domingo, 15 de julio de 2018

EN LA CIMA


¡Qué inasible es la vida!
Solo revela sus rasgos en el recuerdo de la inexistencia.
Adam Zagajewski






Cuando empezamos a caminar, se colocó en la cabeza de la pequeña expedición que formábamos entre los seis. Me había instalado justo detrás de aquel tipo desconocido, nada más empezar el camino. La mochila me pesaba demasiado, pero no dije nada. Tenía miedo, pero mirar como sus brazos se movían con el vaivén que marcaban sus pies me tranquilizaba. Imaginé como aquellos brazos, en un momento de peligro, se podrían desprender de su cuerpo y me sostenerme en la caída infinita que amagaban los precipicios que íbamos bordeando. Maldecí el momento en que decidí unirme a aquella aventura, pero ahora ya era tarde, estaba allí y tenía que conseguir llegar al final sin morirme de terror. Cada paso más era un paso menos, cada temblor pasado era una batalla ganada. Avanzamos poco o poco y el silencio, roto por mi propia respiración atropellada, no conseguía calmarme. No mires abajo, me dijo. Entorné los ojos y miré su espalda porque  en en aquel momento, en aquel lugar, solo quería ver su espalda, sus brazos y acabar el día sin terminar en el fondo de un acantilado. Seguimos durante unas cuantas de horas y llegamos a la cima. Me encontraba exhausta. El tacto de su mano sobre mi hombro, quemado por el sol, me devolvió algo de vida. Quedaba un mundo por descender y en mí apenas quedaban fuerzas. La línea del horizonte, marcando el límite entre la vida y la muerte, invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar. Pero allí arriba no podía abandonar la infinidad de cosas que aún me quedaban por hacer. Me coloqué de nuevo la mochila y empezamos a descender. Con un suspiro atrapé las primeras gotas de lluvia.




domingo, 8 de julio de 2018

COLEMAN



El viento te hace libre. Los vientos y el sol te hacen grande. Entonces se terminó y Laski volvió a estar solo avanzando entre baches por la vieja carretera de curvas que cruzaba el bosque.

-El nadador en el mar secreto- William Kotzwinkle






No me lo puedo creer, cómo es posible que a esta hora llame alguien por teléfono, digo sin esperar respuesta. Son las once y media y ya hace un par de horas que los niños duermen. Se levanta con una rapidez que le desconozco y desparece mientras coge la cajetilla de cigarrillos que hay sobre la mesa del comedor.  El “cosas de trabajo” suena ya como una mala excusa que, por repetida, espera ser creída.  Cierra la puerta del balcón y apenas escucho el rumor de su voz apagada. Empiezo a contar porque sé que cuando llegue a cien habrá colgado, vuelto a entrar en casa y se sentará a mirar el televisor como si esa llamada no se hubiera producido nunca. Me voy al cuarto de baño, necesito refrescarme un poco y que la rabia que me recorre el cuerpo no se note demasiado. Son las once y media pasadas y alguien a quien ni siquiera soy capaz de ponerle cara me está jodiendo la vida. Extiendo un poco de crema hidratante sobre el escote y  en el espejo encuentro esas arrugas en la comisura de los labios que ayer no existían. Vuelvo al comedor y allí ya no queda un alma, el televisor continua encendido, la cajetilla de tabaco sobre la mesa y el aire tan cargado que necesitarías media vida de entusiasmo para que volviera a ser respirable.  Abro el frigorífico buscando la última cerveza fría mientras pienso que el que venga detrás arree, como si fuera a venir alguien. Bajo la paz aparente las sospechas lo corroen todo. Mi reserva absoluta es quizá una cuestión de vanidad, lo mismo que el silencio con el que cubro cualquier resquicio de duda y que ahoga el ronquido que llega del dormitorio. No tengo ningún motivo para pensar que algo vaya a cambiar. Bebo el último trago y enciendo el último cigarrillo.








lunes, 2 de julio de 2018

A TU SALUD



No tiene casa en la que alojar un huésped:

una cama fría sólo en la que todos descansan,
en la que soles pálidos anidan, y montañas perdidas.


Rudyard Kipling





Hace unos días mi madre ingresó de urgencias en un hospital de la sanidad pública. Lo tremendo de estas situaciones solo se compensa con el buen hacer de la gente que atiende a los que llegan enfermos y a los que nos mantenemos aterrados ante la incertidumbre. Los sustos acortan la vida, estoy segura de ello, pero cuando se encuentra presente la comprensión y el buen hacer de los que, por necesidad tuya y obligación suya, pasan a comandar tu vida, todo se vuelve un tanto más amable. Debemos saber dar las gracias, reconocer la valía de los que, con contraprestación o sin ella, nos hacen la vida más fácil porque la vida son cuatro días contados con pasado mañana y agradecerle el lado amable no cuesta tanto.








domingo, 24 de junio de 2018

VOCACIONES



"No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera insólita e irrazonable, bruscamente descrea de su convicción más elemental. Empieza a vislumbrar vagamente que, por extraordinario que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado”.

Bartleby, el escribiente - Herman Melville




El cómo alguien llega a desarrollar una determinada profesión no tiene un norma escrita. Algunos llegan a ella de un modo casual, otros de una manera impuesta y algunos, los que tienen más suerte, por una especie de vocación irracional. Y digo irracional porque cuando uno cuenta con una edad más bien corta y una nula experiencia sobre aquello a lo que se aboca, acostumbra a hacerlo por motivos que poco tienen que ver con el conocimiento profundo de aquello que le lleva hasta allí. Puede que en la familia tengan algún referente y puede que éstos conocedores por referencia tengan una mayor ventaja sobre aquel que imagina una profesión sin más conocimiento que su propia inventiva, cuatro ideas preconcebidas rescatadas del cine, de las novelas o vaya a saberse de qué. Estos días muchos adolescentes se debaten frente a su futuro al marcar como opción preferente unos estudios frente a otros. Poco se les puede decir, porque en este tema no hay más experiencia que la propia, que casi nunca sirve para otro. 
Trabajar es duro, mucho, y hacerlo durante unos cuarenta años puede convertirse en una suerte de tortura por muchas ganas que uno le ponga. Todo requiere un esfuerzo y el premio, en algunas ocasiones, no es otro que el haber intentado hacerlo lo mejor posible, aunque algunos te denosten, te desprecien y no comprendan que tras un resultado concreto hay un esfuerzo que trasciende más allá de lo laboral. Es por eso que hay que avisar que algunas profesiones conllevan un riesgo emocional importante y un estrés social nada envidiable que va más allá de las horas de trabajo que uno le dedica. 
En los últimos tiempos la diana del desprecio y de la incomprensión se centra en las personas que se dedican al ejercicio del Derecho en cualquiera de sus funciones. Abogados, Fiscales, Jueces y Magistrados se han convertido en los parias morales de una sociedad que no termina de comprender cuál es la función que tienen encomendada y que todos ellos, junto con el global de los ciudadanos, son las piezas de un engranaje (nada perfecto, por supuesto), que salvaguarda el Estado de Derecho. Las leyes no las crean estos operadores jurídicos, que se limitan a su interpretación, aplicación o lo que se considere oportuno. Las normas emanan del Parlamento y ese, aunque no nos guste, lo configuramos todos con nuestro voto y con las normas de una democracia que a algunos tan poquito les gusta. Conozco a muy poca gente dedicada a la abogacía, a la fiscalía o la judicatura que no lo haga por una verdadera vocación. Dedicarse al Derecho no es sencillo y menos en los tiempos que corren. No es ningún camino de rosas, los problemas se llevan a casa, discurren junto a una vida personal que no siempre resulta indemne, y la inmensa mayoría gana bastante menos dinero que lo que la gente de a pie considera. Con semejante panorama las ganas de ejercer deberían ser más bien pocas, pero aun así queda gente, una suerte de “locos”, casi todos vocacionales, que pese a semejante panorama, está dispuesta a seguir trabajando en defensa del Estado de Derecho, aunque sus conciudadanos no comprenda que ese sistema que denostan es el que les garantizará sus propios derechos, esos que parecen no valorar cuando corresponden a otros. A los jóvenes que estos días escogen dedicarse al Derecho solo cabe desearles suerte y que la jauría de la incomprensión no les agríe las ganas.







domingo, 17 de junio de 2018

TEMPERATURA AMBIENTE


Me senté en el escritorio y me esforcé en pensar. Así es como me gustaba describirlo. Durante años, dije: «Me esfuerzo en pensar», de la misma manera que mi madre decía que se esforzaba en vivir.

  -Apegos ferocesVivian Gornick





Cuando mi hermano cumplió los dieciocho años se marchó de casa, cerró la puerta por fuera y no le volvimos a ver durante años. Su cupo de pena y de decepción había llegado al límite y quería volar. Nadie podía reprochárselo, ni siquiera su madre, la mía también, que iba acumulando pérdidas sin apenas darse cuenta. Nos quedamos solas, lo que en realidad significaba que la mayor parte del tiempo lo pasaba sin nadie en casa. Mi madre trabajaba como enfermera en la unidad de paliativos del Hospital General y su vida, desde que mi padre murió, transcurría entre guardias infinitas que le permitían sobrevivir sin tener que pensar demasiado porque, como en ocasiones decía, bastante tenía con protegerse del dolor de los que cada día perdían a un ser querido durante sus horas de trabajo. El apartamento en el que vivíamos, entre la Cuarta y la Plaza Hems, se nos había quedado enorme. Algunos días, al volver de la universidad, me paseaba por el salón y esperaba descubrir que, pese a lo vacío que ahora estaba todo, en algún rincón quedaba un rescoldo de la vida que tuvimos tiempo atrás, pero no encontraba más que el eco de una radio que se colaba por el patio de luces. Me tumbaba en el sofá y con la mirada perdida en el vacío imaginaba que algún día volvería la normalidad que se me había escapado aún sabía bien cómo. A veces esperaba que Helen, mi madre, volviera de su guardia y me besara aunque fuera con más cansancio que ganas. Se quitaba los zapatos, se tumbaba en el sofá en el que yo misma, horas antes, había perdido el mundo de vista, y allí se quedaba dormida sin apenas decir nada. Me sentía incapaz de decirle lo mucho que la echaba de menos. La besaba en la frente y ella, de una manera casi inconsciente, me acariciaba la mejilla. Estuvimos así más tiempo del que puedo recordar. La sentía frágil en su aparente entereza y más de una vez temí que se desmoronara como un castillo de naipes y se arrojara a una desesperación tan grande como salvaje. A veces, al volver de clase, la encontraba apoyada en la ventana, dando la espalda a la habitación, al mundo entero y la escuchaba suspirar. Aquel ambiente sombrío y triste me influyó durante años. La intensidad de su soledad se colaba por mi sistema nervioso hasta bloquearme y alejarme poco a poco de ella. Un día, al volver a casa, la encontré pintando la pared del salón, había cubierto los muebles con sábanas viejas y su cabeza con un pañuelo que había sido de papá. Al verme bajó de la escalera, me abrazó como hacía años que no lo hacía y sentí, por fin, que acababa de expulsar de nuestra casa el infierno del dolor y que por fin volvía a nacer la posibilidad de recuperarnos, de evitar perdernos para siempre.


domingo, 10 de junio de 2018

SIN SORPRESAS


Nuestro diálogo no era exáctamente una conversación. Ejecutado a un alto nivel de velocidad y ruido, consistía en una serie de confrontaciones a cámara rápida.

-Apegos feroces- Vivian Gornick






Regreso de Madrid con menos ganas de lo que es habitual. Un último paseo por el Retiro, antes de correr hacia Atocha, me ha sentado más que bien. Es la ilusión de respirar un aire menos contaminado y agresivo de lo que últimamente respiramos junto al Mediterráneo de Serrat. A los efectos prácticos he perdido el tiempo, no he completado ni una sola de las gestiones que me llevaron hasta allí y, sin embargo, mientras el tren me aleja de la ciudad pienso en lo animada que estaba, en lo espléndida que es, y en lo mucho que nos despistamos los que venimos de fuera. Vivir en el conflicto agota y, de vez en cuando, tomar distancia es necesario. En últimos tiempos vivir en Barcelona es morirse un poco cada día. Escapamos como podemos, aunque sea utilizando excusas, bebiendo medio litro de vodka o incluso escribiendo simplezas mientras en la acera de enfrente, teñida de amarillo, vemos a una jauría que intenta arrancarnos la libertad y la tranquilidad que todos queremos, que todos necesitamos. La gente sofoca y el final ya lo conocemos, no tiene nada de sorpresa.












domingo, 3 de junio de 2018

CASI TODOS LOS DÍAS


Decirlo una vez más, escribirlo una vez más. La salud es un delicado equilibrio de deflagraciones. La cabeza que suena, los ojos que duelen, los oídos que pitan, la garganta que escuece, el vientre que sufre...

-Mortal y rosa- Francisco Umbral






Casi todos los días son iguales, uno tras otro hacemos las mismas cosas, pisamos los mismos lugares, tomamos los mismos cafés e incluso nos mofamos de las mismas noticias que se repiten sin que apenas cambien. La vida se menudea en una monotonía que no solo no sorprende sino que, cuando uno rebusca entre el tiempo que tuvo y el poco que le queda, da un vértigo que es difícil de parar. Y en mitad de esta repetición continuada de tiempos, que vinieron para quedarse, buscamos momentos de efímera diferencia que transformen en extraordinario lo que con el paso de los días se ha vuelto corriente y a veces fastidioso. Y en esa búsqueda, trampa mortal casi siempre, se nos complica la vida para terminar en el mismo sitio del que partimos pero con el interior maltrecho como el cuerpo de un adolescente después de una tarde de borrachera. Nadie está a salvo de tanta estupidez, ni de la transitoria locura de la carne ni  del pensamiento difuso.




domingo, 27 de mayo de 2018

DATOS Y MÁS DATOS



Se supone que debo contaros cómo me convertí
en un cerebro metido en una caja.


El final de todas las cosas -John Scalzi-





Estas dos últimas semanas he recibido un aluvión de correos electrónicos. La entrada en vigor del Reglamente General de Protección de Datos (RGPD)ha sido un revulsivo para la bandeja de entrada y para recordar a la cantidad de sitios, casi todos inútiles, a los que una se ha ido suscribiendo a lo largo de los años. Un montón de listas y lugares a los que creo que no he vuelto a entrar desde el día en que me suscribí y cuyos correo he ido eliminando sin leer la gran mayoría de veces. La entrada en vigor de esta normativa europea ha puesto en evidencia, una vez más, nuestro talante mediterráneo y relajado. Hace dos años que existe, dos años para ir adaptándose, para hacer los cambios necesarios y sin embargo, haciendo gala de nuestra idiosincrasia, nos ponemos a correr unos pocos días antes de que llegue el 25 de mayo y las multas se conviertan en el come-come que nos mata.

También quien suscribe ha estado abanicándose con el Reglamento hasta que ya ha sido imposible obviarlo. Debo decir que he cruzado el páramo del desconocimiento, la incertidumbre y la duda sobre el qué hacer con este blog, con sus suscriptores, con sus comentarios, sus datos y esas cosas que se van generando. Al final, tras algunas consultas, unas cuantas informaciones cruzadas, un par de artículos leído con el consabido aburrimiento, un par de pesadillas y un poco de pesadumbre he hecho un poco de limpia, intentando eliminar todo aquello que implique una complicación de la vida, y así se va a quedar, textos pelados y poco más. Solo puedo decirles que si por este blog quedará algún dato (dato que no quiero para nada), prometo no traficar con ellos, guardarlos entre algodones y en la intimidad de mi intimidad, y si alguien quiere algo relacionado con esos datos que no quiero pero tengo por el motivo que sea, que remita un correo y se hará lo que se pueda.
Durante estos días la vida se ha convertido en eso que pasa mientras se acepta la política de cookies, de privacidad y todo eso que nunca sabemos muy bien qué es pero que por lo visto engorda el bolsillo y el conocimiento (manipulativo) de otros. 

Por unos días las bandejas de entrada de nuestros buzones digitales se han puesto en plena forma, llenado de mensajes apocalípticos sobre la pérdida de información si no aceptabamos tal o cual cosa; pero, a partir de ahora, esos mismos buzones comenzarán a adelgazar por la pérdida de todo aquello que alguna vez creímos que nos interesó y, en realidad, no nos ha interesado nada y cuyas políticas no hemos aceptado porque no sabemos ni quién, ni de qué nos hablan.




lunes, 21 de mayo de 2018

POMPAS DE JABÓN


"En el cielo la princesa llora sobre el cuerpo del príncipe ciego. Caen dos lágrimas dentro de sus ojos y él puede ver. El rescate. Las lágrimas. Cuéntamelo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama".

Leer para ti -Siri Hustvedt-






Me acostaba siempre antes de que llegar a casa. A veces, cuando me había entretenido demasiado haciendo los deberes y cenado un poco más tarde, me bastaba con escuchar el ruido metálico del portal para darle un beso a la abuela, correr a mi habitación y enterrarme bajo el peso de las dos mantas que cubrían la cama. Me hacía la dormida, la cara mirando a la pared para que ni un pequeño parpadeo pudiera descubrir que cada vez que él venía a mi habitación fingía dormir. Aguantaba la respiración, contaba hasta un diez eterno y entonces, solo entonces, con el ruido de la puerta al cerrarse,  la habitación volvía a oscurecerse del todo.  Le había cogido miedo y aun no sabía bien el motivo. Le quería, o tal vez ya no, no lo sabía, solo sabía que tenía miedo y que se me entreveraba por dentro hasta volverme miedica sin reconocer a quien antes quise tanto. No me había puesto la mano encima jamás, la zapatilla era cosa de mi madre, pero quizá fue, la discusión que escuché una noche, al poco tiempo de que ella se marchara, una noche en que volvió tarde, golpeándose contra los muebles y gritando que era una puta que no merecía vivir. La abuela le susurraba que se callara, que no dijera enormidades, que era su hija. Aquel día me hice pis en la cama. Por la mañana nadie dijo nada, la abuela me había preparado un gran tazón de chocolate y dijo que íbamos a pasar el día en la Casa de Campo. Vendría mi prima Julia y mi tía Cata, y papá podría descansar. Cogimos el autobús y fuimos en silencio todo el camino. La abuela tenía el semblante sombrío y aunque me sonreía cada vez que la miraba yo sabía que algo grave estaba pasando y que mis padres estaban en el centro de todo aquello. Había pasado la noche dándole vueltas a quién se referiría papá con aquel “no merecía vivir”. No podía ser la abuela, la quería, la necesitábamos y se lo merecía todo, todo lo bueno que el mundo fuera capaz de darle. Quizá se refiriera a mí, quizá fuera yo esa puta de la que hablaba aunque y yo aún no sabía qué demonios era eso.
La vida se había vuelto complicada desde la marcha de mamá. La echaba de menos pero no se lo podía decir a nadie. Lo guardaba dentro como si de esa manera el dolor de su ausencia se pudiera dormir y desaparecer.  A papá apenas le veía desde entonces, vivía en casa pero era un extraño al que no reconocía. Un día, al volver del colegio, ya no estaba y al preguntar por ella nadie dijo nada, solo que no me preocupara. Pero ese empecé a conocer que era la preocupación. La casa estaba triste, la abuela parecía engullida por el desconcierto y las risa de y las pompas de jabón que los días de fiesta papá soplaba en el Retiro  habían desaparecido para siempre. Silencio, algún rumor seco y la lejanía de todo.
A veces, los domingos papá  comía con nosotras y entonces su mano,  grande como la de un gigante, se posaba sobre mi cabeza, como antes, me acariciaba el pelo y suspiraba como si le doliera por dentro. Al terminar el almuerzo se tumbaba en su cama y desaparecía cerrando la puerta de su dormitorio. Pero aquel domingo no comimos en casa, ni escuché como papá se lamentaba de la vida y no pude por menos que preguntar a la abuela, mientras recorríamos la Gran Vía,  quién de las dos, si ella o yo, no merecíamos vivir.
El autobús paró frente a los grandes almacenes en los que yo sabía que había trabajado mamá. La abuela miró al frente, evitando la ventana. Me apretó la mano y me dijo que no me preocupara, que todo andaba bien.  Pasamos todo el día fuera de casa, como si el descalabro que vivíamos en casa desde hacía meses no fuera más que parte de una telenovela que no nos incumbía. Disfruté mucho corriendo entre los alcornoques, comiendo una manzana glaseada que compartí con Julia y me olvidé de papá, de mamá, de la abuela, hasta de mí misma. Pero por la noche, al acostarme, el rumor de las palabras gruesas de papá  ahogadas contra su almohada, me hizo preguntarme, de nuevo, si no sería yo quien no merecía vivir.



domingo, 13 de mayo de 2018

DE LA DISTORSIÓN


Y ese fue el final de la historia, 
un gran malentendido de principio a fin.

Estrellas y Santos -Lucia Berlin-





Empecé a ver el primer capítulo de “The affair”, una voz en off anunciaba la primera parte, por lo que no había que hacer ningún ejercicio para imaginar que tras esa primera parte iba a venir una segunda y podía ser que incluso, dentro de ese capítulo, una tercera. La historia relata el affaire entre un hombre y una mujer, ambos casados pero entre ellos, claro. El primero con cuatro hijos y una vida a la sombra de una familia política que le empequeñece; ella con el recuerdo de un hijo muerto cuando apenas empezaba a vivir (cuatro años siempre son pocos para cualquier cosa). Podría ser una serie más sobre la infidelidad y sus consecuencias, pero no está ahí la gracia sino en cómo, dividida en partes, nos muestran como cada uno de los protagonistas va viviendo una historia que empieza como una aventura de verano y se prolonga a lo largo de los años y las consecuencias que para ellos y sus familias va a tener aquello que empezó de la nada. ¿Dónde está la diferencia con otras historias de igual contenido, mil veces contadas? Pues en el mostrar las diferentes caras de una misma situación,  en cómo cada uno de ellos vive lo mismo, recordándolo de manera absolutamente distinta, sintiendo de manera absolutamente dispar, percibiendo realidades completamente distintas. Es por eso que, a medida que va avanzando la historia, podemos empatizar con unos o con otros en función de cómo se nos van descubriendo los entresijos vividos por cada uno de los distintos personajes. Podemos colocarnos al lado del tipo absorbido por una familia en la que se encuentra reducido, o al lado de una mujer descolocada por una culpa que no le corresponde. Los damnificados por esta historia de amor y desencuentros no son solo ellos, sino todos los que les rodean.

El ser humano es maravilloso sin dejar de ser desconcertante. Algunos juegos precisan de todos los naipes de una baraja, pero en la vida real eso no es posible. De ahí que al afrontar algunas situaciones aunque procuremos hacerlo de la mejor manera posible, intentando causar el menor destrozo posible, solo acabemos abriendo la caja de las afrentas. Lo de colocarnos en los zapatos de otro, como decía Atticus Finch en” Matar a un ruiseñor”,  no es fácil y requiere desprenderse de prejuicios  y de historias propias, por eso en la mayoría de ocasiones las conclusiones a las que nos enfrentamos están  distorsionadas. Existen miles de condicionantes, miles de sensaciones y de sentimientos propios que no son más que el resultado de una subjetividad que no tiene que ser necesariamente ni cierta ni real.  Por eso es imposible discutir desde las emociones, o intentar solventar cualquier conflicto desde los sentimientos, porque cada uno se mueve con los suyos y estos crecen, como pueden, casi siempre alejados de la razón. La vida es poliédrica, con medias verdades ocultas por medias mentiras, y al revés, que lo distorsionan todo, por eso a veces nos resulta incomprensible.