Existen temporadas en las que ocurren tantas cosas que la
consecuencia es una especie de bloqueo que malbarata la posibilidad de ordenar
las ideas de una manera rápida y coherente pero no por eso debemos dejar de hacer el esfuerzo de pensar y calibrar. La situación está complicada. Mientras
preparamos el café del desayuno me pregunta qué haremos mañana que es fiesta.
Podemos ir a pasar el día al campo, llamar a algunos amigos y marcarnos una
barbacoa ahora que aun hace buen tiempo, dice. Mañana, 11 de septiembre, es ese mañana que
para algunos, como nosotros, solo es un festivo laboral como cualquier otro;
mientras que para otros va a ser un día de afán patriótico y nacionalista; un
día para sacar bandera, el pecho secesionista y supremacista de los que se
creen por encima de cualquiera, por encima de la ley, del Estado de Derecho,
incluso de la solidaridad con sus vecinos de puerta y que se apropiaron hace ya mucho de los símbolos y de la calle. Por eso mañana ha dejado
de ser fiesta para ser solo un festivo en el que cabe la posibilidad de que si
te paseas por el centro, o te da por comentar que la independencia es una
barbaridad antidemocrática (se mire por donde se mire), construida sobre un
sentimiento y un montón de mentiras interesadas, puede pasar que alguien venga
y te parta la cara, o te queme el coche, o te rompa los escaparate de tu
comercio o, menos doloroso, te retire la palabra porque tú no eres ni piensas
como ellos. Y puede que aunque ellos no te la partan directamente, ni hagan
nada de lo anterior, legitimen y justifiquen de una manera asombrosa y sectaria a otros
que lo harán en su nombre y en nombre de un Estado inexistente que pretende nacer bajo el
yugo de la falta de democracia, la corrupción y el odio a su vecino. Las cosas están así. Por eso mañana, puede que
hagamos una barbacoa o puede que nos quedemos en casa leyendo, enfilando los últimos escritos para entregar, o arreglando los
armarios; y así pasemos el día, esperando que pase y que el bucle en el que han entrado
algunos no nos lleve a la desgracia de tener que lamentar no solo la pérdida de
la democracia, sino incluso temer por la integridad física, o incluso propia
vida. De hecho, la muerte civil
ya nos la han vaticinado a muchos, a la mayoría diría yo.
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domingo, 10 de septiembre de 2017
miércoles, 8 de junio de 2016
PASAPALABRA
Una oleada de pánico le trajo el alivio de lo conocido.
Patricia Highsmith
Trabajaba en aquella casa desde hacía más de diez años. Una
vez más la encontró sobre la cama, dormida, casi muerta si fuera por la postura en la que se encontraba. Tenía el torso desnudo y el pecho, con cada inspiración, flojeaba como si fuera de gelatina. Sobre la mesilla de
noche encontró las medidas desmayadas, un vaso vacío y el envase de los
tranquilizantes. Cerró la puerta procurando no hacer ruido y se fue hacia el
salón. La señora dormiría un durante un par de horas más, así que se tumbó en el sofá, cruzó las piernas sobre el reposabrazos y encendió el televisor. Con suerte aun
llegaba a tiempo para el concurso de las diez. Encendió un cigarrillo, colocó
el cenicero sobre el abdomen y en voz baja deletreó cada una de las letras que
aparecían en la pantalla mientras intentaba descubrir la palabra que se escondía en aquella ruleta. Le entró hambre y miró
el reloj. Tendría que esperar un poco más, a la Señora le gustaba que tomaran
juntas el primer café de la mañana, primero de ella, porque Maggie a esa hora ya
llevaba más de dos y más de tres cafés en el cuerpo. El presentador
deletreaba la palabra completada y unos
aplausos metálicos rellenaban el entusiasmo de un plató que a buen seguro
estaba vacío, como la habitación del fondo. Pensó que debería llamar al señor, decirle que
la señora andaba peor que mal. Pero aunque sabía que era lo que debía hacer, aquella
mujer le gustaba quizá por eso no le costaba guardarle las
confidencias y le escondía lo que llamaba “travesuras de la edad madura”,
porque aunque a ella la había contratado el Señor, cuando aún era el Señor de
aquella casa, la única que seguía allí era ella. Pero aquella mujer, que a
veces parecía más loca que cuerda, siempre la había tratado bien y, en el
fondo, hasta le gustaba. Escuchó un murmullo, levantó la cabeza, pero la puerta
continuaba cerrada. El resuello de las noches turbias se cuela por cualquier resquicio. Imaginó la ropa retirada de la cama, el cabello que colgaba
sobre la almohada y las bragas viejas que se ponía para dormir. Se humedeció.
Se desabrochó los primeros botones de la bata y se acarició el pecho pasando la
mano bajo el sostén. Entre las risas enlatadas del televisor le llegaba el
rumor de la respiración confusa de aquella la mujer blanda que dormía a unos
cuantos pasos. Dio una nueva calada y bajó la mano hasta el interior de sus
bragas. Con la próxima paga pensaba comprárselas nuevas, las que tenía le
rozaban las ingles y le atrapaban la mano de mala manera. Quedaban dos vocales
y una consonante para terminar. Un reguero acuoso quedó en la tapicería del
sofá. ¡Maldita sea! Ahora tendría que limpiarlo también antes del desayuno.
jueves, 26 de marzo de 2015
DE LA CÓLERA
Suspiró, abrumado por los niveles de imbecilidad que padecía el mundo.
Estos últimos días han sido un
poco descorazonadores y lo de “un poco” podría entenderse como un eufemismo de lo negro y de la infecta realidad que nos ha golpeado. El azar juega a
gastar bromas macabras y mientras los noticiarios anunciaban la caída de un
avión que se ha llevado por delante la vida de ciento cincuenta personas. El
teléfono nos arranca el confort y todo se convierte en un sobresalto, en una
angustia irresoluble y, después del miedo y la estupefacción, algo parecido al rencor
empieza a cocinarse por dentro. Quiero pensar que, como todo, el tiempo lo
atemperará, pero ya no lo sé. Algunas personas no merecen vivir. De eso creo
estar segura.
viernes, 6 de febrero de 2015
SUAVE ES LA NOCHE
La misión del artista es examinar las fronteras de la conciencia.
Si tuviera que darle las gracias
no sé si debería hacerlo por haber despertado mis ganas de volver a dibujar, o
por haber conseguido que odiara el sexo vertical. La fractura de una vértebra,
que se ha convertido en la muesca que mi cuerpo guarda de aquella relación tan
primitiva, marca el ritmo de las estaciones, una cadencia que ha perdido los
tempos. Ya no existe la primavera, ni el
otoño, solo nos queda lo extremo y de eso soy consciente desde entonces, desde
que los juegos a cuatro manos, dos lenguas y una escasa media hora dejaron su
tarjeta de visita en forma de dolor
lumbar estacional.
Escoger el subterráneo que comunica
las dos bandas de la Gran Vía como escenario de nuestros escarceos rozaba lo
infantil, lo escatológico y lo ridículamente gimnástico. Mientras su boca se
afanaba en jugar buscando la mía, el olor a orín se colaba por todas partes, y
aquel olor dulzón que por lo general desprendía su piel desaparecía sin que mi
nariz, que buscaba entre su pelo, entre su clavícula, por detrás de sus orejas,
encontrara el más mínimo rastro aun sabiendo que ahí debía estar, porque lo
sabía, lo conocía, lo quería y lo necesitaba. El tufo reptaba por su cuerpo,
por el mío, hasta provocarme una arcada
violenta que nos llevó al suelo, con la falda desmadejada y la espalda tocada
para siempre. Fue una locura transitoria, grandiosa, que dejó su huella: una
profunda aversión a la verticalidad amorosa y a cruzar cualquier paso ciego sin
el salvoconducto de unas manos sosteniéndome en la oscuridad.
De eso hace más de tres años y
desde entonces las cosas fluctúan con intermitencia y así ya están bien. Sé que
tarde o temprano volverá a aparecer y sé, también, que es cuestión de añadir a
la fuerza física del que puede sostenerlo todo en volandas, algo de cabeza para
que las acrobacias no sean mortales. A veces, pese a su mala fama, la horizontalidad
no es tan mala cosa.
Y todo eso acude sin pensar, mientras
termino los cuatro apuntes que le enviaré a su estudio, como siempre; bebo una
copa de vino blanco, restos de una anterior batalla, y porque siento punzada que
avisa del frío que vuelve. Pero algo pasa por ahí, pues la tarde se arrastra entre
recuerdos que se muestran como posibles mañanas y los avisos llegan por el final
de la columna. En la otra punta de la ciudad se escribe un futuro de promiscuidad
genuina que busca más allá del simple sexo. Seguimos desperdigados, en contacto vertebral, un poco
locos, un poco enfermos, y un poco reticentes a perder, por ahí, la fatalidad de la
suave noche.
martes, 25 de junio de 2013
MINIMALISMOS XXX
Donde no hay vino no hay amor
Contigo fue una cata a ciegas.
No puedo decir que me equivocara. Y si lo hice, no lo recuerdo y ahí queda, de nuevo, a beneficio de inventario.
domingo, 24 de junio de 2012
NO ERA UN ABIES ALBA
Espero una llamada y como la impaciencia me puede, decido bajar a la calle. Una vuelta a la manzana dejando el reloj sobre la mesa y ya veremos qué pasa. Cuando tenga que ser, será. No porque yo ande esperando y mirándome la muñeca, el tiempo pasará más rápido.
Tengo hambre y me doy cuenta que llevo un día entero sin comer. Ayer me salté el almuerzo por obligación y la cena ya no cabía. Así que, llegado el mediodía de nuevo, siento el pellizco del apetito. No debo estar tan mal. Cuando uno piensa en que debería comer es que aún queda esperanza y lo que menos importa, en ese preciso instante, es la velocidad de la sangre o si mañana, o pasado, no llega.
Entro dispuesta a tomar una ensalada y algo un poco más contundente que aplaque lo que ha dejado de ser un pellizco y comienza a ser verdadera ansiedad por probar bocado, por sentarme y estirar las piernas simulando conservar puestos los zapatos mientras, primero uno, y después el otro, bailan colgados de la punta de los dedos de mis pies y los tacones, sufridores del empeño en llevar la corriente, bambolean al ritmo de la Krall.
A veces olvido que escaparse es de los pocos placeres que aún no están prohibidos y que hacerlo, cuando todo el mundo espera que estés a su disposición, casi siempre multiplica esa deliciosa sensación. Y debe ser por eso que, durante una hora, mientras nadie entra en este estupendo establecimiento, presidido por un gigantesco árbol ficus y un delicioso aroma a chocolate de Madagascar, escribo una nota que rompo nada más terminar, y releo algunos párrafos que marqué en la última novela que trasporto en el bolso.
Pago la cuenta, y el roce del cuero en el empeine me recuerda que soy de carne y hueso, que me equivoco, mucho, y que he terminado alterando el orden de mis prioridades de un modo absolutamente erróneo.
Vuelvo y ya no importa, ni el reloj, ni la llamada, ni la velocidad. Ya no importa nada y me siento bien.
******
"Cuando una sociedad ya no sabe qué propósitos tiene, cuando ya no la rige la lucha por el alimento y la seguridad, todo cuanto queda es la vida privada. Y cuando no existe un objetivo superior, en lo más hondo de nuestro ser todos somos anarquistas, así que nos acostamos unos con otros.
<<Dios mío>>, se dijo, <<qué fraude son todas las ideas...¡Lo único que todo el mundo quiere es amor!>>".
<<Dios mío>>, se dijo, <<qué fraude son todas las ideas...¡Lo único que todo el mundo quiere es amor!>>".
[Diana Krall] I Miss You So. -
domingo, 8 de agosto de 2010
AHORA QUE TODO VUELVE (Miquel Martí i Pol)
el silencio y la espera,
las palabras que hemos guardado en lugar seguro
todo este julio de viento y nostalgia.
Ahora que todo vuelve: la tibieza del cuerpo
aquietado y dócil bajo las manos amantes
y aquel perderse en las tardes tranquilas,
bosque adentro, por el tapiz crujiente de hojas de pino,
¿no es su valor este esfuerzo cálido y el quererse
con certeza a solas, la dura
voluntad de permanecer, presente
ausente a la vez,
sin pensar que el tiempo es un vacío sin límites?
Mujer: nada me cuesta decir tu nombre,
aunque estés lejos. Lo escribo en las piedras y el agua,
en la sombra acogedora de los árboles a la vera del río
y en el comedor de casa. Sé que oirás
mis palabras, porque llevas en las manos
el signo de un tiempo nuevo, y has crecido en la esperanza
de que alguien lo aceptara sin hacerte preguntas.
© Fotografía: naq
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