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viernes, 19 de diciembre de 2014

PRISIONERO DE TI MISMO



"Las traiciones durante la guerra resultan infantiles comparadas con nuestras traiciones en tiempos de paz. Los amantes, primero se muestran nerviosos y tiernos hasta que lo hacen todo añicos, porque el corazón es un órgano de fuego".



Algunas cosas hay que dejar macerarlas. El entusiasmo y la necesidad de dar rienda suelta a lo que uno lleva conteniendo dentro cuando se encuentra un resquicio por la que darle salida, casi siempre, es el paso previo a la entrada en una espiral de decepción de la que es difícil escapar cuando los rigores de la vida cierta y cotidiana azuzan para que vuelvas a la realidad. La necesidad de escapar de prisiones mentales, de arrimarse a pulsiones gratas y reconfortantes, acostumbra a edulcorar cualquier cosa que se ponga por delante, y la esperanza se deposita en lo reciente e inesperado como si fuera la llave del calabozo. Pero la precipitación apasionada, sobre todo necesitada, acostumbra a ser una mala compañera de viaje.
Decía Atticus Finch que “la única cosa que  no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”. Y aunque todo parecía sumar, cuando los primeros fuegos se apagan, llega la hora de hacer cuentas, de contar con otros con los que no se quisiera contar, y de reconocer que retorcer las circunstancias no sirvió de demasiado porque éstas tienen la consistencia del bambú y después de doblegarlas vuelven a su estado natural y se imponen por encima de lo deseado; y aquel calabozo del que se escapó como alma que lleva el demonio aparece haciendo sombras sobre la conciencia, sobre lo que eres, sobre lo que quieres y lo que esperas porque, como dice Finch, tu conciencia sigue allí, vagando en solitario, y la suma de las gracias deja de sumar y empieza el momento de las restas y de reconocer que  a medio camino de lo empezado quedó anclado lo realmente deseado, que no era otra cosa que tu propia vida y la identidad robada por la rutina y la desgana y así, sin darte cuenta, te vuelves a encontrar prisionero de ti mismo.



viernes, 9 de diciembre de 2011

UNA DE ADULTOS


Nunca me ha gustado que me supervisen, que me controlen. He puesto mi independencia, en mayor o menor medida, como bandera y la he sacado a ondear cada vez que he visto que algún barco pirata se acercaba a babor e intentaba abordar aquello tanto me costó ganarme. 

He convivido y conviviré con mis cercanos lo más que pueda, pero, incluso a esos, les tengo puesta una frontera que no les permito traspasar jamás. Existen parcela que me pertenecen, nos pertenecen, y ni tan siquiera a los más queridos dejo pasar. Es mi caso. 

No tiene nada de singular descendiendo de quienes desciendo, un hombre y una mujer que, cada uno a su manera, intentaron preservar sus espacios. 
Por eso hoy me siento mal. Coartar la libertad, la independencia del que se tienen enfrente, incluso sabiendo que es por su bien, que, sin hacerlo de esa manera, está abocado a estrellarse contra el mundo, nunca ha sido plato de mi gusto. 
Y no lo es porque, como he dicho, yo defiendo la mía a capa y espada, contra todo y contra todos. Pero a menudo nos toca tomar decisiones incómodas, molestas, pero necesarias.

Hoy he acabado con una de las parcelas de libertad e independencia de mi madre. Un gesto necesario para salvaguardarla a ella. Explicárselo ha supuesto un disgusto, principalmente para mí. 

Ser adulto y asumir determinadas responsabilidades puede ser doloroso, mucho. La necesidad de colocarnos donde nunca quisimos llegar a estar, por pura exigencia de la vida, no exime del sentimiento de traición a otro o incluso a uno mismo, aún cuando en realidad no sea así.
Intento ponerme en su lugar y me molesto conmigo misma. Ella asume y calla, y eso, mal que lo parezca, lo convierte todo en mucho más difícil.

miércoles, 31 de agosto de 2011

MIENTRAS PUEDA RECORDAR


Encontré un ejemplar de "El afinador de pianos" de Daniel Mason abandonado en la mesa de una cafetería de la kilométrica terminal 2 del aeropuerto de Singapur. Algún turista, que iba o volvía de Birmania, lo dejó a propósito sobre aquella mesa para que el siguiente que pasara por allí pudiera encontrarlo, la nota escrita en la contraportada no dejaba lugar a la duda. 
Durante las dieciséis horas que duró el vuelo de vuelta a casa, pese al cansancio, pude recrearme sin sucumbir al sueño inducido, en las infinidad de sensaciones que yo misma había vivido y que en aquel momento encontraba entre aquellas hojas.
Aún bailan en mi retina los inmensos y envolventes atardeceres de Myanmar y tengo grabado el dulce olor del franchipan.

Volveré. Y puedo hacerlo de muy diversas maneras. Hoy vuelvo a hacerlo mientra sostengo en mis manos un ejemplar de bolsillo, manoseado, vulgar, que encierra un universo espléndido que para siempre llevaré conmigo mientras la memoria no me abandone.



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"En los fugaces segundos del último recuerdo, una imagen resume Birmania: el sol y una sombrilla de mujer. Él se ha preguntado muchas veces qué visiones permanecerán: las musicales aguas del Saluén, de color café, después de una tormenta; las empalizadas de redes de pesca al amanecer; el resplandor de la cúrcuma molida; el llanto de las lianas de la selva... Durante meses las imágenes temblaron en sus retinas; unas veces llameaban y se extinguían lentamente como si fueran velas, otras luchaban para que las vieran, como las mercancías que ofrecían los insistentes vendedores en los bazares. En ocasiones pasaban sin más, como borrosos vagones de un circo ambulante; cada historia ponía a prueba la verosimilitud, no porque tuviera fallos argumentales, sino porque la naturaleza no podía permitir semejante condensación de colores sin robar nada en algún sitio, sin producir ningún vacío en otro lugar.
Pero por encima de todo eso se eleva el sol, y se derrama sobre las visiones como pintura blanca. El «bedinsaya», que interpreta los sueños en los rincones sombreados y aromáticos de los mercados, le contó una historia: el sol que sale en Birmania es diferente del que sale en el resto del mundo. Bastaba con mirar el cielo para comprobarlo; para ver cómo bañaba los caminos, llenaba las grietas y las sombras, destruía la perspectiva y las texturas... Ardía, parpadeaba, chisporroteaba; la línea del horizonte era como un daguerrotipo en llamas, sobreexpuesto y con los bordes despegados. Derretía el cielo, los banianos, el espeso aire, su aliento, su garganta y su sangre; los espejismos se acercaban por los senderos para retorcer sus manos; la piel se le resquebrajaba y caía.
El sol está colgado sobre una carretera seca. Debajo, una mujer camina bajo una sombrilla; su delgado vestido de algodón se estremece agitado por la brisa; los pies descalzos la llevan hacia los límites de la percepción.
El calor es implacable y él lo nota en las venas del cuello, como algo húmedo y cálido que se extiende. La mira, la ve aproximarse al sol. Está a punto de llamarla, pero no puede hablar.
La mujer atraviesa un espejismo, el fantasma de luz y agua que los birmanos llaman «than hlat». A su alrededor el aire tiembla, descompone su silueta, la separa, la ondula. Y entonces también ella se desvanece. Ahora sólo quedan el sol y la sombrilla".




©Fotografías AN=NA


miércoles, 6 de julio de 2011

HABLEMOS DE SEXO BAJO UN OLIVO


Que pasaría si ustedes, de golpe y porrazo, espetaran: “No cambio una juerga con mis amigas más que por una noche de sexo desenfrenado con un hombre que me haga morir de la risa”,  pues yo se lo digo, provocarían cientos de comentarios jocosos, divertidos, entorno al sexo, a las fiestas, entorno a cualquier cosa que permita hacer un poco de guasa en relación al tema. 
Lo digo con conocimiento de causa y muchos de los que leen este blog también lo saben, ellos mismos han participado en una graciosísima sarta de comentarios, en facebook, en la que en menos de 10 minutos se han colgado aproximadamente cien comentarios a la anterior afirmación. 

Para pensárselo, ¿no?  ¿Dónde está la gracia? ¿En las fiestas con la amigas? ¿En el sexo desenfrenado? ¿En el hombre divertido? ¿En hablar de sexo? Pues yo lo tengo claro, la gracia está en que nos gusta hablar de sexo y, sobre todo, nos gusta reírnos con el sexo, hablando de él y, por supuesto, disfrutando de él.

Y es que a todos, por lo general, nos gusta el sexo, el buen sexo. En mi caso, si además viene acompañado de unas buenas risas entonces ya me elevo al séptimo cielo, hago doble pirueta y canto el Hulalá. Y es que no hay nada como morirte de la risa mientras andas enzarzado en el cuerpo de otro.

Todos tenemos anécdotas de episodios sexuales absolutamente cómicos que merecen pasar a los anales de nuestra historia personal. Algunas de ellas no son destacables por habernos convertido en meteóricas máquinas sexuales, sino por otras cosas. Piensen en alguna que les haya ocurrido y les haya parecido especialmente divertida, seguro que cuando la recuerden se les pone una sonrisa de oreja a oreja.
Voy a dejar abierto este post para que cada uno deje escrita la que considere una de las anécdotas sexuales divertidas que les hayan ocurrido.

Dejo apuntado: un olivo; una luna lunera y cascabelera;  un par de cepillos de dientes; una cama flotante;  más sueño que carpeta y unas risas que se escucharon hasta en "Las Kio". Métanlo todo en una coctelera, agiten e imaginen lo más desternillante. Aún hoy, cuando lo recordamos, las risas nos desmelenan. Y es que es lo bueno de estas cosas, que no sólo las gozas en el momento sino que tiempo más tarde aún tienen más gracia. Y es lo que tiene el sexo, que si bueno es tenerlo, contarlo no le va a la zaga.

Llega la hora de las risas, dejen sus anécdotas, queda abierta la veda, y ahora no se corten.

lunes, 20 de junio de 2011

THINGS ABOUT YOU

 
Acabo de pensar que menuda estupidez es el dejar pasar determinadas cosas o personas de nuestra vida. Algo debe estar pasando por mi dura cabezota cuando, por segunda vez, en lo que va de día, me ronda la misma idea. La primera ha sido repantingada en un banco, en plena Rambla Catalunya, con la compañía de Nacho, uno de mis mejores amigos juventud y ahora vecino por cuestiones laborales, mientras hablábamos de las peripecias de un amigo común que, hace ahora un par de años, decidió hacer el hatillo ratonero, dejarlo todo (y cuando digo todo, es todo), cruzar el charco en busca de aquel que quería ser. Hoy hemos sabido de él.

Mientras descansaba mis pies de unas cuñas mortales y él descansaba la hernia discal que mata su espalda (es un gigante que carga a su espalda, más a menudo de lo que debiera, a sus dos mocosos), una pareja de adolescentes, en el banco de enfrente,  se comía a besos. 
Uno de los dos ha suspirado, no sé si ha sido él, he sido yo, o hemos sido los dos a la vez.

Y así, sin saber cómo, ni las enormes gafas de sol, ni las suyas ni las mías, nos han protegido del deslumbrante mediodía que dos chavales, que se morían el uno por el otro, que han transformado la tarde de dos trasnochados taintantos que, por pura envidia y memoria interesada, han empezado a recordar correrías de mil años atrás, cuando las horas se convertían en minutos, cuando no había un duro, cuando los trabajos más cutres servían para ser más ellos y menos los otros, cuando él se devanaba los sesos intentando conquistar a la más guapa de la facultad (y lo hizo) y ella se devanaba los sesos por intentar conquistar al más rarito que encontró en su camino (también lo hizo). Por un momento, ha salido un sol retroactivo, uno enorme, superlativo. 

En unos días volveremos a sentarnos en el mismo banco, él con la corbata floja y la espalda apretando, yo con los pies descalzos apoyados sobre los zapatos. Puede que otros adolescentes vengan a sentarse frente a nosotros, a recordarnos que nosotros también lo fuimos y que, en nuestro fuero interno, nos morimos por ser como ellos. Puede que, simplemente, nos alegremos de vernos, de saber que la vida no nos ha ido tan mal y que, con suerte, en unos días podremos sentarnos de nuevo al sol del verano, y que podremos invitar a la más guapa de la facultad y al más rarito que ella encontró por el camino para que nos acompañen, también son vecinos. Y volveremos, aunque sea por unos minutos, a ese momento que un día, sin saberlo, congelamos para el futuro.

Pd.: No he hablado de la segunda. Bueno, eso lo cuento otro día.


domingo, 21 de marzo de 2010

DO YOU THINK I'M SEXY?


¿Cuántas veces al día piensas en el sexo? le pregunta mientras están esperando en la máquina fotocopiadora. No sabe si es una pregunta trampa, así que le pide que le repita la pregunta, excusando que con el ruido que hay en ese cuarto no le oye. Él  se lo repite, ¿Cuántas veces al día piensas en el sexo?
Pone cara de asombro pues nunca pensó que Lucas, el guapo enigmático, le hiciera una pregunta como esa. Está acorralada en un cuarto de tres por tres y el calor es un poco sofocante. ¿Que cuantas veces al día piensa en el sexo? Vaya  pregunta, se dice. Sigue sin saber si tiene trampa, así que hace ver que barrunta mucho, simula un mohín de disgusto y con una ligera exclamación le pregunta si ha desayunado bien.
Sigue poniendo papeles en la ranura, continua sin mirarla directamente y  ella oye que murmura algo. Le pregunta que dice, que con el ruidito de la máquina  sigue sin oirle. Contesta que nada, que cosas suyas mientras sale del cuartucho.
Asoma la cabeza por la puerta y ve a Lucas caminar por el pasillo de vuelta a su mesa. Camina pisando fuerte, con la mirada al frente y por primera vez repara en sus hombros anchos, la considerable altura y en un culo lo suficientemente bien puesto si tiene en cuenta que ya no es ningún crio.
Algo le trastorna. Ha mirado el culo de Lucas. Debo estar muy mal, se dice a si misma. Vuelve a su mesa, sin salir de su sorpresa. De camino le entrega unos papeles que se dejó en aquel cuarto. Mientras se los da, sus manos se tocan, sus miradas se cruzan y de repente repara que, tras esas gafas, los ojos de Lucas tienen un mirar especial. Le da las gracias arrastrando las palabras y ella empieza a sentir un ligero cosquilleo que se le encarama por la columna vertebral.
Se da la vuelta y camina hacia mi mesa. Lucas. 
Mira el reloj, lleva media hora sentada en la mesa desde que existió la famosa pregunta. Estira el cuello y por encima de la mampara le observa. No está mal, nada mal. Descuelga el teléfono, marca la extensión de Clara, tiene que preguntarle que le parece Lucas. No está en su mesa. Cuelga. Mejor, eso era una estupidez.
Ahora suena su teléfono, descuelga. Dios! Es Lucas. Quiere saber si tiene listo el balance. Intenta dar una respuesta y se encuentra embrollándose sola. La lengua tropieza cuando le dice que en unos minutos se los lleva a su mesa.
Levanta nuevamente la cabeza, estira un poco más el cuello. Como siga así, antes del mediodía termina con tortícolis. Ve a Lucas desperezándose, y mientras se reclina en su sillón giratorio, adivina un impresionante pectoral que se trasluce tras su impoluta camisa blanca. Santo Dios! Empieza a hacer calor, alguien debería avisar a los de mantenimiento para que regulen el termostato de la calefacción.
Suena el teléfono de nuevo. Es Lucas. Le pide otra vez el balance. Le dice que ya va y  él contesta que no tarde. Se levanta de su mesa, se alisa la falda y siente que le sudan las manos. Camina por el pasillo, con paso firme, como si fuera una pasarela. Se está transformando en alguna clase de animal que no identifica porque camina meciendo las caderas de una manera un tanto exagerada. Llega a la mesa, Lucas la recibe con una media sonrisa burlona
Joder como está Lucas. Le pide que le aclare un dato que no consigue ver desde su posición,  indicándole con un gesto de sus dedos que se acerque. Se inclina sobre la mesa y sus cabezas casi se rozan en la búsqueda del bendito apunte fiscal. Se le empieza a entrecortar la respiración y se da cuenta que, sin saber como, se le ha desabrochado un indiscreto botón de su blusa. Es evidente que empieza a sofocarse.
Se encuentra los ojos de Lucas clavados en su escote, sólo tiene ganas de coger su cabeza y hundirla entre sus pechos. Va a ser mejor que vuelva a su sitio.
Da media vuelta y mientras recorre los escasos metros que separan su mesa de la de él, nota clavada, en toda la retaguardia, la mirada de un tipo que, hasta hace unas horas, no era más que el más enigmático de la oficina y que ahora se ha convertido en un auténtico pirómano.
Son las cinco de la tarde. Lleva más de tres horas pensando en como conseguir que Lucas vuelva al cuarto de la fotocopiadora, tirarlo sobre la máquina y destrozarla mientras se lo come vivo.
Son las seis, hora de marchar. Recoge con cuidado la mesa, alisa su falda, desabrocha, esta vez con toda la intención, el botón de su blusa y se va, contoneando las caderas, hasta la mesa del que empieza a ser "el hombre". Tiene una proposición que hacerle, cree que después de estar pensando en el sexo con Lucas durante todo el día, ha llegado el momento de pasar a la acción. Empieza a buscar una excusa mientras, a modo de disculpa avanzada, se dice: llamémosle estado de necesidad inducido por un macizo que con una pregunta la mar de tonta, acaba de provocarme un subidón que sólo él puede frenarlo. 
Lucas hoy ha jugado fuerte y se va a llevar el premio. Ella también.

Rod Steward -Do you tink I'm sexy?

viernes, 19 de febrero de 2010

ARRUMACOS "MOFETILLA MON AMOUR"


Si los viernes por la tarde recibo llamada de Berta, ya me puedo poner a temblar. 
Hoy la llamada es letal. Anita ya puedes correr, deja lo que estés haciendo, tienes que acompañarme a un sitio U.R.G.E.N.T.E.M.E.N.T.E. Me llevo las manos a la cabeza mientras hago un gesto de negación que ella no ve. De nada me va a servir excusar que tengo que apagar un fuego terrible, que he contraído la peste bubónica, que tengo que amamantar a "baby-mocosete", que tengo que ir a arbitrar una pelea entre un perro y un gato. Me voy a ahorrar la excusa y la guardaré para otro día, hoy, por el tono, sé que no va a servir de nada.  

Bajo cargada con mil trastos, a ver si se da cuenta que estaba trabajando y que, como no se trate de algo importante, va a tener que venir a ayudarme durante todo el fin de semana.  
Nos encaminamos a un centro comercial de lo más “fashion”. Dice que tiene que comprar lencería, que ha hecho limpieza de cajones y lo ha tirado “todo”, que no tiene ni unas benditas braguitas que ponerse. Algo dentro de mí me dice que hay algo que no es como me cuenta. Me oculta información, lo noto, lo siento, sobre todo porque me pide que entremos en una tienda carísima y empieza a mirar con ojos golosones un preciosísimo liguero en el que no cabríamos, ni ella ni yo, ni que estuviéramos durante 725 días en huelga de hambre. 
Algo se está yendo de madre. 
Cojo a Berta del brazo y le recuerdo que ese trocito de tela tan estupendo vale la mitad de su sueldo y que, salvo que tenga una explicación buenísima, razonable y que el destinatario de tan preciado envoltorio sea George Clooney, su compra de ropa interior no va a ir más allá de la adquisición de un par de bragas de cuello vuelto, como que me llamo Anita. Berta me mira con ojos picarones y, mientras se encoje de hombros, me dice que mañana tiene una cita. Pongo los ojos como platos, menuda novedad. Berta tiene una cita mañana. Le digo que eso no es excusa para dedicar ese dineral a la adquisición de un liguero como ese. Empieza a hacer pucheros y me dice que sí que lo vale porque esta vez se ha enamorado, pero enamorado de verdad. La miro directamente a los ojos, le hago la prueba del trole, le pongo todas las pegas del infierno y sigue en sus treces, ¡ME HE ENAMORADO!, se ha enamorado
Le pregunto quién es el “afortunado”, pues no tenía noticia de que en su vida hubiera varón novedoso. Me explica que es un amor que ha retornado del pasado, que hacía mucho que no se sentía así. Y está tan “ASÍ”, que ha dejado de comer, que ha dejado de dormir, que no puede respirar. Dice que hace siglos que nadie le dice las cosas que él le susurra al oído, que se siente morir de amor cada vez que le suena el teléfono. Y todo eso debe ser cierto porque, mientras me lo cuenta, veo en sus ojos un brillo especial, algo que hacía mucho no veía. 
Le pregunto de nuevo quién es él. Sólo consigo que me diga que no me lo puede contar en este momento. Esto empieza a ser muy raro. Llega la hora de sentarnos, me tiene agotada, el amor le rebosa por los cuatro costados y eso me causa cierta grima y espanto. Mientras pido un par de cafés, le suena el móvil, la veo ruborizarse y lanzar un meloso saludo. No puedo creer lo que oigo. Le arranco el teléfono de la mano y no puedo dar crédito a lo que veo, el destinatario de los arrumacos de “mofetilla mon amour” es Gonzalo, su ex-marido.

Definitivamente, estamos muy mal, pero así son las cosas del amor.

P.D.: Ha compardo el liguero...Gonzalo siempre me cayó bien ;-)


Rod Steward - HAve you ever seen the rain



martes, 26 de enero de 2010

EL AZUL


Camina muy rápido por el largo vestíbulo, casi a saltitos. Un anuncio por megafonía. No hay tiempo. Baja corriendo las escaleras mecánicas acompañada de un taconeo firme. Empieza a rodar. Por la ventana, el azul. Velocidad 350 kilómetros hora.
Próximo destino: ¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?