domingo, 25 de junio de 2017

PANFLETOS


El periodismo consiste esencialmente en decir. 
Gilbert Keith Chesterton






He tenido la santa paciencia de leer el editorial del "New York Times" para saber qué es eso que tanto ha alegrado a la Generalitat, a los secesionitas catalanes, y tanto revuelo ha causado en las redes sociales por su apoyo al referéndum en Cataluña y su oposición a la independencia. Y lo de la paciencia puedo decirlo ahora después de leerlo. Empieza a ser realmente cansado que, en relación a este tema, se hable con más falta de información que otra cosa y previo poner el cazo para escribir cualquier cosa, incluso que un elefante rosa sobrevuela el cielo cada noche cuando cae el sol, si es necesario.

Una mentira repetida cien mil veces no se convierte en verdad, pero puede hacer mella en muchos que no tienen el más mínimo interés en conocer el fondo de nada y se dejan convencer por el renombre de quien, previo pago, decide escribir la más inmensa de las majaderías.
En Cataluña, unos cuantos, que no son la mayoría, abogan por la independencia de España y pretenden llegar a ella pese a quien le pese, ilegalidad mediante, y sin pensar que su proyecto no es un proyecto común. El aparato propagandístico trabaja sin descanso desde hace décadas, desde que la familia Pujol expoliaba a todo el mundo enarbolando la bandera del nacionalismo.

He de reconocer que si no fuera porque vivo en este país desde que nací, que lo hice cuando Franco aún era el jefe del Estado, que viví la ilusión de mis mayores durante primeras elecciones y que la promulgación de la Constitución fue un paso de gigantes hacia la libertad, creería vivir en un país reprimido, ocupado y oprimido bajo la bota una dictadura que amenaza con terror constante; un país sin opciones políticas en el que el Parlamento no fuera elegido por sus gentes; un país en el que mostrar un pensar diferente al del régimen llevara a los huesos del opositor a estrellarse contra el suelo de una celda, como en Venezuela por decir algo. 

Pero resulta que he vivido y vivo en un país que, pese a algunos, tiene sus grandezas. Un país que ha conseguido sobreponerse a grandes desdichas y problemas. Pero somos, también, un país con grandes contradicciones y miserias. Por eso hay algunos que por buscar cualquier apoyo, incluso los más sucios, recurren, sin rubor alguno, a sacarse la foto con aquellos que diezmaban la vida de sus conciudadanos y los hacían vivir en el terror constante. Esos que ahora, cuando ya no les queda un aliento a sus nueve milímetros parabellum y aprovechando que  los muertos siguen en sus cajas, pretenden dar lecciones de democracia sin que les caiga la cara de vergüenza.

En Cataluña, en la que la Ley de desconexión ya se ha aprobado, el referéndum que tantos mentan es solo una pamema que pretende victimizar a los secesionistas. Es vergonzoso ver como se aprueba n reformas legislativas para evitar el debate parlamentario, la aprobación de normas inconstitucionales mientras la crisis económica y asistencial se ceba sobre la gente de la calle. La grandiosidad de algunos proyectos espanta.

Y en ese país que algunos imaginan terrible, antidemocrático, la legalidad existe aún hoy. El estado de Derecho debe protegernos de alucinados y enajenados que, a saber qué motivaciones tiene, pretenden socavar, no sólo la historia, sino la pacífica convivencia entre la gente de bien. Por eso repugna hasta la saciedad el retorcimiento interesado que algunos hacen de la situación real que vivimos.  

No todo vale y no todo es cierto aunque se publiquen en un panfleto internacional con cierto renombre. Una mentira repetida cien veces seguirá siendo mentira. 






lunes, 19 de junio de 2017

LIBROS



Considero que la televisión es muy educativa. Cada vez que alguien enciende el televisor salgo de la habitación y me voy a otra parte a leer un libro. 
Groucho Marx




Desde la última mudanza, los libros se acumulan apilados unos sobre otros formando columnas más bien inestables, esperando encontrar un lugar, sino adecuado, sí al menos más cómodo y menos desastroso. Pero el espacio es escaso y no sé bien como resolver la cuestión sin sentir la extraña sensación, cuando por necesidad decido desprenderme de parte de ellos, de que me estoy equivocando. Pero la lectura llevada hasta el extremo del vicio, acompañada del placer de escoger con cierta dedicación lo que se va a leer, conlleva que el número de ejemplares que vamos atesorando se multiplique de un modo exponencial y difícilmente controlable. Hace meses iniciamos una campaña casera para limitar el número de libros con los que pensábamos hacernos. Ni que decir tiene que aquel pacto bienintencionado se ha quebrantado desde el inicio y así, como el que no quiere la cosa, semana a semana, las columnas van aumentando, el espacio va menguando y la capacidad para disimular que un nuevo ejemplar llega a casa va mejorando. Se puede vivir sin libros, a buen seguro que sí, pero también tengo claro que viviríamos mucho peor. 



martes, 13 de junio de 2017

CICUTA


Hay más tesoros en los libros que en todo el botín 
de la Isla del Tesoro.

Walt Disney





Antes de salir de casa compruebo que llevo encima todo lo que creo que me puede salvarme la jornada. Un ejemplar de una novela escogido con cuidado, una libreta, unos cuantos bolígrafos de distintos colores, un paquete de pañuelos de papel, un paquete de caramelos,  un botellín de agua y un blíster con antiácidos. Lo demás (la cartera, las identificaciones laborales, entre otros cachivaches), va de suyo. Ha empezado a hacer calor, sin embargo me resisto a dejar el fular de casa, nunca se sabe qué maldito aire acondicionado va a acabar matándote. Entre el caos de mi bolsa quedará todo el verano, navegando entre las llaves y la tarjeta de transporte público.

Hago cola  esperando el autobús. Miro por última vez el teléfono el móvil antes de lanzarlo al fondo del pozo que llevo colgado en el hombro. Saco mi libro y espero. Nunca empiezo a leer hasta que consigo pertrecharme en los últimos asientos del autobús. En invierno porque es donde más templa y en verano porque esa temperatura antes templada, que se convierte en algo un tanto asfixiante en el mes de junio, ahuyenta a todo quisque.  
Esta mañana el personal debe andar rezagado, subimos cuatro gatos, y cojo asiento sin dificultad. Empiezan, posiblemente, los cuarenta y cinco minutos más gratificante del día. Los de vuelta cuentan para la descompresión cuando termine el día. Arranco el tiempo que puedo y de dónde puedo para leer cualquier cosa que nada tenga que ver con mi trabajo. Esta costumbre, con toda seguridad, me salva de mucha mala leche y pesares tenebrosos. Levanto la cabeza para ver en qué se encuentran metidas todas las  cabezas gachas que contemplo desde la cola del autobús. Veo pocos libros, muchos menos que hace algún tiempo. Puede que todas estas personas, que acaban de salir de su casa y van a pasar todo el día entregados a lo nutricio, estén, como yo, pensando en salvarse un rato pero de otro modo, y el mirar por la ventada, el teclear el móvil o el simple escuchar del éxito musical de la semana les sea suficiente.

Los libros se han convertido, para muchos, en meros objetos decorativos. Leer no está de moda aunque algunos, románticos y enfermos del papel, pensemos que si no fuera por los libros en las farmacias no darían abasto en la venta de antidepresivos y antídotos contra la cicuta; aunque el hábito que arrastramos nos acabe provocado tendinitis y la vista más cansada de lo normal.





sábado, 10 de junio de 2017

CARCASAS


Parece consternado, deshecho por la noticia. 
¿Por qué iba a importarle tanto ahora, 
después de todo estos años de silencio?

Paul Auster





Quizá cuando dijiste que era tarde, que había anochecido demasiado pronto, en realidad, aunque tal vez no lo supieras, te estabas despidiendo. Sobre la mesa dormían unas cuantas copas de vino que nadie había retirado y en el poso flotaban los restos de la ceniza de un cigarrillo que se consumió horas antes. Asomado a la terraza, observando los camiones recogiendo los escombros del día, alguien dijo que sus ojos contemplaban la más extraña de las metáforas.
El tiempo ha sido generoso pero nos ha convertido en la sombra de lo que años atrás pensábamos ser. Somos restos, algo parecido a la carcasa del sofá chusco que los operarios lanzan dentro de la caja del camión. No es una metáfora, es la realidad de la que nos escondemos siempre tarde, siempre mal. Dijiste que tu cuerpo se había transformado en una sepultura como cualquier otra, pero nadie te creyó y a veces pienso, que ni siquiera tú mismo lo creías. La ví contemplar tu pelo cano, tus manos encallecidas y tus pies hinchados, intentando buscar algo que confirmara tu teoría de la autodestrucción a la que había derivado la conversación. ¡Hay que joderse con la vida! Lo pensé y sé que lo pensaste también, como sé que lo guardaste para ti, como aquel otro cuento sobre que toda historia tiene cuatro esquinas, tres esquinas muertas y la cuarta, desde el inicio de los tiempos, no es más que en una vía de escape, la que utilizan los tristes para sentarse a dormitar. Nadie entendió nada y el silencio se convirtió en el incómodo invitado de una velada tan absurda como inoportuna. No nos volvimos a ver.


lunes, 5 de junio de 2017

LOS OJOS DE BETTE DAVIS


Quaeris, quot mihi basiationes
tuae, Lesbia, sint satis superque.
quam magnus numerus Libyssae harenae
lasarpiciferis iacet Cyrenis
oraclum iovis inter aestuosi
et Batti veteris sacrum sepulcrum...


Catulo





El tiempo se ha detenido. Las sábanas todavía húmedas, que una noche de fiebre, las deja convertidas en un fardo sucio, le cubren a medias. El aire conserva el tufo de un cuerpo que exuda molicie y padecimiento. Abrir las contraventanas para que se cuelen los primeros rayos de sol mientras perdura la nada y seguir durmiendo.

Escuchar el silencio enloquece. Las horas mudas pasan poco a poco y ahí fuera, en otro mundo que se desdibujó hace ya mucho, hombres y mujeres se disputan la vida. Pero aquí, en el infierno de la enfermedad, las ventanas siguen entornadas, apenas se respira. No queda espacio para nada más. Y la opción, la única posible, se desvanece cuando entierras la cara entre los almohadones para que nadie te escuche lamentar nada, absolutamente nada.





domingo, 4 de junio de 2017

COSAS QUE NUNCA ESCRIBISTE


Antes creía que este era el comienzo de tu historia. La memoria es una cosa rara. No funciona como yo creía. Estamos ligados por el tiempo. Por su orden.
La llegada





Encontrarte después de los años y reconocer en tus ojos los juegos perdidos de la adolescencia tardía. Intentar retenerte en la pupila, con el pelo cano y el rostro marcado por los años vividos, es el anhelo de los pocos días que me quedan. Desde hace meses las noches son más largas que nunca; los días un suceder de tiempo sin retorno. Aun así, puedo escuchar tu voz disimulada entre las idas y venidas de un sueño espeso que me vence a última hora. Y duermo, entre las entretelas de lo que aún recuerdo, volviendo a los años pasados, ahí donde nada ha cambiado, donde la mano podía alcanzarlo todo aunque fuera mañana o tal vez pasado. Volver ahí donde la sangre era sangre, tus brazos mi casa, y la sonrisa un permanente constante.



sábado, 27 de mayo de 2017

CURVAS



Sartre dijo que la libertad no vale nada 
a no ser que se haga uso de ella.
Richard Ford




A veces, cuando cae la noche y el sueño no llega, recuerdo aquellos días de hace ya tantos años. Tu imagen, imposible de ver con claridad, se convierte en un anhelo que intento fijar con un gesto de la mano. Pero las horas pasan y aunque puedo sentir el calor de aquellas tardes de julio, tu rostro sigue escapándose entre el desespero de las horas vacías. Miro el reloj y espero que corra un poco de aire, que la cortina se arremoline junto a la contraventana entornada, pero la noche está calma, vacía de todo. 




domingo, 21 de mayo de 2017

COLADORES Y RECUERDOS MÍNIMOS


Supongo que es capaz de caminar sobre las aguas 
pero no de evitar que se le empape la cabeza.

Kent Haruf



Mientras espero sentada en el banco del parque que hay frente a la estación de autobuses, apurando los rayos de sol de las últimas horas de la tarde, un crío que apenas levanta un palmo del suelo se precipita desde el sillín de un balancín al suelo. Creo que aún no se han escuchado los primeros lloros cuando la madre lo levanta, le sacude la arena de las rodillas y le besa dándole consuelo. El niño se abraza y acoplado en el hombro, bajo el influjo del aroma materno, alcanza el alivio y la tranquilidad más pronto que tarde. Siempre he sido tremendamente mala para adivinar los años que tiene o deja de tener alguien, da igual los muchos o pocos años que tenga. Por eso puede que la criatura, que ya ha dejado de llorar, tenga tres o tal vez cuatro años, tan pocos que es posible que en su cabeza aun no se forje el recuerdo de este momento de amor incondicional al que podría volver cuando la vida le dé coces.
En el otro extremo, frente al tobogán, un grupo de adolescentes se revuelve entre risas hasta que el teléfono de uno de ellos suena. Se marcha corriendo entre exclamaciones brutales contra la tiranía materna. El pequeño vuelve a estar sobre el balancín, su madre no le pierde de vista y desde mi asiento le oigo reírse.

El juego de la memoria, la elaboración de los recuerdos, siempre me ha parecido algo extraordinario. El ser humano es una máquina casi perfecta. Por eso me parece una mala faena que la capacidad de recordar, aunque solo sean las cosas buenas, no exista desde el mismo momento de ver la luz y tengamos que esperar que transcurra el tiempo (dicen que tres años), para poder hacerlo. Sería fantástico poder recordar la sensación de amor incondicional y sin medida que recibimos apenas recién nacidos. Por eso en la hoja de reclamaciones, y por si alguien se la lee algún día, deberíamos anotar que queremos un cerebro sin agujero tempranos, que pudiera tener la capacidad de almacenar, desde el minuto cero, todo aquello que produce un bienestar infinito sin necesidad de contrapartida. Sería fantástico que pudiéramos almacenar estas cosas. Sería realmente fantástico.





domingo, 14 de mayo de 2017

LECHE DE SOJA


 I don't belong here. I don't care if it hurts. I want to have control. I want a perfect body. I want a perfect soul. I want you to notice, when I'm not around.

                                                               Radiohead 




Cuando se sentaron uno frente al otro, ella ya sabía que la tarde no iba a acabar bien. En realidad, sabía que no lo haría ni esa tarde, ni ninguna otra tarde de las que tendrían que venir. Las cosas siempre son así, hay gestos que delatan que la mala suerte está entrando en tu parcela y que, aunque te empeñes, se va a quedar ahí. Por eso cuando le dijo que tenían que hablar, ella solo pensó en que quizá habría sido mejor quedarse en casa preparando la comida para toda la semana, amontonando en el frigorífico una fiambrera sobre otra para no tener que correr, para no tener que escuchar lo que estaba segura que ya sabía. Miró el café con leche y le dio asco. La leche ya no era leche, era agua tintada de blanco de a saber qué cosa. Por eso, cuando él insistió en que tenían que hablar, ella solo pudo decir qué asco mientras con la cucharilla apartaba algo indefinido que flotaba en mitad de la taza. Algo tan indefinido como el miedo; como los atardeceres del mes de mayo.  Se levantó para ir a la barra y pedir que le cambiaran aquel mejunje que no tenía valor de tomar. A medio camino le oyó suspirar y ella esperó que a su vuelta, con la taza aun entre las manos, le mintiera un poco. Solo un poco, lo suficiente para que le diera tiempo a hervir todas las verduras que tenía en la nevera, a arrancarse todas las derrotas que acumulaba desde que él se acostaba con otras.  Un poco más de tiempo para mandarlo definitivamente a la mierda.








                          
           

lunes, 8 de mayo de 2017

CAIRELES


“La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa, cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente".
Marisa Madieri




Llámala melancolía, nostalgia tal vez. Llama como quieras a esa sensación indefinida que se estrella contra todo, que atenúa la luz de las mañanas y que convierte en agua el primer café del día. Das cien vueltas con la cucharilla para ahogar el agujero que se expande entre la taza y el poso de las horas que engullen sin tener nunca bastante. Guardo en los labios el sabor de las tardes de otoño con la esperanza de que nada lo borre, de que quede ahí como una pintura invisible que me guarde en el invierno. Fuera, entre las ruinas que nadie escombra, pululan sombras que vagan sin rumbo. Entre ellas, busco a tientas, sin encontrar, las palabras que se perdieron mientras todo agonizaba. El vértigo del pasado queda anclado para siempre en un presente permanente. No nos queda nada, ni siquiera tabaco malo para confortarnos. Pienso en fumar. Fumar para quemar algo que ya no sé lo que es.