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domingo, 7 de junio de 2020

FASE: A TOMAR POR SACO




"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios 
sino sobre las faltas de los demócratas".

Calígula. Albert Camus



Podría decirse que nos ha tocado vivir como en un enorme juego de la oca en el que el premio consiste en pasar de fase en fase, cada vez que los que mandan dan una vuelta al cuello de una botella. Y me toca, anclada en la fase 1, alucinar mucho con la falta de civismo y de responsabilidad que veo cuando salgo al a calle. Todo parece un festival. Grupos de personas caminando una al lado de las otra, sin guardar distancia, sin mascarillas, toqueteo de productos en los comercios, abrazos exagerados de jóvenes que se acaban de ver en una videoconferencia pero que parecen no poder vivir sin fundirse entre los brazos de otros que, casi con toda seguridad, quedaron ayer por la tarde. Y se me llevan los demonios por dentro cuando veo todo eso y pienso en lo que hemos pasado y en lo que nos queda por pasar. Puede que haya desarrollado una aprensión tremenda a las aglomeraciones, a no saber si en la silla que queda libre en la terraza alguien habrá pasado el desinfectante o si cuando la coja por el respaldo para poder sentarme me llevaré el premio al trabajo, de ahí a casa y, de un salto con tirabuzón, a casa de mi madre a quien atiendo desde hace meses. Los expertos han empezado a hablar de que algunas personas están desarrollando el “síndrome de la cabaña”, estoy segura que no es el caso. Nunca me ha importado estar en casa, ni antes ni ahora. De hecho, paso tan poco tiempo en ella que hacerlo es una novedad tan agradable que siempre me sabe a poco. Me gusta salir, me gusta relacionarme, pero no puedo con los que ahora se comportan como si aquí no hubiera pasado nada, como si los muertos y contagiados fueran el attrezzo de un periodo en que nos quedamos en casa como el que se va de vacaciones. Los aplausos era fuegos de artificios que hoy se han transformado en insultos para algunos que han estado velando por nosotros porque al otro lado del mundo un policía ha matado a una persona de color. Mucha genuflexión de salón que insulta la inteligencia y aquí, en particular, a nuestros muertos que recibieron un disparo en la nuca por pensar diferente. El rodillazo de Bildu da ganas de vomitar. Nos quedan muchas fases por delante, aunque ahora, a los que gobiernan, les dé por decir que en la tercera, la última, estaremos ya incorporados a una nueva normalidad de la que no puedo más a abominar. 
La infantilización social, la irresponsabilidad colectiva azuzada por intereses políticos, la sociedad unida a través de eslóganes bien sonantes que contrastan con las actuaciones generalizadas, hacen temer un futuro aciago. Temo la siguiente fase porque cada paso adelante es un paso hacia atrás, porque siento que algo se ha perdido por el camino y lo que creíamos haber ganado lo hemos perdido en todos los sentidos. Hemos tenido la oportunidad del cambio y no ha servido para nada. Los brindis al sol se alzan y la sociedad vuelve a ser tan necia como antes de ser confinada. 
No salimos mejor, solo más blancos por falta de sol y nuestros derechos y libertades limadas hasta dejarlas como un papel de fumar.





lunes, 25 de mayo de 2020

ZAVALITA



"Nos han dejado sin secretos, mi amor. Esa soy yo, esclavo y amor, tu ofrenda. Abierta en canal como una tórtola por el cuchillo del amor. Rajada y latiendo, yo. Lenta masturbación, yo. Chorro de almíbar, yo.

Elogio de la Madrastra. Mario Vargas LLosa





Sin ser un momento para hacer extravagancias de vez en cuando se me ocurren algunas. Recuerdo que Sophie Calle decidió adoptar una cabina telefónica en algún cruce, no recuerdo cuál, de la calle Greenwich. En mi caso, después de semanas tomando el café en casa he salido para tomarme el primero en la cafetería de la esquina. No puede considerarse una excentricidad. Fase 1 - día 1, todo en orden. Esperaba encontrarme más parroquia, toda apostada en las mesas de la terraza y separadas por los dos metros de rigor, pero la sorpresa, sin ser mayúscula, sí que ha sido sorpresiva. Nadie sentado, nadie pidiendo a voces un café para llevar. Detrás de la barra, la espalda de un tipo que ordena botellas y aparta unos cupones del mes de marzo a los que no alcanzo ver la terminación. Están pasados, casi caducados y sin premio, lo sé porque es el mismo chico que ahora pasa la bayeta sobre un mostrador vacío y reluciente,  quien, abriendo mucho los ojos, lo dice como si en lugar de un par de metros nos separara una vida. 
Le pido un café, no lo quiero para llevar, lo quiero para sentarme y sentir la tensión que me produce cada vez que veo el autobús doblar la esquina y el olor a neumáticos se pega al hocico. Me lo deja sobre la mesa, sin distancia de rigor. Normal, para respetarla tendría que lanzármelo y no está la cosa ni siquiera para eso. Dos abuelos pasan con la mascarilla apuntalada bajo la nariz y un perro se mea en la esquina. El camarero resopla y sale con un botellín con el que rocía el orín. Nadie, nadie se acerca a la terraza, ni siquiera la atracción que a veces ejerce el ver  a alguien sentando hace el efecto. Igual es la invisibilidad madura. Yo qué sé. Me acuerdo de Sophie Calle y su adopción de la cabina. Podría adoptar la terraza, o la barra niquelada o incluso el perro meón si se dejara. Pero la cosa tampoco está para las gilipolleces que se me pasan por la cabeza, solo hay hueco para preguntarse, como dijo aquél: “¿En qué momento se jodió el Perú, Zavalita?".






miércoles, 20 de mayo de 2020

TÍTERES Y NADA MÁS


"No es que Morir nos duela tanto
Es el Vivir lo que nos duele más. 

Pero el Morir es camino distinto
Un algo tras la puerta".


Emily Dickinson





Hace unos años, durante la última gran crisis económica mundial, los directivos japoneses de las entidades financieras más importantes del país aparecieron en público pidiendo perdón por la gestión llevada a cabo. En el nuestro, pedir disculpas por algo, sobre todo cuando se están manejando intereses de terceros, es algo que no es completamente ajeno. Lo habitual acostumbra a ser ver cómo se echan balones fuera, se buscan excusas peregrinas y, al final, se tira tierra encima para que lo mal gestionado quede enterrado y se olvide pronto. No es casual que los que gestionan el interés común hablen de que el dinero público no es de nadie, olvidando que ese dinero sale del bolsillo de los contribuyentes. 
Este mediodía he visto parte del debate del Congreso con motivo de la prórroga del Estado de Alarma. El espectáculo es de pena, como viene siendo habitual. Los políticos han perdido el respeto a las instituciones y a los propios ciudadanos y es frecuente que olviden que cuando llegan ocupar sus escaños como Diputados ya no defienden solo a sus votantes sino que son los gestores legislativos para un bien común. Pero nadie se lo debe haber dicho. Es cierto que ninguna de la personas que conforman el Congreso de los Diputados, incluso el propio gobierno, ha gestionado una situación como la que nos encontramos. No debe ser nada fácil. Pero ni la novedad ni la dificultad, de las que no podemos responsabilizar a nadie, son excusa para su mala gestión. No se puede ocultar la información, no se puede maquillar datos, no se puede gestionar pensando en los réditos políticos y no en la salud y las necesidades de los ciudadanos compartan o no su ideología. Escuchando a esa masa de egos enfrentados, el convencimiento de que no se han dado cuenta de qué va todo estos es cada vez más firme. Los contagios no han terminado y la gente enferma y, en el peor de los casos, se muere. Las circunstancias vividas han sido terribles para muchas personas. Pero mientras todo eso pasa, la economía se va al garete, la libertad se vuelve turbia y la sociedad se agita sin rumbo, alguien cuenta votos en un despacho, intentado sustraer a la opinión pública la verdadera magnitud y consecuencias de lo que estamos viviendo. La constatación de la poca vocación de servicio público de la mayoría de políticos de este país es de una tristeza desoladora. Mienten, manipulan y entretanto juegan con un futuro que pinta más que negro, aunque se empeñen lanzar mensajes de Mr. Wonderful. 
La ciudadanía se ha quedado desamparada, incluso aquellos a los que las anteojeras ideológicas no les permiten criticar la falta de transparencia, la mala gestión, el recorte de libertades y la falta de unas medidas sociales, sanitarias y económicas que sean de verdad eficaces. Los brindis al sol, en forma de propuestas para las que no hay medios, y el maquillaje de la realidad, son un insulto a las personas que cada día tienen que reinventarse para sobrellevar la "nueva normalidad". 
Nadie pedirá perdón, ni por esta crisis ni por la que vendrán. Por el camino dejaremos los muertos y una sociedad huérfana que tendrá que recuperarse como pueda.



domingo, 17 de mayo de 2020

LA NUEVA NORMALIDAD








Constato que las noches son más cálidas de lo habitual, el sofoco me despierta sintiendo el cuerpo empapado. Faltan meses para el verano, pero en mi cuerpo hace semanas que el trópico se instala a medianoche y sobreactúa cuando, en realidad, está entrando en su otoño a empujones. Es la nueva normalidad. Mirlos que sobrevuelan los tejados, silencios que abruman, desesperanza en un futuro que nos coge con el pie cambiado y con un camino que se complica, que nos limita y amenaza con llevarse por delante buena parte de nuestras libertades. En la nueva normalidad, la realidad se tapa con engaños, verdades a medias y sectarismo a manos llenas. Pedir transparencia, información veraz, transparencia y la motivación de las resoluciones que restringen los derechos de los ciudadanos, se considera por algunos un ataque al funcionamiento (anormal) del Gobierno. Algunos intentan apropiarse de los derechos de los otros, como si la libertad, el derecho a la crítica no nos perteneciera a todos. El apoderamiento de los derechos en favor de unos cuantos, con exclusión de otros, es el principio de totalitarismos que llevan a la destrucción del bienestar social y de la convivencia. Y me encantaría poder confiar en quienes nos dirigen, encontrar cierta tranquilidad, pero el día a día no lo permite. En nuestra” nueva normalidad”, la política se agazapa tras el maquillaje de los datos y vende falsedades que se destapan sin que pase nada mientras pretenden mantenernos callados.  Las hordas defensoras de la “nueva normalidad” señalan con el dedo, intentado ocultar con la yema el brillo de la luna. Pero la luna, como los derechos, son de todo. El hartazgo social empieza a ser importante y con motivo.



martes, 5 de mayo de 2020

MAL ASUNTO







Mientras nos vamos quemando la garganta (como metáfora de los dedos que martillean las teclas de nuestros ordenadores o las pantallas de nuestros teléfonos), sobre la gestión buena, regular, mala o muy mala que se está llevando a cabo de la emergencia en la que vivimos, viene bien recordar lo que somos y no escamarnos de las cosas que leemos o escuchamos de nuestros vecinos. 
Somos un país dividido desde siempre, la historia está ahí para el que lo quiera comprobar. Los colores marcan tendencia ideológica y unos no soportan a los otros, y viceversa. Y entre la calamidad personal y económica que estamos viviendo, somos legión los que sentimos un total desapego por nuestra clase política convertida en una reunión de advenedizos que buscan sus propios réditos en forma de poder, en forma de riqueza personal, en forma de puertas giratorias. 
Somos legión los que vamos por libre pero que sabemos señalar que es lo que no nos gusta de unos y de otros, y que no tragamos con cualquier cosa que nos quieran colar mientras intentan tenernos adormecidos y dominados por el temor a las consecuencias que el virus nos ha tirado encima. Estos días, de poca lectura, debo reconocerlo, leía uno de los textos que viene recogido en el volumen “Negocios pendientes” de Andres Trapiello. El autor lo titulo “Mal asunto” y empieza con un “La idea es esta: el país cambiará poco mientras quiera seguir restando, y no sumando. Y el problema, este: que restar pensando que solo hubo, hay o habrá dos Españas, da un pésimo cociente. España buena menos España mala, igual a España nada, a España cero. Mal asunto”. Y la cosa está así, con poca perspectiva a que cambie nada. Ni una pandemia, tremenda como la que nos ha tocado vivir, que además de las perdidas humanas nos regala una crisis económica sin precedente, puede aunar a la gente de este país para salir del enorme agujero por el que estamos cayendo. 
Vamos a seguir con la guerra de colores, de declaraciones cada vez más insultante para la inteligencia de las personas, cada vez de mayor vergüenza y al hilo de todo ello pienso en que vivo en el este y supongo que eso me hace susceptible de contagiarme del virus en mayor medida que una señora de Santiago de Compostela, y que como no soy vasca es posible que no consiga ventajas económicas y fiscales que los nacionalistas vascos intentan exprimir incluso en estos momentos; pero cuento con los supremacistas catalanes, socios del gobierno, para que arranquen unas cuantas promesas independentistas a un gobierno cobardón que nos venderá por unos cuantos votos allá en el Congreso. Y mientras todo eso pasa ante nuestros ojos, nos seguiremos arrancando las cabelleras de norte a sur, de este a oeste, mientras azules rojos, morados y verde esmeralda se van dando golpes de pecho en su mejor ideología y la mayoría de este país se va a la mierda y alguien se lo lleva calentito. Mal asunto.



jueves, 30 de abril de 2020

FLIPA CON MADAGASCAR



"Cree que necesita ayuda. Puede que Margot no posea la inteligencia más aguda del mundo occidental, pero en cuanto conoce a un chico que afirma ser poeta, la primera palabra que le viene a la cabeza es hambre".

Invisible. Paul Auster





La cabeza es una bola mágica en la que hay espacio para casi todo. Almacenamos cualquier ocas, incluso sin querer, como si ahí dentro, entre los veintiocho huesos que la conforman existiera un gran bazar en el que todo cabe y nada sobra. Tenemos e disco duro, el que llevamos sobre los hombros, lleno de chorradas que deberíamos poder licuarlas en forma de sudor, sangre o semen y librarnos de ellas para aligerar el peso de nuestro conocimiento más que extraño. Pero no es así. La mole se mantienen aunque no queramos y cientos de datos inútiles, sin gracia, sin valor alguno campan a sus anchas. Nadie está libre de tal cosa. Yo misma, ando todo el día a cuestas con un dugongo dando vueltas. Al principio "eso" no fue más un detalle en un relato que olvidé más pronto que tarde pero que, por algo que ignoro, quedó  florando por los entresijos de mi cabeza sin que hasta hoy volviera a aparecer.
En su momento, tuve que recurrir Google para saber qué era exactamente "eso" y que aspecto tenía. Un dugongo es un bicho rarísimo. Es un mamífero que vive en el mar y que, según leí en aquel relato, los marineros que navegaban próximos a las costas de Mozambique y Madagascar, en las noches de tormenta, confundían con mitológicas sirenas. Pero visto el animal no pude por menos que concluir que Hans Christian Andersen hizo mucho daño con su cuento "La sirenita" y de ahí que, ante la extraña imagen de un animal barrigudo, horrendo como pocos y con cola de pez, una concluya que aquellos marinos, ante el temor del azote marino, debían ponerse de ron hasta las cejas para que a su cabeza llegara la idea de aquellas hermosas y mitológicas mujeres que atan y desatan. Hasta en el peor momento el ser humano intenta rescatar algo bueno, algo que lo ate, o tal que vez lo desate.

Quizá sea una necesidad del ser humano el arrimarse a algo que aliente, algo que embruje y mitigue el dolor o incluso el camino al desastre. Puede que haya sido pensando en el marrón que nos ha tocado vivir, el que ha hecho aflorar el dugongo que desde hace tiempo habita dentro de mí. Vivimos tiempos extrañísimos para los que no estábamos preparados. Los de mi generación y posteriores, hemos sido los niños bonitos del siglo XX. Con un poco de suerte las preocupaciones se circunscribían al "más por menos”, a las comodidades low cost, y a un esfuerzo relativo entre grandes aspavientos. Pero el tortazo que nos ha arreado el coronavirus ha sido monumental. Nos ha cogido recreándonos en el sexo de los ángeles y ahora, desde casa, no sabemos qué será lo próximo que nos espera en esa mal llamada “nueva normalidad”.  Intentamos imaginar la vida un vez se abran las compuertas del confinamiento y aun no somos capaces de imaginarlo porque conservamos la imagen deformada de nuestra vida anterior.  Con un grado de ingenuidad que no se nos cura, pensamos que podremos volver a ella.  Pero todo aquello desapareció. La historia de la humanidad es la mejor hoja de ruta, pero pese a que las muestras que ya tenemos de la estupidez del ser humano, algunos cogen una flor en la mano y entonan los salmos de la bondad humana y la transformación que la pandemia va traer. Pero aquí estoy yo, que tuve la suerte de retener en mi cabeza la imagen de aquel ser más próximo a un hipopótamo que a una reina de la belleza animal, para recordar que las sirenas no existen y que la realidad es mucho más fea de lo que a veces estamos dispuestos a imaginar. Un dugongo en toda regla.



viernes, 24 de abril de 2020

VENENO


¿Qué es un fantasma? preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerto, por ausencia, por cambio de costumbres.


Ulises. James Joyce







Después de una semana atroz de lluvia por fin sale el sol. En el año de la pandemia, la primavera está pasando desapercibida. Todo anda descolocado y centrarse es tan complicado como ordenar un cubo de Rubik. Pero hoy se ha templado el día y su luz, por extraño que parezca, ayuda un poco, aunque no sea suficiente, suaviza las aristas de un tiempo más que difícil y hace que todo parezca más amable. Como si la enfermedad y sufrimiento fueran parte de un mal sueño del que estamos despertando. Pero no. Todo sigue ahí junto al desbarajuste continuo. 
Andamos confundidos, descolocados, y la prueba está en mi misma, que me encuentro sentada frente al escritorio con el delantal de la cocina puesto, los botines de tacón en los pies y una infusión de jengibre haciendo compañía, todo eso para contestar correos electrónicos y revisar, por no sé que vez ya, el documento que tenía que haber enviado hace ya dos semanas. 
Todo va despacio y a la vez tan rápido que nos confunde y los días parecen pasar sin haberles sacado provecho. No pasa día que no me pregunte cuántas veces habré deseado disponer de tiempo, frenar el ritmo, leer hasta que las legañas me peguen los ojos, desayunar con tiempo, improvisar flequillos imposibles y rascarme la barriga hasta que me duela la mano. Y ahora, todo eso que formaba parte de ese mundo ilusionante e inexistente, se presenta por obra y gracia de un virus. 
Empiezo a pensar que los deseos son bombas de relojería que explotan quemando el hocico del que ande por ahí. Ahora, socarrada por la ambición de horas muertas, dispongo de un tiempo que estiro y que pierdo entre el exceso de entusiasmo y el decaimiento que sin querer se pega al cuerpo. He dejado de ver la televisión, raciono las noticias e intento que la atención se fije en lo productivo, en lo auténtico, aunque a veces duela. De ésta saldremos tocados de necesidad.
Es viernes tarde. Dispongo de medio universo en horas para, entre cuatro paredes, hacer lo que quiera, o no hacer nada. Pero sé que durante este paréntesis de tiempo enfermo, la razón debe ser la búsqueda del equilibrio y el concentrarse en cada cosa, por menuda y simple que sea, que como si fuera fundamental. 
A veces, cuando llegan los deseos lo hacen envenenados y corremos el  peligro de desvanecernos como una voluta de humo.






domingo, 19 de abril de 2020

MINIMIZAR Y CONTROLAR, TODO ES EMPEZAR




Es solitario aquel o aquella que no es el número uno para nadie.
Helen Deutsch





Busca la primera palabra y empieza. Me lo repito una y otra vez, pero no puedo. Guardo el archivo, lo vuelvo a abrir, miro la pantalla y el tintineo del cursor que parece marcar el tic-tac de un vacío total. Estoy llena de ruido, llena de pereza, llena de hastío, de cansancio, de horror, de rutina, de miedo, de risa, de todo. Pero todo eso se apelotona y no sirve para nada. Trabajo a trompicones, como puedo pero me canso, me aburro. Nada bueno, nada nuevo, nada de nada. 
He dejado de seguir las noticias porque no soporto que me traten como si fuera idiota, como si no pudiera ver que vamos menguando a pasos agigantados en todos los sentidos mientras estamos confinados en casa. 
Me preocupo y me irrito. La verborrea institucional oscila entre lo estúpido y lo negligente; entre lo autoritario y lo condescendiente. No se contesta a nada porque nada se sabe, porque no interesa, porque estamos vendidos y se ha perdido el rumbo.
La moda de utilizar lenguaje bélico para tratar una emergencia mundial de salud es absolutamente ridículo. Toda esa farfolla dialéctica nos hace la envolvente mientras nos va recortando libertades que nos cuelan sin que la mayoría se lleve las manos a la cabeza. A veces me pregunto si hay alguien ahí pero el eco replica las últimas sílabas de ese alguien mientras algún Real Decreto se dicta. 
No estamos en guerra; ni tenemos un enemigo; ni nuestros médicos, sanitarios, enfermeras, personal de limpieza, tenderos, guardas de seguridad, nadie de lo que siguen funcionando mientras nosotros nos quedamos en casa, son héroes, ni deben serlo. La sociedad en su conjunto debe de agradecerles el enorme esfuerzo profesional y personal que están haciendo, pero eso no es suficiente. Nuestros gobernantes deben protegerles, equiparles adecuadamente, garantizarles el descanso y el sosiego y pagarles de un modo adecuado, pero no puede abandonarles a su suerte y seguir con un discurso copiado y reelaborado de otros tiempos y otros males que nada tienen que ver con neutralizar el coronavirus.
No podemos canjear el trabajo de todos esos profesionales con unos aplausos que, aun siendo bienintencionados, ocultan la gravedad de la situación en la que trabajan. No estamos en una fiesta de comunidad de vecinos, ni ellos en una gincana en la que les toca sortear la propia enfermedad, incluso la muerte.  
Me chirrían las arengas bélicas. Me chirría el ambiente festivo que se ve por algunos sitios y me incomoda una enormidad asistir al constante desprecio a la inteligencia de las personas que confinadas escuchamos sus discursos mientras vamos perdiendo, poco a poco, nuestra libertad incluso a discrepar. Pero sobre todo me asquea el doblar la cerviz de quienes por ideología justifican, esconden y explican, la inoperancia de quienes ahora más que nunca debe ser eficaces, eficientes y trasparentes.
Ahora ya estamos en azul oscuro, casi negro. La vida corriente ha reventado y los mensajes Mr. Wondeful no sirven para nada, ni siquiera como consuelo para todos aquellos que cuentan entre los suyos a esos muertos que algunos no quieren contabilizar. 

PD.: A la Guardia Civil decirle que si vienen a casa por criticas a la gestión del Gobierno que no tiren la puerta, que llamen y les abriremos gustosamente que el cerrajero cuesta un ojo de la cara.



jueves, 9 de abril de 2020

SEMANA SANTA


“Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física”
Manuel Chaves Nogales





Empieza la semana santa. Sevilla hace un año. Hoy, las cuatro paredes de una casa que a ratos alivia y a ratos enloquece. Desde el salón de casa, veo por la ventana el cimbrear de las ramas del albaricoquero que rescaté de un jardín muerto. Sobrevive en una maceta enorme convertido en el testigo mudo de mudanzas y desvelos. El día se ha levantado delicioso y eso lo hace todavía más triste. ¿Quién nos lo iba a decir? Pasan los días y algunos, ya muertos, han desaparecido como por arte de magia. Ayer estaban aquí y hoy ya no hay cuerpo, ya no hay nada.  El duelo se gira hacia dentro y el estado de ánimo se balancea de un extremo a otro y nos vuelve taciturnos. No cabe el consuelo, no caben los ritos. No cabe nada. Pero esta primavera pasará y volveremos a la calle, por pura necesidad, a enterrar a nuestros muertos en ceremonias que solo servirán para los vivos, para poder dar un paso adelante y colocarnos, de nuevo, ante la vida corriente. Esta semana los nazarenos quedan en casa y Dios, si es que existe, queda barriendo las calles. 





domingo, 5 de abril de 2020

TACITAS







Me apetece mucho tomarme un café. Tengo cafetera, tengo cápsulas, pero no es ese el café que quiero. Desde hace semanas, la vida ha dado un traspiés y todo ha saltado por los aires. Echo de menos el regusto amargo del café ajeno que se apaga después un vaso de agua. Agua y café, café y periódicos, café y conversaciones que se prolongan más allá del efecto inmediato de la cafeína. Cuento los días que hace que la vida se ha parado y los que hace que soy incapaz de mantener la atención en nada. Echo de menos muchas cosas y me lo guardo procurando no parecer una llorica que lamenta tener que quedarse en casa esperando a que todo pase mientras suspira por volver a pisar una cafetería. Me parece demasiado superficial con la que está cayendo, así que me limito a encender la cafetera, esperar a que se caliente el agua y dejar que la capsula se transforme en la simulación que consuela de todo lo que estos días estamos dejando por el camino. Me comentan por whattsapp que dos conocidos han enfermado. Uno está bien, síntomas leves y en casa; el otro, en peor situación, va dejando escapar la vida lejos de todos, de todo. Y mi café, ese que busco a todas horas con el olfato un tanto atrofiado, me parece una frivolidad absurda, casi imbécil, tan acomodaticia como ridícula. Pero le doy una vuelta y sé que lo que me aflige, no es la falta de aroma, ni el sabor rancio de algunos cafés improvisados. Es la incertidumbre en la propia vida y la sensación de completa torpeza la que termina por doblegar el ánimo. Creemos manejar los hilos de nuestra existencia, escogiendo y descartando las opciones que se van presentado, pero la realidad es bien distinta. Nos encontramos a merced de lo desconocido, de lo ingobernable, de lo que un día, de la manera más inesperada, llama a la puerta y descompone el espejismo en el que te refugiabas y al que llamabas vida. Y así, casi sin tiempo para nada, desaparece la bola de cristal en el que vivías y el espejo te devuelve tu imagen descompuesta. Y ahí, perdido en la perplejidad, parpadeas esperando que todo vuelva a una normalidad que se ha convertido en humo. No existe refugio para el desconsuelo, ni tacitas en las que esconder el desasosiego.



lunes, 30 de marzo de 2020

MAÑANA


"Pero ante William Stoner el futuro se mostraba brillantes, cierto e inalterable. Lo veía, no como un flujo de eventos, cambio y potencialidad, sino como un territorio que se extendía ante él ala espera de ser explorado".
Stoner. John William






En muchas ocasiones he pensado en disponer de tiempo. Tiempo para hacer todas esas cosas que aparco porque la vida no me da, porque la obligación pasa por delante de casi todo y al final, cuando termina el día, queda el arenoso “quizá mañana” que se va quedando clavado en el pecho mientras lo apartas de un manotazo para seguir. Pero ahora, pese a que hay que seguir trabajando como se puede, las horas son más propias, aunque el reparto continúe siendo un desastre. Tengo pilas de libros pendientes de leer, un bueno montón de fotografías que ordenar, un montón de cosas que rondan por ahí y que siempre aplazo a la espera de tiempo. Tiempo que ahora tengo y que sin embargo no aprovecho porque hasta ahora, intentando seguir un relativo orden, no he conseguido desconectar de lo que está pasando, de la inquietud que provoca saber que hoy estas bien y que mañana, sin tiempo, tampoco esta vez, puede que estés a las puertas de la muerte. La suma de toda es inquietud al futuro incierto de cómo podremos seguir adelante, cómo mantener lo poco que hasta ahora nos ha dado cierta seguridad.  La familia, la casa, el trabajo, la vida, en definitiva. Y es en ese runrún, tan improductivo como a veces infantil, se consumen las horas y la concentración. Vagar por casa, asomando por las habitaciones, con la intención de que el ánimo no decaiga, que nos mantengamos bien, de que nuestros abrazos valgan también para aquellos a los que la distancia no nos permite abrazar.
Tengo pilas de libros por leer, un buen puñado de personas con las que quiero hablar, de las que necesito saber que están bien, que me alienten mientras yo las aliento a ellas. Este es un buen momento para hacerlo. De momento la suerte está de este lado y la casa es un refugio en el que nos mantenemos a salvo y tranquilos.
Todo esto pasará y cuando pase, tendremos que vivir de otra manera. El mundo se ha dado la vuelta como un calcetín para demostrarnos lo diminutos y lo frágiles que somos. En los próximos meses nos tocará demostrar que hemos aprendido la lección, que el agradecimiento hacia todos aquellos que se han estado sacrificando para que nuestra preocupación no salga a la calle, mientras ellos lo hacen por nosotros, es real y permanente.
Somos lo que somos y terminaremos siendo polvo, pero, hasta que ese momento llegue, conviene que tengamos claro que el tiempo es finito e impredecible y que hay cosas que no debemos aparcar. De poco sirve guardarlas en la guantera o en la retaguardia de nuestra existencia para ocuparnos de ellas quien sabe cuándo. Hoy estamos y mañana, maldita sea, puede que no.






martes, 24 de marzo de 2020

NADA ES CORRIENTE


"Philip Roth expresa muy bien la diferencia. Para los viejos (o los desahuciados) el tiempo que importa es el futuro que les queda, mientras que para los jóvenes está constituido por el pasado".


A pesar de los pesares. Aurelio Arteta






Todo parece tan inocente y todo es tan peligroso que da miedo. Me levanto pensando en que ya han pasado unos cuantos días del Estado de Alarma y cuento los días en que me he quedado en casa sin salir para nada. Quisiera poder decir que no me he movido, que vivo un confinamiento total, pero no es así. En el reparto de obligaciones, que he asumido con gusto, está el hacerme cargo de mi madre. La edad la ha tratado bien, a sus ochenta y cinco años es totalmente autónoma, vive sola y aunque tiene sus cosas, que de vez en cuando nos asustan, siguen ahí al pie del cañón. Y cruzamos los dedos para que todo siga en calma, que nada se mueva de donde está, que pueda seguir en casa. Queremos que viva todo lo que sea posible, que disfrute como hace ella, con una ilusión casi infantil, de las cosas que más le gustan. Por eso no sale de casa. Su clausura es cosa de necesidad que conlleva el no hablar prácticamente con nadie, el no compartir nada y el alterar las rutinas de su vejez fijando su vida entre la cocina y el butacón del salón. Mis salidas para atenderla no son solo una obligación, son la única manera, posiblemente egoísta, que encuentro de dar salida a mi propia necesidad de saber que está bien, que no le falta nada, que la temperatura se mantiene a raya y que el ánimo no decae pese a los funestos mensajes que se repiten una y otra vez en la televisión. Alguien debería decirle a los medios que muchos ancianos han reducido su contacto con el mundo exterior a ver la televisión. La falta de mano en el tratamiento de las noticias, de la información que se está ofreciendo, está siendo colosal. Cada programa, cada noticia dada, es un anuncio a su propia sentencia de muerte.
Y mi madre, como la madre de muchos otros, como las madres de casi todos, está sufriendo, aunque no se resigna a que el decaimiento pueda con ella y sonríe, desde lejos, cuando le digo cualquier cosa, o le avanzo que le he desinfectado los cartones de leche que le subo del supermercado. Pero sufre por sus hijas, por sus nietos, por su bisnieta llegada en el peor de los momentos. Y sufre porque parte de la familia intenta sobrevivir en mitad del ojo del huracán y las videoconferencias, hechas siempre a más de metro y medio, nunca son suficiente. Sabe que, en esta tómbola, ninguno estamos a salvo y ella menos que nadie. Sabe que cada día que pasa es un día menos, pero un día menos para todo. Son días difíciles. Lo corriente ha desaparecido.




viernes, 20 de marzo de 2020

PRIMAVERA





Sin darnos cuenta, entre el rumor del temor que nos rodea, ha llegado la primavera.  En otro momento, algo tan sencillo como un cambio de estación nos parecería irrelevante pero ahora, cuando solo podemos verla desde la ventana, no debemos dejarla pasar sin rendirnos, aunque sea un poco, a la necesidad de dar importancia a las cosas pequeñas, incluso circunstanciales. 
Ha llegado la primavera y con ella la imprescindible necesidad de pensar que todo esto pasará y que las cosas irán bien. Colocarse en lo positivo es obligado. No podemos dejarnos vencer por la tristeza, por la sensación de que todo es un inmenso desastre. Tenemos el deber de facilitar la vida a los que nos rodean y a nosotros mismos. 
Esta mañana he tenido que salir a trabajar. Blindada con guantes y mascarilla, he bajado al anden del metro temiendo por el riesgo que corría entrando en un vagón en el virus campa a su aire que, aunque nadie lo ve, todos sabemos que está ahí. Pero no temo por mí, temo por otros, por los míos. Es un temor que no nace de la bondad, sino de la incapacidad mal llevada de no controlar lo que no está en mis manos y del miedo al sufrimiento de los que quiero. Y pensando en eso, en lo lejos que parecen algunas cosas, en la fragilidad del ser humano, he atravesado la ciudad, observando el gesto grave de mis compañeros de trayecto. Nadie habla. El silencio impresiona. La gravedad se ha instalado en nuestro día a día y nos va a tocar vivir con ella, junto al olor a hidro-alcohol y a las miradas perdidas de nuestros vecinos. 
Pero ha llegado la primavera y eso, al menos hoy, es un regalo del que conviene disfrutar, aunque sea a través del cristal de las ventanas de nuestras casas. Esas que a ratos nos aíslan y a ratos, aunque parezca extraño, nos unen con los que, como nosotros, esperamos que todo esto pase pronto y podamos volver a nuestras rutinas, a nuestras calles, a nuestra vida. 







miércoles, 18 de marzo de 2020

LA NEVERA





«Últimamente la esposa ha estado pensando en Dios, en quien el marido ya no cree. A la esposa se le ha metido en la cabeza quedar con su exnovio en el parque. Tal vez podrían hablar de Dios. Luego enrollarse. Y luego hablar otra vez de Dios».


Departamento de especulaciones. Jenny Offill






Lo de teletrabajar es un horror que algunos consideran una bendición. No es mi caso. Tengo por costumbre salir pronto a trabajar, haciendo un alto obligado para tomar el primer café de la mañana mientras echo un vistazo a la prensa o leo cualquier otra cosa para después, con tranquilidad, seguir hasta la oficina. Y allí, hasta que el cuerpo se rinde y hay que volver a casa. La vuelta también tiene lo suyo, una especie de ritual de desconexión. Camino, no demasiado rápido, respirando al ritmo de la música que me regala los auriculares. Vuelvo con calma, sin pensar en nada trascendente, aunque a veces sí. Todo eso forma parte del ritual diario que estos días de confinamiento ha volatizado, convirtiéndome en una doliente que anda tazón en mano y de estancia en estancia, va preguntando a los demás qué están haciendo. Los días que vienen se han convertido en un compás de espera cubiertos de incertidumbre. Sabemos que todo esto pasará, pero no sabemos a qué precio. Nos duele todo, la familia, la economía, los amigos que están lejos y el saber que puede que después de ésta algunos no levanten cabeza. Mejor no mirar la cuenta bancaria.
La rutina se comprime y el horizonte se topa en la puerta de la cocina. Pero la suerte se encuentra en la libertad que se acomoda en el patio donde, por suerte, los geranios siguen su curso sin marchitarse.  
Trabajar en casa requiere un hábito que no tengo.  Por eso, entre escrito y escrito, pongo la lavadora; me siento y escribo otro rato más y, al poco, me levanto porque tengo que poner a descongelar el pescado de mediodía mientras contesto una llamada que podía esperar. Y cuando cuelgo, antes de volver a mi mesa, me entran unas ganas atroces de ir a la nevera y trocear la barra de chocolate que alguien, antes que yo, casi ha finiquitado. En casa no se está mal, hay paz social, nos mantenemos sanos, la nevera está llena y tenemos una buena provisión de libros y películas para entretenernos. Pero nos falta la costumbre. 
Miro por la ventana y veo que la buganvilia necesita un repaso. Puede que mañana, antes de asaltar la nevera y hacer el seguimiento del drama que nos ha tocado vivir, la pode un poco, aunque quizás sea un poco tarde para ello.