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domingo, 19 de enero de 2020

LA PLUIE SUR LE TROTTOIR



P.D. Me he comido el tercer trozo de pizza. No podía dejarlo en la nevera y torturarme. Me ayudará a dormir. Buenas noches, Página. Te quiere, Minessota.

Recuerdos del futuro. Siri Hustvedt






Marie y León desayunan en la mesa de al lado. Podría haber inventado los nombres, pero responden a los suyos propios. En su corrección y sencilla elegancia, el uno llama al otro por su propio nombre, sin que su repetición les canse en absoluto. León le pide a Marie que le pase las servilletas; Marie, que hojea el suplemento del periódico que lee León, le comenta cualquier cosa. Repiten su nombre , ella con un ligero tono afrancesado, como si de esa manera apuntalaran la presencia del otro mientras, con calma, beben de sus tazas.  La imagen reconforta en tiempos de crispación y de dejadez. Tranquilidad y sosiego en una naturalidad abrumadora. La mano de León juguetea durante unos con los dedos de Marie que sigue a lo suyo y él, sin despistarse, sigue leyendo el periódico. Entre ellos se detecta la complicidad de una compañía larga que ahora parece apaciguada. El paso del tiempo amansa, aunque puede que, en este caso, la cosa sea sencillamente porque es así, porque son así. Guapos en su ancianidad, tranquilos, sosegados y, porque, en definitiva, es un domingo de invierno, con un tiempo de perros y la cafetería es un lugar tan bueno como cualquier otro para pasar las horas de la mañana sin que nada moleste. Barcelona, como cualquier otra ciudad del mundo, se nutre, por necesidad, de momentos en los que olvidarse de todo para centrarse en el otro sin perderse de uno mismo. Es la necesidad de la calma,  del espacio, del respirar sin prisas.  Frente a mi, todo eso, aunque puede que sea producto de la imaginación, precisamente, de una mañana de domingo de borrasca y tiempo muerto.

Podría ser la imagen de una película de Woody Allen o de Haneke en mitad de una escena amorosa, pero es algo real que supera la ficción en la que nos recreamos. Puede que el amor sea precisamente lo que veo en estos momentos. Apunto en un papel dos ideas para no olvidar y una realidad que con frecuencia se nos pasa de largo y es que el amor existe y que se sustenta, como casi todo lo importante, en pequeñas cosas, en detalles que vistos desde fuera podrían carecer de interés pero que en la intimidad de a dos construyen una vida. Detalles como el beso que el anciano deposita en el pelo blanco de Marie cuando sale a fumar y ella le regaña removiendo sus anchas caderas en una silla escasa; o como las  manchas maduras de las manos de la mujer que  se ven cuando pasa las hojas de la revista que hojea; o la frente marcada de León cuando intenta leer, desde la silla de enfrente, el párrafo que le muestra la que en esos momentos se me antoja la mujer más bella del mundo.
Nos cuesta imaginarnos viejos y hacernos a la idea de la propuesta de futuro escaso que casi siempre la acompaña. Y no nos creemos que algún día, a poco tardar, seremos ancianos, porque lo de la vejez siempre parece que vaya a ocurrirle a otro hasta que, sin que el calendario de tregua, las velas a soplar son tantas que se sustituyen por dos números que disfrazan el contador. Por eso, la imagen de Marie y León, tan ancianos, tan acompañados el uno del otro, aleja el fantasma de la soledad futura, del mal de vida, y transforma en preciosa una mañana de viento y lluvia.




lunes, 21 de mayo de 2018

POMPAS DE JABÓN


"En el cielo la princesa llora sobre el cuerpo del príncipe ciego. Caen dos lágrimas dentro de sus ojos y él puede ver. El rescate. Las lágrimas. Cuéntamelo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama".

Leer para ti -Siri Hustvedt-






Me acostaba siempre antes de que llegara a casa. A veces, cuando me había entretenido demasiado haciendo los deberes y cenado un poco más tarde, me bastaba con escuchar el ruido metálico del portal para darle un beso a la abuela, correr a mi habitación y enterrarme bajo el peso de las dos mantas que cubrían la cama. Me hacía la dormida, la cara mirando a la pared para que ni un pequeño parpadeo pudiera descubrir que cada vez que él venía a mi habitación fingía dormir. Aguantaba la respiración, contaba hasta un diez eterno y entonces, solo entonces, con el ruido de la puerta al cerrarse,  la habitación volvía a oscurecerse del todo.  Le había cogido miedo y aun no sabía bien el motivo. Le quería, o tal vez ya no, no lo sabía, solo sabía que tenía miedo y que se me entreveraba por dentro hasta volverme miedica sin reconocer a quien antes quise tanto. No me había puesto la mano encima jamás, la zapatilla era cosa de mi madre, pero quizá fue, la discusión que escuché una noche, al poco tiempo de que ella se marchara, una noche en que volvió tarde, golpeándose contra los muebles y gritando que era una puta que no merecía vivir. La abuela le susurraba que se callara, que no dijera enormidades, que era su hija. Aquel día me hice pis en la cama. Por la mañana nadie dijo nada, la abuela me había preparado un gran tazón de chocolate y dijo que íbamos a pasar el día en la Casa de Campo. Vendría mi prima Julia y mi tía Cata, y papá podría descansar. Cogimos el autobús y fuimos en silencio todo el camino. La abuela tenía el semblante sombrío y aunque me sonreía cada vez que la miraba yo sabía que algo grave estaba pasando y que mis padres estaban en el centro de todo aquello. Había pasado la noche dándole vueltas a quién se referiría papá con aquel “no merecía vivir”. No podía ser la abuela, la quería, la necesitábamos y se lo merecía todo, todo lo bueno que el mundo fuera capaz de darle. Quizá se refiriera a mí, quizá fuera yo esa puta de la que hablaba aunque y yo aún no sabía qué demonios era eso.
La vida se había vuelto complicada desde la marcha de mamá. La echaba de menos pero no se lo podía decir a nadie. Lo guardaba dentro como si de esa manera el dolor de su ausencia se pudiera dormir y desaparecer.  A papá apenas le veía desde entonces, vivía en casa pero era un extraño al que no reconocía. Un día, al volver del colegio, ya no estaba y al preguntar por ella nadie dijo nada, solo que no me preocupara. Pero ese empecé a conocer que era la preocupación. La casa estaba triste, la abuela parecía engullida por el desconcierto y las risa de y las pompas de jabón que los días de fiesta papá soplaba en el Retiro  habían desaparecido para siempre. Silencio, algún rumor seco y la lejanía de todo.
A veces, los domingos papá  comía con nosotras y entonces su mano,  grande como la de un gigante, se posaba sobre mi cabeza, como antes, me acariciaba el pelo y suspiraba como si le doliera por dentro. Al terminar el almuerzo se tumbaba en su cama y desaparecía cerrando la puerta de su dormitorio. Pero aquel domingo no comimos en casa, ni escuché como papá se lamentaba de la vida y no pude por menos que preguntar a la abuela, mientras recorríamos la Gran Vía,  quién de las dos, si ella o yo, no merecíamos vivir.
El autobús paró frente a los grandes almacenes en los que yo sabía que había trabajado mamá. La abuela miró al frente, evitando la ventana. Me apretó la mano y me dijo que no me preocupara, que todo andaba bien.  Pasamos todo el día fuera de casa, como si el descalabro que vivíamos en casa desde hacía meses no fuera más que parte de una telenovela que no nos incumbía. Disfruté mucho corriendo entre los alcornoques, comiendo una manzana glaseada que compartí con Julia y me olvidé de papá, de mamá, de la abuela, hasta de mí misma. Pero por la noche, al acostarme, el rumor de las palabras gruesas de papá  ahogadas contra su almohada, me hizo preguntarme, de nuevo, si no sería yo quien no merecía vivir.



sábado, 25 de julio de 2015

DINOSAURIOS





«(...) Pero ¿Qué te ocurre? Sabía perfectamente lo que le ocurría. El amor.»
Siri Hustvedt



Me despierto con un nudo en el estómago que al principio identifico con hambre. Descalza, y con la casa en silencio, me acerco hasta la cocina y me como la última galleta de Pol. Anoto en la lista de la compra: zumo de piña y galletas dinosaurio. El nudo no desparece, aunque no ha quedado ni una miga. Me entran ganas de llorar, o de gritar, o de llorar y gritar todo a la vez. Maldigo el día en que le conocí, el día que llegó a casa diciendo que me quería pero de otra manera, el día que empezó a follarme porque había dejado de hacerme el amor. Maldigo, en definitiva, el día que nació...Pero sé que no es verdad, o que no lo es del todo. Pienso en Pol, lo mejor  que toda esta historia me ha dado, y pienso en su nariz diminuta, en los brazos de boxeador enano que abraza haciendo tanta fuerza que contrae las mandíbulas dibujando un gesto gracioso y tierno, en su todavía olor a leche dulzona. Maldigo el puñetero momento en que firmé que la vida se detenía por semanas, aun sabiendo que eso es lo que tenía que hacer.
Pongo la radio con el volumen tan bajo que la voz del locutor apenas llega como un susurro. Es la costumbre, porque esta semana no se despertará nadie. Y maldigo la República Checa, las rubias naturales y el Mobile World Congress.


lunes, 2 de febrero de 2015

GISELLE Y CAPERUCITA PERDIDA POR LA AUTOPISTA


Pero ¿Qué te ocurre? Sabía perfectamente lo que le ocurría. El amor.


Llegué el viernes sin avisar demasiado que iba. Había apuntado que tal vez, que quizás, que si la cosa se ponía a tiro, pero lo cierto es que tenía los billetes desde hacía un par de meses. La intención de sorprenderles a la salida de la escuela hizo que durante semanas me mordiera la lengua y me hiciera la loca. Y loca me volví, y el resto un poco también, porque si hay algo que me gusta es mi gente, los míos. Y son capaces de trastornarme para bien y, por qué no decirlo, para mal también. Por eso casi nunca importan las cosas coyunturales, y no importa que el termómetro no suba ni poniéndolo en agua caliente, ni que las turbulencias te dejen medio cao, ni siquiera los kilómetros conduciendo entre la niebla como si fueras Caperucita perdida en mitad del bosque. Y casi tampoco importa, aunque a veces se crea que sí, que cuando la cosa se acaba a una le quede la sensación de que se pierde parte de la vida, de la vida de otros que es la vida de una misma, porque se sabe de antemano (y de mano después), que la cosa va así. Así que si un día alguien les llama para decirles que lo que más le gustaría en el mundo es que estuvieran allí, no lo duden, vayan. Lo circunstancial apenas importa más que si va a convertirse en una excusa. Cuando algo importa ningún esfuerzo es demasiado, y lo de menos, en este caso, era Giselle. Pero no, Giselle cuando tienes nueve años también importa, y mucho.






martes, 25 de noviembre de 2014

JUST LIKE HEAVEN


A diferencia de los jóvenes que vislumbran el fin de sus días de una manera remota y filosófica,
aquellas mujeres sabían que la muerte no era una abstracción.



En los últimos meses, desde su regreso, sus hombros andan más que curvados y sus ojos guardan casi permanentemente el rojo contenido de unas lágrimas que no sé si ha sido o serán en cuanto nos levantemos de la mesa. Marchó dejando atrás media vida para comenzar otra que apuntaba bien alto y que al final resultó que aquello tan alto no era más que un espejismo disfrazado de una falsa bonhomía. Ahora hace casi un año de su regreso y la mochila que se trajo es bastante más pesada que la que se llevó cuando se fue hacer las Américas. Y la vuelta no está siendo fácil, recolocarse en lo personal, en lo profesional, casi siempre cuesta un mundo.

Pago el café, antes de que le dé tiempo a sacar el portamonedas, con la gracia inventada de excusar que hoy he sido una mujer con suerte porque me ha tocado la devolución del cupón de los ciegos, porque sé que de otro modo no va a permitir que pague su cortado. El uno treinta cinco de cada uno de los dos que pedimos, como apunta cuando nos traen la cuenta, es ahora un café de lujo. Y sé que para ella lo es, y sé también que ese uno treinta y cinco multiplicado por dos, que dice que le toca la próxima vez, es lo que puede hacer que tarde en verla. Por eso no me toca otra que inventarme cosas como que es mi cumpleaños, que me han tocado los ciegos, que le he sisado a cualquiera, o que yendo en su busca me he encontrado un billete de cinco que mira que bien que nos va a venir. La vida a veces es muy difícil y en ocasiones nos muestra sus posaderas de un modo demasiado escandaloso, y esos momentos tremendos solo se salvan a base de cortados o café, y eso lo sé porque hace algunos años, cuando creía que mi vida estaba llegando al final (no en sentido metafórico, sino en el de la más descarnada realidad) no fueron pocos los que tuvo que apoquinar porque mi bolsillo se me quedaba estrecho antes de llegar al día cinco de cada mes.
Así que ahora, porque mi mochila pesa bastante menos que la suya, pago cortados y cafés excusando tonterías, esperando que la tarde despeje antes de que salgamos de la cafetería y que la vida, cuando tenga a bien, se le ponga de cara de nuevo aunque para ello haya que volver cien y mil veces, si es necesario, a la manida idea de que todos son rachas, pero que las rachas son solo eso, rachas que igual que vienen se van y que lo que no debe faltarnos jamás son unas cuantas tazas de café aunque fuera caigan chuzos de punta.



viernes, 29 de junio de 2012

PINTAMONAS


He pintado una pared de rojo y el resto ha quedado de un blanco impoluto. Recojo los papeles, los plásticos y dejo abierta la ventana para que esta pequeña revolución doméstica se seque y no me asfixie esta noche mientras duermo rendida, después de pasar la noche en vela y haber consumido la tarde rodillo en mano mientras Antonio Machín le ponía la banda sonora a esta chifladura.
Así que, a golpe de cadera, grandes dosis de sudor y agua mineral, redecoro mi vida y, con mi poco dotada voz, una tras otra, canto toda la discografía de Machín. 

Al final será cierto que cuando uno anda enfrascado en lo manual, esquiva lo mental. Ya pienso en si debo alicatar el baño, cambiar el suelo del salón o dedicarme a desmontar los radiadores de la calefacción.

Ahora, después de la ducha reparadora, con el silencio de la noche del viernes, roto únicamente por la pegadiza voz de Machín, que sigue sonando de fondo y el de este teclado que escupe sandeces, voy a por una copa con la que brindaré a mi salud, por mis dificultades para comprender algunas cosas, por mi innegable adicción  a ensimismarme, a escribir cartas que corrijo una y otra vez que terminan en una caja de galletas donde finalmente se mueren.

Pero una es así, y estas alturas de su vida, con lo que lleva llovido, no parece que esa una vaya a convertirse, por arte de birlibirloque, en un ser racional.

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"Cuando Boris se marchó  de repente, llevándose su cuerpo y su voz, yo empecé a flotar". "Mi drama era que mi interior había llegado a tocar el exterior" "La indiferencia era el remedio, pero no sabía encontrarla en mí."




domingo, 11 de marzo de 2012

SU LENGUA

Me he levantado tres veces de la silla, encendido y apagado el ordenador otras tantas después de estar frente a la pantalla, con los dedos sobre el teclado, incapaz de pulsar, con cierto sentido, una sola tecla. 
Ayer quería decir muchas cosas y sabía cómo quería decirlas, pero dejé que volaran, y al girar la esquina debieron quedar pegadas en el costado contrario. Hoy, la mitad de aquellas cosas han perdido la poca importancia que pudieron tener hace unas horas.

En la cafetería del Prado hay mucho ruido, pero haber crecido en una familia numerosa hace que, con una facilidad pasmosa, pueda aislarme y no oír nada sin apenas hacer ningún esfuerzo. Así que, sentada en la única mesa libre que encuentro, entre un ruidoso silencio, mientras me quemo la lengua con el café, busco en internet la historia de Doña Isabel de Segura y  Don Diego de Mansilla. Los enamoramientos fatales.  

Le envío un último mensaje y anoto en la agenda: “Degrain”; enviar a Juan el borrador; pagar el IBI; renovar el carnet de conducir, telefonear a Isabel y buscar “Aire de Dylan”
Me escuece el labio.

Ha oscurecido, y sigo mirando la pantalla sin poder escribir nada. Como protector, la  imagen de Doña Isabel de Segura antes de la boda que nunca se dio; la imagen de Doña Isabel agonizando, recostada sobre el pecho de Don Diego de Mansilla. Saltan de una a otra, encadenadas como no podría ser de otra manera. Los enamoramientos fatales. 
Vagando entre reflexiones difusas, intento imaginar, comprender, la soledad de Doña Isabel, la estupidez intemporal en la gestión de los sentimientos, el miedo al albedrío y en lo mucho que me apetecería quemarme la lengua mientras rozo la suya otra vez.

Ayer lo sabía, mientras me mordía el labio. Pero  hoy ya no lo sé, o sí.

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"El tiempo no es algo externo a nosotros, vive en nuestro interior. Sólo nosotros vivimos el pasado, presente y futuro, y el presente es demasiado efímero para que seamos plenamente conscientes de él; sólo después lo recordamos y entonces lo hacemos de forma codificada, si no se disuelve en la amnesia."

Siri Hustvedt -El verano sin hombres-

domingo, 4 de diciembre de 2011

GYPSY

Descubrió su secreto. Tuvo que reconocer que el hallazgo fue algo casual, encontrado sin el propósito de encontrar nada. 
Tal vez, aquel olvidó que lo que un día se deja al alcance de otro al final sale a la luz, que sólo es cuestión de tiempo, porque, pese al intento de secretismo, todo sigue ahí y cualquiera, incluso sin que se tenga un especial interés en nada, puede tropezar con una verdad medio oculta. Y fue así, de un modo casual, como topó con la historia de una existencia desastrosa que sólo se intuía.

Al final, el misterio resultó no tener nada de misterioso. Una apariencia que sólo era humo. Nada de filigranas, puro papel de estraza y almidón. Una vida corriente, como la de cualquiera. Una nada ampulosamente camuflada. Su ruina, como casi siempre, un amor inconfesable. Amar cuando no se debe se convierte en algo deshonesto si no se está dispuesto a perder posiciones ventajosas. Y lo intentó, y corrió rápido para mantenerse en la cabecera de la gran mentira. Pero nada se puede esconder para siempre.
Los secretos dejan de serlo cuando se comparten con un indiscreto, porque la mesura de uno puede casar mal con la del que está enfrente.

Al final, las cartas siempre terminan por estar sobre la mesa, y eso no deja de ser curioso. Sus fantasmas, aquellos que creía bajo la suela de su zapato, se le habían escapado por el tacón.

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"Mi hermana decía que fue «la época de los secretos»,pero con el tiempo he llegado a la conclusión de que lo importantede aquellos años no era lo que había sino lo que faltaba. En una ocasión una de mis pacientes dijo: «Tengo fantasmas que deambulan dentro de mí, pero no siempre hablan. A veces no tienen nada que decir.» Sarah solía entrecerrar los ojos o mantenerlos casi siempre cerrados porque temía que la luz la cegara. Creo que todos llevamos fantasmas dentro y que es preferible que hablen a que no lo hagan. Una vez muerto mi padre, ya no pude volver a conversar con él en persona, pero continué haciéndolo en mi mente. No dejaba de verlo en sueños ni de oír sus palabras. Sin embargo, lo que habría de mantenerme ocupado durante un largo periodo de mi vida fue lo que nunca nos dijo, lo que nunca nos contó. Al final resultó que él no era la única persona que guardaba secretos. Fue el seis de enero,cuatro días después de su entierro, cuando Inga y yo encontramos la carta en su estudio".
Siri Hustvedt





viernes, 17 de diciembre de 2010

TODO CUANTO AME (Fragmento) -Siri Hustvedt

 

"Siempre que muere un artista, su obra comienza lentamente a reemplazar a su cuerpo, convirtiéndose así en su sustituto corpóreo en este mundo. Se trata de un proceso, supongo, inevitable. Al pasar de una generación a otra, ciertos objetos de utilidad, tales como sillas o platos, pueden parecer temporalmente infundidos del espíritu de sus antiguos dueños, pero esa condición sucumbe con bastante rapidez a sus funciones pragmáticas. El arte, por su inutilidad intrínseca, se resiste a verse incorporado a la cotidianidad, y cuando es mínimamente potente, parece alentar con la vida de la persona que lo creó".
Chick Corea - Fiesta Piano Solo