martes, 8 de enero de 2019

SALA DE ESPERA


¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos? 
 Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable. 
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella, 
como Rimbaud y Verlaine.

Luís Cernuda






Estábamos en la sala de espera unas veinte personas. Supongo que no más de cinco o seis pacientes, quizás alguno más, y el resto acompañantes. Hay gente que cuando van a un hospital lo hace como si fuera de romería, sin tener en cuenta que ni el lugar lo requiere ni el estado de los pacientes lo aconseja. Pero a la gente le da igual. La sala de espera, por diminuta que sea, se convierte en una especie de barra de bar en la que las conversaciones pasan casi siempre por la infinidad de pruebas por las que pasan unos y otros que esperan con paciencia que les den un soplo de esperanza. Me desespera esa francachela, un tanto nerviosa, que se fragua entre familiares que muchas veces no saben cómo matar el tiempo, la angustia o incluso el hartazgo. Mi madre me mira como si estuviera en otro mundo, como si todas esas voces la perturbaran mientras piensa en las pocas ganas que tiene de que le den, de nuevo, la vuelta como a un calcetín. Mira al fondo y con un gesto de la cabeza me señala las habitaciones en las que ella ya estuvo hace algunos meses y alza los ojos mirando al cielo en un gesto de desganan. La llaman y entra sola. Es lo que toca. Me quedo con su abrigo, su bolso y la veo alejarse por el pasillo, un poco renqueante, apoyando el bastón con fuerza. ¿En qué momento empezó a esa leve cojera que se hace tan evidente en momentos como éste? El pasillo es solo un corredor que la lleva, una vez más, a lo desconocido, a lo incierto. Un tubo aséptico del que prefiero pensar que es como el túnel del lavado al que llevo el coche. Espero que me la devuelvan impoluta, con ese balancear de cuerpo que ahora la acompaña siempre y que camino a casa nos tomemos un café mientras me dice que me calle ya, que le duele la cabeza de escucharme.








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martes, 1 de enero de 2019

AMATEUR


Nuestro diálogo no era exactamente una conversación. Ejecutado a un nivel de velocidad y ruido, consistía en una serie de confrontaciones a cámara rápida.
Vivian Gornick, Apegos feroces





Con la llegada del año nuevo parece que las esperanzas renacen y los planes a futuro se van forjando en la cabeza con la velocidad de las últimas horas del día 31. Propósitos que pocas veces irán más allá de nuestra nariz y que antes de que acabe el mes de enero quedarán enterrados entre la cotidianidad, las rutinas y las urgencias del día a día. Venimos de unos días intensos y yo me canso, mucho. Por eso hoy, alegando la excusa de una invitación imposible de rechazar de aquellos parientes políticos que no se visitan nunca, pero que son el comodín del escape, me tomo el día libre y me quedo en casa, pintando mandalas y recogiendo lo que durante estos días ha quedado desperdigado por todas partes. No tengo propósitos para el nuevo año, no tengo deseos ni confesables ni inconfesables. Pero tengo una necesidad, la necesidad del tiempo y del silencio que parecen, ambos, la consecuencia lógica de una especie de misantropía benigna que se pasa con los días, pero que a veces se necesita para no perderse uno mismo. Es hora de que otros hagan planes mientras, por aquí, la mañana la pueblan las musarañas y un diletante surfeo sosegado entre cuatro notas musicales y la afonía agónica de las navidades.





jueves, 27 de diciembre de 2018

EL ELEVADOR


“No quiero que la gente sea muy agradable, pues así me ahorran la molestia de que me tengan que gustar demasiado”.
Jane Austen





Coincidimos en el ascensor. No hay otro lugar más anodino,incomodo e impersonal para encontrarse a alguien. Pero estábamos allí, en dos metros cuadrados con unos cinco años más a la espalda. Pulsó la tecla del ático, la cafetería, aún no me había visto. Yo iba al quinto, sección menaje. Al girarse, ya no quedó más remedio. ¿Qué tal? Preguntó, un qué tal que guardaba un mucho de turbación imprevista y otro tanto de intranquilidad a una respuesta que fuera más allá de lo cortés. Pero la inquietud reculó con un “bien, como siempre” y llegamos al quinto. La puerta se abrió sin hacer ruido. Él quedó dentro y yo me despedí, tocando ya el suelo, con un “nos vemos”. El aire se expandió de nuevo.  





domingo, 23 de diciembre de 2018

PAZ Y AMOR EN EL TELEVISOR



Me veo simple como una piedra o un árbol en este mundo y este tiempo sin fin. Me convierto en rey de las hormigas y de las moscas, soy el comandante de las nubes: antes de ir a la trinchera, las convoco para que desfilen y les ordeno que abandonen de inmediato nuestro cielo para encontrar otro azul en algún otro sitio, más tranquilo y sensato.

Velibor Čolić, Manual de exilio






Se nos ha acumulado tanto destrozo a lo largo del año que llegadas estas fechas es difícil recomponerlo y formular buenos deseos para toda la humanidad, sin que suene impostado y falto de verdad. Quizá en estos tiempos solo podamos pedir que los días, y las decisiones que no podemos controlar, no nos traigan todo lo que el ser humano es capaz de soportar. Vivimos al filo de una sociedad que está a punto de despeñarse. El respeto solo se consigue respetando al otro y ese camino siempre tiene dos direcciones, la de ida y la de vuelta, y sin ambas el respeto se convierte en sumisión que a la larga se traduce en un odio atroz, desmedido. Pero no hay tiempo y tampoco ganas. En unas cuantas horas será Navidad y yo, al menos, echo de menos no solo a los que no están, sea el motivo por el que sea, sino también la cordura,  la sensatez, el respeto y las ganas de no perder libertades a manos de quienes gritan en nombre de ella mientras intentan anular a los otros. Llegan tiempo de paz y de amor, al menos en el televisor y esto último es una gran pena.  




domingo, 16 de diciembre de 2018

UN INVIERNO EN SINGAPUR



Agarró su guitarra,dijo: "nos vemos", y se marchó. Fue tan duro para los niños como para mí. Peor aún cuando sin él encontramos una tumba zuni, y durante la danza del venado en San Felipe.


LUCIA BERLIN, Mi vida es un libro abierto






A veces, cuando se hace de noche demasiado pronto, intento recordar algunas cosas que existieron en el pasado. El invierno existía y las tardes se llenaban de manos frías, del vaho saliendo de la boca que las madres intentaban cubrir con bufandas que ellas mismas tejían mientras escuchaban la radio. La mía intentaba hacer lo mismo. Nos vestía de un modo un tanto estrafalario para que no nos resfriáramos, para que las anginas se quedaran quietas y ella pudiera irse a trabajar sin sobresaltos de avisos que nunca llegaban porque, por entonces, los niños que se ponían enfermos se quedaban en casa al cuidado de quién se podía y solo al día siguiente, en la cartera del hermano más mayor, se colocaba una nota explicativa para la escuela que, en nuestro caso escribía mi madre sentada en la mesa de la cocina. Se sentaba en una de las cuatro sillas que rodeaban una mesa de fórmica y se ajustaba al cuerpo un kimono finísimo, que creíamos de purísima seda de la China y que nunca supimos cómo llegó a casa, mientras apuraba el único cigarrillo que se permitía después de cenar. Las noches de invierno olían a tabaco aunque ella abriera la ventana intentando disimular el único vicio que decía que ya le quedaba. Ahora no sé si todo aquello de verdad fue así, o si es mi visión deformada y edulcorada de un tiempo en el que el butano de una catalítica no era suficiente para calentar toda una casa y en el que andabas todo el día con el frío metido en el cuerpo, porque por mucho que te riñeran no había manera de que te cerraras aquella bata de lana gruesa te habían regalado en tu último cumpleaños. Porque eso también era así, los regalos eran una excusa para comprar lo necesario y si acaso, y se podía, un detalle apenas menudo con el que te crecías frente a los hermanos porque ese día era tu día. La memoria es traicionera y, de vez en cuando, inventa una realidad inexistente, y lo que hoy parece el retrato exacto de un tiempo, el mañana, de un modo fugaz, lo arrasa hasta convertirlo en algo distinto y tan perecedero como lo anterior. Puede que por eso las tardes de invierno me traigan el recuerdo de una madre que no existió nunca y que he inventado a fuerza de recuerdos macerados por mi propia existencia y la fantasía de un mundo tan extraño y sorprendente como el cantón del que provenía la bata de mi madre. Una vida que ni siquiera sé si es inventada pero a la que me une un filamento extraño que marca el camino pese a que, como el humo de un último cigarrillo, solo queda el rastro de su aroma.



martes, 4 de diciembre de 2018

OBSTINADAMENTE


Tardé en darme cuenta de que el dolor que soporté esos días no era el dolor de la responsabilidad. No era la consecuencia de mis desavenencias con Stefano, sino más bien el resultado de una crueldad calculada, no solo conmigo...
RACHEL CUSK, Prestigio





Y todas esas cosas que ahora dices buscar por ahí son las que yo encontré en ti, en todo lo que tú eras. Tu cuerpo, tu sangre, el musculo cavernoso que se esconde en tu pecho y que me sustraes sin pensar que me dejas hueco. Y todo eso por lo que ahora buceas entre verdes mares que solo existen en tu cabeza es lo mismo por lo que cavé buscando el fondo que escondías más allá de todo lo que era apariencia. Y ahora que te vas, debes saber que yo me quedé ahí, atrapado entre los cientos de silencios torpes, buscando entre ellos nuestro destino hacia ninguna parte.




domingo, 2 de diciembre de 2018

LOS REYES DEL MUNDO


Estas líneas rebosan tristeza. Lo que ama no le corresponde.
TEJU COLE, Cosas conocidas y extrañas




Intenta dar una vuelta alrededor del centro y sólo encontrarás turistas que buscan gangas, falsificaciones de marcas y ropa que se vende en los mismos países de los que vienen. No hay nada nuevo. La misma camisa, el mismo pantalón, la misma etiqueta globalizada y la misma sensación de estrechez de miras que el viajar no ha ensanchado en nada. Tú misma lo has sentido por ahí, en Varsovia viste en un escaparate los mismos pantalones que vestías y que habías comprado a miles de kilómetros de distancia dos años antes. A veces somos tan tontos como esos tipos que ahora mismo hacen grandes aspavientos frente a los escaparates de una tienda, que se repite a lo largo de todo el mundo, y no queremos verlo. La tontería es patrimonio universal de la humanidad, un rasgo que nos define aunque nos neguemos a aceptarlo sin ofrecer cierta estúpida resistencia. Porque el mundo ya no es mundo, ya no se concibe como aquella idea romántica, aventurera, que se escondía tras la idea de que más allá de nuestras fronteras había un algo casi inalcanzable que, por diferente, nos atraía de una manera poderosa. Pero al otro lado ya no queda nada distinto, es todo tan igual que si te despistas, aunque estés lejos de casa, siempre tienes la sensación de que llegarás a una plaza conocida, que girarás en la próxima esquina y que aquel café internacional rotulado en un idioma que no es el tuyo, es el mismo en el que cada tarde, al salir de trabajar, pides un capuccino para llevar. Quiero pensar que esta inmensa desgracia que lo ha igualado todo puede que esconda algún tipo de grandeza que yo aún no reconozco.




domingo, 25 de noviembre de 2018

MALDICIONES GITANAS



George se dio cuenta de que Ruth estaba pensando en eso, pero no se atrevía a confiar en su criterio. Se alteró y se puso colorado, y Ruth le puso la mano en el brazo.
ANITA BROOKNER, Un debut en la vida






Me lanzó una especie de maldición gitana que yo no escuché, pero las malas lenguas que por entonces nos unían me ofrecían día tras día la última versión que entre ellos circulaba. Parar el carrusel de maledicencias no fue tarea menor, tener preparada la permanente respuesta de “no me interesa”, fue algo así como un mantra que tuve que repetir en muchas ocasiones. Por aquellos días a menudo pensaba en si alguien tan insignificante como yo (y como el otro), podía recibir tal alud de insultos, halagos y preguntas interesadas, qué no sería de aquellos que por una razón u otra tenían una relevancia que yo no he tenido jamás. Hay gente que lleva mal el perder un mínimo de atención y protagonismo, y algo de todo eso hubo en el giro que tuvo todo aquello. Y aunque, en realidad, era yo la expulsada de la casa del Gran Hermano, el hecho de que no hiciera comentario alguno, que no rabiara por lo que otro habría considerado una injusticia y me dedicara a sacar adelante lo mío, que bastante tenía, incrementó las dosis de agresividad indirecta que lanzaba contra mi persona. Con el tiempo, bastantes meses, aquel tsunami de noticias desconcertantes, que evitaba como podía, fue difuminándose hasta desaparecer. Este viernes me encontré a una persona conocida de aquellos tiempos y, en los pocos minutos que da un encuentro casual, nos pusimos al corriente de nuestra vida, nuestras familias, nuestros actuales trabajos y sobre las aficiones que habíamos compartido. Hacia al final, me preguntó si sabía qué había sido de Menganito, al que también había perdido la pista, le dije que lo ignoraba. Esa es la verdad, no hay otra. Despareció como lo hacen las  volutas de humo, dejando el leve aroma del tabaco que primero se extraña pero que luego se vuelve rancio y que el tiempo termina por borrar. Volviendo a casa, recordé algunas de las cosas que entonces ocurrieron, las verdades dichas a medias, las mentiras esbozadas con apariencia de realidad, la sensación de injusticia, y la impresión de que todo aquello, con el terremoto que supuso, en realidad no existió. Como tampoco debió existir la maldición gitana que todos mentaban porque, a día de hoy, aún como, conozco y no le guardo ningún rencor en mi inmensa irrelevancia.




martes, 20 de noviembre de 2018

NOSOTROS, LOS INÚTILES


- El espejo se ha roto. 
- Ya lo sé, me gusta así. Así me veo tal y como me siento. 


El apartamento - Billy Wilder






Estoy esperando que llegue el fontanero. Es un hombre muy dispuesto que siempre acude con rapidez cuando le llamo. Nunca me ha puesto ni un solo problema para venir, sea la hora que sea, a reparar todos los estropicios que día a día se van produciendo en esta casa que maldita sea la hora en que alquilé. No sé la de veces que ha venido en el último año. En todas ellas vestía una de mono viejo que dejaba al aire unos brazos que en otro momento debieron de ser fuertes y ahora son poco más que pellejo y hueso, hoy viste igual pero arrastra los pies. Nunca me había fijado en eso. Le dirijo al baño, otra vez la cisterna pierde agua. Se detiene frente al inodoro mirando el botón que regula el flujo de agua. Se queda quieto, en silencio, y por un momento temo que certifique la defunción del baño y me condene al infierno de una obra más que el propietario no va a pagar.
Se mueve en silencio, apenas me pide que le encienda también la luz del pasillo porque su propia sombra le dificulta el trabajo. Intento imaginar los años que debe tener el hombre, no me hago a la idea, quizá Matusalén fuera su hermano menor. Me pregunto cómo puede seguir trabajando, qué clase de penuria le tendrá encadenado a ir de chapuza en chapuza. Un golpe seco me devuelve a la realidad, se ha roto la tapadera de la cisterna y ahora sí que pienso que el fin del mundo ya está aquí, que tendré que pagar el destrozo del que a fin de cuentas no tengo culpa alguna, pero que deja la cuba al aire y así no se puede quedar eternamente. Pero le miro inclinado sobre la cisterna, sin levantar la cabeza, con los pies rodeado de trozos de loza y no me atrevo a rechistar, me bloqueo, y aunque mi lado perverso y vengativo piensa en apretarle la cabeza dentro del tanque hasta que se ahogue, solo voy a por la escoba y el recogedor. Empiezo a calcular el coste que la reparación me va a suponer y en lo tiritando que tengo la cuenta en el banco. Por debajo de mis pensamientos y del arrastre de las cerdas de la escoba, escucho una disculpa y aunque sigo con ganas de matar, no puedo por menos que aceptarlas y sentirme una miserable. Siento vergüenza y rabia, quizá no a partes iguales, pero puede que sí. Le digo que no se preocupe, que vuelva cuando encuentre el recambio y le entrego los últimos cincuenta euros que me quedan en la cartera para que pueda comprarlo, y acabo por darle las gracias. Debí imaginar que esos brazos no soportarían el peso de la loza, debí imaginar que nada podía salir bien porque desde que puse el pie en esta casa no hay semana que no me azote una desgracia doméstica, debí imaginar que las desgracias nunca vienen solas y que a veces se acompañan de viejos que te dan pena. Miro la cisterna, sin cubierta, llena de agua correosa y pienso que esa imagen, como metáfora de la vida, no tiene precio.





domingo, 18 de noviembre de 2018

COSAS SIN IMPORTANCIA, A VECES



"I don't think I ever really liked the world until I met him".
Lucia Berlin






A nadie escapa que el tiempo vuela y que la tecnología nos ha facilitado de una manera extraordinaria algunas cosas, aunque  haya terminado por desvencijar algunas otras. Entre las muchas facilidades está el libro electrónico. No es poca cosa poder llevar en el bolsillo todo lo que uno quiera, lo lea o no. No le niego las ventajas, poco peso y mucho contenido con el que puedes dar la vuelta al mundo sin que apenas ocupe espacio. Pero el soporte, si creemos que los libros son algo más que contenido, también es importante. Los libros han sido desde siempre objetos preciados. Puede que en estos tiempos en los que es fácil obtener cualquier cosa y algunos circunscriben sus lecturas a 140 caracteres,  los libros hayan perdido parte de la magia y el valor que comportaba, en otros tiempos, poseer un ejemplar y que el contenido en soporte electrónico haya ganado posición frente al  libro encuadernado.
Sin embargo y pese a las ventajas, hay algo que nunca podrá tener el libro electrónico y es que las pantallas también tienen sus complejidades y sus carencias, y es que nunca podrá ser dedicado a aquella persona para la que lo adquirimos. Porque aun hoy en día hay libros que  los adquirimos para ser regalados, que nos hacemos con ellos pensando otro, en aquel que lo va a recibir. Puede que este detalle no tenga mayor importancia en los tiempos atropellados en los que vivimos. Pero quedamos un bueno puñado de raros que consideramos esencial que cuando regalamos un libro, el que lo recibe sepa que lo escogimos expresamente para  él y no para otra persona y que se lo hagamos saber mediante una dedicatoria manuscrita que posiblemente solo él comprenda. En la elección del ejemplar  su existencia fue fundamental. Quizá este grupo de raros, de románticos poco ecológicos seamos lo que consigamos que el libro en papel sobreviva. Pero cabe la posibilidad de que esto solo sea el desvarío de alguien que, como yo, compra libros de viejo, libros de segunda mano, en los que puede leer lo que algunos escribieron pensando en otros y consigan que se me erice la piel aunque sirva para bien poco.