miércoles, 17 de junio de 2026

BOB

 


Mientras espero la entrega de un paquete, mato el tiempo pasando la pantalla del móvil a toda velocidad. Me he parado en un par de artículos de titular llamativo y, como buena mujer de los tiempos que corren, he caído en la engañosa desinformación de la que, por casualidad de la vida, estoy bastante informada. El mundo es muy pequeño y muy estúpido. El repartidor sigue sin llegar y, aunque necesito con urgencia que lo haga, no pienso desesperarme. O sí. Respiro y espero. Respiro y miro el reloj. Respiro y vuelvo a respirar. Me queda la suficiente bateria como para comprobar a cada minuto a cuantas paradas de distancia anda mi repartidor. Respiro y, mientras lo hago, Google me recuerda que soy mortal, que el colágeno te abandona cuando menos te lo esperas y que oxigenarse es fenomenal. Respiro y dejo el teléfono bocabajo. Pero Google no se conforma con mi vida caduca, ni con los consejos de cosmética coreana con los que intenta seducirme, y activa su inteligencia artíficial para llamar mi atención y lo consigue. Su inteligencia, que es más inteligente que la de todos nosotros juntos, me recuerda que tiempo atrás perdí la gracia de Dios y que Dios, mientras bostezaba, aburrido de todo, me mandó a paseo. Una orden divina que yo obedecí, aunque creo que su extraordinaria intención era otra Y así llegaron los paseos.  El primero empezó entre rocalla y encinas. El siguiente, días mas tarde, acabó con el lorazepam dentro el bolso. 




lunes, 1 de junio de 2026

BLONDE

 


Día de trastos y, frente al portal, cuatro sillas blancas. Un poco más allá, cuatro sillas más, ahora de madera, desvencijadas y con ganas de morirse y del todo. La ciudad está patas arriba y el personal ha decidido cambiar la sillería. Camino con los auriculares puestos escuchando un podcast sobre cine. Hablan de Billy Wilder, de la magia del Hollywood de los años 50, y de la “Tentación vive arriba". Un suspiro se me atraviesa entre Gran Vía de Carlos III y Diagonal. El locutor nos recuerda que, de vivir, Norma Jean cumpliría cien años. Pero eso, como casi todo, es una certeza que no sirve para nada. Algo así como saber que, de vivir, Jesucristo tendría dos mil veintiséis años y no habría muerto en la cruz, como Marilyn no habría muerto a base de ansiolíticos, alcohol y desamor. Doblo la esquina y temo tropezar con otro par de sillas ruinosas, pero no. No hay sillas. No hay más que una acera infinita que se ensancha hacia el mar.