martes, 17 de abril de 2018

ASOMARSE A UNA VENTANA CUALQUIERA



Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían ninguna novedad para él. Emma se parecía a las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje.

Madame Bovary -Gustave Flaubert-






Hace un par de semanas al abrir la ventana del dormitorio escuché los gorgoritos de unos pájaros. Pensé que por fin estaba llegando la primavera. Y mientras me entretenía, no sin cierta sorpresa, con algo tan sencillo como el canto de unos pájaros, vino a mi cabeza el libro de Rachel Carson “El sentido del asombro”.
Con los años vamos perdiendo cosas por el camino y una de ellas es, precisamente, la capacidad de asombrarnos y, de rebote y sin darnos cuenta, la de encantarnos con las cosas sencillas. Dice Carson que para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía de un adulto con quien poder compartirlo. Con toda seguridad eso sea así. Pero el asombro es como la luz de una candela que se va consumiendo a medida que pasa el tiempo y vamos dejando por el camino algo más que restos de piel y sentido. Perdemos, sin apenas darnos cuenta, la capacidad de ensimismarnos y entretenernos en lo menudo y encontrar, a partir de ello, algún sentido a lo que nos rodea. Me pregunto si para recuperar esa capacidad  quizá no debiéramos actuar de modo inverso al que dice Carson, y que nosotros, como adultos un tanto desengañados y perplejos, hacernos acompañar de unos cuantos críos que, con su asombro y desparpajo, nos contagien la vitalidad y la expectación que les genera la existencia del mundo que existe ahí afuera y que a nosotros se nos estrechó por las costuras, casi sin darnos cuenta. Pero esta teoría, que carece de todo fundamento, no es más que la consecuencia de asomarse a la ventana un día cualquiera.





domingo, 8 de abril de 2018

SIN EMBARGO



Hora de la noche al día.

Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.


Wislawa Szymborska



Al vivir así perdimos muchas cosas, pensando que ganábamos otras tantas. Un día, después de una jornada de trabajo que nos había dejado agotados, nos asomamos a la ventana, miramos al cielo y desde allí, desde la veinticuatroava planta, no pudimos ver nada más que un velo contaminado de luz y polución. Nada, absolutamente nada más. Cuando cae la tarde, el cielo se cubre de neblina densa que brilla con la intermitencia de los aviones que cruzan la ciudad, y que se extiende como una sábana sucia. Las estrellas no existen más que en los cuentos infantiles y en los documentales de televisión, por eso no es posible explicarle a los niños que cuando sus perros se mueren suben hacia arriba para convertirse en una estrella a la pueden recurrir cuando se acuerden de ellos. Ahora solo podemos contarles que desaparecen y a cambio les dejan un punto seguido. Es difícil explicar qué ocurre con todas las cosas que se van, con la gente que se nos muere, con los objetos  que desechamos, incluso con aquellos aprecios que un día creímos inamovibles. Y es difícil porque todo eso, todo aquello que creímos fundamental , apenas deja nada a lo que agarrarse. Lo físico se desintegra a la velocidad de la luz y lo otro, lo que no podemos tocar, se va perdido mientras va dando vueltas entre la cabeza y el corazón en una carrera infinita que parece no terminar nunca. En estos tiempos quedan pocos asideros cuando la melancolía aparece. Es un signo terrible de los tiempos. Pero bajo toda esta ruina, puede que algún día podamos recuperar algunas cosas y esa neblina densa nos permitirá descubrir, aunque sea de lejos, el titilar de un recuerdo que no nos ha abandonado del todo.




miércoles, 4 de abril de 2018

EL TIEMPO


"Dicen que no encajo en este mundo. Francamente, considero esos comentarios un halago. ¿Quién diablos quiere encajar en estos tiempos?”.

Billy Wilder





Nos cruzamos en la calle, parada obligada. Cálculo de una manera rápida si puedo entretenerme, si me vale la pena o no permanecer de pie,pasando frío y escuchando convencionalismos. Y mientras hago todo eso, mantengo la sonrisa del que no tiene nada que decir pero debe cierta cortesía. Sonreír y dejar que el otro hable, que llene el poco tiempo que estás dispuesto a entregarle, porque el tiempo es oro y a ti te interesa muy poco lo que en estos dos minutos de charla casi obligada te puedan llegar a decir. Termina la conversación, si a cuatro frases repetidas hasta la saciedad se le puede llamar así. Son los repetidos: “¡cuánto tiempo!”, “nos hacemos mayores”, “¿aun trabajas en el mismo sitio?”, “a ver si quedamos un día y tomamos un café”. Y así, mientras giro la esquina, dejando atrás aquel encuentro casual, aprieto el paso borrando de la cabeza los dos últimos minutos de mi vida, como si así pudiera recuperarlos y dedicarlos a cualquier otra cosa porque sé que, entre esas francachelas tan simples y vacías, el tiempo se muere sin remedio.





domingo, 25 de marzo de 2018

NI OLVIDO, NI PERDÓN


"Nunca se rindan, nunca cedan, nunca, nunca, nunca, en nada grande o pequeño, nunca cedan salvo por las convicciones del honor y el buen sentido. Nunca cedan a la fuerza; nunca cedan al aparentemente abrumador poderío del enemigo".
Winston S. Churchill




Quizá porque de momento nunca me he encontrado en una situación parecida, no puedo comprender el estado de alienación y sumisión que está viviendo una buena parte de la población que vive en Cataluña. No hablo de mayoría porque no lo es. Los grandes números son una de las muchas mentiras que repiten los independentistas. 
Lo sorprendente es que a estas alturas, cuando ya no hay dudas de que mintieron a los ciudadanos, movilizaron los sentimientos más bajos de la gente mientras malversaban, espiaban y robaban a las necesidades  más perentorias de sus conciudadanos (el dinero destinado a sanidad, servicios sociales, etc. se desviaba a la maquinaria del "Procés"), todo ello siendo conscientes de que todo aquel plan que no era viable, aun hoy, los propios ciudadanos estafados se lancen a la calle en defensa de un líder fugado, que los dejó en la estacada, y de un proyecto tan poco democráctico. 
Esta gente que, investidos por el poder de unos resultados electorales que no responden a la voluntad de los resultados directos de las urnas(algo habrá que hacer con eso), azuzó el avispero del sentimiento nacionalista de algunos, no merece conmiseración alguna, solo la aplicación implacable del Estado de Derecho y el más profundo de los desprecios. 
Nunca las calles serán suyas, como nos repiten cada vez que pueden. Debemos estar atentos y no dejarnos intimidar por su otro mantra: “ni olvido ni perdón”. Debemos ejercitar nuestros derechos y no permitir que iluminados como los que hoy tenemos en el Parlamento catalán vuelvan a tener en sus manos la dirección de un territorio al que solo le han ocasionado la ruina económica y social. La hora de hacer política llega tarde, la política la mataron los propios que pretendían ejercerla contra su propio pueblo. Llega la hora de que todos aquellos que atentaron contra la democracia, pervirtiendo el lenguaje y las ideas, respondan ante los Tribunales (los de un Estado Social, Democrático y de Derecho), ante los ciudadanos y ante Europa. Nosotros tampoco vamos a olvidar y no debemos hacerlo para no volver a caer en manos de unos cuantos que solo quisieron su propio beneficio (principalmente económico, con un control de las instituciones para que nadie les pidiera explicaciones) en detrimento de los derechos y libertades de la inmensa mayoría. El respeto a las normas, al derecho y las libertades es fundamental y si no estamos por ello es para apagar y cerrar la puerta. 




lunes, 19 de marzo de 2018

MANCHESTER



Los cambios bruscos de tiempo animan la ciudad. Una granizada, por ejemplo, es excelente para aumentar la cordialidad en el ascensor.

Iñaki Uriarte






Habían quedado que cuando él saliera de la oficina llamaría, pero no sería antes de las seis, antes tenía que cerrar un par de cosas. No se atrevió a preguntar, por no ponerle en un aprieto y que le mintiera. Sabía que iba a ver a su hija, una hija de la que no tenía que saber que existía, pero lo sabía. Laura se había convertido en una incógnita con la que a veces se entretenía, otras se angustiaba. Un misterio al que ponía las caras más diversas cuando  no podía dormir. A las siete llegó a casa, se quitó los zapatos y empezó a preparar la cena. Desde hacía un par de años, los miércoles eran el mejor día de la semana. Pablo llegaba pronto y cenaban viendo la televisión como si fueran una pareja normal. El resto de los días, llegaba a casa, se desvestía sin cuidado y se tumbaba en la cama para contemplar como crecía la humedad que había aparecido en la esquina de la habitación. A veces, si no estaba demasiado cansada, o demasiado nostálgica, se preparaba algo para cenar y ojeaba el suplemento del periódico del domingo mientras fumaba un último cigarrillo antes de acostarse. En su acuerdo no cabían las llamadas pasadas las seis de la tarde, ni los fines de semana, y si alguno de los dos tenía la tentación de romper aquella norma debía mesurarlo  bien porque la consecuencia podía ser el punto y final de aquella historia. Al principio le pareció bien, disponía de su espacio, de una vida social entretenida, pero con el tiempo empezó a cuestionarse si aquello tenía sentido, si quería pasar el resto de  sus días aquella manera, sin hacer planes, improvisando cenas de última hora y esperando una llamada a medianoche que sabía de antemano que no iba a producirse. La trampa había sido estupenda, y ella misma la había tejido a su propia medida. Miró el reloj, ya eran más de las diez y Pablo no había dado señales de vida. Se puso el abrigo, se calzó y salió al bar de la esquina a comprar un paquete de cigarrillos. Había olvidado hacerlo al volver a casa y ahora los necesitaba. Dio un rodeo para hacer tiempo antes de subir a su apartamento. Rebuscó el teléfono en el bolsillo y comprobó que la pantalla seguía oscura, muerta. ¿Cuánto se puede fumar una noche así? Dio media vuelta y compró una cajetilla más. Subió por las escaleras, sin prisa, guardó la cena en la nevera, se puso el pijama y se sentó en la cama. Podía fumar cuanto quisiera, solo tenía que abrir un poco la ventana y dejar que el aire se colara sin hacerle trampas.






domingo, 11 de marzo de 2018

VASOS DE CRISTAL


En este lugar sin sombras ni horizontes todos hablan un idioma distinto y, sin embargo, se entienden.
Sergi Pàmies





Mientras recogía las cuatro cosas que me quedaban, me dio por pensar en cuantos de mis compañeros, que ahora asistían mudos a mi marcha forzosa, continuarían allí el próximo año. Inmediatamente descarté seguir ocupando mi cabeza en aquello que, en realidad, no me importaba y me concentré en intentar no olvidar nada porque, una vez subiera en el ascensor de la planta 43, ya no volvería jamás. Revolví los cajones, miré por las estanterías y puse en una caja de cartón cuatro cosas que podía tirar en el primer contenedor que encontrara nada más pisar la calle. Poco se puede salvar de un naufragio laboral salvo la taza llevada de casa, recuerdo de Estocolmo, y el cactus que engullía  las radiaciones de tanto ordenador conectado. Poca cosa y muy poco práctica, pero no quería dejarles ni el resto de mi sombra. Fue cuestión de unos minutos recolocarlo todo. Me alisé la falda, me recogí el mechón del flequillo con una horquilla y cruce la planta sin decir adiós a nadie. Las despedidas solo valen la pena cuando le dices adiós a algo que importa, y a mí todo aquello había dejado de importarme hacía demasiado. Supongo que por eso les fue sencillo decidir quién de todos nosotros encabezaría el desfile. Al salir, el portero me saludó inclinando la cabeza. Le entregué el cactus y le deseé la mejor de las suertes.  Caminé hasta la esquina, abrí el contenedor y me deshice, sin reciclar, de la taza, de los cuadernos y unos cuantos bolígrafos de la compañía. Miré el reloj, eran las diez, me daba tiempo a llegar a casa, tomarme un café en un vaso de los de toda la vida y hacer la cama.





domingo, 4 de marzo de 2018

MENOS QUE NADA


La sinceridad cuesta mucho. Creemos muchas veces 
que somos sinceros y no lo somos.
Azorín




Marzo. Retomo una página medio escrita que dejé porque le faltaba honestidad. Intento reconciliarme con parte de un pasado no demasiado lejano sin buscarle justificación. Afilo unos cuantos lapiceros antes de intentar escribir una sola letra, una manía como otra cualquiera. El día se ha vuelto confortable pese a la lluvia, pese a las incógnitas que se esconden en aquella página a medio hacer. Intenté construir una verdad a la medida de una gran mentira. No sirvió para nada. Guardo aquella página a medio escribir porque ya no la siento mía, porque el tiempo borra lo que quiere y porque hoy, cuando aún soy capaz de ver sin estropear el recuerdo, pienso que en mi cabeza aquellas líneas se escribieron buscando sentido a la desesperante realidad de un pérdida inútil. El mundo se perfecciona a través de la confusión de los que somos simplemente mortales. 




jueves, 1 de marzo de 2018

NOUVELLE CUISINE







El momento más extraño del todo el año fue cuando de una manera inesperada, y sin motivo aparente, recibí una nota convocándome en el restaurante del observatorio de la ciudad.  En ella no se especificaba ni el motivo, ni si el anfitrión pensaba invitar o no, y para mí eso último, en aquel momento de mi vida, era crucial. Así que no fue nada extraño sentir como un sudor frío me recorría la espalda y un “mierda” quedaba colgado de la punta de la lengua. Las invitaciones requieren señorío y hoy en día ya no se presume. El pago a escote se ha impuesto incluso cuando recibes una invitación para una boda. Son las invitaciones, esas convocatorias a traición a las que te sientes obligado a acudir y de las que sabes de antemano que acabarás abriendo el billetero y soltando unos buenos euros. Este era el caso, no porque fuera una boda, que no lo era, sino porque desde hacía años mi relación con aquella persona que me citaba y el grupo con el que se relacionaba era más que exigua. Por eso la curiosidad me podía. Eso y que aún hoy, después de tanto tiempo, me era difícil decirle que no, aunque no le debiera absolutamente nada. En mi economía de guerra, una comida en un lugar como aquel me iba a provocar un agujero a tapar con arroz hervido y pollo durante todo lo que quedara del mes. Pero no pude resistirme y el día y hora indicado allí estaba, vestida con una falda que me apretaba más de lo deseable en la cintura. Entre despacio, buscando con la vista a aquel que fuera mi mentor y allí no había nadie. Y nadie era nadie. Me dirigí a la cocina escuchando el sonido de mis propios pasos. Entré intentando que el batiente de la puerta no terminara por empujarme hasta el fondo de aquella estancia, también vacía. Empecé a preguntarme si todo aquello formaba parte de un juego estúpido del que nadie me había explicado nada y si debía salir corriendo antes de que apareciera alguien que quisiera acabar con mi vida o venderme una enciclopedia de nouvelle cuisine Pero me entró hambre. Sobre una mesa encontré unos plátanos. Cogí uno, me senté en la encimera y me lo comí como si no hubiera un mañana. Al terminar me deshice de la piel con el triturador industrial, me lavé las manos y me las seque frotándolas contra los faldones del abrigo. El silencio continuaba siendo absoluto. Di media vuelta, salí de la cocina y atravesé el comedor sin cruzarme con nadie. Llegué a la calle sin saber qué había pasado, ni comprender qué estaba haciendo allí. En la puerta, el conserje me despidió con un movimiento de la cabeza. Empecé a bajar la calle, sin entender nada. Busqué la nota en el bolsillo y ahí estaba, fechada tres años atrás. Seguí caminando bastante más ligera.








domingo, 25 de febrero de 2018

KALTER KRIEG




El mundo había empezado a correr y aun no nos habíamos preparado para colocarnos en la casilla de salida. Nadie nos había dicho que, a poco que intentáramos desplegarnos, un azote de tormentas se nos abalanzaría encima para procurar que nuestros pasos no fueran más que una manera de mantenernos en ocupados en el intento de avanzar sin que consiguiéramos movernos ni un milímetro. ¡Menuda sorpresa! Por eso no fue extraño saber que a las pocas semanas de empezar con aquel trabajo, algunos se despidieran sin que nadie explicara nada. Nadie nos había preparado para ser máquinas inanimadas, para olvidar nuestras vidas personales, nuestros deseos, nuestros pequeños dramas cotidianos, ni siquiera la existencia de la conciencia propia y de nuestra propia trascendencia. Pero eramos jóvenes llenos de ganas de no sabíamos qué, y así era aquello, caminar para que nada se moviera y que otros avanzaran sin mirar atrás.
A los tres meses de empezar a trabajar allí murió padre. Me enteré dos días más tarde. Había salido por la mañana para ir a su oficina y un infarto lo dejó muerto en la parada del 103, como una broma triste del destino, un diez de marzo. Y mientras eso pasaba yo estaba encerrado en un edificio del que solo salí cuando vinieron a buscarme porque llevaba cuarenta y ocho horas sin contestar a ninguna llamada. Llegué a su entierro sin ninguna transición. El domingo habíamos estado tomando una cerveza juntos y ahora llegaba allí, aturdido, frente a una caja cerrada.
Recuerdo poco de aquel día, no soy capaz de recordar quién dijo qué, ni si hacía sol o si lloviznaba. Solo sé que aquella extraña semana mi vida cambió, dejándome la sensación de que por algún rincón de mi corta existencia había perdido algo más que a mi padre y que ya no podría recuperarlo jamás. Fue embarazoso reconocer que el mundo funcionaba mientras yo estaba encerrado mirando la pantalla de un ordenador, señalando con un puntero los objetivos sobre los que alguien, a quien no vería jamás, decidiría. ¿Dónde estaba mi responsabilidad en todo aquello? ¿Los muertos que eran noticia en el telediario de las seis eran un poco míos? No había pensado en nada de todo eso hasta aquel momento, frente a la caja que guardaba para siempre mi padre.
Al terminar, encajé unas cuantas manos, abracé a mi madre que fumaba un cigarrillo tras otro, y empecé a caminar calle abajo. Debía volver. Los hilos invisibles de un mundo podrido se mueven pese a todo. Tuve un mal presentimiento. Tendría que aprender a vadear a los muertos sin que me empujaran a través de los días porque ahora, tras aquellas semanas marcando zonas, podía ponerme un nombre. A media calle me giré y pude ver, de lejos, el cuerpo encogido de mi madre y supe que no podría volver a mirarla a los ojos sin sentirme un ser infame.










martes, 20 de febrero de 2018

DE LA INSIGNIFICANCIA



El ruido se inicia en el instante en el que las personas se callan y oímos los pensamientos moverse dentro de ellas como las piezas, que intentan ajustarse, de un motor averiado.

António Lobo Antunes






Hay muchas cosas por las que disgustarse hoy en día. En mi vida intento que cada vez sean la menos pero aun así no consigo alejarme de algunas inquietudes, por mucho que intente ponerles distancia. Pero el azar es traicionero y, cuando uno menos se lo espera, llega en modo ruidoso y le da la vuelta a la mañana como si se tratara de un calcetín ya viejo. A veces son cosas que carecen de una importancia real frente a la desgracia del mundo pero, aun así, la relativización solo sirve para respirar profundamente y sumirse en el silencio durante un buen rato. Esta mañana ha sido una de esas, nada fundamental para el mundo pero ahí queda, en el capítulo de las pequeñas desazones. Perder algo a lo que se le tiene estima, por muy poco valor que tenga, no deja de ser una murga que llevo mal. Algunos nos rodeamos de cosas viejas que nos gustan y nos reconfortan, y que el día que desaparecen nos llenamos de una tristeza incomprensible para el que no tuvo el abrigo y consuelo de aquello que carece de sentido para cualquiera. Podría decirse que los que disfrutamos de las pequeñas cosas que no sirven para nada, pero que acompañan mucho, somos fetichistas menores incomprendidos en muchos casos. El paraíso terrenal de cada uno se compone de las cosas que uno escoge, por eso no es extraño encontrarse momentáneamente desvalido, incluso un poco devastado, cuando aquello que nos hizo felices desde la insignificancia se pierde.