domingo, 9 de abril de 2017

VIERNES



“Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer.Y todo 
lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado”.

Joseph Roth



Me la encuentro sentada frente al televisor. Tiene las manos sobre la falda, jugueteando con los restos de un ovillo de lana. Son las cinco y media de la tarde y dice que en cuanto me vaya se prepara algo para cenar, un poco de leche y un par de magdalenas, y se irá a la cama. De nada vale que le diga que eso no es cenar, o que nadie puede acostarse cuando el sol todavía ilumina las calles salvo que quiera morirse, porque sé que en cuanto cruce el portal, pasará el cerrojo, irá a la cocina, y lo de fuera dejará de existir.
Quiero explicarle que la historia se repite una vez más; que la realidad siempre ha superado a la ficción y que la historia, aunque los años la enquisten, nunca sirvió para evitar lo que no se puede evitar. Enamorarse de quien no se debe es la marca de la casa. Ella lo sabe bien. Decirle eso es una obviedad. Ha vuelto, una vida después, el amor encorsetado, limitado por estrecheces y obligaciones, que sólo revive los viernes al anochecer. 
La vida es un galimatías con reparto de migajas en el que, a poco que te empeñes, te tocan las duras. Se lo digo, sin decirle ni una sola palabra, mientras en la telenovela dos venezolanos se enzarzan en un discurso propio de dos marcianos. Me pregunto si este tipo de series pasan algún filtro antes de lanzarlas a bocajarro. Seguro que no, así se adormece el sentido común y los recibos de la luz, durante la media hora que dura el capítulo, no parecen un problema. Me acaricia la mano. 
Miro el reloj. Por la ventana, la luz empieza a decaer pero aún faltan un par de horas para que la noche caiga del todo. Es viernes. Me pide que le acerque gafas ante de irme y que me cuide. Se las pongo con cuidado, le doy un beso en el cabello y me voy. Le prometo que volveré la próxima semana.