocasiones también yo me he equivocado y he generado en mi propio imaginario personal seres inexistentes cuya realidad me ha llevado a una cierta decepción.  Con toda seguridad yo misma he  podido ser una decepción para cualquiera que, esperando alguien creado a partir  de cuatro datos,  se ha dado de bruces con mi realidad. Debo decir que al llegar a casa, he puesto la mesa con esmero (soy de las que cree que la excelencia se encuentra en el detalle), y mientras colocaba las cucharillas para el café (cada uno la suya) y una común para el bote de la mermelada (una que entra en el bote y nadie puede relamer),  la sombra de cierta decepción se ha paseado se ha paseado por mi propio imaginario aunque deteniéndose poco porque ando en tiempo de descuento y no puede quedarme varada en veredas tristes. 






martes, 17 de abril de 2018

ASOMARSE A UNA VENTANA CUALQUIERA



Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían ninguna novedad para él. Emma se parecía a las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje.

Madame Bovary -Gustave Flaubert-






Hace un par de semanas al abrir la ventana del dormitorio escuché los gorgoritos de unos pájaros. Pensé que por fin estaba llegando la primavera. Y mientras me entretenía, no sin cierta sorpresa, con algo tan sencillo como el canto de unos pájaros, vino a mi cabeza el libro de Rachel Carson “El sentido del asombro”.
Con los años vamos perdiendo cosas por el camino y una de ellas es, precisamente, la capacidad de asombrarnos y, de rebote y sin darnos cuenta, la de encantarnos con las cosas sencillas. Dice Carson que para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía de un adulto con quien poder compartirlo. Con toda seguridad eso sea así. Pero el asombro es como la luz de una candela que se va consumiendo a medida que pasa el tiempo y vamos dejando por el camino algo más que restos de piel y sentido. Perdemos, sin apenas darnos cuenta, la capacidad de ensimismarnos y entretenernos en lo menudo y encontrar, a partir de ello, algún sentido a lo que nos rodea. Me pregunto si para recuperar esa capacidad  quizá no debiéramos actuar de modo inverso al que dice Carson, y que nosotros, como adultos un tanto desengañados y perplejos, hacernos acompañar de unos cuantos críos que, con su asombro y desparpajo, nos contagien la vitalidad y la expectación que les genera la existencia del mundo que existe ahí afuera y que a nosotros se nos estrechó por las costuras, casi sin darnos cuenta. Pero esta teoría, que carece de todo fundamento, no es más que la consecuencia de asomarse a la ventana un día cualquiera.