viernes, 17 de mayo de 2019

QUE CORRA EL AIRE DEL ESTADO DE DERECHO






La detención de Josu Ternera, dirigente de ETA, sanguinario terrorista y mala persona desde la raíz del cabello hasta la última uña del pie, va a permitir que sea Juzgado por todos los crímenes que lleva sobre la espalda, que no sobre la conciencia.
Porque alguien que es capaz de terminar con la vida de otro por pensar de diferente, o ni tan siquiera por es algo que no tiene nada que ver con la ideología sino con la hijoputez del que tiene las entrañas podridas, del que no tiene conciencia, ni decencia alguna. Ternera asesinó a niños con el  único ánimo de matar, aterrorizar y después se iba a su casa, o al monte, o al mismísimo infierno, a celebrarlo.
Ternera no tiene alma, no tiene conciencia, no tiene nada, dentro de él solo existe un agujero negro al que tira toda la basura que genera en su vida.
Hoy la sociedad puede respirar un poco más tranquila. Pero solo un poco. Las víctimas quedan ahí, junto a un mal irreparable, viendo como parte de la ciudadanía de este país, políticos incluidos, blanquean una de las partes más oscuras y siniestras de este país. Pero España es  un país con uno de los estándares democráticos más altos del mundo, pese a que una parte de la sociedad, con unos intereses más bien siniestros, no quiera creerlo y ataque al sistema, desde dentro del mismo, haciendo uso, precisamente, de la libertad cuya existencia se empeñan en negar. España es un país lleno de contradicciones. Un país en el que un asesino como Ternera formó parte de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco, para gran bochorno de dicha institución. 
Pero a pesar de todas estas objeciones, somos muchos los que nos alegramos de la detención del asesino Ternera, de que sea Juzgado y, llegado el caso, condenado. Somo muchos mantenemos la esperanza de que purgue todos sus crímenes sin importarnos en absoluto si se muere del cáncer que dice que tiene o de viejo en un penal y que no vuelva a pisar la calle nunca más.




viernes, 10 de mayo de 2019

CAMPAÑA ELECTORAL, UNA VEZ MÁS





Con un metafórico toque de silbato empezó ayer noche una nueva campaña electoral. Quince días que oiremos a unos y otros atacarse para ganar una silla y sin que los ciudadanos sepamos, en realidad, que podemos esperar de esos unos y de esos otros. Porque nuestro políticos se han acostumbrado a vender humo durante en los actos electorales sin que importe demasiado lo que va a ocurrir mañana. Son promesas que saben que no van a poder cumplir y que incluso, en no pocos casos, no van a querer cumplir. Se intentan golpes de efecto cuya efectividad se transforman en volutas de humo que diluyen en el primer Pleno, o en la primera sesión en la que intervienen. Quince días en los que los de a pie pasan porque la mayoría de veces no va con ellos. Los programas electorales importan poco. Se vota por ideología y el voto útil es algo de lo que se habla pero por el que nadie arriesga. 
Nos esperan quince días de novios que nos pretenden y de los que nos dan ganas de salir corriendo. Y como colofón, para coronar los quince días de carreras hacía la nada, una jornada de reflexión, como si el resto del tiempo los ciudadanos no pensáramos y no hubiéramos sido capaces de configurar una idea sobre lo que vemos, sobre lo que tocamos y sobre lo que nos venden. Una jornada de reflexión que electoralmente no sirve para nada pero que al menos nos concede la tregua del silencio de los que durante quince días vociferan pensando más en su pan que en el del resto de sus vecinos.




domingo, 5 de mayo de 2019

ME LLAMO GRACE


"Cuando eres pequeña, nadie te dice que vas a morir . Tienes que averiguarlo por ti misma. Las pistas pueden ser que tu madre llore pero finja que no..."
Sigo aquí. Maggie O'Farrell




Me llamo Grace. Este es mi segundo aniversario, aunque nací en 1974. Peino unas canas diminutas y tengo ganas enormes de vivir en paz. Yo, mujer  nacida de los dolores de otra a la que no recuerdo, he sobrevivido a mi primera vida y recién acabo de empezar la segunda. Quiero pensar que soy un gato como el que ayer vi en el televisor, que tengo siete vidas y que todavía dispongo de otras cinco de recambio, pero algo me dice que mi cuerpo no soportaría otra desconexión, otro coma que era irreversible y que al final, no lo fue. Un golpe de suerte, dice el doctor, intentando hacer una gracia que no comprendo y que le hace carraspear por lo bajo y cambiar de tema sobre mi aspecto. El pelo despunta poco más de un centímetro, blanco, espeso, junto a una costura que cerró el escape de todo. Me llamo Grace, y no recuerdo nada de lo que ocurrió aquel 3 de abril de 2017 en el que, según me cuentan, aparecí inconsciente en los baños de la estación de autobuses con la cabeza abierta y el bolso vacío. Ahora sé que tuve una primera vida, desconocida, que no sé cómo encajar con esta segunda que no controlo. No recuerdo nada. Hace dos semanas que he vuelto a un apartamento que dicen que es mío y que alguien se ha encargado de mantener mientras yo intentaba volver a consciencia. Cuando llegué casa encontré un ramo de margaritas enorme junto a una carta que no supe leer. Tengo que reaprender lo que en su día aprendí y que ahora se ha perdido por algún lugar de mi cabeza, aunque yo creo que debió quedar entre las baldosas de aquel retrete en el que aparecí. Tengo restringidas las visitas y yo misma acepté a una cuidadora, Mae, que me ayude a transitar desde el olvido a mi nueva vida. Dicen que de esa manera será más sencillo. No lo sé. Por la casa hay fotografías mías y de la que era mi vida.  Me formulo pocas preguntas porque me da miedo lo que pueda descubrir.Paso muchas hora sentada en el sofá de casa, mirando por la ventana intentando descubrir lo que hay ahí afuera.  Salgo muy poco a la calle, una vuelta alrededor de la manzana y vuelta a casa. Me cruzo con extraños que me miran con condescendencia, que me saludan con reserva y yo, agarrada al brazo de la única seguridad que tengo, sonrío de un modo mecánico. A veces rebusco entre los cajones, en el fondo de los armarios, algo que encienda la chispa de la memoria, pero todo es extraño, anodino. Lloro sin saber porqué y Mae tiene la corpulencia de un armario ropero y la sensibilidad de una alondra, me abraza hasta que consigue que el hipo desaparezca. Es negra como el tizón y sus manos destacan sobre la blancura mortecina de mi cuerpo que lava con delicadeza. Ella es Mae, yo soy Grace, y el resto es un mundo de desconocidos que me asustan. Ayer, volvió la policía. Me senté en el sofá y no pude contestar a nada de lo que me preguntaron. Se que se exasperan y que dejarán de venir porque yo no recuerdo nada. No sé quién soy, no sé quién querría hacerme daño, no sé quién es nadie, no sé nada. Y me siento como un bebé inútil e indefenso, con un insufrible dolor de cabeza que  no sé cuándo va a parar.
Esta noche he soñado por primera vez desde que he vuelto a esta casa. Un hombre me tiraba del pelo y me obligaba a doblar el cuello hasta que ya no daba más de sí. Veo la acera sucia, llena de mugre y escucho un ruido seco de una nuez partida y sé que estoy muerta otra vez. Un grito se me ahoga en el centro del pecho y me he despertado rota.  Todo me da miedo, la casualidad de estar donde no debía, según dicen. La vida se ha convertido en cuatro paredes que guardan celosamente la nada más absoluta.


martes, 30 de abril de 2019

QUERIDO JOHN (IV)


"El agua de la ducha, al caer por sus hombros, se llevaba de la piel el sudor de la angustia de una desesperanza tenaz".

Memoria de Elefante. António Lobo Antunes





Querido John:

Apenas hace media hora que hemos embarcado rumbo a Toronto. El día ha anochecido raro en esta parte del mundo, más oscuro de lo habitual y seguramente más frío. Pero yo ya no lo siento, hace demasiado que siempre tengo frío. Ni siquiera el calor sofocante del desierto de Atacama con el que a veces sueño despierta para ver si así lo corrijo, aunque sea de una manera engañosa e irreal, y consigo templarme un poco y que todo ese frío, que sé que viene de dentro, desaparezca.
Querido John. Toronto es otro mundo, la única posibilidad que me queda en este momento. Un último intento por sobrevivir, para alejarme de todo lo que me asusta.
En el asiento de al lado viaja una mujer con un bebé. Duerme recostado en el pecho de su madre, sujeto a su falda por el cinturón de seguridad a tientas que, de vez en cuando, acaricia la madre como una prolongación de su hijo. He sentido envidia de ella, del niño, de la seguridad de los únicos brazos que sabes que no te dejarán ir nunca; del latido de los dos corazones que se acompasan al ritmo de la respiración tranquila del que empieza en la vida.
Miro por la ventana mientras te escribo, pero no se ve nada. Vuelo creyendo que voy a un destino fijo pero quién sabe. ¿Sobrevuelo Las Rocosas? ¿Me adentro en el Pacífico? No lo sé. 
Colgados en un cascaron en una inmensa nada. ¿Dónde está la bóveda celeste? Desde aquí, sujeta por un cinturón que no me atrevo a desabrochar, solo se ve titilar la luz del ala del avión. 
Pronto será mañana, aunque para ti ya sea hoy, y  estés, preparándote el primer café de la mañana, guardando los platos que lavaste después de cenar. 
Bajan la luz de la cabina, parece que es obligado dormir en esta parte del no mundo, poco importa que no puedas hacerlo.
Tres años ya. Los muertos en sus cajas y nosotros rebuscando entre los pedazos que nos dejaron. Alguien tenía que romper el silencio. La vida no es eterna.

Siempre tuya. Grace.



lunes, 22 de abril de 2019

RESPIRAR



...La tarde se moría y en el viento 
la seda de tu voz era un piano,
y la condescendencia de tu mano 
era apenas un suave desaliento...


Horacio Quiroga





Necesidad de salir a respirar y de que nadie te mire la solapa sabiendo que en su penitencia llevan la tuya. Necesidad de no escuchar a nadie, de que el aire recorra el río y no tenga que llevarse nada de nadie. Necesidad de caminar dejando que la mirada se pierda en cualquier cosa, olvidando recorridos tozudos, cabezas obtusas y pensamientos reiterados. Necesidad de sonreír, de reír en voz alta sin mirar a nadie. Necesidad de volver al punto en que zurciste parte de tu vida, dejando la costura al aire al entregar lo que no tenías, lo que no podías. Necesidad de reconocer que la vida tiene un sentido, sin rubor, sin ambages, como el mismo Guadalquivir.






martes, 16 de abril de 2019

NOTRE DAME Y LA ESTUPIDEZ SOBREVENIDA


 Hay algo más terrible que un infierno de sufrimiento,
 un infierno de ocio.

Víctor Hugo





Ver arder la catedral de Notre Dame conmueve a cualquiera, con independencia de su concepción religiosa de la vida. Ayer, para no variar, el odio se destilaba por las redes. Unos cuantos, con la ignorancia y el sectarismo por bandera, se alegraban del hecho que las llamas destruyera un templo católico. Hay que ser muy necio y muy estúpido para alegrarse una perdida así. Es evidente que hay desgracias en el mundo de un calibre mayúsculo, pero las desgracias no se miden con una regla y la existencia de unas no elimina las otras, aunque colocadas en fila cada uno las sitúe donde tenga por conveniente. Ayer, mientras caía la aguja de Notre Dame no pude por menos que pensar que esa caída no era más que la representación simbólica de un mundo que poco a poco desaparece. La Europa más fea, el mundo más grotesco se nos coloca en los primeros puestos de la vida pública. Puede que exista mucho ignorante que sea capaz de olvidar que los monumentos, consagrados o no, ya sea el Taj Mahal,  la catedral de Burgos, o la Mezquita de los Omeya, nos pertenecen a todos. Son la muestra viva de que el mundo existe en toda su diversidad. Pero el sectarismo y la ponzoña lo pudre todo. Hay gente a la que le falta mucho por viajar, mucho por conocer, mucho por leer y tiempo para quitarse de la cabeza todas las telarañas que la enmarañan y le quitan aire. La caída de Notre Dame no puede dejarnos indiferentes, como tampoco puede hacerlo que hayan personas por ahí que puedan alegrarse de un hecho como éste. El mundo, desde que es mundo, encierra una gran dosis de maldad que se mueve en andanadas casi siempre insoportables. La catedral será reconstruida pero la cabeza de algunos, dispuestos a la eliminación y muerte civil de los que no piensan no piensan como ellos, esa, esa sí que no tiene recuperación posible, es la necedad sobrevenida que emburrece y empobrece. Una gran pena, también.




domingo, 7 de abril de 2019

DE LOS ESTÁNDARES DEMOCRÁTICOS Y ESAS COSAS


"Cuando un pueblo está decidido a ser esclavo y se halla degradado, es una locura tratar de animar de nuevo en él el espíritu de orgullo y honor, de libertad y amor a las leyes, pues abraza con entusiasmo sus cadenas con tal que lo alimenten sin ningún esfuerzo por su parte“.

Marco Tulio Cicerón





En este país estamos viviendo momentos muy trascendentes para su salud democrática. No es un contrasentido que, precisamente, hayan sido los brutales ataques que ha sufrido el Estado de Derecho así como el aprovechamiento indecente de algunos miembros de la clase política que han intentando sacar rendimiento del desaguisado que venimos sufriendo en Cataluña y el resto del Estado, los que nos estén poniendo frente al espejo que nos devuelve una imagen de firmeza y buen hacer  democrático. Los Tribunales que estos días juzgan el abuso y el mal hacer del poder que detentaban unos cuantos, están ayudando a que muchos descubran la salud democrática de la justicia. Podría enumerar uno a uno a los que  han intentado colocarse en posiciones de salida ventajistas y poco honrosas para sacar tajada a uno de los peores golpes que ha sufrido la democracia desde el 23F. 
No dejar que se politice un procedimiento en el que no se discute sobre ideología, sino sobre actos y hechos concretos, está siendo uno de los grandes logros de este procedimiento, por mucho que las defensa de los políticos acusados lo intenten de una manera desaforada, a veces, incluso, pintoresca.  
En estos momentos, existen dos escenarios que deben ser observados con atención. El judicial, que trabaja en silencio, sin estridencias, para desenmarañar la trama de uno de los mayores atentados a las bases mismas del sistema democrático, a la igualdad de Derechos entre los ciudadanos de un mismo país; y por otro, el político, en el que apenas queda nada que sea salvable, como lo demuestra el hecho de que los  propios partidos estén confeccionando sus listas con personas ajenas ellos, dejando sentados en el banquillo, a la espera de tiempos menos tremendos, a todos aquellos inútiles que los conforman y que nada saben hacer si no es bajo el cobijo de la cosa pública, del presupuesto del Estado y del rendimiento al culto al líder.
Pero volviendo a la trascendencia del momento en que vivimos, el llamado “Juicio del Procés”, con el mismo se está haciendo verdadera de pedagogía procesal para lo que sin tener ni idea de cómo funciona un procedimiento judicial, ni cómo desde todos los estamentos debe de defenderse el imperio de la Ley como uno de los pilares del Estado de Derecho. No hacen falta observadores internacionales, este Juicio puede seguirlo cualquiera, siempre que esté dispuesto a escuchar lo que unos y otros tengan que decir, sentados en el sofá de su casa. El desarrollo de las sesiones del juicio está poniendo en evidencia la gran mentira, la gran estafa, el gran destrozo social que unos cuantos, creyéndose mejores que otros, han estado a punto de llevarnos a un abismo del que, una vez se entra, es difícil salir sin que se produzca el fallecimiento de la sociedad civil.
Podemos estar seguro que, pese a todo (sobre todo a la clase política que tenemos en danza), estamos en uno de los países del con los mayores estándares democráticos del mundo. Pese a quien le pese y pase lo que pase.





miércoles, 3 de abril de 2019

A SERIOUS GAME





Inspira, expira, no dejes de respirar. Cierra los ojos, despacio, y estira tus brazos. Busca con tus manos y allí, entre el vacío y la nada, una vida entera.





domingo, 24 de marzo de 2019

LIMPIANDO CULOS







Ayer por la tarde reapareció Pablo Iglesias ante los fieles a su partido político. Apareció y lo hizo con el aspecto desaliñado que le caracteriza y las polémicas frases de las que a menudo hace gala cuando quiere llamar la atención. Hace mucho tiempo que la política de este país deja mucho que desear y que los que se sientan en los sillones del Congreso de los Diputados dejaron de ser estadistas para convertirse en filibusteros de la vida de los otros, de los ciudadanos de a pie que esperan que aquellos que ostentan el poder legislativo y ejecutivo, se dediquen a regular de una manera eficaz y eficiente la vida pública, la vida de todos. Pero eso ya no es así. Y el día a día del panorama político se llena de frases grandilocuentes, de frases estúpidas y de ideas delirantes de manera que, aquellos a los que les pagamos el sueldo con nuestros impuestos, nos ponen en la picota del desconcierto. Ayer, en un gesto de absoluta megalomanía, de exacerbada estupidez, Pablo Iglesias dijo sentirse capaz de ser Presidente del Gobierno después de llevar tres meses limpiando los culos de sus hijos. Pero olvida Iglesias que esa actividad, que se supone que a él le ha preparado para ser presidente, no es más que la corriente de las actividades, que llevan a cabo no solo los que cuidan a sus hijos, sino también de aquellos que se ven en la obligación de cuidar de sus padres ancianos, de sus familiares ya adultos, o incluso de sus parejas. Hacer de lo corriente lo excepcional en este caso no demuestra absolutamente nada trascendente, sólo pone en evidencia a quien se cree más importante que los demás por el mero hecho de existir y hacer algo que el común de los mortales hace sin tantas alharacas.
Pero este es el panorama que tenemos y una parte importante de gente, entusiasmada por un movimiento, el del 15-M, que les llevó a seguir a un personaje a mi entender tan siniestro como Iglesias, parece querer tragar discursos que se encuentran absolutamente disociados de la vida de quien los realiza. Resulta incomprensible. 
Algo tiene que pasar porque nuestra sociedad no puede seguir en la inopia de quienes se ponen al frente pensando, no en el bien común, sino en el propio y en la alimentación de ambiciones desmedidas. En materia de egos, algunos se llevan la palma. Y muchos culos le quedan por limpiar a todos, no de bebés que a todos enternecen, sino los de nuestros mayores. Esos culos, esos pañales que nos revuelven las tripas y nos ponen frente a la dureza de la vida y la necesidad de dejar de hacer el gilipollas. Conste que Iglesias solo sirve de ejemplo porque como él, aunque de distinto color, tenemos muchos.




sábado, 16 de marzo de 2019

MARÍA MAGDALENA






Cometí el error fatal de escribirte, no porque yo lo necesitara, que lo necesitaba como el aire que me costaba respirar, sino porque esperaba que después de leer las cuatro ideas deslavazadas con las que intentaba romper tu mutismo, volvieras. Pero no volviste nunca, ni contestaste jamás. Mis letras, que habían salido a borbotones de aquel rincón en el que se guarda la esperanza, no sirvieron para nada. O sí, sirvieron para que al cabo de unos minutos, después de hacértela llegar y saber que ya no había manera de recuperarla, empezara a sentirme mal hasta la náusea, mal hasta la pérdida del entendimiento que me llevó al paso siguiente, encerrarme en casa, intentando seguir el mismo patrón que habíamos seguido hasta hacía apenas una semana, esperar a que sonara el teléfono y poder lanzarte todo el discurso que llevaba preparándome durante  los últimos siete días con todas sus noches. Volvía morderme las uñas, mientras las horas pasaban y mi desconcierto iba en aumento. Y envié la carta, escrita en una noche de fiebre y fantasmas. Un error con el que empecé una escalada hacia lo absurdo del que solo pude empezar a salir cuando supe que me estaba muriendo de pena, y que esa pena solo la tenía yo. Había dejado de importarle a casi todo el mundo. Nadie soporta el desamor de otro durante demasiado tiempo. Y la culpa era mía, redonda y gorda porque la había alimentado hasta convertirla en un monstruo que iba y venía de mi cabeza, pasando por el corazón y quedándose escondida en el recodo más pequeño de mi cuerpo. Pero llegó la primavera y no me reconocí en el espejo, aquella mujer que me miraba desde el otro lado no era yo, era la sombra imprecisa de alguien a quien yo conocía pero no podía ser yo. Empecé a preguntarme en qué me había convertido. Una máquina que respira y poco más. Había seguido trabajando, haciendo ver que hacia algo sin que ni un solo proyecto se confirmara en seis meses.  Vivía sin vivir, sin saber nada de nadie, en la rueda del espanto, en una parálisis de la que no siquiera era consciente. Lo agoté todo: mi dinero, la paciencia de los demás y me agoté a mí misma. Quizá fue ese agotamiento el que me salvó. El reflejo de una mujer que no reconocía y que solo me recordaba, ligeramente, a mí. Los huesos de la cadera, la nariz perfilada, el pecho ya caído y unos ojos que, aún adormecidos por el desengaño, era capaces de desnudarme por dentro. Me vestí. La ropa eran pingos que colgaban por todas partes sin forma ninguna. Era la misma que llevaba vistiendo durante todos esos meses y, sin embargo, no fue hasta que colé el puño entero entre el cuello y la camisa que me di cuenta que ese espacio es el que marca la distancia entre la locura y la cordura. Me senté en el borde de la bañera, me miré las uñas.  Apenas quedaba rastro de nada, ni siquiera de mí. Había llegado la hora de abrir las ventanas y pedir hora para hacerme las manos, los pies y rescatar los cinturones.