lunes, 2 de abril de 2012

ISOFLAVONAS MON AMOUR

 
La primera vez que escuché lo de "primípara añosa”, dicho con cierto retintín, me quedé estupefacta, casi muerta. Sólo la indigna postura en la que me encontraba en ese momento, con las piernas colgando de una especie de potro mecánico, el bajo vientre al desnudo y escasamente cubierto por un sutil mantelito que en nada resguardaba mi tesoro, me impidió saltar de la camilla y agarrar por el pescuezo a la jovencísima enfermera que en aquel momento trasteaba entre dilatadores uterinos y espéculos vaginales para retarla a que eso me lo dijera en la calle. 

Así que tras digerir lo de primípara añosa, junto con unas recetitas que me entregó la impertinente señorita, me acerqué a la cafetería de la planta baja y sin rubor alguno, me colé, entre pecho y espalda, un chocolate con churros mientras la "amable" enfermera, al otro lado de la barra, caía rendida a las bondades de un yogur desnatado.

Vuelvo a estar con las piernas colgando, balancearlas mientras espero al doctor no debe ser correcto, pero lo hago. A mi espalda, el instrumental suena como siempre, mientras, una ligera corriente de aire bambolea el minúsculo pañito verde. Soy más añosa. En el techo hay una grieta que no le pega nada a esta consulta tan aséptica y moderna. 

Cruzo las manos sobre el pecho mientras espero. Pienso en lo curiosa que es nuestra vagina, nuestro útero, en definitiva, el mecanismo que nos llevamos entrepiernas y pienso que, en cuanto salga de esta consulta, maldita sea, tengo que tomarme un té con isoflavonas de soja. Así es la vida.
Mientras soplo mi taza, la señorita del uniforme amarillo, esa que desde hace años desinfecta los espéculos, merienda, al otro lado de la barra, un chocolate de esos que toman las añosas. Cosas de la vida y de las vaginas.