Suena
el teléfono. Meto la cabeza debajo de la almohada y aprieto fuerte. Odio su
timbre. Odio tener
la sensación de que todo pende de la mala ventura, de un mal futuro que nos
pisa los talones, aunque parezca un contrasentido absoluto. Un mañana que aprieta
por detrás. Odio todo lo que tiene que ver con las llamadas a destiempo. Descuelgo sin mirar y una voz rijosa, tan desagradable como artificial,
me hace participe de un sorteo. Me muerdo la lengua y tiro el teléfono dentro
del cajón de la mesilla de noche. Aquí son las seis de la mañana, las
once de la noche en Wisconsin. Pero ya me he desvelado y la cabeza se pone en
marcha con pensamientos intrusivos, recurrentes y el martilleo constante de no saber que hacer ahora que
su cabeza se va apagando y la mía parece gobernada por un hámster loco que la
hace rodar a mil por hora. Me desfondo y por fin sé de qué se trata. A ratos me convierto en
una especie de “Sarah”*, que se balancea entre un cuidado feroz, las ganas de
desaparecer y un infinito sentimiento de culpa aplastante. Hago lo que puedo,
pero, ni siquiera para mí misma, nunca es suficiente y estoy agotada. Me levanto
a por un vaso de agua y vuelvo a la cama. Esperaré a que den las siete para ir a
la ducha y recitaré para mí, una vez más, la carta a los Corintios. La demencia no descansa,
ni siquiera en Pentecostés.
* Love Actually




