sábado, 21 de abril de 2012

SURREALISMOS


Hay días verdaderamente surrealistas. Puede que te empeñes para que sea normal y que lo único que consigas, mientras intentas enderezarlos hacia el cauce de lo natural, sea que el surrealismo se multiplique por dos, o por ciento dos, da igual el múltiplo.

Empecé el día en correos, tenía que enviar un paquete, un regalo para mis sobrinos. Mientras guardaba una larguísima cola, una mujer con un perro, abrigado con un anorak a cuadros escoceses, me pide que le sujete el animal mientras va a la máquina de las estampillas. 

Treinta minutos más tarde, con mi paquete enviado, sigo esperando que la dueña del can regrese. El perro me mira de vez en cuando con ojos lastimeros y aúlla un tanto desconsolado. El funcionario me invita a salir de la estafeta, no se admiten perros, salvo que sean lazarillos y el que sujeto tiene aspecto de ser un carlino vulgar y corriente.  Le indico que el perro no es mío, que su dueña anda buscando la expendedora de sellos pero, ante la extraña explicación que soy consciente le doy, me repite, menos amable que antes, que no puedo tener el perro en la oficina. Así que espero a la mujer en la puerta, pero empiezo a pensar que me acaban de colocar un perro. Debería llamar a la Guardia Urbana, no puedo quedarme un perro que ni es mío, ni lo quiero. Llevo cerca de una hora con un chucho que tiene más miedo que otra cosa.

Le doy diez imaginarios minutos a la propietaria del perro y, si no aparece, llamaré a la perrera o a quien sea. Y así lo hago, pero mientras estoy perdida en el buscador de mi móvil, intentando encontrar el número adecuado, recibo un toquecito en el hombro y frente a mí, la dueña del perro, perfectamente peinada. Una hora en la peluquería ha hecho lo suyo. Me da las gracias por tenerle el chucho y afirma que estaba segura que sabría cuidarle, que se ve a la legua que soy buena persona. La veo alejarse con el carlino que sostiene el mismo paso marcial que su dueña.

No doy crédito y pienso que, además de cara de buena persona, debo tener cara de gilipollas y la señora en cuestión un morro que se lo pisa.