lunes, 24 de julio de 2017

CABERNET SAUVIGNON



Ese instante de alarma y temor a no entenderlo 
cuando anuncian que te van a contar un chiste.

Iñaki Uriarte







No hace demasiados días intenté comprar unas botellas de vino, tinto a mayor gloria de los manteles blancos y de los paladares tibios. Estaba pensando en organizar una cena `para deshacerme de un verano medianamente hostil. Unos pocos amigos nada más. La cosa tumultuaria no cabe en ni en mi casa ni en mi vida. Entré en la tienda sin una idea de lo que quería llevarme más allá de que fuera tinto. No entender de nada permite descubrir cosas y en este aspecto, no al no tener una elección preconcebida, ni indicaciones que seguir, cualquier recomendación deliciosa que no me estropeara la economía ya me venía bien. Recorrí los estantes arriba y abajo, estudiando las etiquetas de las que apenas soy capaz de entender nada pero que encuentro encantadoras. Camine entre cajas y pasillos y me encontré calibrando sobre la posibilidad de enfriar un mundano cabernet. Di media vuelta para salir y lo hice, pero con las manos vacías. En algún lugar de mi cabeza se había disparado el pistón de una vaga melancolía y, a partir de ahí, cualquier elección habría sido ruinosa. Volví a casa caminando bien, sin prisa alguna, dándole vueltas al hecho de nuestra común torpeza y de ahí a la cocina sin cambiar el paso. Me abrí una lata de agua con gas y me ahogué entre unas cuantas burbujas.  







lunes, 17 de julio de 2017

Mr. DARCY



-¿Te acuerdas de Marc? Habías jugado en su piscina hinchable. Ahora es un abogado de prestigio.
-No lo recuerdo.
-Parece que se ha divorciado. Su esposa era japonesa. Una raza muy cruel.

El diario de Bridget Jones






He roto la media de mis lecturas y lo contemplo con estupor. Creo que he tocado fondo y que algún que otro desvarío me ha desnortado. Estoy cansada, el año normalmente no acaba en diciembre sino en el caluroso julio, y aunque he comprado unos cuantos libros en las últimas semanas, los voy acumulando sobre la mesa del estudio en un montón que empieza a cegar la lamparilla. Cada vez que paso por ahí y veo el pequeño rascacielos, acaricio las cubiertas y me digo que en agosto volverá la normalidad, que leer volverá a ser fácil incluso con las gafas nuevas. Pero tengo serias dudas por culpa del empacho de la locura de actividad de los últimos meses; necesito resetearme. Llegar a julio como si fuera el fin del mundo, un año más. Y, aunque no es nada nuevo, me vuelve a coger desprevenida, por eso aun me extraño de esta especie de apatía lectora que me demora entre líneas algo más que media vida, y de la que me duelo como alma en pena explicando, a quien me quiera oír, que se me están estropeando las traviesas de mi vida, aunque sepa que no hay para tanto que, en definitiva, todos tenemos parones mentales y el que no, que levante la mano.



miércoles, 12 de julio de 2017

CONFITERIAS


Bajo la luna
El tigre de oro y sombra
Mira sus garras.
No sabe que en el alba
Han destrozado a un hombre...

                                         Jorge Luis Borges




Estamos viviendo en un momento de lo más complejo desde todos los puntos de vista. El descontento es generalizado y la sensación de hastío es ya tan profunda que parece difícil que volvamos a levantar cabeza en los próximos años. No hay manera de sustraerse al pesimismo generalizado y cuando uno se tapa los oídos con fuerza para intentar no desgastarse en exceso y vivir rodeado de las cuatro cosas y personas de su día a día, se queda cojo, falto de una realidad que apremia por las costuras. La ruina se cuela por cualquier resquicio. La falta de una perspectiva y de un conocimiento cierto del sentir de las gentes en momentos anteriores nos hace creer que vivimos lo peor, pero quizá nuestra visión sea solo una desilusión óptica deformada por el desgaste. Nuestras condiciones, en esta parte del mundo, son mejores que hace cincuenta años. La gran mayoría no pasa hambre, los niños están escolarizados, nos morimos en los hospitales de puro viejo y nuestra pobreza da risa a los que cruzan el Mediterráneo en busca de una oportunidad que allí no tenían y que difícilmente tendrán aquí. Nos invade un sentimiento de desencanto profundo. Levantar la vista y mirar al frente no mejora las cosas. Vivimos en un momento extraño, un momento relativo que observamos con el ojo ciego de la historia. Arreglar el desaguisado moral en el que hemos caído no parece estar al alcance de nadie. Vamos cabeza abajo y solo queda buscar refugio en las pequeñas cosas, en las que nos permitan pensar y creer que no todo está perdido. Hay días que vivir hacia fuera es muy difícil y solo es posible mitigar el desconcierto si uno aprieta el botón de apagado de casi todo y uno se enrola en una conversación interminable con un café entre las manos, o llega a casa y se encama con aquellos que más quiere esperando que el mañana sea más liviano y huela menos a pesadumbre.





sábado, 8 de julio de 2017

SOBREVOLAR



Los dioses se han marchado, nos queda la televisión.

Manuel Vázquez Montalván






Algunas tardes, en los días claros, subo a la azotea, saco una cajetilla de tabaco del bolsillo y le doy vueltas. Juego con ella entre las manos mientras me acomodo en la escalera de incendios. Fijo la vista en la línea del horizonte, allí donde el mar se entremezcla con el cielo, e intento ver si de verdad se puede ver, desde esta altura, la isla de Mallorca. Decía mi abuela, que vivía cerca de las Atarazanas Reales, que si uno se empeñaba podía ver las islas encaramándose en cualquier sitio un poco alto de la ciudad. Por entonces la única altura considerable se conseguía pagando unas cuantas pesetas que transportaban al paseante hasta la cúpula de la estatua de Colón y, una vez allí, solo quedaba forzar la vista para alejarse del rompeolas y mirar al infinito. Al final, como un puntito sobre una "i" se encontraba la isla. Nadie, ni siquiera previo pago, consiguió ver nada más allá de las cuatro golondrinas dando vueltas por el puerto, algunas gaviotas sorteando las olas mansas de la dársena y algún que otro pesquero volviendo a casa. 
Ayer tampoco se veía Mallorca. Unas cuantas gaviotas sobrevolaron el terrado imponiendo su graznido sobre el ruido de la ciudad. Al fondo, sólo un buen puñado de rascacielos que malhirieren la línea de la costa. Más allá, la nada. Aun así, quedan las azoteas, las cajetillas de tabaco, las escaleras de incendios y el rumor lejano de la ciudad que para ensimismarse un rato, sin perjudicarse en exceso, tampoco está tan mal.







lunes, 3 de julio de 2017

SATURA PARK


Y yo te sigo viendo
con una nube en cada hombro y una taza de caldo cada día,
y estabas desclavándote
y las palabras que no podías decir,
que no podías decir a nadie en aquel pueblo te iba atando a 
una columna.

Luis Rosales




Empecé haciendo trampa, buscaba entre libros y periódicos una primera frase con la que empezar la hoja en blanco. Era algo así como romper el hielo con un extraño, que se me presentaba distante, con algo ya probado antes con buen resultado. Al poco me di cuenta de que aquella artimaña no servía de nada porque aquellas primeras palabras, que parecía que estaban bajo control, en mis manos se convertían en poco menos que un desastre. Así que improvisé del principio al final, sin nada en que escudarme. 
Le di a leer unas cuantas hojas que recogían la historia de una astronauta que había decidido enrolarse en un viaje espacial con la sola finalidad de desintegrarse antes de cruzar la atmósfera a una velocidad estratosférica. Le vi levantar la ceja. Me preguntó el motivo por el que aquella mujer, que según le contaba había sufrido una inmensidad hasta conseguir trabajar en una agencia espacial, solo pensaba en desintegrarse delante de los ojos de los que estuvieran viendo el despegue. Contesté que no lo sabía, que quizá era por llamar la atención. Dobló las hojas y me las devolvió. Me invitó a dar un paseo. Caminamos en silencio durante una hora. Al llegar a la esquina de la Quinta con Satura Park se detuvo, jugueteó con la punta del pie con las hojas que cubrían la acera, miró al cielo y dijo que parecía que iba a llover. Encendió un cigarrillo y se despidió con un leve gesto de la cabeza. Cuando apenas llevaba unos pasos, y yo me reconcomía por mi torpeza sin fin, se dio la vuelta con la misma lentitud que un fotograma de cine antiguo y le escuche decir que debía seguir pensando, que nadie imagina inmolándose de una manera tan artificialmente estúpida. Siguió caminando y ahí seguí, viendo como aquella espalda se convertía en un puntito indefinido. Miré al cielo y vi la estela de un avión cruzando a toda velocidad. El murmullo de la ciudad me despertó del estado de desconcierto en el que me encontraba mientras unas gotas diminutas empezaban a teñir el asfalto. Al torcer la primera esquina, doblé los papeles, los guardé en la bolsa y pensé que me había ganado un café. Nadie se suicida, ni siquiera en un relato pésimo, de un modo tan rocambolesco y estúpido, tenía razón.









sábado, 1 de julio de 2017

CERTIFICADO DE ÚLTIMAS VOLUNTADES


Algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición, como si fuera un abrigo caro que se ha quedado ya demasiado pequeño.
 Departamento de especulaciones
Jenny Offill







Fue ayer, al volver a casa, cuando me paró Juan para entregarme los periódicos. Se los pagué y le encargué que esta próxima semana vuelva a guardarlos. El próximo viernes, cuando vuelva a casa, se los recojo de nuevo. Le compro prensa atrasada que sé que no leeré porque cuando me los dé ya lo habré hecho de cualquier otra manera. Pero es la costumbre y, de alguna manera, una especie de pacto conmigo misma para que se mantenga abierto el quiosco de la calle en la que vivo. Cuando ya me iba hacia casa, me llamó de nuevo, le habían dejado nota para que pasara por la farmacia, allí  tienen algo para ti, me dijo. La vida de barrio tiene estas cosas, los vecinos te conocen y puedes encontrarte encomiendas por cualquier sitio. No me molesta, en absoluto. Unos metros más allá, entré en la farmacia. La boticaria, un encanto de mujer, me saludó más amable que otras veces si cabe. Compré un par de cosas y hablamos de la semana y de que en el patio me esperaban tres cajones de plástico con un buen surtido de plantas que eran para mí. Cruzamos la rebotica mientras me cuenta que estos días que he estado fuera a Paquita se la llevaron de urgencias. Duró un par de días. Los estiró como pudo hasta que llegaron sus hijos y sus nietos para despedirse y entonces se fue. Ayer cerraron el piso y sus pocas cosas fueron retiradas sin hacer ruido, algunas repartidas según ella quiso y el resto a saber. Una semana y el telón se baja del todo. El propietario debe andar frotándose las manos, un alquiler de renta antigua menos. Recojo dos de los cajones y le digo que volveré a por el tercero antes de que cierre.
Esta mañana de sábado, antes de que el sol empezara a apretar para continuar con una tremenda tormenta, he replantado la lavanda, la menta, la albahaca, la citronela y el tomillo. Mientras hundo las manos entre la tierra, acomodando las raíces con cuidado, les deseo larga vida; y a Paquita, que vivió como le dió la gana desde que perdió a su marido cincuenta años atrás, que encuentre la paz que siempre quiso y que a veces jugaba al escondite entre los tiestos de su balcón. Algunas herencias no precisan más certificado de últimas voluntades que el deseo de uno y las ganas de otro.  





   




domingo, 25 de junio de 2017

PANFLETOS


El periodismo consiste esencialmente en decir. 
Gilbert Keith Chesterton






He tenido la santa paciencia de leer el editorial del "New York Times" para saber qué es eso que tanto ha alegrado a la Generalitat, a los secesionitas catalanes, y tanto revuelo ha causado en las redes sociales por su apoyo al referéndum en Cataluña y su oposición a la independencia. Y lo de la paciencia puedo decirlo ahora después de leerlo. Empieza a ser realmente cansado que, en relación a este tema, se hable con más falta de información que otra cosa y previo poner el cazo para escribir cualquier cosa, incluso que un elefante rosa sobrevuela el cielo cada noche cuando cae el sol, si es necesario.

Una mentira repetida cien mil veces no se convierte en verdad, pero puede hacer mella en muchos que no tienen el más mínimo interés en conocer el fondo de nada y se dejan convencer por el renombre de quien, previo pago, decide escribir la más inmensa de las majaderías.
En Cataluña, unos cuantos, que no son la mayoría, abogan por la independencia de España y pretenden llegar a ella pese a quien le pese, ilegalidad mediante, y sin pensar que su proyecto no es un proyecto común. El aparato propagandístico trabaja sin descanso desde hace décadas, desde que la familia Pujol expoliaba a todo el mundo enarbolando la bandera del nacionalismo.

He de reconocer que si no fuera porque vivo en este país desde que nací, que lo hice cuando Franco aún era el jefe del Estado, que viví la ilusión de mis mayores durante primeras elecciones y que la promulgación de la Constitución fue un paso de gigantes hacia la libertad, creería vivir en un país reprimido, ocupado y oprimido bajo la bota una dictadura que amenaza con terror constante; un país sin opciones políticas en el que el Parlamento no fuera elegido por sus gentes; un país en el que mostrar un pensar diferente al del régimen llevara a los huesos del opositor a estrellarse contra el suelo de una celda, como en Venezuela por decir algo. 

Pero resulta que he vivido y vivo en un país que, pese a algunos, tiene sus grandezas. Un país que ha conseguido sobreponerse a grandes desdichas y problemas. Pero somos, también, un país con grandes contradicciones y miserias. Por eso hay algunos que por buscar cualquier apoyo, incluso los más sucios, recurren, sin rubor alguno, a sacarse la foto con aquellos que diezmaban la vida de sus conciudadanos y los hacían vivir en el terror constante. Esos que ahora, cuando ya no les queda un aliento a sus nueve milímetros parabellum y aprovechando que  los muertos siguen en sus cajas, pretenden dar lecciones de democracia sin que les caiga la cara de vergüenza.

En Cataluña, en la que la Ley de desconexión ya se ha aprobado, el referéndum que tantos mentan es solo una pamema que pretende victimizar a los secesionistas. Es vergonzoso ver como se aprueba n reformas legislativas para evitar el debate parlamentario, la aprobación de normas inconstitucionales mientras la crisis económica y asistencial se ceba sobre la gente de la calle. La grandiosidad de algunos proyectos espanta.

Y en ese país que algunos imaginan terrible, antidemocrático, la legalidad existe aún hoy. El estado de Derecho debe protegernos de alucinados y enajenados que, a saber qué motivaciones tiene, pretenden socavar, no sólo la historia, sino la pacífica convivencia entre la gente de bien. Por eso repugna hasta la saciedad el retorcimiento interesado que algunos hacen de la situación real que vivimos.  

No todo vale y no todo es cierto aunque se publiquen en un panfleto internacional con cierto renombre. Una mentira repetida cien veces seguirá siendo mentira. 






lunes, 19 de junio de 2017

LIBROS



Considero que la televisión es muy educativa. Cada vez que alguien enciende el televisor salgo de la habitación y me voy a otra parte a leer un libro. 
Groucho Marx




Desde la última mudanza, los libros se acumulan apilados unos sobre otros formando columnas más bien inestables, esperando encontrar un lugar, sino adecuado, sí al menos más cómodo y menos desastroso. Pero el espacio es escaso y no sé bien como resolver la cuestión sin sentir la extraña sensación, cuando por necesidad decido desprenderme de parte de ellos, de que me estoy equivocando. Pero la lectura llevada hasta el extremo del vicio, acompañada del placer de escoger con cierta dedicación lo que se va a leer, conlleva que el número de ejemplares que vamos atesorando se multiplique de un modo exponencial y difícilmente controlable. Hace meses iniciamos una campaña casera para limitar el número de libros con los que pensábamos hacernos. Ni que decir tiene que aquel pacto bienintencionado se ha quebrantado desde el inicio y así, como el que no quiere la cosa, semana a semana, las columnas van aumentando, el espacio va menguando y la capacidad para disimular que un nuevo ejemplar llega a casa va mejorando. Se puede vivir sin libros, a buen seguro que sí, pero también tengo claro que viviríamos mucho peor. 



martes, 13 de junio de 2017

CICUTA


Hay más tesoros en los libros que en todo el botín 
de la Isla del Tesoro.

Walt Disney





Antes de salir de casa compruebo que llevo encima todo lo que creo que me puede salvarme la jornada. Un ejemplar de una novela escogido con cuidado, una libreta, unos cuantos bolígrafos de distintos colores, un paquete de pañuelos de papel, un paquete de caramelos,  un botellín de agua y un blíster con antiácidos. Lo demás (la cartera, las identificaciones laborales, entre otros cachivaches), va de suyo. Ha empezado a hacer calor, sin embargo me resisto a dejar el fular de casa, nunca se sabe qué maldito aire acondicionado va a acabar matándote. Entre el caos de mi bolsa quedará todo el verano, navegando entre las llaves y la tarjeta de transporte público.

Hago cola  esperando el autobús. Miro por última vez el teléfono el móvil antes de lanzarlo al fondo del pozo que llevo colgado en el hombro. Saco mi libro y espero. Nunca empiezo a leer hasta que consigo pertrecharme en los últimos asientos del autobús. En invierno porque es donde más templa y en verano porque esa temperatura antes templada, que se convierte en algo un tanto asfixiante en el mes de junio, ahuyenta a todo quisque.  
Esta mañana el personal debe andar rezagado, subimos cuatro gatos, y cojo asiento sin dificultad. Empiezan, posiblemente, los cuarenta y cinco minutos más gratificante del día. Los de vuelta cuentan para la descompresión cuando termine el día. Arranco el tiempo que puedo y de dónde puedo para leer cualquier cosa que nada tenga que ver con mi trabajo. Esta costumbre, con toda seguridad, me salva de mucha mala leche y pesares tenebrosos. Levanto la cabeza para ver en qué se encuentran metidas todas las  cabezas gachas que contemplo desde la cola del autobús. Veo pocos libros, muchos menos que hace algún tiempo. Puede que todas estas personas, que acaban de salir de su casa y van a pasar todo el día entregados a lo nutricio, estén, como yo, pensando en salvarse un rato pero de otro modo, y el mirar por la ventada, el teclear el móvil o el simple escuchar del éxito musical de la semana les sea suficiente.

Los libros se han convertido, para muchos, en meros objetos decorativos. Leer no está de moda aunque algunos, románticos y enfermos del papel, pensemos que si no fuera por los libros en las farmacias no darían abasto en la venta de antidepresivos y antídotos contra la cicuta; aunque el hábito que arrastramos nos acabe provocado tendinitis y la vista más cansada de lo normal.





sábado, 10 de junio de 2017

CARCASAS


Parece consternado, deshecho por la noticia. 
¿Por qué iba a importarle tanto ahora, 
después de todo estos años de silencio?

Paul Auster





Quizá cuando dijiste que era tarde, que había anochecido demasiado pronto, en realidad, aunque tal vez no lo supieras, te estabas despidiendo. Sobre la mesa dormían unas cuantas copas de vino que nadie había retirado y en el poso flotaban los restos de la ceniza de un cigarrillo que se consumió horas antes. Asomado a la terraza, observando los camiones recogiendo los escombros del día, alguien dijo que sus ojos contemplaban la más extraña de las metáforas.
El tiempo ha sido generoso pero nos ha convertido en la sombra de lo que años atrás pensábamos ser. Somos restos, algo parecido a la carcasa del sofá chusco que los operarios lanzan dentro de la caja del camión. No es una metáfora, es la realidad de la que nos escondemos siempre tarde, siempre mal. Dijiste que tu cuerpo se había transformado en una sepultura como cualquier otra, pero nadie te creyó y a veces pienso, que ni siquiera tú mismo lo creías. La ví contemplar tu pelo cano, tus manos encallecidas y tus pies hinchados, intentando buscar algo que confirmara tu teoría de la autodestrucción a la que había derivado la conversación. ¡Hay que joderse con la vida! Lo pensé y sé que lo pensaste también, como sé que lo guardaste para ti, como aquel otro cuento sobre que toda historia tiene cuatro esquinas, tres esquinas muertas y la cuarta, desde el inicio de los tiempos, no es más que en una vía de escape, la que utilizan los tristes para sentarse a dormitar. Nadie entendió nada y el silencio se convirtió en el incómodo invitado de una velada tan absurda como inoportuna. No nos volvimos a ver.