miércoles, 11 de abril de 2012

SAMAI CAFE


Le vi enseguida. Había amanecido lloviendo y la humedad, a esa hora, ya era asfixiante. Sin embargo, sentado frente a la ventana, parecía no sentir absolutamente nada. Su aspecto pulcro destacaba entre la mugre que cubría las paredes de aquel lugar. Un enorme aventador espantaba las moscas que pesadas insistían en posarse en el filo de cualquier vaso que encontraban en su camino.

Me senté en una mesa cercana y, mientras simulaba leer el periódico, le observé con reserva. Una edad indefinida y un físico alejado de estridencias podrían haber pasado desapercibidos en cualquier país de Europa, pero no aquí. 
Se revolvió en la silla para acomodarse de nuevo mientras, con un gesto indolente, giraba las últimas páginas del Washington Post.

El calor empezaba a marearme y los pulmones a quemarme. En nada ayudaba el aire irrespirable que esparcía las aspas de un maltrecho ventilador. Aún así, la enigmática presencia de aquel sujeto indefinido, me impedía marcharme del Samai Café.

 ¿Quién era aquel tipo que en pleno monzón era capaz de vestir pantalón y camisa de lino blanco? Mientras me preguntaba algo tan absurdo como eso, el tintineo de unas monedas sobre la barra me devolvió a la realidad. Le vi alejarse, con las manos en los bolsillos, sin acelerar el paso pese a la lluvia que empezaba a caer de nuevo y a un tráfico infernal.

Una brisa de aire cálido, asfixiante, se coló entre los flecos de plástico que cubrían la puerta. Quedaban siete días por delante para que el correo llegara de nuevo, con él la prensa y el misterioso hombre de blanco. 

3 comentarios:

  1. Sí. Por un momento me has transportado a una película llamada el El sastre de Panamá.
    Me ha gustado, Anita.
    Un beso.

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