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sábado, 27 de octubre de 2018

LA BUENA ESPOSA


¿Quieres un infierno particular? 
Enamórate y siéntate a esperar a que ese amor te destruya.
Anita Noire





Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en que las mujeres occidentales hacían enormes renuncias personales y profesionales en nombre del amor y de la familia. La vida era así. Y aunque aquellas mujeres sabían que su destino no dependía de ellas mismas, sino de la voluntad universal de los hombres, se acomodaban a aquella manera de vivir, bien porque así querían hacerlo, bien porque no conocía otra cosa, bien porque la sociedad se lo imponía sin posibilidad de modificar por sí misma el sistema que las había engullido. Las cosas han cambiado mucho desde entonces y nuestros problemas, los de las mujeres, pueden ser otros, pero no los de la falta de libertad para decidir nuestro futuro, no al menos en este parte del globo.
Hace unos días viendo "La buena esposa” de Björn Runge, me vino a la cabeza todo eso, lo destructivo que puede llegar a ser el amor cuando implica una renuncia colosal a ser uno mismo; y el resentimiento que puede nacer de las posiciones desiguales, aun cuando uno cree haberse colocado allí porque precisamente eso era lo que quería. 
¿Cuánto tarda en llegar la decepción? ¿Cuánto tarda en llegar el resentimiento y el reproche? Porque el ser humano es cambiante, al igual que las circunstancias con las que cada uno se va encontrando en distintos momentos de su vida. 
Cambiamos por fuera y también lo hacemos por dentro. Por eso las entregas incondicionales pocas veces encuentran la reciprocidad que casi siempre espera aquel que entrega. Dejar de ser para que el otro lo sea todo, es una apuesta demasiado grande y con demasiados números para estrellarse. La vida es compleja y la evolución constante nos metamorfosea hasta convertirnos en seres distintos a cada paso que damos. Porque lo que hasta ayer nos parecía suficiente, mañana puede ser el desencadenante de una insatisfacción que sea irrecuperable. Acostumbra a pasar que el que entrega, aun cuando diga no esperar nada, lo espera casi todo, y entre esa expectativa vital se encuentra el reconocimiento a su entrega con una lealtad inquebrantable que pocas veces puede ofrecer el ser humano porque, precisamente, la vida da demasiadas vueltas y todo, absolutamente todo, está en permanente movimiento. 
En estos tiempos es difícil encontrar una buena excusa para que una mujer, en occidente, no sea lo que quiera ser; y puede que por ese motivo las buenas esposas como Joan ya ni siquiera nos interesen, salvo que nos las encontremos ante una gran pantalla, en una interpretación brutal de una espectacular Glenn Close, y nos pongan frente a una realidad que hoy, aquí, se nos hace difícil.






domingo, 4 de junio de 2017

COSAS QUE NUNCA ESCRIBISTE


Antes creía que este era el comienzo de tu historia. La memoria es una cosa rara. No funciona como yo creía. Estamos ligados por el tiempo. Por su orden.
La llegada





Encontrarte después de los años y reconocer en tus ojos los juegos perdidos de la adolescencia tardía. Intentar retenerte en la pupila, con el pelo cano y el rostro marcado por los años vividos, es el anhelo de los pocos días que me quedan. Desde hace meses las noches son más largas que nunca; los días un suceder de tiempo sin retorno. Aun así, puedo escuchar tu voz disimulada entre las idas y venidas de un sueño espeso que me vence a última hora. Y duermo, entre las entretelas de lo que aún recuerdo, volviendo a los años pasados, ahí donde nada ha cambiado, donde la mano podía alcanzarlo todo aunque fuera mañana o tal vez pasado. Volver ahí donde la sangre era sangre, tus brazos mi casa, y la sonrisa un permanente constante.



domingo, 11 de diciembre de 2016

CHICO

¡Todos se han perdido menos yo! Porque no tengo ningún maldito título universitario con el que lavarme el ojete. Porque acaban de llamarme ''displicente'' en mi puta cara... y he tenido que buscar en el diccionario qué coño significa esto. 
Oh boy



Nos cruzamos a la altura de correos. Nos saludamos sin demasiados protocolos. Nos dijimos las cuatro cosas corrientes, mostramos la sorpresa por ese encuentro tan curioso. Hacía tiempo que habíamos agotado los temas en común y pocas cosas quedaban ya por hablar. Un comentario sobre las casualidades, rebatido por otro sobre que las casualidades no existen, nos llevaron a la falsa promesa de llamarnos con calma, vernos de nuevo y ponernos al día. Nos despedimos con un apretón de manos que se prolongó un poco más de lo que marca la indiferencia. Había poca cosa que contar. El día a día de cada uno no deja de ser una sucesión de hechos vulgares que nada dicen a quien no los vive y, a veces, ni siquiera a ese. Continué caminando por la misma acera, acelerando un poco el paso y busqué en el bolsillo la lista de la compra que Brândusa me había entregado al salir de casa. Leí la nota que recogía todo un baile de productos de limpieza y una aclaración sobre las marcas blancas a las que no debía ni acercarme. Parecía un presagio. Me volví y ahí seguía, clavado sobre la acera. Pensé en acercarme, preguntarle si se encontraba bien, pero fue solo un instante. Sabía que no había nada que desandar, que mi futuro próximo se encontraba en el supermercado de la esquina. Nuestra historia común, prohibida entonces, había ocurrido hacía demasiado tiempo y, ahora, cada uno en su sitio vivía lo que le correspondía y, en aquel momento, lo que me correspondía era comprar las cuatro cosas que aquella mujer, que procuraba que mi vida no se convirtiera en un auténtico desastre, me había encargado. Brândusa había sido uno de los pocos aciertos en los últimos años. A diario me cruzaba con ella en el portal, trabajaba en casa de los del tercero. Por mi aspecto desastrado, sin afeitar, arrugado y un tanto encorvado, debí de darle una pena tremenda, la misma que un penco viejo, como dijo. Se ofreció a pasar por casa y echarme una mano por un precio razonable. Convenimos unas horas a la semana y, desde entonces, aunque mis hombros siguen en el mismo sitio, mi semblante ya no es el de un impresentable. 
Pagué y salí a la calle. Pensé en dar un rodeo, bajar unas cuantas manzanas y volver a subir. Con esa vuelta evitaría otro encuentro fortuito que iba a dejarme mal cuerpo y con la sensación de que el pasado me pisaba los talones. Empezaba a hacerse tarde pero necesitaba volver al presente. Caminé cargado el peso de la bolsa de la compra. Me puse nervioso. Cambié de dirección, entré en un bar y pedí un café mientras fingía leer el diario. Me repetí, con el sonido de fondo de las noticias de la mañana, que la memoria es engañosa. Rocé con la punta de los dedos la palma de la mano y convine, conmigo mismo, que somos mucho más frágiles de lo que creemos y que el tiempo es una mera convención que no rige en la cabeza.





miércoles, 18 de marzo de 2015

LES ENFANTS DE L'AMOUR


La vida es siempre una tragedia para aquellos que sienten.


Llevar al cine algunas cosas es un ejercicio más que complicado. Que una persona fracase sentimentalmente no es una gran noticia. El derrumbe personal y emocional del que lo sufre puede arrasar con todo. Sin embargo, cuando el fracaso en el proyecto de vida de dos personas tiene como satélite a los hijos, el dolor, la rabia, hay que gestionarla con sumo cuidado porque las consecuencias de los sentimientos negativos pueden ser devastadores cuando rebotan en los niños que se terminan convirtiendo en el pim-pam-pum de unos adultos que, en ocasiones, se transforman en seres completamente irracionales.

En el año 2002, Geoffrey Enthoven dirigió, escribió y montó la película “Les enfants de l’amour” (Los niños del amor), una producción belga que, sin entrar a valorar el drama de los divorcios en los adultos, muestra con una claridad brutal los sentimientos de unos hijos ante los posicionamientos de unos padres que anteponen sus intereses, decepciones y frustraciones a lo que esos hijos puedan sentir, necesitar o padecer.

El formato casi documental nos muestra la vida de tres hermanos, hijos de una madre común (Nathalie Stas) y dos padres distintos (Olivier Ythier y Jean Luis Leclercq). Michael (Michael Philpott),  Winnie (Winnifred Vigilante) y Aurelie.  La trama se sitúa en los hechos que se dan durante un viernes cualquiera en que los niños marcharán a pasar el fin de semana con sus respectivos padres, mientras la madre, agotada y agobiada por la falta de tiempo propio, organiza su fin de semana sin niños. Frente a ella, los padres, unos hombres alejados de la de la cotidianidad de los menores por las circunstancia de sus vidas, que sólo los ven los fines de semana cada quince días y que intentan, como pueden, centrar toda su atención en unos hijos que se les escapan.

La bondad de la película está en que se centra en los tres modos distintos con los que cada uno de los niños encara la ruptura familiar, como sobrellevan las posteriores relaciones de sus progenitores con terceras personas. Tangencialmente, la filmación nos muestra el modo en que la ruptura familiar afecta a la familia extensa, a la relación de los abuelos con sus nietos, el sufrimiento que produce el alejamiento involuntario en el que se encuentran sin quererlo y muestra, también, los conflictos de lealtades que se suscitan en los niños, la tristeza de los más débiles, de los que sufren sin quererlo.

Esta película, que pasó desapercibida para el gran público, recibió, en su momento, el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Flandes, el Premio especial del Jurado en el Festival de cine de Mannheim-Heidelberg y el premio a la mejor película en el Festival de Cine de Milán. Son, sin duda, premios merecidísimos a una película valiente y real como la vida misma.

Una película imprescindible para saber qué es lo que no hay que hacer cuando un rompe con su pareja y por medio se encuentran unos hijos para quienes "su padre" y su "madre "continuarán siendo siempre "su padre" y "su madre" pese a que estos ya no se quieran, pese a que ya no convivan.


lunes, 4 de agosto de 2014

EL PERRO MONGOL


Yo era libre, como tú, pero quería vivir demasiado. 
Mira, viento, mi cuerpo está frío y no hay a quién estrechar la mano.


Cuando se me ocurrió decir que El perro mongol me había parecido una película maravillosa; que me había gustado tanto que, con toda seguridad, no tardaría en viajar a las estepas de Mongolia, las personas que estaban conmigo me miraron como si frente a ellas tuvieran a un marciano. En aquella tertulia, la mayoría consideraba que era un bodrio sin igual y yo, por el contrario, pensé que era de lo mejorcito que había visto por aquellos días. Causé tal revuelo al defender las bondades de la película que incluso me ofrecieron llenar el suelo de casa con boñigas de vaca, cortarme el agua corriente y la luz para que me ambientara y que luego les contara la gracia que puede tener el vivir así. Creo, sinceramente, que no entendieron nada. 



Sigo pensado que El perro mongol es una buena película, casi un documental, que nos cuenta la vida de una familia, los Batchuluun, en la estepa de Mongolia. La historia gira alrededor de Nansal, una niña que vive con sus padres y hermanos. Un día, mientras recoge leña para llevar a la tienda en la que vive con su familia, encuentra un cachorrito de perro y quiere llevarlo a casa. Sin embargo, el padre cree que el animal es la reencarnación de un lobo y que su presencia sólo puede traerles desgracias, por lo que obligará a Nansal a que se deshaga de él. ¿Les parece un argumento absurdo? ¿Simple? Pues puede serlo y casi les diría que lo es, pero le sirvió a Byambasurem Dvaa (su directora), para filmar una bellísima historia que nos muestra la vida de los nómadas mongoles en el siglo XXI.


La belleza de los paisajes, una ambientación rica en colorido y detalle, hacen de esta película un verdadero banquete para la vista. A lo largo de la película verán como la sencillez lo llena todo, donde los actores no lo son, sino que son personas corrientes que se limitan a convivir con una cámara que les filma en sus cosas cotidianas, en su vida de nómadas. Verán como las bostas (excrementos) de los yaks y otros animales forman parte de los elementos habituales con los que se desarrolla la vida de la familia. Igual servirán para que Nansal y sus hermanos jueguen, como para ser utilizadas para mantener las hogueras con las que la familia cocina, se calienta, etc. 





La espiritualidad marca la vida de estas personas, una vida religiosa que lo impregna todo y que los niños aprenden a respetar desde muy pequeños. La hermana de Nansal pronunciará la famosa frase "No se juega con Dios" cuando descubre a su hermano pequeño jugando con una figura de Buda. Una frase que podría quedar en eso, en un simple dicho, pero que trasciende al ver la vida de los que rodean a quien la pronuncia. Y es que, desde luego, con Dios no se juega. Veremos como la madre explica a sus hijos qué es lo que ocurre con la reencarnación porque "Todos morimos pero nadie está muerto"; como se exorcizará la mala suerte y pedirá la protección de Buda mediante el lanzamiento de cucharones de leche al aire mientras se despide al padre de la familia.
Verán qué lejos está ese mundo del nuestro y lo sencilla que puede ser la vida aún en las situaciones más incómodas. Porque lo que de verdad importa es lo que uno siente y cómo lo siente, que lo material por lo general nos aleja de lo esencial.

No les quepa ninguna duda de que la que escribe irá a Mongolia, y recorrerá sus estepas, y mirará a todos y cada uno de los perros con los que se cruce pues, con toda seguridad, en otra vida, fueron alguien con una historia que sus ojos contarán.


viernes, 23 de mayo de 2014

UN LUGAR MARAVILLOSO. Cine del bueno.


Un lugar maravilloso”,  es una película dirigida por Hans Petter Moland, una coproducción americana y noruega que nos muestra la vida de Binh (Damien Nguyen), un chico vietnamita. La vida de un  Bui doi. Esta expresión vietnamita significa "menos que el polvo" y se utiliza para insultar a aquellos niños nacidos en Vietnam, hijos de los soldados americanos que aterrizaron en aquel país con motivo de la guerra de Vietnam y las mujeres vietnamitas.  Los  Bui doi, son hijos de unos padres que no existieron jamás, hombres que desaparecieron en cuanto regresaron a su país al terminar la guerra, o cuanto se levantaron del camastro en el que se acostaban. Ser hijo de un estadounidense y una vietnamita convirtió a todas aquellas criaturas en menos que cero.




En el año 1990, Bihn, después de soportar una vida de esclavitud, maltrato e insultos permanentes, decide marchar de la casa en la que vive recogido, e ir en busca de su verdadera familia. Binh no tiene nada, no conoce nada, sólo tiene una fotografía, un trozo de papel impreso con los rostros de quien pudiera ser su madre, su padre y él mismo. Un trozo de papel que le ancla a la esperanza de una vida distinta a la sufrida hasta ese momento.

Su huida del campo le llevará hasta Ho-Chi-min (la antigua Saigón), donde encontrará a su madre y un hermano. De ahí, pasará a vivir a un campo de refugiados y allí conocerá a Ling (Bai Ling), una chica de origen chino. Entre ellos se iniciará una  historia de amor que irá creciendo a la sombra (o tal vez las luces) de un futuro esperanzado, distinto. Juntos emprenderán viaje a los EEUU en busca de los orígenes Bihn, en busca de su padre. Atravesarán el mundo en una feroz travesía oceánica. Escalas en medio mundo, desde Ho-chi-min, a Malasia, de ahí a Nueva York para, finalmente, llegar a Texas, donde vive Steve (Nick Nolte) el padre de Bihn. “Un lugar maravilloso” es la historia de los cientos de miles de refugiados de la guerra, de las perdidas brutales, de la difícil vida que espera a quienes, sin quererlo, pasan a ocupar tierra de nadie porque no pertenecen a ningún sitio.




La fotografía espectacular de Stuart Dryburgh y sus escenas de la travesía por el mar, (íntegramente rodadas en el océano, sin apenas medios económicos), la convierte en unas de las películas más intensas y espectaculares que se puedan glosar en este momento. Una película muy bella pero tremendamente dura. Los actores lo bordan, sobre todo Damien Nguyen. Quizá porque él interpretaba con la ventaja (no me entiendan mal) de haber vivido en su infancia una experiencia parecida, los campos de refugiados en los que se mueve en la filmación le son cercanos, conocidos, forman parte de su vida, quizá por eso consigue ofrecernos un personaje totalmente creíble.



La elección de esta película fue pura casualidad; paseaba por la sección de cine de una librería sin más propósito que matar la media hora que faltaba hasta encontrarme con la persona con la que estaba citada. ¿Por qué esta y no otra? La explicación es peregrina. Hace algún tiempo conocí a una persona llamada Ling, vietnamita, idéntico nombre que el del protagonista  y eso, junto a una carátula que mostraba una fotografía que bien podría ser una imagen de la bahía de Halong, fue lo que la llevó de la estantería a mi bolsa. Algo tan sencillo, insustancial y falto de criterio como eso.

Durante meses la cinta durmió sobre la mesa de mi estudio pero una noche, de esas en las que crees que el mundo se está parando, me senté y me dejé arrastrar por una de las películas que más me han gustado en los últimos tiempos, tanto que me hice con una segunda copia con la intención de regalarla. Ahora mismo, no sé por dónde vagará el DVD después de que lo abandonara a su suerte metido en un sobre a la espera que su destinatario lo recogiera. Espero que esté en buenas manos y que quien lo haya encontrado tenga la oportunidad de disfrutar de una cinta que nos muestra las consecuencias personales que nuestros actos no solo para nosotros mismos sino para el mundo en general. 

“Un lugar maravilloso” es una opción para esos días en que uno se duele de lo propio, mirándose el ombligo más de la cuenta. Y es que a veces nos quejamos de vicio.



domingo, 6 de abril de 2014

LOS AMANTES DEL CÍRCULO POLAR


Creo en las circunferencias, en las esferas, y estoy convencida que la vida es circular, casi un capicúa perfecto. Muchas cosas, muchas situaciones, se cierran igual que empiezan. A lo largo de los años, los círculos son una constante. Al parecer no soy la única que lo cree. Julio Medem en su película “Los amantes del círculo polar” también nos muestra un mundo redondo, una historia de amor circular, la historia de Otto (Fele Martínez) y Ana (Najwa Nimri), dos palíndromos geniales. El amor, grande, secreto, inevitable, que se prolonga en el tiempo y hasta el final



Julio Medem dividió esta dramática historia de amor, en tres partes, como si estuviéramos ante los tres actos de una Ópera clásica. La primera de ella nos cuenta el paso de Ana y Otto por su infancia, el momento en el que se conocen en la escuela de una manera totalmente casual. Los aviones de papel que Otto lanza por la ventana del baño del colegio, un juego intrascendente, unirá a los padres de los dos niños. En una segunda parte, el despertar sexual del amor adolescente, del amor prohibido de los que conviven como hermanos, sin serlo, haciendo creer al mundo que no se importan cuando la vida de uno pende de la del otro, ya en ese momento. Durante la tercera y última parte de la película, los Ana y Otto siguen ocultando su relación aunque la viven de una manera estable. Un acontecimiento dramático le alejará y como no puede ser de otro modo, el tiempo servirá para amortiguar pero no para olvidar. Ella se convertirá en maestra, trabajará en la misma escuela en que los dos se conocieron. Él se hará piloto. Cada uno por su lado mantendrán relaciones sentimentales ruinosas sin olvidarse jamás. Un mañana plagado de amantes que no se concretan en nada, parejas que doblan la edad y que postergan la felicidad para un mañana que no va a llegar.  

Pero la vida es circular y uno y otro, de manera inconsciente, seguirán buscándose, porque la necesidad no cesa aunque uno lo quiera. Ana escapará al círculo polar ártico y allí vivirá días en las que las noches no existen, esperando, lejos de todo, recuperarse a sí misma. Otto seguirá volando, trabajando para el servicio aéreo postal de la zona. Ambos sueñan con un reencuentro y un cúmulo de casualidades desastrosas, mientras la búsqueda interior y la de uno y otro espera, llevarán al dramático final de su historia, como no podía ser de otro modo.



Una película llena de matices, tristes, dramáticos, como acostumbran a ser los amores recurrentes, interminables. Amores que se tornan demoledores. Nadie sale indemne de relaciones amorosas como la que viven Ana y Otto. La dependencia de lo que no se controla adormece y al final mata de pura perplejidad. 

¿Quién no ha vivido una historia que por excesiva incluso ahoga? Los humano nos parecemos todos por eso somos capaces de llorar con Ana y sentir el abrazo invisible de Otto mientras esperamos frente a una laguna  que nos queda tan lejos y tan cerca a la vez.

¿Absurdo? Posiblemente, pero esa es la magia del cine que es capaz de colocarnos tan cerca de sus personajes que podemos sentir lo que ellos siente; vivir lo que ellos viven. Y es esa misma magia la que nos permite, cuando la pantalla se funde en negro, volver a ser un poco más nosotros a fuerza de haber sido otro durante no más de dos horas. 


“Los amantes del círculo polar” es una película fascinante, llena de silencios que lo dicen todo. El círculo perfecto.


sábado, 22 de marzo de 2014

DÍAS DE VINO Y ROSAS


Blacke Edwards y Henry Mancini, una combinación explosiva en el mundo del cine. Han sido muchas las ocasiones en las que el tándem “Edwards-Mancini” se ha puesto en marcha (“La pantera rosa”, entre otras) y, sin embargo, procurando no menospreciar ninguna de las obras que ambos genios han realizado, me quedo con “Días de vino y rosas”. Un clásico entre los clásicos del cine dramático. Premiada hasta la saciedad: Oscar a la mejor Canción, Golden Laurel en la categoría de Drama, mejor actriz y actor dramático, premio Concha de Plata del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, son una muestra de algunos de esos premios.

Que la vida es pendular, que los seres humanos vamos de un extremo a otro en determinados momentos de nuestra vida, no es ninguna novedad. Perderse en la ínfima línea que separa la felicidad desmedida de los infiernos más profundos, arrastrados por la poderosa fuerza del amor enfermizo, es una realidad tan cierta como que la tierra es redonda. 
“Días de vino y rosas” muestra todo eso en la pantalla, y lo hace desde la apasionada interpretación de Jack Lemmon (Joe Clay) y de Lee Remick (Kristen Arnese). 


Joe Clay, un representante de vida chisposa y sumida en el alcohol, conoce a la joven y anodina Kristen Anersen. Se enamoran perdidamente. El matrimonio y una convivencia presidida por los apasionados momentos que el amor les proporciona, combinados con el horror más espantoso al que el alcohol les arrastra, convertirán su vida en un infierno de infelicidad y mentiras. Anersen, inicialmente reacia a sucumbir a los paraísos artificiales por los que termina vagando Clay, se verá arrastrada a ellos, perdiéndose definitivamente en un mundo inexistente con olor a ginebra. Y ahí quedará, sola, cayendo por la pendiente de un vacío destructivo, porque Clay dejará atrás la bebida sin conseguir que su esposa le siga esta vez.


¿Es posible pasar de la alegría desmedida y artificial, a las ganas de morirse y terminar con todo? ¿Es posible vivir en el terror más absoluto del qué pasará mañana? Pues lo es, en el cine, como en la vida, todo es posible, pero estos tránsitos vitales en la ficción sólo pueden llevarse a cabo cuando para mostrarlos se cuenta con grandes actores. La interpretación de Jack Lemmon es genial. Sus registros en el cine son múltiples y variados y es capaz de hacernos desternillar de la risa ("Con faldas y a lo loco") y al tiempo, con un rotundo cambio de registro, en un estado de shock ("Días de vino y rosas"). Su interpretación en esta película es desgarradora. En una de las escenas Clay (Lemmon), completamente enloquecido grita su desgracia bajo la lluvia, una escena que muestran la capacidad dramática, a veces olvidada, de este gran actor.

Si alguien ha vivido de cerca, en la manera que sea, el horror de las relaciones dependientes, del infierno de la vida mediatizada por el color de la última copa que se tomó, de las resacas insoportables, del miedo a perder el control y no reconocer ni siquiera la cama en la que se encuentra al despertar, de las mentiras como sistema, comprenderá que ésta, y no otra, es una de las mejores películas que muestra estos infiernos personales.

“Días de vino y rosas” nos sitúa al borde del abismo para que, una vez en el filo, nos asomemos con cuidado, nos horroricemos con el infierno de otros y volvamos a nuestra realidad mirando de reojo a cada uno de nuestros costados.

Una película grandiosa, tanto como Jack Lemmon, tanto como Blacke Edwards, tanto como Henry Mancini. Tremenda.

miércoles, 12 de marzo de 2014

IL Y A LONG TEMPS QUE JE T'AIME - O CUANDO LAS COSAS SON COMO SON-


 


La sensibilidad es una característica difícil de esconder aunque uno trate de hablar de temas escabrosos, difíciles o tuertos. Con Philippe Claudel ocurre precisamente eso. Sus novelas, su película (esta es su opera prima), destilan siempre una suerte de sensibilidad que no se desprende, al menos en el caso del cine, de los argumentos que plantea, sino del trabajo que realiza con sus personajes y, en este caso, con la manera como dirige a sus actores. Un argumento mediocre puede resultar sublime al dotarle de cara, de vida, de movimientos a través del comportamiento de sus personajes. Eso se consigue en el cine, en la literatura.


 ”Il y a longtemps que je t’aime, se sostiene sobre dos mimbres. El primero, un argumento pobre, muy pobre y manido. Una mujer que pasa los últimos quince años de prisión por haber matado a su hijo. Al cumplir su condena, debe volver a emprender su vida y regresar a una sociedad que rechaza lo desconocido y oscuro. En este caso, las circunstancias objetivas de la muerte provocada del propio hijo, son las que impiden que la protagonista, Juliette (Kristin Scott Thomas), la incomprensión de los que nada quieren saber, ni entender, dificultan su regreso a su vida diaria
El segundo de los mimbres, la conjunción de dos actrices excepcionales en sus papeles, Kristin Scott Thomas (Juliette Fontaine) y Elsa Zylberstein (Léa Fontaine), dos hermanas distanciadas por la edad, por el destino y por vidas que nada tienen que ver la una con la de la otra. No me sorprende el papelón de Kristin Scott Thomas. Alejada de los estereotipos hollywoodianos, nos muestra, en esta ocasión, a una mujer corriente, desgarrada, solitaria, huidiza y hundida en el pesar de la decisión tomada. Scott Thomas es una actriz fabulosamente camaleónica, creíble, atractiva siempre y estupenda. Si unos ojos pueden hablar sin pronunciar palabra son los suyos.

Huera de efectos especiales, de grandes aspavientos técnicos, el director nos centra en la historia. Un debate entre la recuperación personal. La muerte como opción de un tercero, el silencio como modo de vida y la toma de decisiones dolorosas que marcan para siempre.



Una película que comienza con el deslizar de dos gotas de agua y finaliza de la misma manera. Una historia intensa personificada en la naturalidad de una mujer que encierra su vida en un silencio del que nadie, salvo su otra mitad (Léa), logra arrancarla. Una película  para verla centrando atención en la actuación de las dos actrices principales, en el entorno en el que se mueven, en el pesar en el que viven y olvídense del argumento, porque éste es pura anécdota.


)


domingo, 16 de febrero de 2014

GREEN PORNO -O ESAS OTRAS COSAS QUE SI BUSCAS ENCUENTRAS-



Me gustan las personas que tienen algo que decir, que  tienen la capacidad para ofrecer a los demás cosas originales y que además de hacerlo francamente bien, consiguen entretener. Pero si además estas personas, además de todo lo anterior, gozan de un autentico sentido del humor, entonces ya me han ganado para una buena temporada. No puedo evitar rendirme ante el sentido del humor, y es que estoy convencida de que el sentido del humor es uno de los sanos síntomas de una buena inteligencia. Y dicho esto, creo poder afirmar que no hay nada más erótico y electrizante que la combinación entre la capacidad de arrancar la sonrisa, incluso la risa, de otro junto con una inteligencia despierta.

Supongo que por eso me gusta Isabella Rossellini, mujer camaleónica, que ha sabido adaptarse al paso del tiempo hasta convertirse en un referente sobre el cambio y la aceptación del paso del tiempo para muchas mujeres. Una personalidad apabullante que ha superado el hecho de ser hija de quién es (Ingrid Bergman y Roberto Rossellini), sin que las fuertes figuras de sus dos progenitores hayan conseguido eclipsarla y ha conseguido, por esfuerzo propio, ser reconocida por lo que sencillamente es. 



Isabella Rossellini es una gozada de señora. La hemos disfrutado como modelo de alta costura y publicidad, reportera de televisión, actriz consumada, esto último no sólo en su juventud, sino también en su madurez. No hay más que recordarla en aquella archifamosa película de David Lynch, considera de culto por algunos, Blue Velvet”. Ahora, con el tiempo, podemos disfrutarla como directora de cine.



Por casualidad, cayó en mis manos "GREEN PORNO" una serie de cortos escritos, protagonizados y dirigidos por Isabella Rosellini. Cinco historias de carácter científico, que explican con. un envidiable sentido del humor y una vistosidad grandiosa, los procesos de seducción y reproducción de distintas especies animales, entre ellas: las anchoas, los camarones, las estrellas de mar, las ballenas y los caracoles de jardín. 

Descubrir las orgías que lían los animales marinos y los terrestres también, los cambios de sexo de estos bichos y hacerlo de la mano de Rossellini, no tiene precio. La directora y actriz, sin el mayor pudor que podría parecer que una ex –modelo podría tener para disfrazarse de según qué, se caracteriza de todas y cada una de las especies animales que tienen cabida en la filmación. Un espectáculo a la vista que, junto con su atractiva su voz narradora, hacen de esta grabación un buen material, no sólo didáctico, sino de entretenimiento para todos los públicos. 


Debo decir que para la realización de este trabajo Rossellini colaboró con el fotógrafo y cineasta Jody Shapiro, por lo que el éxito, creo,  es imputable a ambos por igual

Sin embargo, pese a que en esta película no tiene intervención alguna, debemos agradecer a Robert Redford, que animara y consiguiera convencer a Rossellini para que dirigiera películas y cortos sobre la naturaleza y el medio ambiente que actualmente son un referente en la cultura audiovisual en esta materia.

No me consta que exista el DVD en español, sólo lo conozco en versión inglesa. La única manera de hacerse con él, hasta hace algún tiempo era adquiriéndolo por internet, pero si uno no puede o no quiere gastarse unos euros o dólares en su compra, cabe la posibilidad de disfrutarlos en la web de Sundance Channel.

No duden en echarle un vistazo, les garantizo un rato la mar de entretenido y el conocimiento de una faceta más de la estupenda Isabella Rossellini. Que lo disfruten.



domingo, 19 de enero de 2014

PIENSA Y SE LIBRE


"Mucha gente piensa que hacer la maleta es cuestión de entrenamiento, 
que lo aprendes espontáneamente como cantar o rezar. 
Nosotros no teníamos entrenamiento y tampoco maleta".

Acabo de ver "Doce años de esclavitud". No voy a hablar de cine, ni de aquellos días negros que nos parecen producto de la imaginación desbordada de algunos. Ni siquiera voy a hablar de la condición humana.

El odio irracional, el desprecio por lo diferente, por lo que escapa al control, por lo desconocido,  se engendra desde el inicio de los tiempos. Pero frente al sinsentido de posturas que se enquistan convirtiendo en baluartes de una sociedad enferma, que pasan por encima de la libertad, de la dignidad y del respeto a la integridad física, incluso a la vida, quedan unos pocos, muy pocos, de los que no se puede prescindir, gente que hace frente a la cerrazón y a una pasividad que da pavor.

Dar un paso adelante requiere de una valentía desmedida porque, esos pasos, casi siempre conllevan la muerte civil del que decide cruzar la línea que con el desprecio y el odio marcó una frontera entre el ser y el deber ser. A éste último, a lo que debe ser (filosofías a un lado), solo se llega, dicen, cuando uno consigue liberarse de la ignorancia y del reduccionismo en el que se nos intenta encerrar entre sus neurosis destructivas, un trabajo que dura toda la vida.

Lee, piensa y se libre.





jueves, 2 de enero de 2014

OTRAS MIRADAS -CUATRO MESES, TRES SEMANAS Y DOS DÍAS.



Existen algunas películas que son absolutamente necesarias, si no existieran alguien las tendría que hacer. "Cuatro meses, tres semanas, dos días" es una película imprescindible en el cine europeo. Una producción rumana, dirigida por Cristian Mungiu, en el año 2007, que fue ampliamente premiada, pero que ha pasado desapercibida para la gran mayoría, sobre todo en el panorama español.



¿Por qué "Cuatro meses, tres semanas, dos días"? Pues porque, sin que lo podamos saber con seguridad, es el tiempo de embarazo de Gabita (Laura Vasiliu), el tiempo de una gestación que será interrumpida de una manera clandestina, ilegal y absolutamente dramática. Y junto a Gabita, la incondicional Otilia (Anamaria Marinca), su compañera, su amiga, su apoyo, su todo, en la peor experiencia por la que una mujer joven, 22 años, puede pasar.

"Cuatro meses, tres semanas y dos días" es la historia de Gabita y Otilia, dos estudiantes universitarias que viven en una residencia en una pequeña localidad de Rumanía, cerca de Bucarest, que se sitúa en los últimos años de la dictadura de Ceaucescu. Pero decir sólo eso, quedarnos ahí, sería demasiado superficial, sería decir muy poco. Porque si bien es cierto que la acción principal gira alrededor de los dos días en los que las protagonistas buscan a la persona que lleve a cabo el aborto, el lugar donde realizarlo, los medios y el dinero para poder llevarlo a cabo, lo verdaderamente importante es cómo lo viven, cómo se enfrentan a ello, a las circunstancias complicadas por las que van a tener que atravesar. Porque se verán en una sórdida habitación de hotel, recogiendo a un tipo del que lo desconocen todo, un personaje absolutamente siniestro, el Sr. Bebe (Vlad Ivanov) que con una aparente profesionalidad demostrará ser un verdadero desalmado. El tema central de esta película es el miedo, el temor, la opresión.


Estas sensaciones son perfectamente trasmitidas por el director mediante, la trama relatada, y una perfecta recreación del ambiente, no sólo escénico, de la Rumanía de finales de los años ochenta, sino mediante la utilización de muy pocos recursos técnicos, un juego de luces espectaculares que mantendrá la acción siempre en una penumbra que se irá oscureciendo a medida que la historia se va tornando más dramática.

Porque si algo tiene esta filmación es un tremendo dramatismo. Porque si un aborto, de por sí, es una tragedia, acompañado de las circunstancias por las que tienen que atravesar Gabita y Otilia (terror a terminar encarceladas por unas circunstancias extraordinarias: la culpa y el arrepentimiento en lo emocional; y lo monstruoso de sostener entre las piernas, una goma, hasta que el feto se desprenda para sentarse en la taza de un váter hasta expulsarlo y procurar no desangrarse o no morir por una infección). Porque Otilia, a la que se le tambaleará el mundo, llegando a cuestionarse incluso sus propias relaciones personales, será el pilar sobre el que se sostiene Gabita, tendrá que encargarse de deshacerse de un feto de casi cinco meses (al que veremos en el suelo del baño medio cubierto por una toalla), con el shock que ello supone, de la imposibilidad de enterrarlo (como las dos amigas pretenden), deshaciéndose de el mismo de la única manera que no quisieran hacerlo. Y todo eso transcurre bajo la acosadora y permanente opresión de un sistema que no sólo vigila a sus ciudadanos, sino que les coarta toda libertad, hasta convertirlos en fugitivos de sí mismos 



Sin embargo, la grandeza de la película reside en que su director, y guionista, mediante la utilización de una técnica cinematográfica muy cercana a la del movimiento Dogma, cámara en mano, pocos recursos técnicos, logra centrarnos la intimidad de sus protagonistas hasta llegar a sentir su aliento cerca nuestro y desesperarnos. Existen muchos momentos en esta película que estremecen por su excesiva realidad, pero la escena final sobrecoge al espectador hasta encogerle el alma. Dos mujeres absolutamente descolocadas, engullidas por la tristeza pasan las horas sentadas en el bar de un hotel de mala muerte, y una de ellas, Otilia, que en un mirar de soslayo a la cámara parece pedir la clemencia y el consuelo del que desde el otro lado de la cámara no puede por menos que apiadarse de ellas.

Cine de calidad, cine del bueno.