sábado, 31 de diciembre de 2016

SALUD Y FUERZA



La nostalgia no sólo es desvergonzada, también es traicionera.
Karl Ove Knausgård





A pocas horas de acabar el año surge el eterno conflicto entre enterrar lo viejo y ensalzar lo que tiene que venir que, una vez venido, intentaremos enterrar también al cabo de cierto tiempo. Se nos despide un año bastante extraño, bastante inútil, bastante cansino. Un año de sentimientos encontrados, de proyectos frustrados, de risas incontroladas, de carreras sobre una rueda que acaba llegando al mismo sitio, de penas negras como la pez y de enormes dosis de esperanza. Un año de grandes aciertos y de errores morrocotudos de los que cabe lucirse un rato y también lamentarse pero, en esto, solo un poco, porque uno no puede andar toda la vida pensando en lo que pudo haber sido y al final fue. Un año en los que, como siempre, he ganado pero también he perdido; un año que he echado de menos a algunas personas y he echado de más a algunas otras. Pero el balance, al final y como casi siempre también, queda en tablas.  Hace tiempo que decidí calzarme las gafas de lo relativo, así que desde ahí creo que todo está medianamente bien, relativamente bien. Llega la hora de los deseos y el primero, como no puede ser de otro modo, es que la vida no se cebe con nosotros; que podamos vivir en una calma que aliente pero que no mate; que busquemos y encontremos; que no molestemos, ni nos molesten, más que lo imprescindible, lo necesario. En lo particular solo pido seguir comiendo y conociendo, lo que resume mi filosofía sobre el control mediano entre el físico y psíquico; ser capaz de seguir ardiendo por el interior (aunque sea un poco), y que el tiempo, si quiere, me devuelva algunas cosas que perdí por el camino, aunque sé que eso no es más que una chiquillería. Salud y  fuerza.



lunes, 26 de diciembre de 2016

QUIERO PENSAR



"Nada vivo se mantiene sin esforzarse continuamente por realizar su específica naturaleza, y es por eso un mero conato o aspiración de cumplimiento de cierto sí mismo, lo cual significa parecerse a un "estar" antes que a un "ser".
Antonio Escohotado





Quiero pensar que aquellos que vendrán por detrás nuestro, que ahora no son más que una esperanza en crecimiento, no se torcerán como nosotros. Que serán capaces de sobrevivir a un mundo que hemos destrozando generación tras generación. Que sus risas de ahora serán la voluntad de un mañana en que tendrán que enderezar lo que nosotros no supimos. A veces me pregunto si les habremos dejado margen suficiente, si la suma de sus errores junto a los nuestros no será un paso más hacia el despeñadero por el que el hombre parece destinado a acabar sus días. Quiero pensar que no será así, que serán más inteligentes que nosotros, que serán capaces, en nuestra ausencia,  de  hacer de la vida un lugar más amable, que doblegaran el destino que les vamos marcando y que acabarán sobreviviendo a la angustioso mañana que ahora les entregamos.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

DÍA RARUNO



Te diría que te fueras al infierno pero 
la verdad es que no te quiero volver a ver.
Mad men






Aquel día empecé a sentir que todo me empachaba. Recurrir a notas que dejaba escritas por cualquier sitio, con intención de no olvidar lo que consideraban que eran hechos objetivos que reforzaban la decisión que había adoptado semanas atrás, me estaban transformando en una especie de escriba, con tintes de notario venido a menos, que solo ponían de manifiesto que los años me estaban convirtiendo en un ser más que extraño. ¿Por qué dejar testimonio de presuntas de objetividades muy poco objetivas? ¿Era una especie de munición que acumulaba para lanzarla contra aquel que perturbara el normal discurrir de mis decisiones? Al final las fui buscando una a una, hice una bola con todas ellas y las tiré al cubo de la basura. Dejé una, solo una, pegada en la puerta de casa que me recordaba que en dos días acababa el plazo del pago voluntario de una multa que recibí por culpa de otro. La puerta de la nevera, el espejo del baño y cualquier otro sitio en el que pudiera pegarse el papel engomado quedaron limpios como una patena.  A partir de ese momento, y salvo por la triste evidencia de que la multa iría incrementándose a base de intereses de demora porque no estaba dispuesta a pagarla, mi vida dio un giro radical. Era ya una mujer liberada del yugo testimonial de las imbecilidades de otros que, poco a poco y sin remedio, me habían convertido en una persona tan imbécil como aquellos a los que les apuntaba la falta objetiva, siempre presunta. Pensé que me merecía una recompensa y, en aquel momento, como no había nada con lo que satisfacer aquella gloria que había hecho que me viniera arriba, anoté en un papelito, también engomado que, al día siguiente y sin demora, me recompensaría del modo lo más extravagante posible por mi decisión de poner fin a mi notarial entrega a la causa de la objetividad mundana, como método paliativo de las injusticias universales que consideraba inflingidas por culpa de otros. Porque eso sí, la culpa siempre es de otro, menos de Don Draper por supuesto.






domingo, 18 de diciembre de 2016

DE LO MENUDO




Nuestras escenas de amor eran mudas e intensas, un desvanecimiento a las profundidades de la inmovilidad. Fanny era toda languidez y sumisión, y yo me enamoré de la suavidad de su piel, de la forma en que cerraba los ojos siempre que yo me acercaba a ella silenciosamente por detrás y la besaba en la nuca.

Leviatan -Paul Auster-





Compro un bocadillo para tomarlo a mediodía mientras me doy una vuelta por el centro.  No me importa comer por la calle, no tengo manías en ese aspecto. En la esquina me encuentro con Carmen. Hoy, además de los ciclámenes, los potos y algún que otro ficus enano, ha traído los ramilletes de hojas de eucalipto. Se acerca la navidad.  Le digo que me guarde un par, con las flores un poco cerradas, menuditas, que mañana me los llevo; y como sé que con toda seguridad no ha desayunado, desando los pasos y recojo un café con leche en vaso de cartón y otro bocadillo igual que el mío. Me da las gracias y dice que se lo tomará más tarde, que ahora no tiene hambre.  Desde que murió su marido, un hijo, con más desgracias que gracias, le ayuda a tirar del carrito que cada día, aunque llueva, planta en la esquina de casa.  Hablamos del tiempo, de su dolor de piernas y de que habría que adelgazar. Mal de muchos, le digo, mientras pienso en la regañina que me regalará la ginecóloga cuando vaya en enero. Debes perder peso, nada de ganarlo. Pero la naturaleza es cabrona y mientras vas poniendo años, vas sumando kilos, es una ley incontestable. Me despido hasta mañana, con el deseo en la lengua de que no llueva y de que el frío sea moderado. Tengo ganas de llevar el eucalipto a casa y de que Carlos se muera de gusto cuando entre por la puerta de aquí unos días. Demasiadas semanas ya sin vernos, demasiados kilómetros de por medio. Hay destinos que son como una media condena.











domingo, 11 de diciembre de 2016

CHICO

¡Todos se han perdido menos yo! Porque no tengo ningún maldito título universitario con el que lavarme el ojete. Porque acaban de llamarme ''displicente'' en mi puta cara... y he tenido que buscar en el diccionario qué coño significa esto. 
Oh boy



Nos cruzamos a la altura de correos. Nos saludamos sin demasiados protocolos. Nos dijimos las cuatro cosas corrientes, mostramos la sorpresa por ese encuentro tan curioso. Hacía tiempo que habíamos agotado los temas en común y pocas cosas quedaban ya por hablar. Un comentario sobre las casualidades, rebatido por otro sobre que las casualidades no existen, nos llevaron a la falsa promesa de llamarnos con calma, vernos de nuevo y ponernos al día. Nos despedimos con un apretón de manos que se prolongó un poco más de lo que marca la indiferencia. Había poca cosa que contar. El día a día de cada uno no deja de ser una sucesión de hechos vulgares que nada dicen a quien no los vive y, a veces, ni siquiera a ese. Continué caminando por la misma acera, acelerando un poco el paso y busqué en el bolsillo la lista de la compra que Brândusa me había entregado al salir de casa. Leí la nota que recogía todo un baile de productos de limpieza y una aclaración sobre las marcas blancas a las que no debía ni acercarme. Parecía un presagio. Me volví y ahí seguía, clavado sobre la acera. Pensé en acercarme, preguntarle si se encontraba bien, pero fue solo un instante. Sabía que no había nada que desandar, que mi futuro próximo se encontraba en el supermercado de la esquina. Nuestra historia común, prohibida entonces, había ocurrido hacía demasiado tiempo y, ahora, cada uno en su sitio vivía lo que le correspondía y, en aquel momento, lo que me correspondía era comprar las cuatro cosas que aquella mujer, que procuraba que mi vida no se convirtiera en un auténtico desastre, me había encargado. Brândusa había sido uno de los pocos aciertos en los últimos años. A diario me cruzaba con ella en el portal, trabajaba en casa de los del tercero. Por mi aspecto desastrado, sin afeitar, arrugado y un tanto encorvado, debí de darle una pena tremenda, la misma que un penco viejo, como dijo. Se ofreció a pasar por casa y echarme una mano por un precio razonable. Convenimos unas horas a la semana y, desde entonces, aunque mis hombros siguen en el mismo sitio, mi semblante ya no es el de un impresentable. 
Pagué y salí a la calle. Pensé en dar un rodeo, bajar unas cuantas manzanas y volver a subir. Con esa vuelta evitaría otro encuentro fortuito que iba a dejarme mal cuerpo y con la sensación de que el pasado me pisaba los talones. Empezaba a hacerse tarde pero necesitaba volver al presente. Caminé cargado el peso de la bolsa de la compra. Me puse nervioso. Cambié de dirección, entré en un bar y pedí un café mientras fingía leer el diario. Me repetí, con el sonido de fondo de las noticias de la mañana, que la memoria es engañosa. Rocé con la punta de los dedos la palma de la mano y convine, conmigo mismo, que somos mucho más frágiles de lo que creemos y que el tiempo es una mera convención que no rige en la cabeza.





viernes, 9 de diciembre de 2016

AZUL OSCURO


Ahora que vuelvo a pensarlo ¿Qué idiotez es esa de considerar sólo que al viejo ya no le acompaña el cuerpo para la fiesta? Me temo que lo primero que no le acompaña es el alma.
Aurelio Arteta





Empieza la vela de nuevo. Aun no sé por qué he escrito “de nuevo” cuando en realidad desde hace semanas la vela no cesa nunca. Vivimos en un estado de vigilia permanente en el que cerrar los parpados supone abandonarte y dejar de cuidarte, perderte entre las brumas de lo desconocido que desde hace semanas te arrastran. Vivimos fatigados, angustiados entre el temor razonable y esperado de tu perdida anunciada. Dejé de creer en Dios hace demasiado tiempo y no encuentro esperanza, ni consuelo, en vidas mejores ni en un más allá que no puedo palpar. Tu descanso no será nuestro descanso, no el mío. 
Siento tus manos diminutas, frías y lacias, sobre una sábana con la que te arropo a cada momento, aunque no hay movimiento que la agite porque la asepsia de esta sala lo paraliza todo. No puedo creer ni por un instante que no sientes nada, y no sé si es mi necesidad, o una historia leída en algún momento y repetida por los que intentan que tu viaje sea más liviano, que nos oyes, nos sientes; por eso no dejamos de hablarte, de acariciar una piel que conozco milímetro a milímetro pero que anuncia, con su palidez extrema, un final demasiado inmediato. Beso tu cabello ralo, tus mejillas huesudas y me parece sentir que tus venas palpitan, que bombean vida y que en cualquier momento abrirás los ojos, que todo habrá sido un mal sueño, una broma de mal gusto de este destino estúpido. Será tu mal sueño y nuestro mal desvelo. 
A veces, al volver a casa, pienso que debería cambiar tu cama, poner una sábanas limpias, pero también hasta ahí llega el miedo; miedo a que cualquier cambio precipite un final que ya nos roza las manos y nos hiela por dentro. Por eso el insomnio, no es una sombra, es un retazo de vida al que nos sujetamos mientras las horas se van diluyendo, pensando que los niños no se mueren nunca. Pero cada día amanecemos sin más normalidad, ni rutina, que tus labios amoratados, sellados a una vida a la que llegaste hace tan poco que tener que abandonarla ahora es un insulto grosero y una descortesía absoluta. Y cada día, con cada hora que pasa, nuestros ojos se vuelven ciegos, nuestras gargantas mudas y nuestros oídos sordos en el avance del miedo y de la derrota absoluta y todo, absolutamente todo, se vuelve azul oscuro casi negro.



domingo, 4 de diciembre de 2016

TRUMAN

¿Sabes que me enseñaste durante todo este tiempo?
Que nunca hay que pedir nada a cambio. 
¿Y tú, qué aprendiste de mí?
Truman





No cuesta imaginarte aquí, cercano, hablando de lo que hablan los que tienen una vida por delante y otra a las espaldas que los doblega, a veces sí y a veces también. No cuesta imaginarte porque no fueron pocas las veces en las que la realidad nos llevó a horas vagas en las que vencíamos el sueño entre ideas raras y tazas medio llenas. Desvelos de carne y corazones descalabrados que se encuentran y que se confunden entre la maraña que siempre acompaña a la inmediatez de lo que se desborda.
No hay noches suficientes que desvelen tanto misterio, ni días en los que la cabeza no duela de buscar el origen de esa necesidad definitiva. Y al final, algo se rompe, algo que roba los espejismos y los convierte en humo. 
Nada queda entre las manos, ni entre los muslos, ni entre las pocas razones de experiencias pasadas. El tiempo, la nada, el todo, y tu piel que se desdibuja a cada minuto que pasa.




domingo, 27 de noviembre de 2016

PERSONALMENTE


Es curioso lo lejana que resulta una desgracia
 cuando no nos atañe personalmente.
John Steinbeck




Es el sonido continuo de la lluvia descargando contra el suelo lo que te despierta. La misma lluvia que ensucia los cristales que reflejan un tiempo que no cesa. Un tiempo que te contempla, escondiendo una media sonrisa, entre los pliegues de los días que pasan. Y en tu cabeza, un botín de pensamientos que no sirven para nada, que te obligan a vivir bajo el contraluz que se forja con el gusto acre de las cosas muertas y la gracia misma que para ti guardan. Te buscas pero aquel cristal, marcado por el agua, te descarta una vez más y entonces comprendes que todo aquello que otros dijeron en el pasado iba en serio. Permaneces en pie porque es imperativo.



miércoles, 23 de noviembre de 2016

SANGRE DE TU SANGRE


Lo único que temo es morir mañana sin haberme conocido.
Sadegh Hedayat





Llueve en Barcelona y los mediodías de este noviembre extraño se llenan de vueltas para despejarse, para dejar que las cosas fluyan y poder seguir. Paseos que en ocasiones acaban en cualquier café, en cualquier librería. Son momentos que contentan sin más. Las cosas son así. Y en ese caminar de mediodías grises que invitan a poco, acabé llevándome a casa un ejemplar de Brújula de Mathias Enard. En sus primeras páginas, atrapadas con un café de por medio, es donde se encuentra la cita de Sadegh Hedayat «Nadie toma la decisión de suicidarse; el suicidio está en ciertos hombres, está en su naturaleza.» Y ahí quedó lo leído, con el poso de un día más, de una lectura curiosa en la que se piensa como se piensa en cientos de notas que se van encontrando por ahí.
El martes nos vestimos de negro por dentro y le enterramos. Cuatro paladas de cemento y se acabó. Ya no hay azoteas que tienten a nada, ya no hay males pesares, ni desesperanzas que nadie conoce. Solo queda un millón de interrogantes, una infinidad de momentos en los que la mirada se pierde y un cruce de dedos para que los mayores no se desmoronen. Al volver a casa no pude dejar de pensar en las líneas que había leído el domingo, el mismo domingo en que saltar al vacío se convirtió en una necesidad. Las cosas son así. Sangre de tu sangre que se pierde en un reguero que se fija con las lágrimas de los que quedan. Sangre que recuerda que la naturaleza de cada uno es un misterio. 
La vida viene como viene y se va, siempre, para siempre jamás, porque es nuestra propia naturaleza, extraña y compleja.


domingo, 20 de noviembre de 2016

ENTRE LOS DEDOS


Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después de amanecer.



Jaime Gil de Biedma






Concluyes que no hay infierno capaz de quemar la infinitésima esperanza en la vida y, aun así, te mueves rápido, intentado esconderte de la posibilidad de que esa mínimo anhelo anide y modifique, con una inesperada contingencia, un futuro al que te anclaste desechando, aun no sabes bien el porqué, aquel otro que resguardabas con ojos ciegos. Duele el entender, duele el vacío que deja esa expectativa que, a ratos sí y a ratos también, se escapa entre los huecos de los dedos para enredarse en la memoria. 







domingo, 13 de noviembre de 2016

BAGATELAS SENTIMENTALES


El éxito es sobrevivir: ésa es una definición
suficientemente buena para mí.
Leonard Cohen




Esta semana falleció Leonard Cohen. El mundo clama el dolor por la muerte del artista que a los ochenta y dos años ha podido hacerlo en su casa, rodeado de su familia. Miles de sentimientos se derraman en cascada por las redes sociales, inundándolo todo. "Nunca te olvidaremos", "te echaremos de menos". En momentos así, ante esta hecatombe emotiva, una tiene la sensación que la muerte de un artista, de una persona mediática, es mucho más muerte que la de cualquier otro. Un punto y aparte de categoría superior que emborrona la realidad de que todos, absolutamente todos, tendremos el mismo final. Un sanseacabó que nada podrá cambiar.
Sentir es algo muy particular y lo que a uno le conmueve a otro le puede dejar indiferente, eso es absolutamente cierto. La muerte de unos y de otros puede que nunca sea igual, pero la muerte de un desconocido, del que solo se conoce su obra, no puede producir jamás los sentimientos que provocan la desaparición de una persona a la que se le profesa un cariño, un querer, que nace de la reciprocidad en el trato, en el afecto. La sensación de pérdida en una situación así es indescriptible. La vida se tiñe de un desasosiego vital que se incrementa por momentos cada vez que se piensa en esa persona, cada vez que recuerdas que no la volverás a ver, que nunca más la volverás a tocar, a oler, ni a sentir. A partir de ese momento infinitesimal en que alguien querido desaparece ya no queda la posibilidad de compartir absolutamente nada. 

Las pérdidas de las personas queridas son tremendas y el tiempo, que atempera la pena y el dolor, es poco menos que una necesidad. Cada rincón, cada canción, cada movimiento sencillo y común, aboca a un precipicio personal del que salir, a veces, requiere un esfuerzo titánico. La vida se convierte en un continuo echar de menos que con los días no desaparece, pero que se aprende a llevar. La pena es un peso que ahoga y sobrevivirla, en no pocas ocasiones, se convierte en una faena colosal.  Es quizá por eso que me causa una tremenda sorpresa esa manera infantil y bastante tonta de reaccionar a la muerte de un artista, de un persona mediática a la que jamás se conoció personalmente. Porque aunque con su muerte se pierde mucho, sobre todo para su familia, sus amigos, sus allegados, poco pierden todos esos millones de personas que jamás se acostaron o se levantaron pensando en esa persona, en sus cuitas, en sus cosas. 
Es difícil sufrir por un desconocido aunque sus obras ronden la vida de cada uno. Sobre todo porque esas obras, esas en las que no pocos anclan su impostado sentimiento momentáneo, perdurará en el tiempo y para siempre. 
No se puede echar de menos lo que nunca se tuvo; y lo que se tuvo, en el caso de Leonard Cohen: su música, su poesía, estarán eternamente para todos, también para aquellos que, en el instante de conocer su final, claman al mundo su padecimiento y pena mientras ponen una cafetera, contestan un mensaje de sus teléfonos móviles, o se olvidan de llamar a unos padres ancianos a los que se les pasa la vida en soledad. 
Pero, hoy, domingo, es hora de poner un disco, quizá sepan cual.






martes, 8 de noviembre de 2016

DIARIO 2.0


Y ¿conseguiste lo que querías de la vida?
Lo conseguí.
Y ¿que querías?
Llamarme a mí mismo amado, sentirme amado en la Tierra.
Raymond Carver





Tengo cuatro notas personales entre los papeles del trabajo. No es una buena costumbre, siempre pienso que el día menos pensado alguien aparecerá blandiendo un trozo de papel con cuestiones aparentemente ininteligibles pero claras en toda su extensión.  El estado de ánimo se graba en papel y de vez en cuando alguna barbaridad queda por ahí. Este otoño está siendo infinitamente cruel conmigo sin poder apuntar a ningún hecho concreto, lo que lo vuelve mucho más severo. El estado de ánimo se marchó de vacaciones con los últimos días del verano y ahora ya no sé dónde escarbar para encontrar algo que atenúe el descontento de estos días. En cuestión de comparativas, esta estación, habitualmente deliciosa, se parece a un purgatorio porque el que debo transitar antes de llegar, ya no sé si al infierno o a alguna especie de cielo al que van a parar los majaderos. Algunos dicen que estos altibajos son normales, cosa de la química, y puede que sea verdad, aunque no estoy demasiado segura. He empezado una toma de dos en dos de unas pastillitas naturales que se supone me pondrán como un reloj, pero tengo poca confianza. Puede que sea porque hoy hace frío, que las ventanas, por primera vez en muchos meses, se entelan de vaho y que mi cabeza, con sus persistentes cefaleas, no perdona una. No hay tiempo para escribir más cuentos, ni siquiera una nota que perder entre subcarpetas pardas.  



sábado, 5 de noviembre de 2016

A VUELTAS CON LOS DEBERES ESCOLARES



Un maestro es una brújula que activa los imanes de la
 curiosidad, del conocimiento y la sabiduría en los alumnos.
Ever Garrison






Escucho por ahí que este fin de semana algunos padres han decidido declararse en huelga de deberes y que sus hijos, en consecuencia, no harán las tareas escolares. Dicen que estos trabajos roban un tiempo fundamental a los niños, un tiempo que deben pasar con la familia haciendo cosas más importantes, más agradecidas, aprendiendo de otra manera. Escucho la noticia desde la distancia y con un interés relativo en lo particular, pero no sin cierta sorpresa en lo general. 
Inicié mis estudios cuando aun se llevaba aquello de la EGB (Educación General Básica), en la que las clases se prolongaban hasta las seis de la tarde,  y te ibas a tu casa con tu cartera, con tus libros y libretas (que no dormían en taquillas, ni estanterías varias), para preparar para el día siguiente, o para el día que fuera, una buena ristra de deberes y controles. En mi casa, que no eramos pocos, nos distribuíamos por la mesa del comedor, incluso de la cocina, para hacer todos aquellos deberes que nos llevaban a maltraer, por entonces no teníamos escritorios en los dos dormitorios que compartíamos entre mis hermanos. Ninguno nos morimos por aquello, protestamos mucho, es lo que nos tocaba, pero nunca volvimos a la escuela con los deberes pendientes, ni mucho menos con el justificante paterno de que los deberes nos estaban trastornando o robando tiempo a la familia. 
Educar se educa en casa, siempre lo he dicho, por eso el aprendizaje de las materias técnicas, que no solo aportan conocimiento sino también responsabilidad y organización en el estudio, se deben hacer tanto en casa como en el colegio. Dicen que los niños van sobrepasados de tareas escolares, puede que en algunos casos sea así, pero, sinceramente quizá de lo que van a mil es de la elevada cantidad de actividades extraescolares que, en muchos casos por necesidad, están obligados a hacer. Cientos de idiomas, deportes, manualidades, musicalidades varias, y algún que otro baile, rellenan las tardes de los niños una vez salen de clase. En ocasiones es por gusto, otras por necesidad.
Los mayores necesitamos que los hijos estén recogidos y atendidos mientras agotamos largas jornadas laborales, con los horarios desquiciantes, que tenemos en este país. Conciliar aun es una cruz, sobre todo porque los horarios de unos y otros son absolutamente dispares. Los niños van agotados y los adultos mucho más.  Pero la idea de eliminar las tareas escolares en casa creo que debería observarse con cautela. La sobreprotección de los chavales, el evitarles la responsabilidad de cumplir con las tareas encomendadas, me produce muchas reservas. Las obligaciones que conlleva la realización de una tarea escolar, que les ayuda a fijar el conocimiento de lo aprendido para seguir aprendiendo, a estimular la curiosidad que les facilitará la estructuración de su cabeza para aprender a pensar, a estudiar y racionalizar, no me parece una buena idea. El hábito del estudio y del trabajo también hay que adquirirlo. Eliminar responsabilidades a los niños no siempre es una buena opción si se mira a largo plazo. Quizá compatibilizar el tiempo de ocio y el de la responsabilidad, la del estudio y las tareas escolares, sea un camino no exento de espinas.
Pero esto no es más que una reflexión propia, y sin mayor importancia, después de ver lo que veo tratando con niños en situaciones complicadas, y de escuchar hoy mismo, en la televisión, a una madre feliz porque su hija no hará deberes este fin de semana porque ella así lo ha decidido.
Esta huelga de adultos, utilizando el pretexto de los niños, no sé si es una buena idea, como tampoco sé si lo es que los maestros y profesores queden desautorizados, en lo que a su trabajo respecta, por unos padres que al final se echan las manos a la cabeza cuando el tiempo, en lugar de niños que tenían, les entrega unos adolescentes cabestros e irresponsables. Pero será que los tiempos cambian que es una barbaridad y yo me he quedado un poco atrás. 






lunes, 31 de octubre de 2016

QUERIDA GRACE (II)


El motivo no existe siempre
 para ser alcanzado,sino para servir de punto de mira.
Joseph Joubert





Te debía una carta, lo sé. Lo sé tanto como sé que llevo aparcando este momento desde hace meses, porque no sé ni cómo comenzarla. Empiezo de un modo sencillo, habitual, con un “querida Grace” que fluye porque es la única certeza que ahora mismo tengo. Pero a partir de ahí, una piedra gigantesca sujeta mi mano sobre la mesa y soy incapaz de escribir ni una sola letra. A veces, consciente de la promesa hecha, pasando por delante de aquellos quioscos llenos de estúpidos recuerdos de esta ciudad, he estado tentado de enviarte una postal, con un simple saluda, para que supieras que no me he olvidado de ti. Pero ni siquiera eso ha sido sencillo.

Helen se fue. Quizás ya lo sepas, aunque sé que no por mí. Se fue demasiado rápido aunque puede que a ella le pareciera una eternidad. Hay enfermedades que matan con una velocidad irreal. 

Ahora me siento viejo y cansado, quizá un poco más viejo y más cansado que la última vez que te escribí; un loco que mata las horas mirando el poco cielo que se ve desde esta ventana. Tampoco ahí arriba pasan demasiadas cosas. La desesperanza habita más allá del piso treinta y seis. Eso sería un buen poema, pienso, así que te regalo el título para que no un día lo escribas. Algunos días, una bandada de gansos cruza el pequeño triangulo que queda libre ahí arriba y pienso en las grandes migraciones y en lo pequeños que somos todos.
Nunca quise tener hijos y hoy, cuando ya podría ser algo más que abuelo, echo de menos a aquellos que jamás existieron, aunque sé que es una fantasía pasajera, una de las locuras del viejo en el que me he convertido. Tienes suerte Grace, tus hijos son tu presente, pero también serán tu mañana; a mí me queda un perro que difícilmente me sobrevivirá y un mar de horas en el que empañar la vejez. Quizá debería hacer como tú, sumergirme en el laberinto de las vueltas del tambor de las lavadoras, en los cristales que hace meses que nadie limpia y sentir que la actividad es el motor de la vida. Quizá de esa manera volvería a sentirme medianamente humano. Algo más que un cuerpo que puede escuchar las ensordecedoras sirenas que a todas horas cruzan el río Hudson, más que un cuerpo al que se le despierta el apetito de vez en cuando. El tiempo manda, pero ahora más que nunca. Querida Grace, ¡qué difícil es vivir a veces! 

Siempre tuyo, John.










martes, 25 de octubre de 2016

LEO, LUEGO EXISTO


Leer en voz alta es dar a las palabras de otros.
Teju Cole




Acabo de leer, no sin cierta sensación de que el mundo es un gran pozo sucio, el último libro de Teju Cole, “Cada día es del ladrón”. Para un occidental, alejado de África por algo más que por el agua de un océano inmenso, es difícil imaginar una sociedad mendicante, corrupta hasta el tuétano, como la que describe Cole. Sin embargo, cuando uno cierra el libro, pone el televisor y escucha las últimas noticias sobre la corrupción que campa a sus anchas por todos los rincones de la geografía de este país, la imaginación, deja de ser tal, y el cerebro termina sacudido por la certeza de que las cloacas de lo corrupto no entienden de continentes, ni de razas, ni de nada que no sea la propia avaricia y la inmundicia que crea la indecencia y la falta de honestidad. Puede que nuestros desagües sean menos toscos que aquellos que recorren las entrañas de Nigeria, pero son exactamente igual de sucios, igual de deprimentes. Nigeria no es España, pero podrían ser primas hermanas.

La lectura es un placer absoluto del que a veces no se sale ileso. En este caso, el oscuro panorama que muestra la novela lo salva la belleza y la serenidad de la prosa de Cole, y una cierta ingenuidad en la creencia de que no todos somos iguales.



jueves, 20 de octubre de 2016

HIPOGLUCEMIA


Un cambio de ambiente es la falacia tradicional en la
 que confían los amores -y los pulmones- condenados.
Vladimir Nabokov





Algo me dice que no falta demasiado tiempo para que se produzca algún movimiento. Es una sensación que se pinza en la boca del estómago, como cuando uno tiene hambre. No hay nada racional que explique el motivo por los presentimientos, la anticipación de movimientos, se centran en un punto tan absolutamente físico como es el estómago. Siempre ha sido así. Aunque a estas horas casi podría confundirse con una ligera hipoglucemia. 



sábado, 15 de octubre de 2016

COSAS QUE PASAN


El futuro se nos ha caído encima hecho pedazos.
Don DeLillo


Mientras tomamos un café, mi madre, mujer nacida en los años treinta, con una guerra y una posguerra a sus espaldas, y unos estudios recortados por la necesidad, dice no entender a esta generación. Mi madre, pese a las dificultades de unos ojos que van perdiendo visión a marchas forzadas, lee y lee mucho. Y, aunque nunca ha sido una gran aficionada a la música, sabe perfectamente quién es Bob Dylan, incluso disfruta con él. Esta mujer, con un buen puñado de hijos y de historias a la espalda, cree que nos complicamos mucho la vida, más de lo que nos interesa y nos conviene porque, encima, esas complicaciones con las que nos emperramos son los suficientemente estúpidas como para avergonzarnos en cuanto nos salen por la boca y entran por los oídos de aquellos que saben lo que son las penurias económicas y morales. Por eso, cuando le cuento que la polémica de la semana es el premio Nobel de literatura, chista la lengua y mueve la cabeza en un gesto para indicarme que menuda tontería le estoy contando. Remueve la taza con calma, dice que la leche está demasiado caliente y mientras espera que se enfríe un poco, como el que no quiere la cosa, apunta que las cosas son lo que son, aunque las llamemos de cualquier otra manera, y que el único premio que al final cuenta es haber vivido sin perder el tiempo en estupideces, disfrutando de lo que a uno le gusta, sea con premio o sin él, y sino que se lo pregunten a Don DeLillo, incluso al propio Bob Dylan.









lunes, 10 de octubre de 2016

BIOLOGÍA


¡A veces! A veces, como un buque aprisionado a las amarras, que se arranca milagrosamente del ancla hacia la tempestad.
Boris Pasternak





Hace un par de días apareció una fotografía mía en una revista. No sabía que la habían hecho, ni siquiera recordaba que en aquel acto hubiera ningún fotógrafo. Al verla, no me reconocí. Esa mujer que aparece sobre el papel satinado, tocada con gafas y las mangas arremangadas hasta mitad del brazo, con la cabeza ladeada y la mano apuntando a algún lugar indefinido, no era yo, quizá mi madre hace ya algunos años. Debo decir que la imagen me resultó perturbadora. Quizá mi aspecto empieza a mimetizarse con el de quien me trajo al mundo. Y yo misma, con todo la carga de lo ya vivido, sea una copia, seguramente empeorada, de mi propia madre. La genética es desconcertante aunque, casi siempre, eso es lo de menos, porque, al final, lo que nos moldea el gesto y la vida es la relación que mantenemos con los otros. Posiblemente por eso, a veces, mi perro me recuerda a mí misma cuando busca cobijo los días que hay tormenta, y también por eso, pese a los años que hace que ya desapareció, sigo arqueando la ceja, como hacía mi padre, cuando la cosa viene prieta.