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miércoles, 8 de mayo de 2024

VELEROS



En una escuela de Barcelona, los alumnos de la ESO, están construyendo un velero. Lo hacen en clase. Es un proyecto de formación al que se han lanzado en plancha. Alguien podrá pensar que es una cosa pijísima que solo puede llevarse a cabo en colegios muy determinados, pero no es así. El caso es que la idea no es nueva, sino que viene importada de Francia, nuestro vecino de al lado. El proyecto Harbor, que es el origen de todo, nació en París. Allí se gestó este proyecto, donde se involucra a colectivos en riesgo de exclusión social para llevarlo a cabo. Los número dicen que llevan botados varios cientos de veleros. Pero, vuelvo a los alumnos, de entre 15 y 16 años, que viven con ilusión desmedida la creación de algo que para ellos es distinto, algo que le obliga a pensar, a utilizar sus manos para lijar, ensamblar, etc. Que les pone en evidencia y frente a la realidad de que trabajando en grupo se trabaja más y mejor. Unidos somos capaces de cosas increíbles, que colaborar mano a mano, sin imponerse unos a otros, siempre reporta un beneficio al fin común. Es una enseñanza grandísima, quizá de las mejores que obtendrán en estos tiempos de sombras, Individualismo y artificialidad. Necesitamos llenarlo todo de veleros, o de carros, o de lo que sea en lo que se precise la colaboración de las personas. Da igual si son veleros o son otra cosa, lo que importa es moverse para que algo empiece a cambiar. Y vuelvo. Alguien pensará que es un proyecto que necesita de un dinero que las escuelas públicas no se pueden permitir. No puedo estar más en desacuerdo. Los recursos son muchos y suficientes. La cuestión está en su racionalización, en utilizarlos para las cosas que realmente importan y dejar de tirar por el desagüe, o lo que es lo mismo, que se deje de robar al ciudadano con corrupciones y malversaciones a la que parece que la ciudadanía ya nos hemos acostumbrado. Y lo de los veleros, los carros, o lo que sea, no son más que el símbolo de que cuando se ponen medios y ganas somos capaces de unirnos para sacar adelante los proyectos incluso más locos. Les estamos ofreciendo mierda a los jóvenes pero es en ellos donde reside aún la grandeza del ser humano. Juntos somos más fuertes, más listos, más eficaces y más humanos. Trabajar codo con codo, en lo bueno y en lo malo, nos hace conocer a los demás y a nosotros mismos. Ojalá llegue un día en que los veleros lo llenen todo.



domingo, 25 de julio de 2021

JULIO EN LA NIEVE


 

Para aliviar el calor imagino un día de invierno. Nos hemos quedado sin electricidad. Dicen que un hidroavión tiene la culpa, aunque si se intenta ir un poco más allá, puede que la culpa no sea de un accidente casual sino producto de una mala política en materia de energía. Pero hace calor, demasiado, y los frentes abiertos son tantos que puede que lo mejor sea olvidarse de las macro decisiones que adoptan otros, y pasar las horas esperando que corra un poco de aire natural que refresque el ambiente pese a los aerosoles y la polución. Un soplo de aire sucio que se recibe con la alegría del que sabe que a poco más puede aspirar. Y aquí, sin televisor, sin aire acondicionado, sin internet, queda el consuelo del papel que permite viajar a la Patagonia o a Finlandia con la esperanza de olvidar el ochenta por ciento de humedad relativa que resbala por la espalda hasta perderse en la soledad de un amor desvencijado. Opto por  abanicarme con un suplemento dominical con fecha del mes de enero. La canícula se esparce arriba y abajo, desmayada. Recuerdo que la última vez que le abracé el frío me abrió las yemas de los dedos y el aire olía a ceniza. Pero ahora hace calor, mucho calor, y el cuerpo ansía agua fría, una ducha interminable y un negroni con mucho hielo mientras vuelve la luz.




domingo, 28 de marzo de 2021

GASOLINA

 



Necesitas un poco de gasolina. Lo notas. Es primavera y puede que sea cosa de la astenia, aunque seguramente no. La monotonía se ha multiplicado por dos en el último año y anestesiarla cuesta. Bicheas por internet un rato, lees un par de artículos y te aburres. Miras las redes y Rociito, con su historia, las llena de principio a fin. Cierras el portátil. Sales a regar las plantas como premio de consolación y de fondo se escucha una televisión. Le pides a Alexa que suba el volumen y el patio se llena de primavera. Suena una notificación. Es un correo, en domingo, una maldición seguro. Te invitan formalmente a que aportes tu opinión sobre el tema de moda, obviamente, de manera gratuita. Su negocio está en que tú les llenes las páginas gratis mientras ellos accionan la manivela de la publicidad. Pasas. Remites una contestación breve y a otra cosa mariposa. Y no es solo porque te parece un abuso, que lo es, sino también porque hay que resistirse a desgastarse con quienes creen que verdad solo hay una y que frente a ella no cabe contradicción. Juzgar a la moda es remover los chismes hasta que huelen y hacer un auto de fe de la opinión de cualquiera que convenga. Pero con las opiniones pasa como con los culos, todos tenemos una y valen menos que cero cuando no se conocen las circunstancias concretas de las cosas. La especulación queda para el que la quiera y tú no tienes ni tiempo, ni ganas. Es primavera. Pasas la tarde mariposeando por casa, sabiendo que mañana te arrepentirás de la falta de voluntad, de la tendencia a la procrastinación y de lo mucho que te gusta ver películas antiguas. Buscas algo, consensuas y te tumbas pensando que mañana será otro día y que penarás la vagancia que te acompaña. Abres la ventana para que pase un poco de aire fresco. Cantan gol y la cierras. Mañana volverás a regar las plantas. Es lo que hay.



domingo, 21 de junio de 2020

Y PASA UN AVIÓN





«Durante todos aquellos meses, había tratado de no pensar en la enorme y vacía distancia entre los dos; y ahora, esa voz lejana le hacía saber que no había pensado en otra cosa».

El permiso maravilloso. Dorothy Parker








El horizonte de un tiempo tranquilo se emborronó hace semanas y ahora toca pasarlo como se pueda. Tapándose los oídos y la nariz para que el tufo no nos emborrache de malestar. Sería deseable poder  poner el contador a cero, hacer desaparecer este año nefasto y empezar de nuevo. Puede que con un encuentro al que abordar con un “Hola. Me alegra volver a verte” que desande las cientos de horas que hace que te alejaste por cansancio, por necesidad, por instinto de supervivencia. Borrar para poder empezar de nuevo. Para permitirse el lujo de reconocer errores, sin temor a tener que quedar exhausto. Para permitirse presumir de los aciertos que quedaron colgados del hilo del silencio. La vida, a veces, es así. 
Miro a lo lejos, desde aquí no se alcanza a ver el mar. El Mediterráneo corre paralelo a esta ventana y la mirada, esclava de lo próximo, busca el recuerdo del pasado sin que alcance a distinguir el temblor del aire caliente sobre el agua del mar. Desde aquí todo es distinto, aunque todo sigue siendo igual. Desandar para andar y que el poder del mar limpie, aunque solo sea por unos instantes, la desazón y el abatimiento que, sin quererlos, se han instalado al socaire de la maldita toxicidad.




viernes, 20 de marzo de 2020

PRIMAVERA





Sin darnos cuenta, entre el rumor del temor que nos rodea, ha llegado la primavera.  En otro momento, algo tan sencillo como un cambio de estación nos parecería irrelevante pero ahora, cuando solo podemos verla desde la ventana, no debemos dejarla pasar sin rendirnos, aunque sea un poco, a la necesidad de dar importancia a las cosas pequeñas, incluso circunstanciales. 
Ha llegado la primavera y con ella la imprescindible necesidad de pensar que todo esto pasará y que las cosas irán bien. Colocarse en lo positivo es obligado. No podemos dejarnos vencer por la tristeza, por la sensación de que todo es un inmenso desastre. Tenemos el deber de facilitar la vida a los que nos rodean y a nosotros mismos. 
Esta mañana he tenido que salir a trabajar. Blindada con guantes y mascarilla, he bajado al anden del metro temiendo por el riesgo que corría entrando en un vagón en el virus campa a su aire que, aunque nadie lo ve, todos sabemos que está ahí. Pero no temo por mí, temo por otros, por los míos. Es un temor que no nace de la bondad, sino de la incapacidad mal llevada de no controlar lo que no está en mis manos y del miedo al sufrimiento de los que quiero. Y pensando en eso, en lo lejos que parecen algunas cosas, en la fragilidad del ser humano, he atravesado la ciudad, observando el gesto grave de mis compañeros de trayecto. Nadie habla. El silencio impresiona. La gravedad se ha instalado en nuestro día a día y nos va a tocar vivir con ella, junto al olor a hidro-alcohol y a las miradas perdidas de nuestros vecinos. 
Pero ha llegado la primavera y eso, al menos hoy, es un regalo del que conviene disfrutar, aunque sea a través del cristal de las ventanas de nuestras casas. Esas que a ratos nos aíslan y a ratos, aunque parezca extraño, nos unen con los que, como nosotros, esperamos que todo esto pase pronto y podamos volver a nuestras rutinas, a nuestras calles, a nuestra vida. 







domingo, 12 de enero de 2020

EL VENTILADOR


Las personas no son capaces de decirse nada unas a otras, más sí de contarse todo.

Bernard Von Bretano





Sonó el teléfono y empezó a buscarlo por todas partes sin encontrarlo. La noche anterior lo había dejado en la cocina y allí seguía. Sonaba con fuerza, y después de rebuscar en el bolso, por debajo de los cojines del sofá, fue hacia la cocina, pero no llegó a tiempo. Detuvo la carrerilla. No esperaba la llamada de nadie, solo eran las ocho de la mañana y además domingo. Pero un instante después, deshaciendo ya sus pasos, volvió a sonar con la misma insistencia. Regreso sobre sus pasos, sintiendo el frío de las baldosas bajos sus pies y al descolgar la llamada se cortó de nuevo. No reconoció el número, intentó devolver la llamada y al marcarlo salto el irritante mensaje de no pertenecer a ningún abonado. ¡Qué tontería!, exclamó. De alguien sería si había llamado. Volvió a sonar mientras aun sostenía el teléfono entre las manos.

Diga —contestó resoplando.
—Hola ¿Adivina quién soy?

La llamada se cortó de nuevo. Maldijo en voz baja la mala cobertura y su mala cabeza. No era capaz de acertar a quién pertenecía aquella voz que quería ser adivinada y a la que era incapaz de poner nombre. Se sentó en la cocina, con un pálpito extraño, estuvo esperado pero el teléfono no volvió a sonar y el mismo número al que no podía rellamar. Quería descubrir a qué venía aquella insistencia por contactar y el desinterés una vez había escuchado su voz. Quizá fue solo un error que una vez comprobado ya había perdido interés. Quizá solo fuera un comercial en horas extras.
Se preparó un café más largo de lo habitual, comprobó el nivel de batería, llamó a su propio buzón de voz por si aquella voz misteriosa había decidido dejar un mensaje. Nada.
Sobre las diez, el teléfono sonó de nuevo con idéntico resultado. Una llamada finalizada y ningún número concreto a la que devolverla. Miró por la ventana intentando adivinar quién podía ser aquel que  tanto interés tenía en que adivinara quién era. Sin darse cuenta se le fue la mañana. Suspiró. Se insistió en que las primeras llamadas habían sido un error y la siguiente solo una mera casualidad, Pero ella, con tanta imaginación como años, se había quedado colgada de aquel traspié y aquello solo podía ser así a medias.
Se puso el abrigo, el teléfono en el bolsillo y bajó por la escalera para darse una vuelta. Caminó despacio, fijándose en los portales, en las de cortinas descorridas detrás de las que se adivinaban vidas tan corrientes como la suya. El traqueteo del tranvía le hizo detener el paso, tocó el bolsillo y sintió el bulto del aparato, mudo, casi muerto. La lluvia empezó a teñir las aceras de gris oscuro. 
Volvió sobre sus pasos. Desde su lado, parada frente al semáforo en ámbar, podía atisbar el rasto del pasado, reflejado en el agua que empezaba a anegar la calle.



domingo, 15 de septiembre de 2019

SILENCIO Y RESPETO




Recuerdo incluso lo que no quiero.Olvidar no puedo lo que quiero.





A las personas normales nos cuesta pensar que alguien en su sano juicio sea capaz de hacer determinadas cosas. Se nos escapa que un adulto pueda acabar con la vida de un niño de una manera intencionada y mucho menos violenta. Por eso, cuando nos enteramos por las noticias de una situación tan terrible como lo es la muerte violenta de quien aun no ha tenido tiempo de aprender siquiera a multiplicar, algo se nos remueve por dentro. Y con ese estómago revuelto, seguimos a lo nuestro, dejando para la familia, y los más cercanos, la congoja y el dolor, la desazón y la creencia de que una situación tan tremenda es imposible de superar en la vida, y posiblemente así sea. 
El duelo por la muerte de un ser querido, sobre todo de un niño, siempre requiere intimidad, recogimiento, y cuando es en una situación tan tremenda como un homicidio o un asesinato, más todavía. La investigación y del enjuiciamiento de este tipo de atrocidades no precisa de exposiciones a la galería, ni de juegos de luces y pirotécnica, necesita de rigurosidad, de calma,  de profesionalidad y mantenerse alejado de las bambalinas.
Pero en todos estos temas hay siempre una rebaba de morbo que se expande entre la curiosidad enfermiza de la gente. Por eso, aun siendo una absoluta indecencia, desde algunos medios de comunicación se hurga y se vende la miseria y el dolor, alimentando, de esa manera, la epidemia de la malsana curiosidad de la que algunos no se quieren privar.
Esta semana empezó el juicio por la muerte violenta de un niño. La autora ha reconocido haberle dado muerte. Hasta aquí, y no más, es todo lo que necesitamos saber (si realmente lo necesitamos), los que nada tenemos que ver ni con el niño, ni con la autora de la muerte, ni con la familia de uno, ni con la familia de la otra.
Por eso, que los medios de información, día sí y día también, se recreen en las circunstancias en que se dio muerte a un niño, dice bastante poco de ellos. La sociedad tiene que saber, pero no tiene porque saberlo todo. Hay detalles y circunstancias que pertenecen a la familia, a los Jueces, a los Fiscales y a aquellos que intervienen en la investigación y enjuiciamiento de unos hechos semejantes. Los demás sobramos.
Y sobramos porque el menor, aun muerto, tiene derecho a que se le respete en su intimidad, en su imagen e incluso en su honor. Y la familia, doliente de unos hechos tan dramáticos como es la perdida de un hijo de un modo violento, merece sosiego, respeto y el derecho a que la imagen y el recuerdo de su hijo quede preservada de la chacinería barata de la que, de una manera nada inocente, se le priva. Y necesita que la Justicia caiga con todo el peso de la ley sobre quien es capaz de cometer un hecho tan deleznable. El resto, silencio y respeto.







martes, 23 de febrero de 2016

CRISANTEMOS




Nuestras vidas realmente no nos pertenecen, pertenecen al mundo, y a pesar de nuestros esfuerzos  por darle un sentido a éste, el mundo es un lugar que va más allá de nuestro entendimiento.
Paul Auster




Decía Cioran que “La idea de felicidad es inseparable de la de jardín”. Podría incorporarla a mi vida, reduciéndola a los contornos de un jarrón, y no sentirla extraña. A mi vera, un ramillete de crisantemos blancos que acostumbra a ocupar parte de mi mesa. Las flores alejan los malos pensamientos, devolviendo la mesura y cierta tranquilidad cuando se enturbia el ánimo. 
Existen muchas maneras de dar una noticia, de arrancarse la ponzoña, de buscar el consuelo. La tecnología no ha hecho más que allanar el camino para hacerlo. Encender la pantalla, abrir un programa, escribir cuatro letras y darle al enviar para descargar la pena infinita y la desesperación; para intentar aliviar lo que poco alivio tiene porque el vacío ha llegado sin que nadie le llamara. Ante eso poco margen queda. Al otro lado, el destinatario que hasta entonces vivía en la inopia más absoluta, pasa a convertirse en un eslabón de la cadena de la desazón. Cuando las leyes de la naturaleza se quebrantan para llevarse antes de hora a un hijo, no hay consuelo posible aunque uno lo busque abriendo el dolor. Por eso los teléfonos pesan, pesa el ánimo, pesa la vida. La asepsia profesional es imposible cuando alguien aboca tremenda sinrazón.
Miro las flores que flanquean las carpetas que se amontonan en mi mesa y, poco a poco, sin dejar de pensar en que la desesperación son dos manos escavando al centro del corazón, retiro las primeras hojas mustias que se presentan en estas primeras horas de la tarde. 
Pienso en la mediana felicidad, en la angustia de saber que el infortunio anda agazapado detrás de cualquier esquina, y en que cualquier monstruo puede pisotear el jardín que tanto cuidaste.


domingo, 21 de junio de 2015

VERANO




<<Tornarem a la perduda intimitat
i als vells llibres de sempre,
com qui torna de nou a la casa del pare,
una mica menys purs
però qui sap si una mica més dòcils al missatge>>

Miquel Martí i Pol



Ya es oficial, ha empezado al verano. Los fines de semana, antes de que el asfalto se convierta en algo pastoso, la ciudad se desplaza hacia el sur para sobrellevar el calor acuoso que trae consigo el final del mes de junio y la calima mediterránea. Nos disfrazamos con chanclas de goma, bermudas y con caftanes de algo que simula ser seda de Madrás, nos vamos a la playa. Atravesamos la ciudad de norte a sur, de oeste a este y al final desembocamos entre la marea humana que transita entre el Port Vell y la urbanita Mar bella. Más bella que nunca y más mar que otras veces. La Barceloneta se convierte en el punto de encuentro entre los que acaban de levantarse y los que están a punto de acostarse porque la arena se convierte en tumbona para muchos y en cama improvisada para otros tantos; en el punto de encuentro de lenguas diversas y en la mezcla sabrosona de mojitos y sangrías de garrafón que parecen llegados de Agra o de Jaipur. Barcelona, en verano, es como un encuentro de las Naciones Unidas y su mar, un jacuzzi venerado y venerable en el que lo mismo cabe una anciana relumbrona de la calle Almirall Aixada, que un ingeniero despistado de Letonia, que un estudiante casi albino de Liverpool, que una señora de Berga en plena explosión de silicona.

Y aunque el sol calienta a rabiar, corre una brisa deliciosa. Hoy más de uno, más de dos y más de tres, se llevará en la piel las huellas de un domingo abrasador y el recuerdo de un mar, por suerte, limpio, más que agradable, como si los encargados de los chiringuitos fueran aderezándolo con unos cuantos hielos para que se mantenga fresco mientras vamos llegando los rezagados del día.
Sestear a la orilla del mar, cada uno en lo suyo o en la bendita comandita de la buena compañía, en una  playa que a veces es nuestra y otras veces no. Porque Barcelona es así, todo te lo da y todo te lo quita.






sábado, 16 de mayo de 2015

BARCINO


Res no es mesquí, nii cap hora és isarda, ni és fosca la ventura de la ni,
 i la rosada és clara. Que el sol surt is’ullprèn i té delit del bany que emmiralla el llit de tota cosa feta
                                                                                                                                                                                            
                                                                                                                                                            J. S. Papasseit


Barcelona es una ciudad que no existe, es un fantasma que se remueve a orillas del mar. Dejó de existir el día que murió de éxito convirtiéndose en la meta volante de miles de turistas que esperan encontrar entre sus calles, entre sus gentes, lo más vanguardista, moderno y de diseño que exista en el momento. Pero la ciudad se envenenó de sí misma y empezó a disfrazarse de lo que nunca fue, empezó a descuidar a los que habitan en ella. Levantó la alfombra y escondió debajo de ella parte de lo que era, para convertirla en un escaparate irreal. Y así, entre bambalinas de modernidad, se empezó a descuidar a su gente y a pensar más en los visitantes que dejan los doblones de oro que uno nunca sabe a dónde van a parar.

Pero intoxicados de nosotros mismos, como los enamorados que se vuelven sordos, ciegos, incluso mudos, frente a las dolorosas fatalidades que el administra el ser amado, sobrevivimos como podemos. Las cosas pequeñas, aquellas en las que el visitante apenas repara, son su ruina patrimonial. Calles sucias, transportes que sin motivo aparente transforman los traslados cortos en una verdadera odisea, esquinas que se convierten en la única morada posible, con una fiscalidad asfixiante y un sinfín de penalidades más, son los rasgos que empiezan a caracterizar la vida en la antigua Barcino. Escaparate triste por el que se asoma aquel antiguo burgués que se vanagloria de lo que algún día fue y ya nada queda. Pero los habitantes de esta ciudad, pese a todo, seguimos enamorados de ella y aunque nos lamentamos ciento y una mil veces de la maldita gestión que unos y otros hacen de nuestra vida urbanita, pocos renunciaríamos a levantarnos a diario en esta ciudad brumosa, en la que un día caminas encogido para que la humedad no te carcoma los huesos y al siguiente estarías dispuesto a convertir cualquier fuente cochambrosa en un improvisado jacuzzi para evitar el bochorno infernal, si no fuera porque sabes que acabarían sacándote de ella a palos. Una ciudad de atardeceres violetas frente al Mediterráneo a la que pese a todo, como el tonto enamorado, acabas sucumbiendo mil veces.





miércoles, 8 de abril de 2015

EJEMPLARIDAD O COMO TIRAR DE LA CADENA DEL WC SIN HACER RUIDO


A menudo los grandes son desconocidos o peor, mal conocidos.
Thomas Carlyle


Cada uno se busca las habichuelas como puede. Cada uno merece o desmerece lo que hace en función de la profesionalidad, el oficio, las ganas y la maestría que tiene. Y es evidente que algunos, en esa voluntad por destacar o simplemente por sobrevivir, son capaces de cualquier cosa, arrasen con lo que arrasen. No les duelen prendas en asumir las rienda de una concejalía municipal, adentrarse en una casa vigilada por el ojo de los telespectadores que todo lo ve o, incluso, escribir un libro.




Está claro que el hambre puede con todo, y cuando me refiero al hambre no me refiero a esa que se genera en el hipotálamo. Esa, mal que peor, suele aplacarse incluso con un vaso de agua o un trozo de pan, si queremos ponernos melodramáticos.  Lo más triste de todo esto, no es que una señora o un señor se dediquen  a hacer de su capa un sayo, sino que esta clase de personajes que la única bondad demostrada es que igual son capaces de planchar un huevo que de freír una corbata, se erijan en referentes de alguna cosa y se les continúe dando coba mientras soportamos su chabacanería, su estupidez, su ignorancia sin límites y, en muchos casos, su falta de catadura moral. Así lo pienso, pete a quien le pete.

sábado, 3 de enero de 2015

ARISTAS



No me gusta la gente que nunca ha tropezado ni caído. 
Su virtud es sin vida y no vale mucho. 
La vida no les ha revelado su belleza.


El hombre se construye a base de gestos repetidos, costumbres individuales o generalizadas por los que nos antecedieron en el tiempo. Es por eso, por pura costumbre, que ante la inminencia del cierre de una etapa, de un periodo, de un año, realizamos balance sobre lo habido y lo que debería haber habido. Los balances contables, con su "debe" y su "haber", se parecen un poco a esta recapitulación que hacemos sobre nuestra vida cada vez que se acerca el final de algo. Sin embargo, cuando se empieza a pensar en el transcurso del tiempo como en una sucesión encadenada que no se fracciona nunca, la necesidad de hacer balance deja de precisar de espacios temporales concretos y queda para momentos vitales determinados que marcan un antes y un después en el acervo de cada uno. Por eso es pura casualidad que en estos momentos, coincidiendo con el final del pasado año y el inicio del actual, quiera reconocer y reconocerme algunas metidas de pata espectaculares, algunas faltas de tino y, porque no decirlo, alguna andanada que ha podido doler. No me escondo de ello. Todos damos y todos recibimos, a veces de una manera oportuna y en otras, menos deseables, mucho menos oportunas.

Decía Rojas Marcos en una artículo publicado hace unos días sobre cómo ser mejor persona (y así titulado también) que “solo las personas singulares se detienen y tratan de rectificar y limar algunas aristas de la vida personal”Mientras lo leía me preguntaba si la “singularidad” del individuo es previa a la capacidad de pararse (a pensar) y rectificar, o si esa “singularidad”, a la que Rojas hace mención, se alcanza precisamente cuando uno es capaz de pararse (a pensar) y, si toca, rectificar (porque no siempre pensar nos conlleva a rectificar nada). La que suscribe cree que es precisamente lo segundo, porque la singularidad en sí misma, prima facie, no existe.

Las aristas forman parte de la condición humana por eso aunque se pare y se rectifique, las aristas siguen ahí porque éstas, por su propia naturaleza, crecen al amparo del desarrollo personal de cada uno, engordando a la sombra de la repetición de comportamientos y emociones y, casi siempre, esos costados rugosos y punzantes son el terreno sobre el que se abonará parte de una manera de ser y de entender la vida que en ocasiones nos aproximarán a la mezquindad y en otras a la grandeza. 



sábado, 14 de septiembre de 2013

LA MAR ESTABA SALADA, SALADA ESTABA LA MAR


"Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal,
 está en nuestras lágrimas y en el mar."

A ver si me coges, son casi las seis, grita Pepín mientras corre calle abajo. Mientras corre, se vuelve para ver a la abuela sentada frente a la ventana, esperando como cada tarde a la misma hora a que suene la sirena, no una sirena cualquiera sino la que anuncie el regreso del “Santa Marta”. 

La barcaza partió un día de otoño, al amanecer, aquel día el abuelo se despidió con un abrazo y desde la popa, alzó la cabeza con una sonrisa que la abuela guardó para siempre.

Dicen que una tormenta hundió el “Santa Marta”, otros dicen que después de aquella feroz tempestad, navegó sin rumbo y llegó a una isla mágica, donde los marinos encontraron aves extraordinarias, tesoros incalculables, mujeres dulces como la miel y que allí quedaron sin recordar otros puertos lejanos. Otros dicen, que el barco no puedo sortear aquel mar embravecido que solo Dios hubiera podido domar, pero que aquel día el mando lo tenía el Diablo y que aquella barca infeliz sucumbió al infierno submarino. Pero lo cierto es que los restos de aquel barco de pesca nunca aparecieron y la sonrisa del abuelo, la que guardó la abuela mientras con sus manos apretaba su abultado vientre, se desvaneció bajo las frías aguas del Atlántico. 
Pero Pepín cree, como la abuela, que aquel marino amado, anda perdido por mares y tierras lejanas, que encontrará el camino a casa y cualquier día, a la hora en que la flota llegue a puerto, desembarcará, un poco más cansado, con el cabello lleno de sal y un buen saco de historias y estrellas de mar. Es por eso que la abuela está frente a la ventana y él corre con Carlitos, con el pan de la merienda en el gaznate y sin resuello, bajando a trompicones por el callejón para llegar al puerto y esperar sentados, junto a las redes viejas,  la vuelta de los barcos que de madrugada salieron a faenar y que tiene que devolverles a aquel hombre que no vio nacer a su madre.

Pero hoy tampoco será. Carlitos se encoge de hombros y se chupa los dedos para llevarse el salitre que tiene impregnado hasta en el tuétano desde que nació. Pepín coge un cubo lleno de cangrejos, caballas y algunas anchoas que el contramaestre del “Virgen del Carmen” les dio para la abuela después de rascarles la cabeza. 
Suben por el empedrado, dando pequeños saltitos para evitar los adoquines oscuros, el que los pise pierde. Ahora no hay prisa, hacen planes para mañana mientras se reparten las estrellas de mar del abuelo.  
Empiezan a encenderse los primeros fanales, las cortinas de casa ya dan la espalda a la noche.



miércoles, 10 de julio de 2013

EL PODER DEL MAR


"Para un niño, el tiempo es una eternidad. De repente tienes 50.
 Todo lo que queda de tu infancia cabe en una cajita herrumbrada".



A estas horas sólo quedamos dos, mi sombra y yo. No somos muchas pero estamos bien avenidas. Me permito subir el volumen del reproductor hasta que los acordes, que se escapan de unos bafles diminutos, resuenan contra mi plexo solar y mi sombra, que es una fan incondicional de la música pop, no puede evitar mover los pies mientras las manos de mi yo evidente teclean hasta el hastío.


¿Quién dijo que el año termina minutos antes de tomar las uvas? Seguramente alguien que no sabía que el mundo revienta el último día del mes de julio para volver, con el mismo tedio que terminó, el primero de septiembre.  No es una invención, de eso doy fe. 


Horas de calor, haciendo y deshaciendo para que la vida de otros sea más amable. Somos, mi sombra y yo, dos incondicionales, también, de la gentileza vital y de los despachos vacíos que nos permiten descalzarnos, tararear mientras pensamos en el azul del mar y descansamos antes de continuar.