martes, 4 de agosto de 2020

SUPERLATIVO


«A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto. Hasta entonces, a pesar de la sorpresa y la inquietud que habían causado aquellos acontecimientos singulares, cada uno de nuestros conciudadanos había continuado sus ocupaciones, como había podido, en su puesto habitual. Y, sin duda, esto debía continuar. Pero una vez cerradas las puertas, se dieron cuenta de que estaban, y el narrador también, cogidos en la misma red y que había que arreglárselas»
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La peste. Albert Camus



Cada día despertamos con una noticia peor. Y aunque las de hoy son mejores que las que tendremos mañana, al final, lo superlativo es lo que nos vamos encontrando, incluso en lo pésimo. La proclamación de la Constitución Española del año 78, que dejaba atrás un panorama más que sombrío, sufre en estos días un continuo ataque desde las entrañas del propio Gobierno. Nada es casual. 
Uno de los grandes males que ha aquejado a este país es la corrupción. No podemos sentirnos orgulloso. Es un grave error pensar que la podredumbre se encuentra solo en las altas instancias, en las clases dirigentes o en las grandes empresas. La realidad es que se encuentra extendida entre todo tipo de personas y personajes de este país. Hoy, algunos andan dándose golpes en el pecho, señalando con el dedo las actuaciones del rey emérito. Personas que mientras rugen por el fin de la monarquía porque ha hecho uso y abuso de su posición para obtener un rédito personal, pagan en negro la reparación del calentador de agua de su casa, alquilan un apartamento bajo mano, cobran de un ERTE mientras la empresa les complementa el sueldo, o recuentan el dinero de las cajas B de sus partidos y esconden las verdaderas cloacas de este país. Gente que se hace cruces de la indignidad de quien fue el Rey mientras se blanquea y pacta con bandas terroristas, mientras se atenta a la legalidad y a vida común de los ciudadanos de este país. Nada es justificable. Ni lo del emérito, ni lo del vicepresidente tapando sus propias vergüenzas vociferando sobre inciertas huidas, ni lo del presidente de este Gobierno  pactando con quien hasta hace cuatro días le descerrajaban un tiro en la cabeza a ciudadanos de su partido, ni lo de la señora que tiene a la domestica trabajando sin papeles ni contrato. Nada lo es. La inmoralidad y la falta de decencia es el mal de España. Lo hemos permitido todo en aras a mantener a flote ideologías y principios del siglo XIX que casan mal con las necesidades de nuestro siglo. Los mimbres sobre los que nos sostenemos son endebles y cimbrean cada vez más. Estamos cruzando líneas peligrosas que una vez atravesadas ya no tienen vuelta atrás. 
Tenemos la tendencia a imaginar que los conflictos bélicos siempre ocurren en otros lugares, en países lejanos que nada tienen que ver con nosotros, pero no es cierto. Las muestras de la confrontación social la tenemos cerca. No hace tantos años, en la antigua Yugoslavia jugaban a socavar los derechos de uno frente a otros, la corrupción tampoco era cosa minina y los derechos se volvieron relativos. No estamos preparados para vivir lo que vivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Hoy en día, las redes sociales y el acceso generalizado a Internet permiten tener al alcance cualquier tipo de información sin saber si es cierta, si está contrastada, o si nos la están ofreciendo bajo el filtro de la visión ideológica del medio afín. Las líneas que separan la libertad y la seguridad del totalitarismo de algunas corrientes se difuminan en muchos momentos. Evitar que las primeras se quiebren requiere de un esfuerzo titánico en defensa de la democracia y en reconocer que no todo vale. Debemos perseguir la corrupción hasta el final, en todos los ámbitos. Nuestro futuro se encuentra en la defensa de unas instituciones que no siempre son ocupadas por las personas más íntegras y mejor preparadas; pero debemos separar el grano de la paja, discernir en qué lugar se encuentra aquello que quiere acabar con nuestro modo de vida y, sobre todo, en querer continuar siendo un país en el que la libertad y la seguridad sean su punta de lanza.

domingo, 26 de julio de 2020

CITA PREVIA



«A veces, la matriz de un puzle no se detecta una vez montado — hay creadores de puzles magistrales que presumen de esas cosas—, pero en general, se nota»
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Despojos. Rachel Cusk




Me bajo una aplicación para pedir cita previa. No tengo que renovar el DNI, ni ir al médico, de eso desistí en el mes de marzo y aun sigo en las mismas. Solo quiero ir a nadar a la piscina de siempre, en el horario en el que algunos se acuestan y otros empiezan a despertar y tomarse el café, pero mi horario. Llego cinco minutos antes de la hora indicada y me toca esperar en la recepción con la mascarilla bien calada sobre la cara y el carnet de socia en la mano. Sigo las instrucciones al pie de la letra, por mi salud y, como si fuera un brindis, pienso que también por la de todos mis compañeros. Me desvisto con la mascarilla puesta y guardo mis cosas en una bolsa de basura, que me han entregado a la entrada, antes de colocarlas en la taquilla. El espejo me devuelve mis carnes blancas y blandas. Son las mías y me vienen bien. Soy Lilith paseando un siglo acuestas en busca del agua prometida. Cruzo el vestuario en bañador y zapatillas, con las gafas, el gorro y los auriculares en la mano y, por supuesto, la mascarilla que solo me retiraré, en el inmediato momento anterior a lanzarme al agua, con un gesto preciso que controlo a fuerza de enviar varios tapabocas. La nueva normalidad le llaman. 
Me sumerjo dándole al botón del play que tiento por la goma de las gafas. Brazada a brazada, intento olvidarme de todo. Dicen que el agua no es el medio natural del hombre o de la mujer pero en ella siempre me siento feliz, relajada, protegida. Tarareo hacia dentro, no puedo evitarlo. Y de impulos en impulso voy "rayando el sol", recorriendo metro tras metro en un "My way” que rebota a “we’ll keep laughing” con el que doy patada a la pared y me lleva, sin solución de continuidad, a “I am a fool to want you” de Chet Baker. Durante unos minutos, al ritmo de la trompeta y la visión deformada por el plástico de las gafas, me hago la muerta panza arriba y me dejo flotar, como flota el corcho, dejando que sea la fuerza del agua quien me lleve donde ella quiera. Emborrachada de normalidad, mi normalidad, olvido que el mundo se deshace como un azucarillo y que, fuera de aquí, la hostilidad espera agazapada sin pedir hora.




jueves, 23 de julio de 2020

PALPITAR





Estamos en racha. ¡Menuda frase! El peligro de verbalizar algunas cosa es que, tal cual salen por la boca, se desintegran y desaparecen en lo que se tarda en chasquear los dedos. El día amanece maravilloso. Ha dejado de llover y por encima del rodar de los coches aún es posible escuchar el canto de algún pájaro. Todo se mantiene dentro de la monótona rutina acomodaticia. Pero las rachas son caprichosas, escurridizas y el vivir embriagados de la grandiosidad del buen momento dura lo que tarda en caer te encima, como una tremenda maldición, una inmensa mierda de gaviota. Y a partir de ahí, aquella racha de la que te vanagloriabas, queda reducida a una monumental cagada que marca el principio del revés. La inmersión hacia el desastre está servida. Cae la bolsa, los contagios aumentan, falta material, las perdidas personales crecen en una progresión que asusta, y quedan pocas cosas a las que asirse cuando todo se tambalea. Poco nos pasa, escuchas decir. Y no sabes si es poco o mucho, pero de lo que no tienes duda es que lo tosco ha llegado para quedarse un rato. Desaparecido el tiempo de bonanza, las cosas se vuelven relativas con una acusada tendencia a estrellarse contra la pared de la apatía. Falta alternativa y una buena ventolera. Se impone la necesidad de no dejar de palpitar y cierto grado extravagancia para que no acabemos todos muertos de asco









Fotografía: Designed by Freepik

domingo, 19 de julio de 2020

PALABRAS






Te pregunta de qué va todo esto y tú, tan perdida como tu interlocutor, solo puedes encogerte de hombros, contestar que no tienes respuestas y poner buena cara para apuntalar una despreocupación que no sientes. En el bolsillo guardas el temor a lo que no se toca, a lo que no se ve, a lo que se va diluyendo con un azucarillo en un vaso de agua, y lo aprietas hacia abajo para que no salga y que no se te nuble la vista. Pero el desconcierto hurga y se coloca dentro y reconcome poco o poco, agujereando la idea estúpida de que podemos controlarlo todo. 
Respiras hondo y cierras los ojos. Esperas que al abrirlos todo siga igual, que nada se mueva y que cuando alargues la mano encuentres, al otro lado, una excusa para respirar, para mantenerte a flote. Sabes que perder, a veces, es cosa de unos pocos segundos. Rebuscas, pero no encuentras la explicación al motivo por el que lo bueno se diluyen tan deprisa y lo malo se enquistan una eternidad. Y empiezas a echar de menos algunas cosas que hasta ayer creías irrelevantes y todo, absolutamente todo, se transforma en una ausencia que abruma y que te convierte en un ser extraño que espera.





domingo, 12 de julio de 2020

TECHO DE ESCAYOLA






Esta semana España perdió la presidencia del Eurogrupo, órgano informal de la eurozona que trata cuestiones relativas a la economía y el euro. La pretendía Nadia Calviño, nuestra Ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital además de tercera vicepresidenta del Gobierno de España. A Calviño la apoyaban, al menos de cara al balcón, las grandes potencias europeas. Y aquello que parecía fácil no lo fue. La política es como un gran iceberg, apenas vemos la punta de lo que nos quieren mostrar; y los que se proclaman amigos pueden trabajar para que el vecino te ponga la zancadilla mientras te dedican una gran sonrisa. Nada que alguien que  se dedique al juego del poder no sepa.
Al día siguiente de la derrota, Calviño dio una entrevista en un programa de radio en el que apuntaba el detalle de que ella era la única mujer de la mesa, declaración de lo que parecía desprenderse que aquella circunstancia algo tenía que ver en su inesperada derrota. Ni a la que suscribe le coló el intento de gol y al entrevistador tampoco. Al ser preguntada por la cuestión, esquivó el tema y se dedicó a contestar a otras cuestiones sobre el sentido de los votos. Calviño ya no volvió más sobre el tema.
La interpelación a su condición de mujer para justificar una derrota como la suya fue bastante vergonzosa. Nadia Calviño no ha perdido la presidencia por su condición de mujer, los motivos son otros. Puede que esa pérdida tenga más que ver con la inestable situación gubernamental de España, sus finanzas desastrosas y una previsión fiscal y de cobertura asistencial que hace temblar al más firme, que con el uso de la falda y al pañuelo de Hermés que acompaña a la ministra.
No es la primera vez que escucho una mala justificación como esa y me temo que la escucharé cientos de veces más de una manera totalmente injustificada. No seré yo quien diga que no existen situaciones injustas en las que la condición de mujer puede perjudicar las expectativas, pero en este país, mucho menos de las que algunas están dispuestas a reconocer. Se habla con frecuencia de la existencia de la igualdad formal y de la inexistencia de la igualdad material, del techo de cristal, de la brecha salarial. ¿Existen? Sí, pero todos estos conceptos, para que puedan ser tomados en serio, deben ser objeto de un análisis cuidadoso y vacío de ideología. En el caso de la ministra nada de lo anterior propició la derrota. 
Nadia Calviño es una mujer extraordinariamente inteligente y válida, no le hacen falta los gestos mezquinos, y éste lo fue. Es inadmisible que alguien que ostenta su cuota de poder se presente, ni que sea con la boca menuda, como una víctima derrotada por su sexo. 
La actuación de Calviño, parapetándose tras una escusa, en este caso, tan burda y como falsa, hace un flaco a la mujeres que, día a día, trabajan aceptando los aciertos y las derrotas sin necesidad de mirar la ropa interior que llevan. Pero lo preocupante de lo ocurrido, que no pasará de ser una anécdota y que no importará a nadie, es el discurso victimista que se distribuye desde el Gobierno, que vende una imagen de mujer víctima  que deben ser tuteladas, un discurso interesado que va calando en la sociedad. Las campañas del Ministerio de Igualdad son una buena prueba, por no hablar de las declaraciones del vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, que pretende camuflar la presunta comisión de un delito alegando retener la tarjeta  de un teléfono que no es de su propiedad para evitarle, a una mujer mayor y con responsabilidades, unas supuestas presiones. 
En estos tiempos de cambios y desasosiego no debemos permitir los discursos, en los que se ven involucradas mujeres, que hemos escuchado a los vicepresidentes.
Las mujeres de este país no somos víctimas, gozamos de una igualdad que podemos ejercitar cuando nos es vulnerada y podemos acudir a los Tribunales cuando se nos conculquen. Es nuestra obligación no permitir que nadie juegue con nuestra libertad y nuestra igualdad por intereses partidistas. No necesitamos que nos tutelen, ni que nadie justifique una derrota acudiendo a la sexualidad, al género o a como ahora buenamente se le quiera llamar al ser mujer. En este caso, la política jugo fuerte y la señora Calviño, perdió. Las mujeres de este país, con sus declaraciones, también.



lunes, 6 de julio de 2020

LA ENCUESTADORA







Revisar notas viejas tiene el efecto, a veces desolador, de poner en evidencia lo poco que se sabe de nada, la inconsistencia de la vida e incluso la falta de peso que pueden llegar a ser algunas posturas, algunos recuerdos. Cuesta mostrarse conforme, e incluso reconocerse, en el momento en que se extendieron las palabras que tiempo más tarde, sin darnos cuenta, han perdido su sentido y también su fuerza.  La exploración vital de uno mismo no es suficiente para encontrar el origen de la idea y su búsqueda se  convierte en un juego de malabares vital pero cansado. Limpiar el polvo del presente para volver a ese momento del pasado. El contexto, casi siempre, lo es todo. El transcurso del tiempo tiene el efecto de relativizar, de emborronar el ayer y la transcendencia que entonces impostábamos para sentirnos un poco mejor de lo que somos.







domingo, 28 de junio de 2020

PASOS PERDIDOS






Caminaba por delante de mí, a unos metros de distancia que no evitaron que le reconociera por la espalda. El estómago me dio un vuelco y aminoré el paso de manera que la pisada apenas rozaba el suelo, como si de esa manera evitara que mi presencia fuera descubierta. No quería que se girara o sí, pero seguramente no, en realidad no lo sabía y dudé en dar la vuelta, o en doblar la próxima esquina para alejarme y que todo siguiera igual. Una manera de alejar el futuro siempre es evitar el presente. Pero seguí caminando sin apartar la mirada de aquel movimiento oscilante de brazos, de aquella cabeza que reconocería aun con la luz apagada. 
Si aligeraba el paso, los míos también lo hacían; si lo enlentecía, me paraba durante unos segundos hasta que él retomaba el ritmo. Desconocía hacia donde se dirigía y mi camino, ahora ya totalmente desviado, era una incógnita que no tenía intención de resolver por ahora. Cruzó la avenida con el semáforo ya parpadeante y yo, sin saber qué es lo que pretendía con ese seguimiento un tanto enfermizo e infantil, me paré para evitar coincidir en la isleta central. Mientras esperaba el cambio de luces, le sonó el teléfono. Desde la acera, unos metros por detrás, no alcanzaba a escuchar su voz, pero sus hombros se habían alzado ligeramente, la espalda parecía en guardia y el paso, cuando se puso en marcha, era mucho más decidido. Fue al alcanzar la acera cuando le vi vuelto, mirando hacia mí, pero sin verme. Me detuve por prudencia, por temor, por la insoportable sensación de ser descubierta en una falta que no había buscado; y ahí estaba yo, perdida por dentro, sintiendo los pies frágiles e indecisos e invisible. Su mirada andaba lejos de allí. Seguí caminando, sabiéndole cada vez más cerca, con la única idea de acariciarle el pelo y sentir, quizá por última vez, el calor de su piel en mi mano.



miércoles, 24 de junio de 2020

VERBENA




«Al mismo tiempo, oyó a su lado la voz de una muchacha que le decía a su amigo: Le conozco, se llama Marsé, es uno bajito, moreno, de pelo rizado, y siempre anda metiendo mano».

Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé





Por la mañana vuelvo a salir a la calle. Junto a la cuesta, encuentro una terraza en la que sentarme sin tener que hacer cola. Es algo extraño. En estos días encontrar una mesa vacía es como encontrar una aguja en un pajar. Pero no hay nadie y, aunque puede que no sea una buena señal, me siento y espero a que salga alguien. Poca gente en la calle a esta hora, ni tan solo los que se recogen tarde de la verbena. Nadie arrastrando los pies, ni parejas de chavales cogidos de la cintura apurando los últimos momentos de una noche que ya ha terminado. Entretengo la espera intentando adivinar de qué son los comercios que veo desde mi mesa y que hoy no abrirán porque es festivo, y que puede que mañana tampoco lo hagan porque el virus también ha acabado con ellos.  Nadie aparece para que pueda hacer la comanda, así que me levanto y entro al bar. Está oscuro, en la barra un tipo lee el periódico mientras al fondo, en una cocina minúscula, se ve trasteando a una mujer que me mira de reojo y sigue a lo suyo. Huele a fritanga antigua. Salgo sin pedir nada, se me han pasado las ganas. Camino calle abajo, apartando con el pie los restos de las bombetas de papel y pólvora quemada. Una serpentina se me pega al zapato y arrastro la suela para deshacerme de ella, pero no lo consigo.  El verde de las hojas muertas se mezcla con el rojo del cartón quemado y los vasos de plástico a medio terminar. Hoy no ha pasado el servicio de limpieza municipal. Imagino que dejarlo todo como quedó anoche es una estrategia para levantar el ánimo de la gente que, al salir a la calle, verá los restos de lo que puede haber sido una gran fiesta que, con suerte, habrá conseguido eclipsar por unas horas el temor a lo que se nos viene encima. Pero no es eso, es solo que es fiesta y nadie recogerá nada. Vuelvo a casa caminando, tengo ganas de tomarme un café en un sitio tranquilo, lejos del rumor que empieza a llenar la calle, y lejos del ruido que todos llevamos dentro.


domingo, 21 de junio de 2020

Y PASA UN AVIÓN





«Durante todos aquellos meses, había tratado de no pensar en la enorme y vacía distancia entre los dos; y ahora, esa voz lejana le hacía saber que no había pensado en otra cosa».

El permiso maravilloso. Dorothy Parker








El horizonte de un tiempo tranquilo se emborronó hace semanas y ahora toca pasarlo como se pueda. Tapándose los oídos y la nariz para que el tufo no nos emborrache de malestar. Sería deseable poder  poner el contador a cero, hacer desaparecer este año nefasto y empezar de nuevo. Puede que con un encuentro al que abordar con un “Hola. Me alegra volver a verte” que desande las cientos de horas que hace que te alejaste por cansancio, por necesidad, por instinto de supervivencia. Borrar para poder empezar de nuevo. Para permitirse el lujo de reconocer errores, sin temor a tener que quedar exhausto. Para permitirse presumir de los aciertos que quedaron colgados del hilo del silencio. La vida, a veces, es así. 
Miro a lo lejos, desde aquí no se alcanza a ver el mar. El Mediterráneo corre paralelo a esta ventana y la mirada, esclava de lo próximo, busca el recuerdo del pasado sin que alcance a distinguir el temblor del aire caliente sobre el agua del mar. Desde aquí todo es distinto, aunque todo sigue siendo igual. Desandar para andar y que el poder del mar limpie, aunque solo sea por unos instantes, la desazón y el abatimiento que, sin quererlos, se han instalado al socaire de la maldita toxicidad.




domingo, 14 de junio de 2020

MEZCLADO, NO AGITADO




Le quiero como a un hermano: como Caín a Abel. 

Woody Allen



Muchas veces, a lo largo de estos días, me he preguntado qué pasaría si en este momento se convocaran elecciones generales. No tengo la respuesta, ni siquiera puedo intuirla. España es un país de contradicciones. Nos encontramos en el peor momento de nuestra historia reciente.Las arcas vacías, la lealtad quebrantada, el sentido de Estado hecho trizas y una escasez enorme que va a ser imposible cubrir. La destrucción masiva de empleo y la perdida de la esperanza en un futuro medianamente confortable, está a tocar de la mano. La precariedad ha llegado para quedarse. Y junto al drama social que llega nos encontramos con un gobierno desleal, que juega al trile y engaña a sus ciudadanos, y una oposición temblona que ha devenido incapaz en el contrapeso de las fuerzas políticas. 
Cuando votamos pensamos en lo que vendrá mañana y en la creencia de que algunas cosas tienen que cambiar. Las sociedades avanzan y con ellas nuevas necesidades que hay que ir cubriendo. Pero muchas de las mejoras que esperamos, mientras introducimos nuestro voto en las urnas, terminan olvidadas y las que llegan, tristemente, lo hacen convertidas en una losa difícil de soportar. Los programas electorales se han convertido en papel mojado y las alianzas, a veces tan necesarias como letales en otras, terminan por descafeinar, incluso empeorar, las propuestas que los ciudadanos votaron.
En la política no existen las hojas de reclamaciones y al ciudadano solo le queda la penitencia de esperar a que trascurra el tiempo para volver a votar con la esperanza de que la vida mejores. Pero las campañas electorales son un engaño y nuestro voto que, por lo general busca una convivencia pacífica, limpia y prospera, vale menos que cero. Y son los pactos, esos con los que se manejan en la trastienda de los organismos y las instituciones, son casi siempre el principio de la decepción para el ciudadano de a pie. Así que espero que ahora que el calor ya aprieta y parece que llega algo de tregua, mis preguntas pasen a ser otra. Otras que me permitan sentarme en una butaca en el patio de casa, pasando al aire y tomarme un Dry Martini mezclado y no agitado. James Bond, como le pasa a nuestros políticos con sus programas, nos vendió un agitado que lo único que consigue es aguarlo.