lunes, 27 de abril de 2026

PARECIDOS RAZONABLES

 


Me pido un café con hielo. Me recolocó el pendiente mientras espero. Mañana hará tres semanas de su colocación. Apenas queda molestia, pero su brillo, de titanio farmacéutico, me hace feliz. Los veladores aún están vacíos y puedo escoger. No es lo normal. Puede que sea porque es domingo y es demasiado pronto. Puede que sea una trampa del destino, que escoja la mesa más aireada y que acabe con una cagada de gaviota presidiendo el primer café del día.
Pasa un tipo que pasea el perro como si lo estuviera preparando para la San Silvestre vallecana. Menudo personaje. Es un desalmado que ayer hizo llorar a la cajera del supermercado que andaba desbordada. Siempre hay un imbécil que te puede fastidiar el día. El de la cajera llegó ayer en forma de calvo orejudo, que hoy corre con un caniche al que le quedan dos cortes de pelo. Es domingo, pero podría ser cualquier otro día, o no porque, de ser así, no estaría sentada pasando la mañana y sorprendiéndome de los parecidos razonables que pueblan la faz de la tierra. Santi murió hace ya muchos meses y lejos de aquí. No le vi muerto, ni asistí a su entierro, sólo a una misa funeral presidida por un retrato que llegó dos semanas más tarde. Pensándolo bien, eso no es garantía de que el muerto esté muerto y puede que acabe de pasar con unos auriculares puestos detrás del imbécil del caniche. Pido un segundo café y me viene a la cabeza la idea loca de que fuera de aquí, en esa tierra que todos desean que sea leve cuando ya no respiras, ni suspiras, debe haber una plaza llena de conocidos en la que más adelante nos encontraremos todos. Allí empiezan a haber más conocidos que aquí. Y puede que entre todo el personal que allí se vaya reuniendo esté el imbécil del caniche, el tipo que se parece a Santi, y el mismo Santi ciscándose en el que escogió la foto el día de su funeral.



martes, 31 de marzo de 2026

VENCER

 



Dime que es lo que te remueve, que es lo que te impide aceptar que, aunque lo intentaste, no conseguiste que su sombra desapareciera. Dime, dime si puedes, que es lo que esperas. Que es lo que crees que ocurre cuando no ocurre absolutamente nada y su contorno se dibuja detrás de tus párpados cerrados. Dime, si puedes, que el paso del tiempo no ha sido más que la cosmética con la que has disfrazado su firme ausencia. Dime, si quieres, que es lo que guardas dentro de ti, lejos de los demás y que, cada vez que bajas la guardia, te vence.
 


domingo, 8 de marzo de 2026

SUPERMAN

 



Había bajado del tren antes de que saliera el sol. Podía coger un taxi o ir andando. No tenía prisa, había tiempo de sobra. En viento de la noche había llenado el paseo de hojas muertas que ahora, con la humedad de primera hora, transformaban el ambiente en algo un tanto pastoso. Le picó la nariz. Hizo un gesto liviano, casi imperceptible, y se rasco hasta que sintió un cierto alivio. La alergia le amargaba la vida y los viajes de trabajo también. Intentó respirar por la boca, sin parecer un perro medio asfixiado y siguió caminando. Al fondo, el día empezaba a clarear. Había ensayado su discurso varias veces y ahora, cuando apenas quedaban un par de horas para darlo, lo había olvidado todo. Tocaba improvisar. Empezó a tararear una canción de los años ochenta, cuando aun tenía pelo y el tabaco no estaba prohibido. Pronto se jubilaría y recuperaría el tiempo, su tiempo. Pero de repente le entró el miedo. Quizá nada de todo lo que antes le gustó, tuviera ahora demasiado sentido. El aire le jugó una mala pasada y mientras intentaba protegerse los ojos con la mano, le pareció verla cruzar. Apretó el paso, cambio de acera y alzó la mano para parar un taxi.


viernes, 20 de febrero de 2026

MARTES

 



Martes. Ni te cases ni embarques. No pensaba hacerlo. Vomito a primera hora como si fuera la Fontana di Trevi. Vuelvo a lavarme los dientes y me rocío con agua de colonia. Salgo de casa con el estómago revuelto, pero el aire me hará bien, seguro. Vuelvo a vomitar antes de llegar al metro. Ahora no hay dentífrico que me rescate y de inmediato me viene otra arcada colosal. El hueco del árbol queda hecho un Cristo de baba y bilis. El estómago anda vacío desde ayer así que no sé qué pretendo que salga. Quizá la mala leche. El maltrato institucional me sienta fatal. Pero no debe de ser eso porque de ser así habría empezado a vomitar en 1993 y no hoy. Entro en un colmado, compro un botellín de agua y un paquete de caramelos mentolados. Me llevo de balde dos servilletas de papel porque voy a atacar el asunto de la limpieza dental a base de frote de celulosa. Al salir, una mujer desgreñada  me grita y me desea algo que no termino de escuchar, pero que no parece que sea nada bueno y no salgo de mi asombro. La peineta que recibo es espectacular. No la conozco, creo. Pero la mujer está poseída como una hidra y cualquiera, si observa la pasión con la que se empeña en llamarme pedazo de mierda, pensará que me he acostado con su marido, con su hijo o con el perro que pasea. No vamos bien, vamos fatal.Mientras intento esquivarla, me entra un arcada feroz y acabó potándole entre las piernas.



domingo, 8 de febrero de 2026

POMPAS DE JABÓN

 


La sujeto por el brazo mientras levanta el pie y se agarra a la barra. Lo hace con fuerza, como si temiera que, a medio camino, mientras levanta el otro pie, fuera a desaparecer y todo el peso de su cuerpo la empujara a besar al suelo. Pero estoy aquí, como ella estuvo antes, y no me moveré. Pero no se fía, ni de mí, ni de ella misma. Su mano se pone blanca y sobre su cuerpo empieza a caer el agua tibia como la lluvia que llega como una bendición. Mamá, ¡qué mala eres! No lo digo yo, lo dice ella, porque el jabón le entra en los ojos y yo, que no soy su madre, no me doy ni cuenta. Y no sé si soy mala, o buena, pero odio los domingos en los que el viaje al pasado es una inversión que ya no cabe. Odio el olor a desinfectante y a crema hidratante. Y pienso que tal vez la maldad está en esas pompas de jabón que dejaron de ser preciosas y divertidas, que se transformaron en una condena chica. Pero después sonríe, con su olor a limpio recién importado, y su mano me acaricia la cara mientras le coloco los pendientes de aguamarinas que le regaló mi padre. Por un instante vuelve a ser ella y en mi cara guardo el calor de madre.