Esperé su nota como cada día. Me fui a la cocina, preparé un
café y me puse a ordenar el cajón de los cubiertos. Coloqué las cucharillas de
café sobre las de postre. Parecían todas iguales pero un pequeño gravado en la
empuñadura las diferenciaba unas de otras.
Y las ordené en pequeñas montañas que quemaban el minutero a medida que las
iba amontonando. Las pequeñas encima, las grandes debajo. Seguí con los tenedores hasta que el orden
melancólico de las pequeñas cosas se volatilizó y el tiempo muerto quedó
sepultado bajo una cubertería barata de Ikea. Me acerqué al ordenador,
refresqué el correo y me quedé esperando, con el pensamiento perdido en el
cajón de los cubiertos, hasta que la pantalla se volvió negra.
Pasan los años. La
primera planta de este edificio acristalado empieza a ser un lugar común. Una
estructura fría, vacía, que esconde a la
vista de los vivos la pena, a veces el alivio, con la que otros se despiden de los
suyos.
Desde la distancia,
reconozco los abrazos impostados y la pena relativa que dibuja lágrimas de unasensiblería simplona que nada tienen que ver con el desconsuelo.
Me faltan dedos de
la mano para contar los que empiezan a faltarnos, dice. Es cierto. Como si
fuera un tablero, vamos moviendo las fichas. Jaque mate, hoy no te toca a
ti. Le escucho preguntar cuándo volveremos a vernos, y le digo que mañana, como todos los martes,
para comer. No es la respuesta, lo sé. Mientras lo pregunta, la veo mirar hacia
otro lado, para ella, el juego no ha comenzado. Dispone de todas sus fichas, y
esquiva la pregunta verdadera, como si de esa manera exorcizara la idea de que la
próxima partida es la suya, que serán sus manos las que tenderá sin reconocer a
quien se las da, que recibirá abrazos que abrazan poco y que tendrá que soportar lágrimas de glicerina que
se diluyen en la nada en cuanto uno se de la vuelta. Nos suben cinco tazas de
café, faltan dos, pero sé que no faltan.
Cae el telón y la
función termina, una vez más.
Bajamos caminado
sin prisa, como si estuviéramos paseando. Bordeamos el campo de fútbol, una broma
macabra que los días de partido perturba el silencio antinatural del Campo Santo
que tiene por vecino.
Unas cuantas nubes
juegan al escondite con el sol. Es primavera. Los angelitos vuelven a ser negros.
Ayer (24 de marzo de 2011), se conoció la Sentencia dictada en el procedimiento en el que se juzgaba a Francisco Javier G.M. , alias el “Cuco” por el asesinato, violación y posterior desaparición de Marta del Castillo.
El Cuco un menor. Marta del Castillo una menor. Queda pendiente la celebración del juicio contra los adultos que participaron, encubrieron o tuvieron cualquier otra forma de participación en la muerte y desaparición de Marta.
La condena, por el delito de encubrimiento, se resumen en tres años de internamiento, parte de ellos en centro cerrado.
Estupefacción. Descrédito del sistema. Decepción de la ciudadanía. Desamparo de los perjudicados, en este caso, los padres y familiares de la menor.
Como la mayoría, desconozco, porque no la he visto, la Sentencia dictada. Estoy casi convencida que técnicamente la resolución será perfecta. Ningún Juez o Magistrado con la presión que este procedimiento comporta cometería el patinazo de no fundamentar una decisión que sabe, a ciencia cierta, saldrá en la prensa en cuanto se publique. No le arriendo las ganancias a quien le ha tocado intervenir en este procedimiento y tomar una decisión que, con lo que las pruebas que en este caso existían, sin duda, iba a ser polémica.
Pero creo que debemos ir más allá. Debemos plantearnos la bondad de una ley, la del menor (Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores), que no hay por donde cogerla. Desde su promulgación está pidiendo a gritos una reforma que la adecue a la realidad social, a lo que la sociedad demanda. Sandra Palo, Rosario Endrinal, Marta del Castillo, Mari Luz Cortes, entre otros, perdieron su vida a manos de menores que sabían perfectamente lo que hacían, menores que conocían el alcance de los hechos que llevaban a cabo y que, jamás de los jamases han mostrado arrepentimiento alguno por las atrocidades cometidas, ni lo mostrarán.
Tenemos una ley, pero no tenemos justicia. Y en los términos en los que nos encontramos, el término justicia yo lo tengo muy claro. No hace falta recurrir a los iusnaturalistas, ni a los positivistas, ni tampoco a los relativistas cuyas teorías se enseñan en el primer curso de todas las facultades de Derecho del mundo. No.
La Justicia en materia penal, a mi entender, es la búsqueda del equilibrio perfecto de varios elementos: el castigo personal por el comportamiento (determinado en un cuerpo legal emanado de un Parlamento democráctico), llevado a cabo (por acción u omisión), el castigo social (mediante la exclusión social, si es necesario, de sujetos que no demuestran ningún arrepentimiento por los hechos llevados a cabo, ni intención alguna de pedir perdón), la reeducación y reinserción social y la satisfacción del quebrado interés de la víctima y del perjudicado.
En Derecho, debe dejar de tratarse a los menores que delincan como si se tratara de víctimas del sistema que, en la mayoría de los casos, no lo son y hacer, de una vez, que respondan, con todas las consecuencias, por los hechos que comenten. El sistema goza de suficientes garantías para que los procesos sean trasparente,s pero carece de una Ley que de respuesta clara y contundente a una problemática cierta como es la delincuencia de menores.
Y ya está bien de cogérsela con papel de fumar. Si tenemos menores que son capaces de las atrocidades y aberraciones que vemos, si no somos capaces de dar respuesta a situaciones como en la que nos encontramos en este momento, si no somos capaces de, junto a un buen sistema educativo, de tener un sistema legal justo (tambien con las víctimas), entonces estamos perdidos.
No dudo del trabajo de nadie, ni de la carga de conciencia que el dictado de la resolución puede conllevar y también pienso que no se puede disparar contra el mensajero, contra aquel al que no le queda otra que aplicar los medios que tiene. Lo que se debe hacer es cambiar la Ley, eso y no otra cosa.
Mientras tanto continuaremos con una Ley completamente injusta que prima al delincuente por encima de las víctimas y a sus perjudicados.
Triste día para la justicia, pero no va a ser el último.
Llevo toda la semana recordando momentos estelares de mi vida. He pensado mucho en alguien que, esta semana, hace trece años que murió y se llevó con él la irrecuperable sensación de inmortalidad que uno cree tienen aquellos a los que quiere. Entre los recuerdos, el discurso que pronunció Václav Havel, el escritor, cuando fue confirmado Presidente de Checoslovaquia. Corría el año 1990.
Por aquel tiempo recorría la vecina Facultad de Ciencias Políticas con la aspiración de que por osmosis pudiera llegar a entender algo de lo que ocurría en el mundo. Eran tiempos de reflexiones, tiempos en los que aún creíamos, mientras charlábamos tumbados sobre un césped ralo, que podíamos llegar a cambiar el mundo. Principios fundamentales y necesidad de comernos el mundo a dentelladas nos hicieron disfrutar, como nunca, de los últimos momentos de inocencia. Conservo desde entonces un folio en el que escribí, al dictado y entre los primeros cafés con hielo de la primavera, el discurso de Vàclav Havel.
Fue entonces cuando supe que la verdadera política sólo puede partir de los ciudadanos y que la política profesionalizada deja de ser política para convertirse en otra cosa muy distinta. No volví a pisar la Facultad de Ciencias Políticas, dejé de colarme en sus clases y me dediqué a las mías.
Ayer retrocedí mil años gracias a una agradable discusión con un chaval de 23 años que, con todo el apasionamiento del mundo (posiblemente el mismo que utilizaba yo a su edad, para algo tenemos la misma sangre), defendía la necesidad de cambiar el sistema. Le pedí que me ayudara a desmantelar la mitad de la estantería de casa mientras se calentaba una pizza precongelada en el horno. Sabía que dentro de un ejemplar de un libro de Benet, había un recorte con el discurso de Havel. A veces las cosas parecen una señal. Una semana pensando en el discurso, en la maldad y en la necesidad de hacer algunas cosas aunque sean un poco locas.
Transcribo íntegramente el discurso y, si de verdad están interesados en la política, en la humanidad y en el ser humano, no dejen de leerlo, no les decepcionará. Estoy segura de ello.
“Vivimos en un entorno moral contaminado. Nuestra moral enfermó porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos sólo por nosotros mismos. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan sólo singularidades psicológicas. Nos parecían recuerdos extraviados de una época ancestral, algo ridículos en la era de las computadoras y las naves espaciales. Sólo unos pocos fuimos capaces de alzar nuestras voces para gritar que los poderes nunca deberían haber sido todopoderosos; que las granjas especiales, que producen alimentos ecológicamente puros y de la mejor calidad sólo para esos poderes, deberían haber enviado sus productos a escuelas, hogares infantiles y hospitales, ya que nuestra agricultura era incapaz de ofrecérselos a todo el mundo. El régimen anterior -armado con su ideología arrogante e intolerante-redujo el hombre a una fuerza productiva y la naturaleza a una herramienta de producción. Al hacerlo, atacó tanto a la esencia misma de ambos como a la relación que los une. Redujo personas autónomas y de gran talento, que trabajaban con destreza en su propio país, a tuercas y tornillos de una maquinaria monstruosamente enorme, ruidosa y pestilente, cuyo significado real nadie comprende. Esta no puede más que desgastarse lenta pero inexorablemente, tanto a sí misma como a todos sus tornillos y sus tuercas. Cuando hablo de un entorno moral contaminado, no hablo sólo de esos caballeros que comen verduras orgánicas y no miran al exterior desde su ventana. Hablo de todos nosotros. Todos nos habíamos acostumbrado al sistema totalitario, lo habíamos aceptado como un hecho inalterable y, por tanto, contribuíamos a perpetuarlo. Dicho de otro modo, todos nosotros -si bien, naturalmente, en diferente grado-somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria; nadie es sólo su víctima, todos somos partícipes también de su creación. ¿Por qué digo esto? Sería muy poco razonable entender el triste legado de los últimos cuarenta años como algo ajeno a nosotros, algo que nos ha dejado en herencia un pariente lejano. Por el contrario, debemos aceptar este legado como un pecado que cometimos contra nosotros mismos. Al aceptarlo como tal, comprenderemos que es responsabilidad nuestra, y de nadie más, hacer algo al respecto. No podemos culpar de todo a los gobernantes anteriores, no sólo porque sería falso, sino también porque podría adormecerse el deber al que cada uno de nosotros se enfrenta hoy, es decir, la obligación de actuar con independencia, con libertad, de forma razonable y rápida. No nos equivoquemos: el mejor gobierno del mundo, el mejor Parlamento y el mejor presidente no pueden lograr mucho por sí solos. Sería igual de erróneo esperar un remedio general que tan solamente procediera de ellos. La libertad y la democracia implican la participación y, por tanto, la responsabilidad de todos nosotros. Si somos conscientes de esto, todos los horrores que heredó la nueva democracia checoslovaca dejarán de parecernos tan terribles. Si somos conscientes de esto, en nuestro corazón renacerá la esperanza. Al realizar el esfuerzo necesario para enderezar los asuntos de interés común, tenemos algo en qué apoyarnos. Estos últimos tiempos -y, en especial, las últimas seis semanas de nuestra pacífica revolución-han develado el enorme potencial espiritual, moral y humano, así como la cultura cívica, que estaban dormidos en nuestra sociedad bajo la máscara impuesta de la apatía. Cada vez que alguien declaraba categóricamente que éramos esto o lo otro, yo siempre objetaba que la sociedad es una criatura muy misteriosa y que no es sabio confiar tan sólo en la cara que te presenta. Me alegra ver que no me equivocaba. En todo el mundo, la gente se pregunta dónde encontraron los ciudadanos de Checoslovaquia, dóciles, humillados, escépticos y cínicos en apariencia, esa fuerza maravillosa para deshacerse de la carga del yugo autoritario en pocas semanas y de una forma pacífica y decente. Preguntémonos de dónde sacó la gente joven, que nunca había conocido otro sistema, el deseo de alcanzar la verdad, el amor por el pensamiento libre, sus ideas políticas, su valor cívico y su prudencia cívica. ¿Cómo fue que sus padres -esa generación que se consideraba perdida-se unieron a ellos? ¿Cómo es posible que tantísima gente supiera de forma inmediata qué hacer, y que ninguno de ellos necesitara consejos ni órdenes? Masaryk basó su política en la moralidad. Intentemos, en una nueva época y de una forma nueva, restaurar ese concepto de política. Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política debería ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad en lugar de la necesidad de engañarla o expoliarla. Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política no sólo puede ser el arte de lo posible, en especial si esto implica el arte de la especulación, el cálculo, la intriga, los tratos secretos y las maniobras pragmáticas, sino incluso también el arte de lo imposible, el arte de mejorarnos a nosotros y mejorar el mundo. Tenemos por delante unas elecciones libres y una campaña electoral. No permitamos que esta lucha mancille el rostro hasta la fecha limpio de nuestra apacible revolución. No permitamos que las simpatías del mundo, que tan de prisa nos hemos ganado, se pierdan con la misma rapidez enredándonos en la jungla de las escaramuzas por el poder. No permitamos que el deseo de servir a uno mismo prospere de nuevo bajo la bella máscara del deseo de servir al bien común. Lo que ahora importa de verdad no es qué partido, qué club o qué grupo prevalecerá en las elecciones. Lo importante es que los ganadores sean los mejores de entre nosotros, en el sentido moral, cívico, político y profesional, sea cual sea su afiliación política. Las políticas y el prestigio futuros de nuestro Estado dependerán de las personalidades que seleccionemos y elijamos después para nuestros organismos representativos. En conclusión, me gustaría decir que quiero ser un presidente que hable menos y trabaje más. Ser un presidente que no sólo mire al exterior desde la ventanilla de su avión, sino que, en primer lugar y ante todo, esté siempre presente entre sus conciudadanos y los escuche con atención. Puede que se pregunten con qué tipo de república sueño. Dejen que les responda: sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos. El más distinguido de mis antecesores comenzó su primer discurso con una cita del gran pedagogo checo Comenio. Permítanme concluir mi primer discurso con mi propia paráfrasis de la misma afirmación: ¡Pueblo, han recuperado su gobierno!”.
Hay días verdaderamente surrealistas. Puede que te empeñes para que sea normal y que lo único que consigas, mientras intentas enderezarlos hacia el cauce de lo natural, sea que el surrealismo se multiplique por dos, o por ciento dos, da igual el múltiplo.
Empecé el día en correos, tenía que enviar un paquete, un regalo para mis sobrinos. Mientras guardaba una larguísima cola, una mujer con un perro, abrigado con un anorak a cuadros escoceses, me pide que le sujete el animal mientras va a la máquina de las estampillas.
Treinta minutos más tarde, con mi paquete enviado, sigo esperando que la dueña del can regrese. El perro me mira de vez en cuando con ojos lastimeros y aúlla un tanto desconsolado. El funcionario me invita a salir de la estafeta, no se admiten perros, salvo que sean lazarillos y el que sujeto tiene aspecto de ser un carlino vulgar y corriente. Le indico que el perro no es mío, que su dueña anda buscando la expendedora de sellos pero, ante la extraña explicación que soy consciente le doy, me repite, menos amable que antes, que no puedo tener el perro en la oficina. Así que espero a la mujer en la puerta, pero empiezo a pensar que me acaban de colocar un perro. Debería llamar a la Guardia Urbana, no puedo quedarme un perro que ni es mío, ni lo quiero. Llevo cerca de una hora con un chucho que tiene más miedo que otra cosa.
Le doy diez imaginarios minutos a la propietaria del perro y, si no aparece, llamaré a la perrera o a quien sea. Y así lo hago, pero mientras estoy perdida en el buscador de mi móvil, intentando encontrar el número adecuado, recibo un toquecito en el hombro y frente a mí, la dueña del perro, perfectamente peinada. Una hora en la peluquería ha hecho lo suyo. Me da las gracias por tenerle el chucho y afirma que estaba segura que sabría cuidarle, que se ve a la legua que soy buena persona. La veo alejarse con el carlino que sostiene el mismo paso marcial que su dueña.
No doy crédito y pienso que, además de cara de buena persona, debo tener cara de gilipollas y la señora en cuestión un morro que se lo pisa.
Cuando uno enferma de algo grave genera a su alrededor una corriente en la que se mezcla la compasión, la pena, pero también la solidaridad y el apoyo incondicional de algunas personas. Cuando uno enferma, por lo general, su enfermedad pasa por delante de todo y la padece en compañía de los más cercanos. Durante la enfermedad, uno pasa sus más y sus menos, sus dolores, sus disgustos, sus momentos deprimentes y, salvo que esté rodeado de desalmados, acostumbra a encontrar la comprensión de los que tiene cerca. Pero, por lo general, al lado de una persona que sufre una enfermedad grave se encuentra los que a su lado, por mor de la propia gravedad, se convierten en personas invisibles, cuyas vidas pierden importancia frente a la terrible situación del otro. Pocas veces se comprenden las angustias, las depresiones, las desesperaciones del que acompaña al enfermo. Por lo general, también, somos muy poco comprensivos con los que cuidan a quien en ese momento lo precisa. Y la incomprensión es tal que pocas veces el que sufre el daño colateral de la enfermedad de otro (perdida de la propia vida a favor de la del otro) tiene ni siquiera derecho a decir que está cansado, que está triste, que tiene ganas de salir corriendo (y no lo hará nunca) o que echa de menos que, simplemente, alguien le pregunte, a él, ¿Cómo está?
Acompañar a una persona que sufre una enfermedad grave es duro, muy duro. Deberíamos aprender que las enfermedades arrastran no sólo al que la sufre sino a los que viven, conviven, con el que las padece. Hay enfermedades devastadoras más allá del propio enfermo.
Escribo esto pensando en Carlos. Apenas dos minutos de palabras cruzadas para preguntarle cómo está “él”, porque “él” también importa.
Levanto la persiana con un tirón seco. Abro la ventana y la habitación se impregna del olor a tierra mojada. Ha llovido. Tengo prisa, me he dormido, pero siento la necesidad de perder unos minutos del escaso tiempo del que dispongo para disfrutar ese momento que, inesperadamente, se ha convertido en único a medio camino del despertar.
Aspiro intentando que mi cargado mundo interior se refresque con aire limpio. No es el olor a tierra mojada lo que me llena. Hoy el aire huele a hierbabuena.
Tengo diez minutos para rellenar una vida, para recrear la sensación de un mundo que sólo existe en mi cabeza y que desaparecerá en cuanto me desperece. Le busco un aroma, yo quiero que el perfume que lo llene todo sea ese que ahora escojo, ningún otro.
Apoyo la cabeza en el marco de la ventana. Cierro los ojos y cuento hasta cien. Es el tiempo que preciso para fijar en mí lo que quiero que sea mi día, mi vida. Sólo sé que hoy el aire huele a hierbabuena y así me hueles tú.