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domingo, 5 de abril de 2020

TACITAS







Me apetece mucho tomarme un café. Tengo cafetera, tengo cápsulas, pero no es ese el café que quiero. Desde hace semanas, la vida ha dado un traspiés y todo ha saltado por los aires. Echo de menos el regusto amargo del café ajeno que se apaga después un vaso de agua. Agua y café, café y periódicos, café y conversaciones que se prolongan más allá del efecto inmediato de la cafeína. Cuento los días que hace que la vida se ha parado y los que hace que soy incapaz de mantener la atención en nada. Echo de menos muchas cosas y me lo guardo procurando no parecer una llorica que lamenta tener que quedarse en casa esperando a que todo pase mientras suspira por volver a pisar una cafetería. Me parece demasiado superficial con la que está cayendo, así que me limito a encender la cafetera, esperar a que se caliente el agua y dejar que la capsula se transforme en la simulación que consuela de todo lo que estos días estamos dejando por el camino. Me comentan por whattsapp que dos conocidos han enfermado. Uno está bien, síntomas leves y en casa; el otro, en peor situación, va dejando escapar la vida lejos de todos, de todo. Y mi café, ese que busco a todas horas con el olfato un tanto atrofiado, me parece una frivolidad absurda, casi imbécil, tan acomodaticia como ridícula. Pero le doy una vuelta y sé que lo que me aflige, no es la falta de aroma, ni el sabor rancio de algunos cafés improvisados. Es la incertidumbre en la propia vida y la sensación de completa torpeza la que termina por doblegar el ánimo. Creemos manejar los hilos de nuestra existencia, escogiendo y descartando las opciones que se van presentado, pero la realidad es bien distinta. Nos encontramos a merced de lo desconocido, de lo ingobernable, de lo que un día, de la manera más inesperada, llama a la puerta y descompone el espejismo en el que te refugiabas y al que llamabas vida. Y así, casi sin tiempo para nada, desaparece la bola de cristal en el que vivías y el espejo te devuelve tu imagen descompuesta. Y ahí, perdido en la perplejidad, parpadeas esperando que todo vuelva a una normalidad que se ha convertido en humo. No existe refugio para el desconsuelo, ni tacitas en las que esconder el desasosiego.



sábado, 27 de mayo de 2017

CURVAS



Sartre dijo que la libertad no vale nada 
a no ser que se haga uso de ella.
Richard Ford




A veces, cuando cae la noche y el sueño no llega, recuerdo aquellos días de hace ya tantos años. Tu imagen, imposible de ver con claridad, se convierte en un anhelo que intento fijar con un gesto de la mano. Pero las horas pasan y aunque puedo sentir el calor de aquellas tardes de julio, tu rostro sigue escapándose entre el desespero de las horas vacías. Miro el reloj y espero que corra un poco de aire, que la cortina se arremoline junto a la contraventana entornada, pero la noche está calma, vacía de todo.