viernes, 9 de diciembre de 2011

UNA DE ADULTOS


Nunca me ha gustado que me supervisen, que me controlen. He puesto mi independencia, en mayor o menor medida, como bandera y la he sacado a ondear cada vez que he visto que algún barco pirata se acercaba a babor e intentaba abordar aquello tanto me costó ganarme. 

He convivido y conviviré con mis cercanos lo más que pueda, pero, incluso a esos, les tengo puesta una frontera que no les permito traspasar jamás. Existen parcela que me pertenecen, nos pertenecen, y ni tan siquiera a los más queridos dejo pasar. Es mi caso. 

No tiene nada de singular descendiendo de quienes desciendo, un hombre y una mujer que, cada uno a su manera, intentaron preservar sus espacios. 
Por eso hoy me siento mal. Coartar la libertad, la independencia del que se tienen enfrente, incluso sabiendo que es por su bien, que, sin hacerlo de esa manera, está abocado a estrellarse contra el mundo, nunca ha sido plato de mi gusto. 
Y no lo es porque, como he dicho, yo defiendo la mía a capa y espada, contra todo y contra todos. Pero a menudo nos toca tomar decisiones incómodas, molestas, pero necesarias.

Hoy he acabado con una de las parcelas de libertad e independencia de mi madre. Un gesto necesario para salvaguardarla a ella. Explicárselo ha supuesto un disgusto, principalmente para mí. 

Ser adulto y asumir determinadas responsabilidades puede ser doloroso, mucho. La necesidad de colocarnos donde nunca quisimos llegar a estar, por pura exigencia de la vida, no exime del sentimiento de traición a otro o incluso a uno mismo, aún cuando en realidad no sea así.
Intento ponerme en su lugar y me molesto conmigo misma. Ella asume y calla, y eso, mal que lo parezca, lo convierte todo en mucho más difícil.