domingo, 30 de abril de 2017

PLUSCUAMPERFECTO


                   

                     
Donde habite el olvido, 
En los vastos jardines sin aurora; 
Donde yo sólo sea 
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
                                   
                                  Luis Cernuda





Quiero contarte algo que nunca has oído. No es nada nuevo. Una historia pasada que vuelve hoy, un día trufado de rutinas y de palabras mudas. Solo es una historia de amor, de amor casi pluscuamperfecto que recorrió centímetro a centímetro mi piel, mis venas y mis neuronas hasta convertirlas en parte de lo que soy. Había aplazado durante años la decisión de tu existencia. Me envenené para frenar cualquier posibilidad que significara que a partir de cualquier momento íbamos a ser multitud. Pero un día te descubrí en blanco y negro, confundido entre dolores corrientes. Una imagen tan difusa, y tan significativa a la vez, que daba miedo.  Tus ojos podrían ser los míos o tal vez los de otro, o tal vez los de nadie más que los de tuyos mismos. Por eso el día que llegaste, mientras saludabas a la vida sobre mi vientre aun hinchado, busqué tus ojos. Asomarme en ti para descubrirme a mí, que hasta entonces no habías sido más que el porcentaje fallido de una química absoluta, excedía de una simple aventura. Pero ahí estabas, sin parecerte a nadie, desprendiendo vida a golpe de inspiraciones diminutas que crecieron hasta convertirse en el sonido imprescindible de la mía. ¿Puede algo, nacido de un traspié, transformarse en perfecto? La ciencia no entiende de filosofías. Nunca supe qué pudo pasar para que la vida decidiera apearte cuando aún no sabía atarte los cordones de las zapatillas. Pero debes saber que lo mío, contigo, fue una verdadera historia de amor. Un amor casi perfecto, un amor de ojos negros y profundos que aun hoy, tanto tiempo después, vagabundea mansamente  entre  mis venas sin perderse nunca.


miércoles, 26 de abril de 2017

UNA DE HETEROPATRIARCADO Y UN CAFÉ.



Gracias al trabajo la mujer ha superado la distancia que la separaba del hombre. El trabajo no es lo único que pueda garantizarle una libertad completa.
Simone de Beauvier






Corren tiempos extraños, tan extraños como para que muchos de los valores y principios que hasta ayer considerábamos humanos y fundamentales no sean considerados más que cuatro tonterías que no merecen respeto alguno. Es quizá por eso, porque andamos en tiempos revueltos, en los que se confunde el culo con las témporas, que aquellos que, frente a determinadas posturas radicales, defendemos la igualdad absoluta entre hombres y mujeres, sufrimos virulentos ataques. Muchas de estas feroces acometidas son llevadas a cabo por otras mujeres que, autoproclamadas adalides del feminismo y de la verdad, propugnan otro tipo de posicionamientos sobre la realidad hombres/mujeres. Estas personas suelen considerarnos menos que cero. Se nos acusa de ser las principales enemigas de los derechos de las mujeres, pero en cuanto les preguntas a qué derechos se refieren, acaban diciendo que: a la vida; a no ser maltratadas; a vivir sin miedo; a no ser apartadas de sus hijos; a decidir su orientación sexual; a trabajar con iguales retribuciones que los hombres; a no ser discriminadas por razón de su sexo; a alcanzar cimas de poder en el trabajo; a desarrollarse personalmente sin interferencias perniciosas; a gobernarse como quieran; a su independencia; a conciliar su vida laboral con su vida familiar; a tener hijos; a no tener hijos; a no estar sometidas al dictado de la moda; a poder, en definitiva, hacer con libertad lo que todo ser humano quiere. Y no deja de ser interesante, porque precisamente todo eso es lo que yo quiero, y lo quiero sin levantar banderas de nada y sin machacar a todas esas mujeres que, queriendo lo mismo que ellas, no aceptan ni sus formas ni consignas totalitarias y castradoras, de unas y de otros. 

Defender todas esas cosas que todos queremos, nosotras y ellos, parece ser que no puede hacerse esgrimiendo que lo que debe primar para todo ello es la igualdad. Ni sosteniendo que no se quiere ser parte de nada si no es por la propia valía personal y profesional, porque no necesitamos cuotas que pongan a personas que quizá no lo valen solo porque hay que cubrir un cupo. Ni se puede sostener que lo que queremos, dentro de nuestras diferencias, es que nuestros derechos, y su ejercicio efectivo, no dependan jamás del sexo de quien los esgrime. Necesitamos leyes que establezcan no solo la igualdad formal entre las personas (sin distinción de su sexo), sino un sistema que lo garantice con un exquisito rigor (incluso con reconocimiento retroactivo) y que sancione, de un modo ejemplar, las vulneraciones que contra este derecho fundamental se produzcan. 
Sin embargo, en estos días de polémicas encendidas, pensar de esta manera es una mala cosa, sobre todo si eres mujer. Pues terminar vilipendiada y señalada por el dedo de otra fémina que sostenga (porque cree que su postura es mejor que la tuya) que eres consecuencia del maldito heteropatriarcado y que tiene la sesera medio seca, aunque lleves media vida partiéndote la espalda para que ella pueda sostener lo que le de la gana en absoluta libertad.



domingo, 23 de abril de 2017

DOMINGO




Era como si mientras el engaño sucedía en silencio y monótonamente, todos nosotros hubiéramos aceptado ser engañados, favoreciéndolo con nuestra inconsciencia o puede que cobardía, pues toda la gente es cobarde y prefiere de un modo natural cometer una traición, ya que ésta tiene un aspecto cómodo.
William Faulkner






Tengo que cerrar el balcón para que no se cuele el ruido de fuera. Los domingos siempre ocurre lo mismo, la calle, silenciosa a diario, se convierte en un continuo disloque de cánticos religiosos de la iglesia evangelista que hay la esquina y de críos correteando, gritando, por las aceras mientras esperan a unos padres que andan encomendándose a Dios o a quien sea. Una anticipación de la vida eterna acostumbraba a decir, con cierta guasa, en cuanto las primeras voces se colaban en casa.  Ahora ya nadie dice nada y todos esos sonidos son sólo un ruido insoportable que arruina la mañana del domingo. Abro al cabo de un rato cuando sé, por la costumbre, que la intensidad habrá ido de baja y los “Aleluya” solo serán un rumor que escampa entre los plataneros medio muertos del callejón y la ronquera de algunos tubos de escape. 
Busco en la nevera algo con lo que engañar el hambre antes de tirarme al sofá y recorrer toda la geografía de este festivo entre bostezos y lecturas a medio gas. Quedan unas galletas de chocolate, un poco de queso y una botella de cola sin gas. En el congelador, los restos de un guiso de sepia que trajo mamá antes de que le prohibiera la entrada. Aquí ya no entra nadie, nadie que venga con ganas de evangelizar por una vida que dicen que continúa pese a todo. Me pregunto ¿Qué sabrán? Cojo un vaso y lo lleno de agua del grifo. Por la ventana de la cocina se cuela una voz lastimera y unos cuantos rayos de sol que acabarán con la maceta de hierbabuena que sobrevive en el alféizar.  
Suena el teléfono y no descolgaré, esta vez tampoco, ¿Para qué? No tengo que contratar ningún seguro, ni cambiar de compañía de telefonía móvil. Ya nadie llama a las líneas fijas si no es para vender algo que no quieres. Tanta basura, tanta ruina, y nada que colocar en el horno, nada que cocinar ya. El polvo cubre la leja en la que aún reposan sus gafas. 
Solo son las dos. No hay nada que hacer. Solo queda esperar a que llegue otro domingo para abrir las ventanas y tener la posibilidad, una vez más, de despreciar la vida que se cuela en forma de salmos, de voces que murmuran sin que las veas, y el polvo que seguirá acumulándose sobre unos cristales ciegos.










martes, 18 de abril de 2017

PARAÍSO



El tabaco del narguile estaba demasiado apretado, como sucedía con frecuencia en casa de su amigo, y el agua burbujeaba malhumorada. Aziz estuvo persuadiéndolo pacientemente hasta que por fin cedió y el aroma del tabaco se extendió a chorros por su nariz y sus pulmones, expulsando el humo de las hogueras de estiércol que los había invadido mientras el joven médico cruzaba el bazar. 

Edward Morgan Forster






Llevamos sin dormir, cambiando de trenes, más de veinticuatro horas. Empieza a dolerme la espalda, pero no importa. La novedad y el entusiasmo que me genera todas y cada una de las cosas con las que me voy tropezando superan con creces el agotamiento que empiezo a arrastrar. Viajar por el gusto de no quedarse quieto es una de las inmensas maravillas de las que goza el ser humano. Por el camino, entre los campos de un cereal que no reconozco, los niños caminan volviendo de la escuela en la que han pasado todo el día. El contraste entre sus uniformes azules y la tierra severa es una de las mayores contradicciones de esta tierra tan rica y tan pobre a la vez. Al cruzar la última aldea, antes de entrar en la nada, el tren reduce la velocidad y un grupo de mujeres sube para vender cocos; bolsitas de leche de unas vacas famélica, que sobreviven con las cuatro hierbas que crecen junto a las vías del ferrocarril; y flores de franchipán para vestir la melena. Compro un coco que parto contra la agarradera de la banqueta y me encomiendo a la naturaleza para que esta temeridad no me lleve a tener que correr, en las próximas horas, a un baño que no existe. 
Dejamos atrás una hilera de chozas que corren en paralelo a la vía por la que marchamos y que marca la frontera entre lo fugaz (nosotros) y lo que siempre permanece (ellos). Vamos tan despacio que se puede contemplar la vida sin que nuestra presencia, escondida tras el casco de un tren, llame la más mínima atención. 
La vista de lo escaso devuelve la idea de lo imprescindible, de lo que en verdad es esencial. 
Nos adentramos en páramos casi desiertos, salpicados por algunas pozas de agua verdosa en las que los bueyes de agua campan a sus anchas. 
Me asomo a la ventanilla una vez más. Está atascada desde que salimos, pero el aire, aunque caliente, alegra un poco el bochorno de este vagón ruinoso. El aire huele a bosta y a tabaco viejo. Una bandada de pájaros recorre la línea del horizonte. Pronto anochecerá y el viaje seguirá alumbrado con apenas la luz de lo que parecen unas linternas colgadas del techo del vagón. Aprovecho los últimos rayos de sol para escribirte esta nota.




viernes, 14 de abril de 2017

KILOMETRO 43


"Sí algún día llegas a ser bueno en este juego
 ¿Qué va a cambiar para tí?" Me dijo al marcharse.

Richard Ford




Las manos tiemblan. Coges el volante con fuerza, pero el temblor sigue ahí. Respiras hondo. Intentas concentrarte en la carretera aunque sea una recta infinita por la que no pasa nadie, por la que no pasa nada. El parabrisas se tapiza de mosquitos que el sol seca al minuto. Escuchas el silencio roto por el motor del coche y el zumbido de una abeja que se cuela por la ventana. El corazón se te aturulla, late un poco más rápido que hace unos minutos pero la cabeza, despejada, sigue ordenando cualquier cosa que por ella va pasando. Tu ganancia será mi perdida, pero nadie notará la diferencia. En apariencia nada habrá cambiado. En tu mundo invertido, las sombras son tenaces y las conversaciones pendientes anulan el sentido. Te escuchas el corazón y te alegras de seguir vivo. Quizá deberías parar a repostar antes de que sea tarde. En el arcén se pudren los restos de un zorro. 


martes, 11 de abril de 2017

MIS CUATRO CHAVOS

                               
                               La estudié y ella nada me enseñó.
                               Pronto olvidé todo lo aprendido; después,
                               fui agobiado por el conocimiento— 
                               el insoportable conocimiento de la nada.
Thomas Merton




Dices que ya estás listo, que cuando quiera podemos salir. Pero no, necesito un poco más de tiempo y que ese tiempo lo acompañe un café sin prisas, sin el tintineo de las llaves en la mano, sin el peso que moveremos de un lado a otro de la ciudad porque eso es lo que nos tocara hoy. Correr y volver a correr para demostrarles a todos que no estamos muertos. Miro por el balcón, en el edificio de enfrente, una reunión de trabajo parece irse de madre. Los brazos alzados, algunas cabezas bajas y aquí, sobre la mesa, el café esperando que le disuelva el azúcar mientras leo por encima los titulares del periódico de ayer que alguien dejó sobre mi mesa.  Una muerte inesperada que parece más muerte que cualquier otra, ser famoso es lo que tiene; unas cuantas bombas que reparten vísceras que a pocos importan porque no los conocía ni Dios; y, como colofón, el relumbrón de unos cuantos que juegan al fútbol por cuarenta mil chavos a la hora, al minuto, tal vez al segundo. Migajas de un mundo raro que ya ha quedado antiguo. El ayer no existe aunque sobre la mesa aun quede el papel. Descuelgo el teléfono porque quiero dar los buenos días. El café se enfría. Veo que te impacientas, tenemos que salir si no queremos llegar tarde. Un gesto con la cabeza para decirte que sí, que ya salimos, pero es un sí que es un casi no, porque confío en los diez minutos de cortesía y porque a estas alturas la vida ya no permite dejarse nada en el tintero. Pero eso tú, a tus pocos años, quizás aun no lo sepas. Tampoco ahora importa demasiado.






domingo, 9 de abril de 2017

VIERNES



“Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer.Y todo 
lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado”.

Joseph Roth



Me la encuentro sentada frente al televisor. Tiene las manos sobre la falda, jugueteando con los restos de un ovillo de lana. Son las cinco y media de la tarde y dice que en cuanto me vaya se prepara algo para cenar, un poco de leche y un par de magdalenas, y se irá a la cama. De nada vale que le diga que eso no es cenar, o que nadie puede acostarse cuando el sol todavía ilumina las calles salvo que quiera morirse, porque sé que en cuanto cruce el portal, pasará el cerrojo, irá a la cocina, y lo de fuera dejará de existir.
Quiero explicarle que la historia se repite una vez más; que la realidad siempre ha superado a la ficción y que la historia, aunque los años la enquisten, nunca sirvió para evitar lo que no se puede evitar. Enamorarse de quien no se debe es la marca de la casa. Ella lo sabe bien. Decirle eso es una obviedad. Ha vuelto, una vida después, el amor encorsetado, limitado por estrecheces y obligaciones, que sólo revive los viernes al anochecer. 
La vida es un galimatías con reparto de migajas en el que, a poco que te empeñes, te tocan las duras. Se lo digo, sin decirle ni una sola palabra, mientras en la telenovela dos venezolanos se enzarzan en un discurso propio de dos marcianos. Me pregunto si este tipo de series pasan algún filtro antes de lanzarlas a bocajarro. Seguro que no, así se adormece el sentido común y los recibos de la luz, durante la media hora que dura el capítulo, no parecen un problema. Me acaricia la mano. 
Miro el reloj. Por la ventana, la luz empieza a decaer pero aún faltan un par de horas para que la noche caiga del todo. Es viernes. Me pide que le acerque gafas ante de irme y que me cuide. Se las pongo con cuidado, le doy un beso en el cabello y me voy. Le prometo que volveré la próxima semana.




lunes, 3 de abril de 2017

HALF BELIEVE


And I am sick for want of sleep;
so sick, that I can half-believe
the soundless river pouring from the cave
is neither strong, nor deep;
only an image fancied in conceit.
Philip Larkin




He intentado no imitarte, hacer como si todos estos años, tus idas y venidas, no hubieran conseguido que parte de lo que eras quedara pegado por todas partes. Pero es difícil. Pongo un disco, uno que me recomendaste hace ya muchos años, cuando te miraba sabiendo que el amanecer no era más que el paso intermedio entre tus horas y las mías. Vuelvo a mirar por la ventana mientras escucho la melodía que el tiempo también ha hecho mía. Amanece de forma lenta, de manera un tanto excesiva. Es belleza de las primeras horas de día y de la naturalidad en el saber que cada día que despierta es para morir un poco.
Empieza a llover. Como entonces. Puede que, precisamente por eso, porque mañana entraré en esa fase de terror incontrolado que durará unas semanas hasta que, si hay suerte, me despidan por algún tiempo, que me decido a buscar entre los libros aquel del que siempre hablabas y nunca leí. Era una manera, quizá muy tonta, de guardar algo por descubrir y que me sorprendiera. Pero esta mañana, porque quizá es la primera de las muchas o de las pocas que marcaré en el calendario, necesito que no me quede nada por saber. 
Pienso en el sufrimiento, en el tuyo, y paso los dedos por la cicatriz que convirtió mi cuerpo en un zombie malencarado. Vuelve a llover, como aquel día que, sin paraguas, caminabas sujetándome del brazo que soportaba el peso de un mal que nunca quise. Y luego, ya en casa, tuve miedo. Contar hasta diez no sirvió de nada. Ahora vuelvo a contar, a escuchar aquel disco como si de esa manera las cicatrices que aun guardo ayudaran a no perder tu recuerdo.