domingo, 15 de septiembre de 2019

SILENCIO Y RESPETO




Recuerdo incluso lo que no quiero.Olvidar no puedo lo que quiero.





A las personas normales nos cuesta pensar que alguien en su sano juicio sea capaz de hacer determinadas cosas. Se nos escapa que un adulto pueda acabar con la vida de un niño de una manera intencionada y mucho menos violenta. Por eso, cuando nos enteramos por las noticias de una situación tan terrible como lo es la muerte violenta de quien aun no ha tenido tiempo de aprender siquiera a multiplicar, algo se nos remueve por dentro. Y con ese estómago revuelto, seguimos a lo nuestro, dejando para la familia, y los más cercanos, la congoja y el dolor, la desazón y la creencia de que una situación tan tremenda es imposible de superar en la vida, y posiblemente así sea. 
El duelo por la muerte de un ser querido, sobre todo de un niño, siempre requiere intimidad, recogimiento, y cuando es en una situación tan tremenda como un homicidio o un asesinato, más todavía. La investigación y del enjuiciamiento de este tipo de atrocidades no precisa de exposiciones a la galería, ni de juegos de luces y pirotécnica, necesita de rigurosidad, de calma,  de profesionalidad y mantenerse alejado de las bambalinas.
Pero en todos estos temas hay siempre una rebaba de morbo que se expande entre la curiosidad enfermiza de la gente. Por eso, aun siendo una absoluta indecencia, desde algunos medios de comunicación se hurga y se vende la miseria y el dolor, alimentando, de esa manera, la epidemia de la malsana curiosidad de la que algunos no se quieren privar.
Esta semana empezó el juicio por la muerte violenta de un niño. La autora ha reconocido haberle dado muerte. Hasta aquí, y no más, es todo lo que necesitamos saber (si realmente lo necesitamos), los que nada tenemos que ver ni con el niño, ni con la autora de la muerte, ni con la familia de uno, ni con la familia de la otra.
Por eso, que los medios de información, día sí y día también, se recreen en las circunstancias en que se dio muerte a un niño, dice bastante poco de ellos. La sociedad tiene que saber, pero no tiene porque saberlo todo. Hay detalles y circunstancias que pertenecen a la familia, a los Jueces, a los Fiscales y a aquellos que intervienen en la investigación y enjuiciamiento de unos hechos semejantes. Los demás sobramos.
Y sobramos porque el menor, aun muerto, tiene derecho a que se le respete en su intimidad, en su imagen e incluso en su honor. Y la familia, doliente de unos hechos tan dramáticos como es la perdida de un hijo de un modo violento, merece sosiego, respeto y el derecho a que la imagen y el recuerdo de su hijo quede preservada de la chacinería barata de la que, de una manera nada inocente, se le priva. Y necesita que la Justicia caiga con todo el peso de la ley sobre quien es capaz de cometer un hecho tan deleznable. El resto, silencio y respeto.







miércoles, 11 de septiembre de 2019

TIBIO COMO TU VIENTRE



—El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio.

Italo Calvino. Las ciudades invisibles





Dicen que Charles Maurice de Talleyrad quería el café “Negro como el diablo. Caliente como el infierno. Puro como un ángel. Dulce como el amor”. No seré yo quien diga que un buen café no deba reunir todas esas características para ser perfecto, pero una, que es mucho menos exigente que el Sr. Talleyrad, se conforma con que no sea excesivamente malo, que se acompañe de un buen vaso de agua y que, a ser posible y si no hay de reclusión personal, se aderece de una buena conversación. Puede que de entre todos los requisitos que señalo, para mi complacencia, prefiera el que va acompañado de una conversación amable, distendida y lo suficientemente interesante como para que el inicial café extienda la tarde y lo multiplique, convirtiendo aquel inicial café en un par de ellos que, a su vez, encierren la promesa no dicha de ir aumentado, exponencialmente, si la cosa se da bien. Porque cuando la cosa fluye, de café en café, de tertulia en tertulia, el bebedizo se convierte casi siempre en la excusa de un encuentro del que siempre hay ganas. Y ahí está la gracia de todo, en la compañía. Por eso, aunque el café sepa a aguachirri, si se adereza con un buen interlocutor, el bebedizo quedará olvidado en alguna de la cuatro esquinas de la mesa, sin que ese café excusa le importe a nadie y la conversación se convierta en lo fundamental.



domingo, 8 de septiembre de 2019

¿QUÉ COÑO HAGO YO AQUÍ?


Es mejor ser odiado por lo que eres, 
que ser amado por lo que no eres.

André Gide


Las opiniones son como el culo, todos tenemos uno y las expresamos como podemos. Algunos lo hacen, precisamente, como la parte trasera que tenemos al final de la espalda. Twitter es un campo abonado de minas, de las buenas y de las malas. Por eso hay día que preparar un bol de palomitas con un gran vaso de cola, abrir twitter para leer lo que unos y otros vierten en la red social, es un planazo total. Yendo de enlace en enlace, de comentario en comentario, uno puede hacerse una idea tremenda sobre la sociedad en la que vivimos, hasta el punto de llegar a implorar que alguien apriete el boto de autodestrucción porque el panorama que muestra es de lo más desalentador. Pero hay otros momentos en los que es posible descubrir que aun queda gente con sentido del humor, con ganas de dedicar el tiempo a desasnar a una gran cantidad de perfiles virtuales a los que, con casi toda seguridad, en la vida real no tocarían ni con un palo. Estos últimos, los que ofrecen en la red su conocimiento y sus ganas, merecen todo mi respeto a su paciencia y a las ganas que le echan. Las redes sociales se han convertido, en la mayoría de ocasiones, en un estercolero maravilloso al que hay que darles una importancia menos que relativa. La vida no está ahí, aunque lo parezca. Ni todos somos tan malos, ni todos tan buenos, ni todos tan guapos, ni todos tan feos. Twitter, como Facebook o Mastodon, son una realidad paralela adulterada de la que es conveniente salir para relativizar y para no perderse en un oasis raro, aunque en él, de vez en cuando, aparezca alguna palmera, divertida e interesante, en la que sentarse a la sombra para pasar un rato, pero poco más.






domingo, 1 de septiembre de 2019

SIN CONTESTADOR


El final de la negra noche es blanco.
Proverbio afgano




Me gustó. Habíamos hablado por teléfono unas cuantas veces y cruzado cientos de mensajes en las últimas cuatro semanas. No nos habíamos visto, ni había intención de hacerlo, ni por su parte ni por la mía. Pero me gustaba. Era irracional y lo sabía. Oculté a todos la existencia de aquel sujeto que me tenía pendiente del teléfono. Le puse un tono especial a su número y con el primer timbrazo se me desbocaba el corazón. No podía ponerle cara y, extrañamente, tampoco tenía mucho interés en desvelar cómo era aquel que estaba al otro lado de aquella voz modulada, de aquellos mensajes escritos de una manera pulcra que desvelaban una personalidad cuidadosa, casi rayando el perfeccionismo. Nada de emoticones, nada de contracciones, ni palabras ahorrado letras por todas partes. Establecimos una rutina que se mantuvo durante aquellas semanas. De lunes a viernes conversaciones en turno de mañana, tarde y noche; y los fines de semana un silencio sepulcral que solo se alteraba con simple “Que sueñes bonito”, los domingos por la noche. Pronto me encontré embrollada en una historia extraña y empecé a imaginar quién podría encontrarse detrás de aquel que por casualidad había errando llamando al número de una desconocida y que como por arte de magia se había convertido en un imprescindible. Cuestionarse la cordura y la necesidad de alterar la vida por algo tan extraño como entablar conversaciones, a veces kilométricas, con un desconocido, tampoco era tan extraño. Por eso la inquietud no tardó en presentarse, como tampoco tardó la necesidad de más, porque aquellas charlas se habían convertido en una especie de droga que empujaba los días hacia arriba o hacia abajo en función de la arbitrariedad de mi  propia necesidad, de lo patas arriba que lo estaba poniendo todo. 
El resultado de todo aquello se veía venir. El desastre podía intuirse desde el mismo momento en que cancelé una reunión para poder seguir conversando con un extraño. Un viernes nos despedimos como todos los anteriores, nos deseamos unas felices jornadas de descanso, conminándonos a tenernos presente. Llegó el lunes y pasó con el mensaje enlatado de que aquel número estaba apagado o fuera de cobertura. Y llegó el martes, el miércoles e incluso el jueves y el viernes. Y paso el fin de semana y, de nuevo, la nada. Y de ahí al desconcierto, a la rabia y a la preocupación, pasado por la tristeza y vuelta a empezar. Pasaron las semanas y un vacío, que nunca había sentido antes, se me instaló dentro. Se había desvaneció. A los meses, conteniendo las ganas de realizar una última llamada, borré su número de teléfono, pero un agujero negro, enorme como una maldita eternidad, quedó instalado dentro.


martes, 20 de agosto de 2019

CUERDA


Junto a la ventana, yo hojeo estas páginas,que de improviso, pequeñas gotas en el océano de lo vivido, me parecen pobres e inadecuadas hasta para transcribir ni siquiera en este momento de serenidad.

Verde Agua. Marisa Madieri




Las vistas siguen siendo de pena. Decenas de tendederos con ropa de verano tendida. Ropa liviana, descolorida, que pasa de temporada en temporada porque lo de la playa nunca pasa de moda y se usa poco. Pone el reloj en hora antes de salir, girando la rueda demasiado menuda para sus dedos. Hora todo es digital menos su reloj. Es lo único que conserva de su padre. Cada día hay que darle cuerda y antes de irse a trabajar, frente a la puerta, la hacer rodar hasta que ya no gira más. Ahora está de vacaciones, pero al tiempo eso le da igual y reclama su ración de cuerda, aunque no haya prisa, ni urgencias que cuadrar en un horario infernal, por eso se para frente a la puerta le da cuerda y sale cerrando de portazo.
Alcanza la calle, mira a la derecha, a la izquierda, pero no importa la dirección. Entra en el colmado y compra un paquete de tabaco que guarda en el bolsillo superior de la camisa. La semana pasada, ahí había un bolígrafo y un carnet plastificado sujeto al cuello por una banda elástica.
Se sienta en un banco del paseo, apenas nadie aprovechando las pocas horas de fresco que tendrá el día. Pero los más madrugadores ya han colocado sus parasoles en primera línea de mar. Una línea que es imposible de ver desde su minúsculo apartamento incrustado entre la torre Norte y la torre Simbad. La suya es la torre almadraba. Menuda ironía del destino para alguien que nació en Cádiz y a donde no ha vuelto jamás. Desde allí es difícil saber si uno está está en el extrarradio de un ciudad de playa o en Montecarlo, aunque viendo los tendederos la duda se disipa sin dejar rastro.
Cuenta las sombrillas, lo hace dos veces, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Lo hace por hacer algo, por rellenar el tiempo que falta hasta la hora de encender el primer cigarrillo. Da unos golpecitos a la esfera, parece que todo está detenido, el tiempo también y se aguanta las ganas, el deseo de sucumbir a la enorme tentación de encender el primer cigarrillo antes de la diez.






lunes, 5 de agosto de 2019

ALGO DIFUSO



«La vida se rige por un zumbido de fondo, el zumbido constante de los peligros potenciales. Se empieza a percibir el mundo de otra manera. Es posible que no se vuelva a salir de paseo, ir a un jardín, a un parque infantil o a una granja de cabritillas».

Maggie O'Farrell. Sigo Aquí






Puedo imaginar que nos dijera que no nos separamos, que mi hermana, seis años mayor que yo, debía de vigilarme, cuidarme, que no debía dejar que corriera por delante de ella, mi torpeza ya entonces era consustancial a mi persona. Pero mi hermana, tan niña como yo, solo pensaba en andar junto a sus amigas, en hablar de sus cosas y no en estar pendiente de si mi falta de habilidad me mantendría en el camino. Y me caí, me caí por un barranco sin que nadie escuchara mi traspiés, ni los gritos que no salieron de mi boca porque se me quedaron clavados dentro mientras intentaba agarrarme a cualquier cosa. Me sentí rebotar contra todo hasta que un tronco terminó con mi carrera y un allí, entre los restos secos de un árbol muerto, me quedé durante no sé cuánto tiempo. No recuerdo mucho más de lo que pasó después, aunque más tarde me explicaron que, posiblemente, el instinto de supervivencia hizo que me durmiera hasta que me sacaron de ahí. Me rompí un brazo y me abrí el muslo en canal. Mi padre nos había enviado de campamentos a las dos, a mí con mis seis años y a mi hermana con sus doce. Él, con sus cuarenta y dos acuestas, necesitaba su espacio, liberarse por unos días del peso de la crianza de dos hijas a la que por pura necesidad tenía que llevar a solas. Me consta que durante años se sintió mal por todo aquello, que cada vez que veía la cicatriz que aquel accidente me dejó en el muslo, una sombra gris le cruzaba la mirada, aunque año tras año, aguantándose el miedo y dándonos un beso en la frente, siguió mandándonos fuera , repitiendo, más para él que para nosotras, que la cosas pasan porque tienen que pasar y no hay que hacerles más caso del que se merecen. Esa manera de ver las cosas y el ensimismamiento de la infancia me apartó del espanto y solo me dejó una tendencia al vértigo que aun hoy conservo. La vida es frágil, pero eso lo sé hoy porque entonces, mientras caía sin saber cuando iba a parar, no pensé que iba a morir, ni siquiera cuando sentí que el corazón iba a salirme por la boca de puro espanto. Conservo una cicatriz en la pierna, el recuerdo de una brecha que cicatrizó y que durante toda la infancia mostré como una prueba de fortaleza y valentía, aunque hoy, pasados los años, es solo el rastro de algo difuso que nos ronda, que toco con frecuencia y casi sin darme cuenta cuando mi hijo, de seis años, se va  fuera de casa por unos días. Es el recordatorio impreso, una deformación totalmente mía, que de vez en cuando me recuerda que ese algo difuso está por ahí y que lo esquivamos por pura suerte, sabiendo, él y nosotros que, más pronto o más tarde, en cualquier esquina aparecerá pidiéndonos que cuentas.



lunes, 29 de julio de 2019

CUANDO JAMES BOND SE TOMÓ UN BITTER KAS


Ahora comprendo el alcance simbólico del título de mi novela 
Cambio de guardia. Cambié de guardia para caer K.O.

Julio Ramón Ribeyro. La tentación del fracaso





Levanto el domingo con un esfuerzo titánico, como el que hacen los cables que tensan y equilibran el puente, esperando que fluya de una manera en que las renuncias sean las menos posibles. Por eso, si la vida lo permite, anoto cuatro renglones para no olvidar que más allá de la rutina, existe algo distinto que no puedo tocar pero que intuyo y que casi huelo. Algo que a veces pierdo incluso cuando no tengo. 
Pero llega el domingo y las aceras se transforman en pequeños bulevares por los que caminar sin prisa, buscando el alivio, convirtiéndonos en algo singular que intenta esquivar la remota posibilidad de que en la próxima esquina aparezca, sin dar tregua, la sensación de fracaso a la que permanentemente nos encontramos expuestos. La flagrante sensación de colgar de un hilo del que pende una historia y que nunca se quiebra.





domingo, 21 de julio de 2019

EL FARO




¡Ah! Era demasiado hermoso, le sobraba belleza; y esa había sido la causa de todos sus problemas. Ningún hombre tenía derecho a aquellos ojos, aquellas pestañas y aquellos labios; resultaba peligroso.

Katherine Mansfield. Fiesta en el jardín





Se encontraron en el puerto, temprano, antes de que el sol saliera. Al final del muelle una neblina espesa anunciaba otro día en el que la flota quedaría amarrada y la lonja cerrada a cal y canto. Comenzaron a caminar siguiendo la línea del espigón, acomodando el paso a la lentitud de la mañana. Llegaron al faro y se sentaron. Alguien tenía que decir la primera palabra y ninguno de los dos parecía que fuera a hacerlo. Las rocas estaban frías y las olas del mar enviaban pequeñas gotas de agua que desaparecían al estallar contra el suelo. ¡Menuda situación!, pensó Luís. Seguían en silencio, como si uno esperara a que fuera el otro el que empezara a despedirse, ninguno de los dos fuera a hacerlo nunca. 
El mar embravecido le recordó la furia que a veces, sin saber bien el porqué, la invadía por dentro. Demasiada juventud, se repetía como excusa. Intentó seguir el contorno de los acantilados que se intuían más allá de la bruma, buscando la palabra más adecuada, el tono más indicado para decirle que solo quería marcharse con él, que la llevara lejos de todo aquello, lejos de sí misma.

-Deberías ir pensando en cortarte el pelo, así no te querrán en ningún sitio. En la ciudad, esas cosas las miran, le dijo.
- ¡Vaya! Pensé que te gustaba, contestó mientras se pasaba las manos por el cabello.

La miró de reojo. Le intrigaba lo que pudiera estar pasando por la cabeza de aquella mujer que, sentada a su lado, parecía andar más bien lejos de la bahía. El graznido de las gaviotas se unió al silencio en un estruendo colosal. Sintió el tacto tibio de sus dedos. La sirena de la fábrica anunció el turno de mañana pero allí, en ese momento, ya no importaba nada.






domingo, 14 de julio de 2019

COMPARTIENDO COLCHÓN


"Has vencido y me entrego. Pero a partir de ahora tú también estás muerto...muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza".

Edgar Allan Poe. William Wilson





Al despertar, me costó reaccionar, era como si, aunque mi cuerpo hubiera regresado a la habitación, a mi cama pero que parte de mí se hubiera quedado al otro lado y que, desde ahí, me estuviera haciendo señales llamándome para que volviera, diera unos cuantos pasos hacia no sé dónde y regresara a aquel otro mundo en el que me había quedado medio colgada. Me senté, sin saber bien si quien lo hacía era yo misma o la parte que, por algún motivo, se había desprendido y se había quedado en aquel otro sitio en el que creía querer estar sin saber si allí, como aquí, me sentiría fuera de sitio. Al poco, todo desapareció, era yo, con mis años, mi exceso de peso y el aliento turbio del que recién se levanta con el estómago un tanto revuelto. Aquello me pareció raro, no podía recordar nada de lo que había soñado, de lo que me había tenido atrapada en mitad del aquí y el ahora, y un hacia atrás inventado un recuerdo medianamente difuso, por las hormonas y las horas de sueño. Intenté quitarle hierro a la confusión y me encaminé a la ducha, con el pie dolorido y una cojera un tanto patética que el día antes, al acostarme, no tenía. Pensé que tenía que escribir sobre los viajes nocturnos que ahora, más que nunca, volvían a sucederse sin que hubiera motivo para ello. Tendría que espiarme y dejar de embrollarme por la vida que se me desdobla a ratos sí y a ratos también. Como entonces, como ahora mismo.



martes, 9 de julio de 2019

TODO BIEN


I saw you this morning.
You were moving so fast.
Can't seem to loosen my grip
On the past.

Leonard Cohen




¿Cómo va eso?, me pregunta mientras va entrando por la puerta del edificio en el que nos cruzamos. Muy bien, muy bien, le contesto. Y duplico lo dicho mientras aprieto el paso para alcanzar la calle y no tener que pararme porque en realidad no quiero, y el otro tampoco. Este tipo de respuesta es como el piloto automático de la cortesía que ante un desconocido se substituiría por un correcto "buenos días" o "buenas tardes" tan vacío como la cuenca del ojo de un ciego.

Pero en ese cruce entre puertas, la respuesta siempre se atolondra, con un falso entusiasmo que se acentúa con una sonrisa exagerada, mientras uno se va retirando de una manera precipitada para evitar una parada que nada va a aportar a nadie y que tampoco nadie quiere. A veces un simple movimiento de cabeza a tiempo no solo es mejor, sino que es mucho más sincero con el poco interés que el otro nos genera.  
Vamos sobrados de banalidades e intereses difusos que nos desgastan y nos desdibujan.









Photo by Martin Grincevschi